Capítulo Tres
Sage
L a incomodidad es palpable en el ambiente. El aire se siente cargado pese a llevar las ventanillas abiertas. Weston se queja de mi forma de conducir, pero es él quien parece ir de rally por los senderos de tierra.
Los minutos se me hacen eternos dentro de este reducido espacio con la persona más inmadura que conozco, porque…
¿quién es capaz de hacerle la cruz a alguien que acaba de conocer?
Weston no dice ni una palabra, pero por la forma en la que aprieta la mandíbula cada vez que lo miro de reojo, juraría que lo que tiene en mente no es precisamente bonito.
A pesar de la mueca que hace cuando giro mi cuerpo hacia él, no me corto un pelo cuando lo observo. O más bien… lo devoro con los ojos.
Su camisa de franela sigue remangada por los codos, dejando al descubierto sus enormes antebrazos tatuados, casi del tamaño de mis muslos. Su pelo permanece oculto bajo la gorra de béisbol desgastada y, como no se asoma ni un solo mechón rebelde, intuyo que lo lleva rapado.
Noto cómo su rostro está en constante tensión, desde su ceño fruncido hasta su mandíbula marcada, sin poder obviar sus pómulos rígidos.
Mantiene las manos en el volante, aferrándolo con tanta fuerza que los nudillos se le van poniendo cada vez más blancos.
Como si con eso pudiera contener las ganas de estrellar la camioneta…
Estoy bastante segura de que está imaginando que el volante es mi cuello.
Lo que él no sabe es… que no me desagradaría tanto.
Me giro hacia la ventanilla con la cara ardiendo antes de que mis pensamientos tomen un rumbo inapropiado.
Esta persona no te soporta, Sage. Contrólate.
En un intento de distraerme, observo cómo los extensos campos de cultivo se deslizan a toda velocidad a través de la ventanilla. No llevo ni dos horas aquí, pero ya hay algo en este paisaje que empieza a gustarme. Podría acostumbrarme a verlo cada día.
Los minutos pasan y el silencio se me hace cada vez más insoportable.
Ni siquiera hay música que haga más ameno el viaje.
Soy fiel creyente de que es mejor rellenar los silencios incómodos antes de que se alarguen demasiado, por eso no soy capaz de mantener la boca cerrada y digo lo primero que se me pasa por la cabeza:
“Emily me dijo que trabajas con el ganado y el cultivo.”
No gira la cabeza hacia mí y tampoco responde, solo emite un gruñido por lo bajo, como si mi voz le irritara.
“El apartamento está genial, por cierto. Enhorabuena. Has hecho un trabajo increíble,” insisto, fijándome detenidamente en su reacción, a ver hasta dónde puedo ir hasta que estalle.
No parece soltar prenda, así que cambio de estrategia.
“También me dijo que no eras tú quien mandaba, sino ella,”
Solo a mí me parece buena idea estar intentando hacer rabiar a mi posible jefe el primer día.
“Emily se encarga del papeleo. Eso no significa que sea la jefa,” dice con frialdad.
Bingo.
Se me escapa una sonrisa ladeada, sabiendo que he dado justo en el clavo.
“¿Y qué te hace a ti apto para el puesto?,” pregunto alzando una ceja, estirando un poco más la cuerda.
Pero parece que ya ha cumplido con su cuota de palabras por hoy, porque no contesta. Bufa, se revuelve en el asiento y se quita la gorra un momento para recolocársela, lo que me hace sonreír todavía más al confirmar mi teoría: está rapado.
El silencio vuelve, y esta vez aguanto unos minutos más antes de hacer la pregunta que lleva rondando en mi cabeza desde que pisé Almond Valley:
“¿Cómo te llamas?” Una pregunta que podría parecer estúpida, si se hubiera molestado en presentarse cuando llegué.
Me giro para observarlo, y otra vez está apretando los dientes.
“Wade. Wade Weston,” murmura, aferrándose al volante como si le doliera físicamente darme esa información. Miro cómo se le tensan los músculos de los brazos y tengo que morderme la lengua para no decir lo que pienso.
“Pero todos te llaman Weston,” acierto a decir, sabiendo la respuesta.
Asiente sin más.
“Yo soy Sage Reid,” me presento, alargando una mano hacia él para intentar hacer las cosas bien. A lo mejor de esta manera podemos empezar de nuevo…
Pero mi buena voluntad se estrella contra el suelo cuando me mira la mano como si le estuviera ofreciendo una granada sin seguro. No la estrecha. Seguro que está haciendo una lista mental de todas las enfermedades que podría contagiarle.
Chasquea la lengua y vuelve la vista a la carretera como si mi mano no siguiera suspendida entre nosotros.
“Ya sé cómo te llamas,” masculla, cogiendo aire con fuerza.
Imbécil .
Gruño, girándome hacia la ventana.
Detesto los silencios, pero detesto todavía más a Wade Weston .
Me paso todo lo que queda de camino rezando a Dios, al Diablo o a quien sea para que me mande trabajar lo más lejos posible de él. A poder ser, al otro lado del rancho.
Weston aparca la camioneta en la casa principal.
Ya no hay rastro de Emily ni de Mira, así que respiro hondo antes de salir, mentalizándome para aguantar una tarde de silencio y una pésima compañía.
Caminamos en silencio hasta los establos por uno de los senderos flanqueados de almendros.
No florecen hasta invierno, y me pregunto si estaré aquí para entonces.
