Capítulo Cuatro
Wade
N o sé de dónde ha salido esta mujer, pero está acabando con mi paciencia. Si vuelve a abrir la boca para preguntar alguna tontería más, juro que no me haré responsable de mis actos.
No lleva ni medio día aquí y ya ha demostrado ser descarada, irritante y distraída. Para lo pequeña que es, resulta increíble lo molesta que puede resultar; como una mosca: siempre revoloteando delante de mi cara sin dejarme en paz.
Vamos al huerto donde a partir de mañana va a trabajar todos los días. Está a pocos metros del establo, al otro lado del prado para los caballos, así que puede ir caminando desde la casa principal sin tener que estar pendiente de la camioneta.
El invernadero ocupa gran parte del huerto, así que le enseño las frutas y verduras que cultivamos, los cuidados y la plantación.
Solo tendrá que encargarse de que los alimentos crezcan adecuadamente, limpiar las malas hierbas, revisar el sistema de riego por si da problemas e ir recolectando cuando sea necesario.
Para mi sorpresa y disfrute, se mantiene en silencio sin hacer ni una sola pregunta.
La brisa suave, que anuncia el comienzo del verano, le revuelve el cabello negro y rizado que le cae en cascada por la espalda, casi hasta las caderas.
No contrasta con su piel, como uno esperaría de alguien que viene de la ciudad, porque está bronceada.
Me pregunto en qué tipo de trabajo ha estado para tener ese tono si apenas llevamos unas semanas de verano.
Aunque, pensándolo bien, solo sé que viene de una ciudad, no cuál. Tal vez venga del otro lado del mundo.
Me mira fijamente a través de las gafas de pasta que resultan demasiado grandes para la delicadeza de sus facciones.
Estoy a punto de preguntarle si le gustan las vistas para ver cómo se sonroja, pero me muerdo la lengua al notar su expresión.
Tiene la mirada ausente, como si en realidad no estuviera aquí conmigo.
Es la cuarta vez que le pasa hoy. La primera fue cuando llegó y nos dio la espalda cuando estábamos en el porche, perdida en sus pensamientos.
Otra vez en el coche, viniendo al establo, la siguiente en el sendero, donde se quedó atrás y tuve que esperarla, y ahora esta.
No sé qué tiene en la cabeza que le ocupa tanto espacio, pero más le vale que no le influya a la hora de trabajar.
Continúo hablando, esperando que vuelva a aterrizar en la tierra, y termino de explicarle qué es cada planta y sus respectivos cuidados. Parece despertar cuando escucha mi voz, y asiente, concentrada, como si estuviera reteniendo la información cuidadosamente.
“Si tienes alguna duda podrás preguntarle a Lib. Viene todas las mañanas antes de irse a la tienda del pueblo,” añado, dando la conversación por finalizada.
Sage vuelve a asentir. Estoy dispuesto a darme la vuelta e irme, cuando la escucho carraspear. Cierro los ojos, sabiendo lo que me espera a continuación.
“¿Estaré sola el resto del día?”
Estos últimos minutos habían sido perfectos, pero tiene que arruinarlos abriendo la boca.
Me muerdo el labio inferior y me giro para mirarla.
“Sí. No tendrás problema. El huerto ya está sembrado, así que no requiere mucho mantenimiento hasta que crezca. Podrás ocuparte de las otras tareas el resto del día. No te creas que estarás sin trabajar.”
“¿Y si tengo dudas de las otras cosas y no hay nadie cerca?,” pregunta. Me encantaría decir que insiste para sacarme de mis casillas, pero parece realmente preocupada.
Suspiro pesadamente, levantándome la gorra en un gesto automático para colocarme el pelo, y me sorprendo al sentir la suavidad del rapado. Todavía no me he acostumbrado al nuevo corte.
“Te daré mi número y el de Emily por si acaso.”
Me arrepiento de mis palabras nada más pronunciarlas. No sé por qué le estoy dando mi número, pero ya está hecho y no pienso retractarme.
Asiente, sacando el móvil del bolsillo trasero de sus pantalones.
Me fijo en cómo la tela se ciñe a su cuerpo, marcando su figura sin disimulo.
Tiene una cintura estrecha que contrasta con unas caderas redondeadas y firmes, y durante un segundo demasiado largo, me descubro observándola más de la cuenta.
Maldigo en silencio y aparto la vista, cerrando los ojos como si pudiera borrar la imagen, pero sé que es inútil; se ha quedado grabada a fuego en mi mente.
Me aclaro la garganta antes de añadir:
“Haz como si no tuvieras el mío. Si tienes alguna duda, llama a Emily.”
No espero a ver su reacción, girando sobre mis talones para marcharme. Todavía me queda trabajo en el campo, así que mejor acabar cuanto antes y terminar con el día de hoy.
Tengo que coger la pequeña mochila de herramientas antes de volver a casa para ensillar a Shiny.
