Cuando florezcan los almendros (Almond Valley 1) Capítulo Cinco
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Capítulo Cinco

Sage

P asan varios minutos desde que Wade me deja plantada como a una hortaliza en medio del huerto hasta que recobro la consciencia.

Mentiría si dijera que nunca nadie me había tratado con tanta condescendencia y arrogancia, pero crecí en familias de acogida, así que aprendí pronto que no todos los adultos son buenas personas.

Aunque todavía no puedo decir si Wade Weston es una buena o mala persona, sé que puede conseguir el premio al mayor idiota del mes… o del año.

Cuando salgo de mi estupor, desviando la vista de donde Weston ha desaparecido entre los árboles, decido ir a dar una vuelta por el huerto.

La tierra está húmeda gracias al sistema de riego automático que serpentea entre las diferentes plantas.

Trato de familiarizarme con los tipos de frutas y verduras que se cultivan tanto en el exterior como dentro del invernadero, recordando todo lo que me enseñó mi abuelo cuando era solo una cría.

Nos pasábamos el día en el campo, siempre con tierra debajo de las uñas.

Reid —así lo llamábamos todos en el pueblo—, fue quien me enseñó a montar a caballo.

Tenía solo dos años cuando me sentó en Trent, su enorme caballo bayo de más de veinticinco años.

Llevaba jubilado mucho tiempo, así que su rutina diaria era pastar y aguantar estoicamente la energía de su compañera de prado, Poppy.

Reid compró a la joven yegua negra para mí, para que cuando creciéramos pudiéramos aprender juntas.

Era su manera de decirme que deseaba que yo echara raíces allí, entre caballos y montañas.

Yo estaba entusiasmada con la idea, y le prometí que cuidaría de Poppy como me enseñó: con respeto, paciencia y responsabilidad.

Pero a veces la vida no respeta las promesas.

Poppy sufrió un cólico fulminante poco después de que mi abuelo falleciera, cuando yo tenía apenas doce años.

No hubo forma de salvarla, y la promesa que le había hecho a Reid se desvaneció como si el viento se la hubiera llevado.

Recuerdo aquella sensación de estar perdida, sola, como si todo lo que me ataba a él hubiera desaparecido también.

Fue como perder otro pedazo de hogar. Otro trozo de familia.

Cuando pienso en mi abuelo, recuerdo el olor a heno impregnado en su ropa, su voz grave tarareando distraídamente alguna canción de la radio y sus manos firmes pero delicadas enseñándome a sujetar las riendas de Trent.

Él es el protagonista de todos los recuerdos felices que tengo de cuando era pequeña. Pero, tras su muerte, todo se vino abajo. Mi infancia se esfumó con él, y en mi adolescencia me vi obligada a crecer demasiado pronto, a entender el mundo antes de tiempo.

Hacía mucho que un lugar no me removía tanto los recuerdos.

Este sitio, con su olor a tierra y cuero, despierta memorias que creía enterradas.

Los años yendo de una casa de acogida a otra me dejaron cicatrices, y al recordar pedazos de una de ellas, el pecho me duele como si me faltara el aire.

Mi cuerpo reacciona solo: me encojo sobre mí misma, cierro los ojos con fuerza y me rodeo el abdomen con los brazos, tratando de coger aire.

No sé cuánto tiempo pasa hasta que logro respirar hondo y mi corazón deja de golpear como un martillo contra mi pecho. Aún no me atrevo a abrir los ojos. Me quedo ahí, quieta, como si pudiera espantar los recuerdos que me acosan cada noche en sueños.

Lo que me sorprende es que esta vez me hayan alcanzado a plena luz del día.

El viento me acaricia el rostro, haciendo que las lágrimas que han mojado mis mejillas me traigan de vuelta a la realidad.

Respiro hondo antes de abrir los ojos, obligándome a sacudir la sensación de ahogo que aún oprime mi pecho.

Con movimientos lentos y suaves, me incorporo poco a poco, aflojando el agarre de mis manos hasta dejar caer los brazos a los costados.

Mi cuerpo se siente pesado, como si la tormenta en mi cabeza hubiera drenado toda mi energía.

Me paso las manos por el pelo, masajeando las raíces para no deshacer los rizos, cuando un sonido agudo y estridente me hace pegar un brinco.

Me quedo sin aliento durante un segundo eterno, hasta que por fin caigo en la cuenta: es solo mi móvil.

Exhalo despacio, sintiéndome un poco idiota por haberme asustado tanto por algo tan simple.

Otro nuevo mensaje rompe el silencio como un latigazo. Pego otro bote, y casi me voy de culo al suelo, pero logro recomponerme en el último segundo. El corazón me late otra vez desbocado por el susto.

Genial. Justo lo que necesitaba.

Saco el móvil del bolsillo de mis vaqueros con manos temblorosas, y veo el nombre de Emily parpadeando en la pantalla.

Emily: En una hora cenamos. Ven cuando quieras.

Trago con fuerza antes de contestarle, guardando mis recuerdos en un rincón de mi mente.

Le digo dónde estoy y que voy de camino, así que echo a andar hacia los establos.