Las ramas de los árboles se entrelazan en lo alto, creando un túnel natural que parece sacado de un sueño, como si fuera la entrada al paraíso.
No me doy cuenta de que me he quedado atrás contemplando las vistas, hasta que la voz lejana de Weston me devuelve a la realidad:
“Tu tarea principal es el huerto,” dice con voz profunda. Me apresuro a alcanzarlo, esperando que no se haya dado cuenta de mi retraso. “Eres el relevo de la abuela Mira. Ya es demasiado mayor para estar agachada tantas horas.”
Asiento, siguiéndolo hasta la entrada del establo.
Como el resto de las construcciones de la granja, está hecho de madera, con esas vigas gruesas y oscuras que parecen haber aguantado décadas de viento, sol y trabajo.
Me sorprende su tamaño; el establo de mi abuelo era poco más que una cabaña modesta, con tres cuadras apretadas y un cuartito al fondo donde dejábamos los arreos.
Pero el de Almond Valley es otra historia.
No se trata de un único edificio, sino de tres estructuras unidas como si formaran un pequeño complejo.
El del centro es el más alto, con un gran portón doble y una veleta en el tejado con forma equina; intuyo que es donde guardan a los caballos.
A su derecha hay otro más largo y bajo, probablemente para las vacas.
El último, al otro lado, tiene las puertas entreabiertas y el olor inconfundible a heno flota en el aire, así que acierto a pensar que es donde se almacena el alimento de los animales.
“Trabajarás con Lib por las mañanas. Ella te lo enseñará todo,” continúa hablando Weston, abriendo una de las puertas dobles del establo principal.
“¿Quién es Lib?” Entro cuando sujeta la puerta abierta y se hace a un lado para que pase.
“Mi hermana mayor,” responde a mi espalda.
Vuelvo a asentir. No lo veo, pero parece que si limito las preguntas a una por conversación evitaré su frialdad.
Cierra la puerta tras de sí, volviendo a adelantarme para ir hacia una sala que, por el olor a cuero y la inconfundible herradura de un caballo colgada hacia abajo en la puerta, es el guadarnés.
Tengo que correr para seguirle el ritmo. Mis cortas piernas no tienen nada que hacer ante su metro ¿ochenta? ¿noventa? Todo me resulta gigante desde mi corta altura…
Entro en la pequeña sala, llena de cabezadas de trabajo y monturas ordenadas en sus respectivos ganchos.
Las paredes están cubiertas por baldas de madera clavadas a diferentes alturas, que sostienen cajas rebosantes de cepillos, limpia cascos y rasquetas.
Me sorprende ver en una esquina, casi como si estuvieran ocultos a propósito, varios trofeos de concursos de Cross y Raid.
En la pared del fondo, bajo una amplia ventana que da al prado, cuelgan docenas de sudaderos de distintos colores. Sonrío cuando levanto la vista y veo varios caballos pastando bajo el sol a través del cristal.
Me acerco hasta Weston, donde contempla el corcho que tiene delante, lleno de papeles y carteles de concursos sujetos con chinchetas.
“Todos los días comienzan a las ocho en el establo. Aquí vendrás para revisar qué te toca hacer. Tendrás todo el día para completar las tareas de la lista,” explica, señalando con la mano la hoja donde aparece escrito Sage y una lista de al menos veinte cosas.
Se lleva una mano al bolsillo trasero de sus vaqueros y me tiende un pequeño aparato negro.
“Es un walkie,” explica, al ver mi expresión de confusión, como si fuera obvio. “No lo hemos usado nunca. De hacerlo, sería solo para anunciar cambios de última hora o emergencias.”
¿No pueden usar el teléfono como personas normales? ¿O aquí no ha llegado la tecnología?
“Hay zonas donde no hay cobertura,” añade, como si me leyera el pensamiento. “No lo uses a menos que sea una emergencia,” repite, con tono severo.
Asiento, guardándome el dispositivo en el bolsillo.
“Aunque algo me dice que tú y las emergencias vais de la mano,” murmura, haciendo una mueca mientras me lanza una mirada de arriba abajo.
No respondo. En parte porque su comentario me ha dejado en blanco y en parte porque, aunque me cueste admitirlo viniendo de Weston, tiene razón.
“¿Alguna pregunta?”
¿Cuándo te quitarás el palo que tienes metido por el culo?
“No, jefe.” Hago un saludo militar con cara seria, pero no parece hacerle demasiada gracia porque se limita a mirarme apretando la mandíbula y a soltar un bufido antes de darse la vuelta.
Lo miro mordiéndome el interior de la mejilla mientras sale del guadarnés y camina hacia la puerta del establo.
Me quedo de pie en medio de la salita, sin saber muy bien qué hacer.
No me ha dado instrucciones específicas, y por la hora que es, dudo que quiera que me ponga con las tareas del día… ¿no?
Estoy a punto de dar un paso al frente para preguntarle qué sigue ahora, dándome una colleja mentalmente porque acaba de preguntar si tengo preguntas y he dicho que no, cuando se vuelve hacia mí con el ceño fruncido.
“¿Vienes o qué? No te pago para que estés ahí parada.”
¿Sabes qué? La colleja se la daría a él sin pensármelo dos veces.
Reprimo un insulto antes de seguirlo, sintiendo la vena de mi frente palpitar con fuerza.
Una semana. Una semana de prueba y luego dejaré de tener que estar detrás de él como un caballo detrás de una zanahoria.