La preparé hace años, cuando entendí que moverme a caballo por la granja cargando una caja metálica era lo menos práctico del mundo.
Hacer equilibrios con algo tan pesado mientras galopas por el campo no solo suena complicado: lo es, y mucho.
Entro en el guadarnés, revisando que esté todo en su sitio, y cojo la mochila para llevármela al hombro.
Contemplo las vistas a través del gran ventanal que da al prado, dándome un momento para respirar y dejar la mente en blanco.
Doy gracias por el silencio y la calma del establo, tan diferente a la energía inagotable que parece tener Sage Reid.
Suelo estar solo la mayor parte del día, así que haberla tenido pegada como una lapa toda la tarde me ha hecho sentir más como su niñera que como su jefe. No sé si lo sabe, pero la mayor parte del tiempo ha sido como tener un grano en el culo.
Gracias a Dios, no me encuentro con ella y sus preguntas insufribles por el sendero hasta la casa principal.
Desconozco qué está haciendo y con quién, pero no puede importarme menos.
Mañana comienza a trabajar, y una parte de mí desea que sea un completo desastre para poder echarla y no volver a verla en mi vida.
Emily debe estar preparando la cena de esta noche en el interior de la casa, porque no hay ni rastro de ella ni de Mira en el porche. Me subo a la camioneta reprimiendo un suspiro, pensando en que, con suerte, hoy será la primera y última vez que cene con Sage Reid en la misma mesa con mi familia.
Me había preparado para recibir a un hombre, callado y tranquilo, no a una mujer con vitalidad arrolladora, cargada de preguntas insoportables y una presencia que no puede ignorarse.
Trato de sacármela de la cabeza, pero se convierte en un pensamiento recurrente todo el viaje. Aun no estando aquí, me irrita con su presencia. Incluso su camioneta aparcada en la cuneta me lo recuerda cuando apago el motor frente a mi casa.
Rodeo la propiedad para llegar a la zona trasera, donde Mud y Shiny pastan tranquilamente.
Ambos levantan la cabeza al oír mis pasos, pero es Shiny quien mueve la cola y se acerca con su trote alegre para saludarme.
Mud, en cambio, sigue en su línea de no querer verme ni en pintura, resoplando con fuerza y girándose para mostrarme su enorme trasero moteado.
Parece haber olvidado que fui yo quien lo rescató de aquella cuadra minúscula, sellada a cal y canto, con agujeros por donde el maltratador de su dueño metía palos para golpearlo.
Acaricio con suavidad el blanco pelaje de Shiny, sonriendo al recordar el día que llegó.
Lib vino a mi casa por sorpresa con el remolque enganchado en la camioneta.
Lo recuerdo a la perfección: estaba tambaleándose, débil por la falta de comida, aún con la angustia por la reciente pérdida de su madre, que había muerto al dar a luz.
Me sorprendió confiando en mí al instante, convirtiéndonos desde ese momento en el binomio perfecto.
Le di el biberón, lo vi crecer, lo domé cuando pude ponerle una cabezada y lo monté cuando cumplió tres años. No me he separado de su lado desde que llegó, y sin duda ha sido el mejor regalo que me han hecho nunca.
Su presencia ha sido como una constante en mi vida, tanto en los días buenos como en los malos. La forma en que creció, convirtiéndose en este majestuoso caballo, siempre me ha recordado que, a veces, las mejores sorpresas vienen sin previo aviso.
No es el caso de Sage Reid.
Ella es una sorpresa terrible que solo puede acabar en catástrofe.
Ensillo a Shiny después de cepillarlo a conciencia para quitarle el polvo y cuando está listo lo saco del cercado para subirme a él.
Troto tranquilamente por los caminos de tierra que serpentean a través de los amplios cultivos.
Tengo que llegar hasta el cercado de maíz para arreglar el cierre de una de las puertas, que lleva rota más de un mes.
Es de estos trabajos pequeños que pospones hasta que pasan los días, meses y luego años.
¿Y por qué quiero arreglarla ahora, después de tanto tiempo? Porque era arreglar la dichosa puerta o aguantar a Sage hasta la cena.
Giro a la izquierda para hacer el último tramo hasta el cercado, pero una silueta a lo lejos me hace fruncir el ceño y cambiar de dirección. Cabalgo colina arriba hasta llegar a una zona llena de árboles, que se hacen más frondosos a medida que avanzo y tengo que esquivar algunas ramas bajas.
Hago que Shiny reduzca el paso y troto hasta llegar a su altura.
Lo miro con los labios apretados, buscando en su expresión algo que me haga saltar las alarmas.
Los rizos castaños asoman bajo su sombrero marrón oscuro, tan desordenados como siempre.
Lleva una camisa granate metida a la fuerza en unos vaqueros tan ajustados que no entiendo cómo no le cortan la circulación, y mucho menos cómo ha conseguido subirse a Raven sin dislocarse algo.
Las botas, del mismo color que el sombrero, asoman la punta bajo el pantalón.