Lo cierto es que ya tenía el número de Emily antes de que Weston me lo diera, pero supongo que estaba tan alucinada de que se ofreciera a dármelo él mismo que no supe ni cómo reaccionar.

Aunque para la respuesta que me soltó, bien podría haberle dicho que se lo metiera por donde le cupiera.

Como las cuadras quedan de camino hasta la casa principal, aprovecho para hacer una paradita en el guadarnés.

El olor a cuero me envuelve una vez piso la sala llena hasta arriba de material de equitación.

Busco mi nombre en el corcho y levanto el móvil para hacer una foto de la lista de tareas.

Podré revisarla antes de acostarme y hacer un plan mental del orden que voy a llevar.

Quiero estar preparada, y si puedo ahorrarme ver a Weston por la mañana, mejor.

Seguro que es de esos que se levantan antes de que amanezca y trabaja incluso después de cenar. Espero que la suerte me sonría un poco, porque darme un jefe normal era mucho pedir.

Camino con la puesta de sol a mi espalda, que tiñe de tonos anaranjados todo el sendero de almendros.

La calidez del entorno hace que me sienta algo mejor, después del pequeño ataque de ansiedad, y poner buena cara ya no me resulta tan difícil.

Siento cómo la energía vuelve poco a poco a mi cuerpo y cada paso es como si reconectara conmigo misma.

También me anima el hecho de que voy a cenar con la familia Weston y, si ellos están de mi parte, nos lo podremos pasar muy, pero que muy bien tocándole las narices a Wade.

Llamo a la puerta y espero bajo las pequeñas luces que iluminan el porche de la casa de Emily y Mira.

Siento un cosquilleo de nerviosismo; no me incomoda comer delante de desconocidos ni soy especialmente escrupulosa, pero cenar con mis jefes el primer día, sin apenas conocerlos, es un tanto… extraño.

Emily me abre la puerta con una sonrisa enorme y me envuelve en un abrazo antes de darme tiempo para saludarla.

“¿Qué tal, Sage?” Se hace a un lado de la puerta, invitándome a entrar. “¿Has visto los establos y el huerto?”

“Sí, señora.” Entrecierra levemente los ojos, y me corrijo al instante. “Emily. ”

“¿Qué te parece el invernadero?,” pregunta con verdadero interés.

“Es increíble. Hacía mucho que no veía uno tan grande,” respondo, levantando las cejas. El de mi abuelo era de unos pocos metros, nada en comparación con el que tiene la familia Weston.

“En verano apenas es necesario, pero los inviernos suelen ser muy duros,” explica, poniendo una mano en mi espalda para guiarme hasta la cocina.

“¿Ya están todos?,” pregunto cuando entramos, intentando aplacar los nervios con un poco de conversación.

Emily asiente. “Tate y Wade ya están en el salón.” Debe ver mi cara de confusión, con el ceño levemente fruncido, porque añade: “Tate es mi hijo pequeño.”

“Y la mayor es Lib, ¿no?”

“Así es.” Asiente con una sonrisa preciosa, como si hablar de ella la iluminara. “Por desgracia hoy no puede venir, pero mañana la conocerás en el huerto. Supongo que Weston te habrá dicho que va todos los días antes de ir a la tienda.”

Asiento como respuesta.

Sigo algo tensa por tener que estar sola en el huerto o con otras tareas de la granja. No quiero que, si algo sale mal, sea porque nadie me supervisa y no porque no sepa hacerlo.

“No estés nerviosa,” dice, apoyándose en la encimera, como si pudiera escuchar mi lucha interna

Reprimo un suspiro, cruzándome de brazos. “Realmente quiero trabajar aquí.”

“Entonces lo harás. Si lo tienes tan claro, es por algo,” dice, guiñándome un ojo.

La miro un segundo, dándole vueltas a sus palabras, y mis labios terminan dibujando una sonrisa sincera.

“¿Te ayudo a llevar la comida a la mesa?”

“Creo que me he pasado con las cantidades, así que me harías un gran favor,” dice riendo, mientras asiente con energía.

Entre las dos conseguimos colocar toda la comida en un par de bandejas enormes.

Es evidente que hay demasiada, y le repito como veinte veces que no se preocupe, que ya se comerá o me lo llevaré a casa encantada.

Emily se mueve por la cocina como un torbellino, buscando utensilios para servir y dejarlo todo perfecto.

“Me sabe fatal que estés ayudándome, siendo la invitada, mientras los vagos de mis hijos están en el salón sin mover un dedo.”

“No te preocupes, Emily, eres su madre. Siempre puedes castigarlos sin cenar y que nos vean comer mientras se les hace la boca agua.”

Emily se ríe con ganas y yo me uno a ella, dejando que la risa aplane un poco los nervios que aún revolotean en mi estómago.

Cogemos las bandejas sin hablar, y trato de contener la risa floja que amenaza con escaparse mientras atravesamos el pasillo.

Por la cara que está poniendo Emily, sé que está haciendo una lista mental de pros y contras sobre dejar sin cenar a sus hijos adultos.