Tiene los pies fuera de los estribos y estira las piernas como si estuviera de vacaciones.
Todo parece en orden. Incluso su barba de varios días es parte del conjunto habitual; a veces ni se afeita por pura pereza.
“¿Día duro?”
Tate tiene la manía de leer a la perfección mis expresiones y mi lenguaje corporal solo para luego hacerme la pregunta más obvia del mundo.
Ahora que lo pienso, me recuerda un poco a Sage.
Asiento, poniendo los ojos en blanco, sin darle el placer de escuchar una respuesta cortante.
“¿Qué tal la nueva?,” añade, con un tono burlón que me hace querer tirarlo del caballo y empujarlo colina abajo.
Elevo una ceja. “¿Sabías que era una mujer?”
“Pues claro que sabía que era una mujer.” Suelta una carcajada, y, en vez de explicarme por qué, sigue partiéndose de risa hasta que le lloran los ojos.
“¿Puedes comportarte como un adulto por una vez y decirme por qué sabías que era una mujer?,” gruño, sintiendo cómo la poca paciencia que me quedaba desaparece de mi cuerpo.
“Todos lo sabíamos, Weston.”
“Yo no.”
“¿No viste los correos electrónicos?”
“Está claro que no.”
Tate me sostiene la mirada unos segundos, pero no aguanta demasiado porque vuelve a desternillarse de risa. Yo no le veo la gracia a la situación por ninguna parte.
“Mamá nos lo dijo a todos. Parece que no le pareció necesario comunicártelo a ti,” logra decir entre jadeos, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano.
Abro la boca con incredulidad. Emily. Mi propia madre. Jugándomela de esta manera.
“Perfecto,” mascullo. “Mi madre le cuenta a todo el mundo que Sage es una mujer menos a mí. Muy considerada por su parte.”
Tate se encoge de hombros, pasándoselo en grande con la situación.
“A lo mejor pensó que te lo tomarías así, como estás haciendo ahora.”
“¿Y cómo lo estoy haciendo exactamente?”
“Como si alguien te hubiera disparado en el orgullo.” Se vuelve a encoger de hombros, con esa tranquilidad suya.
Le lanzo una mirada furiosa, pero él sacude la cabeza con un resoplido.
“Mira, no es para tanto. Es una mujer. Respira. Según su currículum sabe montar a caballo y hacer todas las tareas de la granja. Seguro que hasta sabe usar un martillo. Quién lo diría, ¿eh? El apocalipsis está más cerca, Weston.”
“No necesito a otra bocazas persiguiéndome por toda la granja como si fuera su entretenimiento personal,” espeto, harto de su condescendencia.
“¿Y qué tal si, no sé… hablas con ella y la tratas como un ser humano normal?”
“No quiero hacer amigos, Tate.”
“Ya te digo yo que con esa actitud tampoco conseguirías hacer ninguno.”
“Entonces, ¿cuál es el problema?”
“Tú, Weston. Tú eres el problema. Tu actitud es el problema siempre.” Me señala de arriba abajo con un ademán, torciendo el gesto. “Estoy seguro de que Sage es encantadora y la pintas como el demonio porque no aguantas a la gente encantadora.”
Suelto un bufido, rodando los ojos, pero no contesto.
“No te vendría mal hacer algún amigo,” dice, suavizando su tono. Sigo sin responder, demasiado orgulloso para darle la razón o discutir por más tiempo.
Nos quedamos en silencio un buen rato, mirando el horizonte, cada uno perdido en sus pensamientos.
“Piensa en lo que te he dicho. Nos vemos en la cena.”
Tate se despide con una ligera inclinación de cabeza mientras aprieta los costados de Raven, saliendo al galope hacia los establos.
Me quedo ahí, en mitad del campo rodeado de árboles, viendo cómo el sol baja con lentitud hacia las colinas y tiñe el paisaje de naranja.
Sacudo la cabeza con la intención de olvidar las palabras de Tate. Me conoce demasiado bien como para no saber que, si hay algo que me define, es la cabezonería. Así que si cree que voy a cambiar de actitud con Sage sin una buena razón de peso, está muy equivocado.
Busco mi móvil en el bolsillo de los pantalones, haciendo contorsionismo encima de la silla para sacarlo.
Miro la hora y suelto un suspiro. Apenas me quedan cuarenta minutos para llegar al otro cercado, arreglar la maldita puerta, volver a casa para dejar a Shiny, darme una ducha rápida y conducir hasta la casa principal.
Miro a las montañas y luego al cercado. Otro día la arreglaré.
Hoy no tengo paciencia ni para puertas rotas ni para sorpresas inesperadas con rizos rebeldes. Y lo peor de todo es que el día aún no ha terminado. Me espera una cena que promete ser el mayor sufrimiento de mi vida.
¿Tate Weston y Sage Reid en una misma mesa, conmigo como objetivo? Prefiero la horca.