Cuando florezcan los almendros (Almond Valley 1) Capítulo Dos
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Capítulo Dos

Sage

B ajo el volumen del equipo de música hasta que apenas se oye, dejando que el murmullo lejano de la tierra y el viento se conviertan en los únicos sonidos que llenan el espacio.

Emily me guía a través de los senderos, siempre bordeando las vallas blancas de los campos de cultivo o ganado.

El paisaje no cambia mucho a medida que avanzamos pero, en lugar de volverse monótono y aburrido, resulta interesante.

Es como una obra de arte que usa los mismos elementos pero nunca deja de captar la atención.

Estoy acostumbrada al ruido y la agitación de Blackwater, donde los altos bloques de cemento bloquean la vista del cielo y el verde de la naturaleza apenas se asoma entre el gris de las calles.

Esta granja me recuerda a mi infancia, a mi abuelo, y de alguna manera me hace sentir más tranquila, como si el recuerdo me acompañara.

No hemos hablado desde que salimos de la casa principal y el silencio me comienza a pesar, envolviéndome en una incomodidad que no logro sacudirme.

Cuento hasta diez antes de hablar, evitando que la tensión en mí siga creciendo.

"Entonces… ¿tu hijo es el que manda?"

“Ya le gustaría,” dice riendo, y me señala un camino a la derecha antes de recuperar el aliento. “Él se encarga del ganado y del cultivo, que es lo más importante en la granja, pero no, no es él quien manda.”

“¿Y quién es entonces?”

“Yo.”

No oculto mi sorpresa y me giro para mirarla justo cuando una sonrisa orgullosa se dibuja en su rostro. Me guiña un ojo, divertida, y deja escapar una suave risa antes de continuar.

“Llevo la parte de los números, las cuentas, los pedidos, los permisos, los pagos... Todo lo que nadie quiere hacer pero sin lo que esto no funcionaría.”

Asiento despacio, impresionada. “Así que tú eres la jefa.”

“Exacto. Aunque a veces se les olvida, como habrás podido comprobar…”

Se ríe y me uno a ella, pensando en lo fácil que es subestimar a alguien solo porque no es frío ni da órdenes a gritos.

La envidio, en cierto modo, porque no necesita imponerse con dureza; le basta con estar presente, con esa mirada tranquila y ese control seguro y firme de quien sabe exactamente lo que hace.

“El apartamento está fuera de la casa de mi hijo,” añade tras un rato en silencio.

Sus palabras hacen que mis hombros se relajen y mi corazón vuelva a latir con normalidad. Si hubiera sido como imaginaba —una habitación dentro de su casa—, habría hecho de tripas corazón, sí, pero no tengo claro cómo habría acabado todo.

Probablemente con un cadáver.

El de Weston.

“Tienes cama, ropero y baño, pero la cocina está en la casa principal,” explica con voz suave.

La miro por el rabillo del ojo y me ofrece una sonrisa de disculpa.

Es la segunda sonrisa de ese tipo que me dedica en menos de media hora, y me tengo que morder el interior de la mejilla para contener la risa.

Está claro que Weston se lleva el premio a la persona menos simpática de la granja. Incluso para su propia madre.

Conforme avanzamos por la carretera, los campos de cultivo van quedando atrás, dando paso a un bosque frondoso que parece envolvernos poco a poco. Emily me hace conducir por un camino secundario, oculto entre los árboles, cubierto de ramas y hojas secas.

“No paro de decirle a Weston que limpie el camino para los coches, pero se empeña en ir a caballo a todas partes,” masculla Emily, agarrándose a la manilla de la puerta para mantener el equilibrio mientras el coche nos sacude al saltar de un bache a otro.

Llegamos a un claro donde se encuentra la casa, mucho más pequeña que la de Emily.

La madera sigue siendo el material predominante en su construcción, aunque esta versión es más oscura, como si intentara integrarse con los troncos de los árboles que la rodean.

Junto a la estructura principal hay una pequeña ampliación, más nueva y brillante.

Ambas tienen un solo piso y se alzan ligeramente del suelo, unidas por un porche delantero donde cuelgan plantas de las vigas.

En el centro, una escalera lleva a las dos puertas, con barandillas cubiertas de enredaderas llenas de flores rosas.

El lugar es idílico; incluso creo escuchar el murmullo del río a lo lejos.

Salgo de la camioneta y me acerco a la casa, escuchando a Emily pisándome los talones. Saco la llave del bolsillo trasero de mis pantalones para abrir la puerta del apartamento, y me quedo sin palabras cuando veo el interior. No es para nada lo que me esperaba.

Es pequeño, pero sorprendentemente acogedor.

Las paredes son de un suave color crema, y la luz que entra por las numerosas ventanas llena la estancia de un tono cálido.

Hay una pequeña mesa cuadrada de madera pegada a la pared con dos sillas, y un jarrón con flores frescas adorna el centro.

A mi derecha, una puerta que intuyo que da al baño.

Al fondo, bajo la ventana, hay una cama grande, y me doy la vuelta para admirar el espacio .

Mi espacio.

“¿Cómo lo ves?,” pregunta Emily desde el umbral de la puerta, todavía fuera del apartamento.

Mi sonrisa se amplía, y camino hacia ella con la emoción dibujada en el rostro. “¡Es perfecto!”

Me sonríe de vuelta y asiente con la cabeza. “Me alegro de que te guste.”

Camina hacia el interior para mirar por la ventana.

“La construyó él solo, decoración incluida. Yo le di un par de consejos pero, como siempre, no me hizo ni caso,” dice de espaldas a mí, riendo suavemente.

Me sorprende su buen gusto, sobre todo teniendo en cuenta su temperamento.

Había imaginado algo más sencillo, con tonos fríos y austeros, más funcional que acogedor.

Pero esto… es todo lo contrario. Cada detalle parece elegido con cuidado, sin prisa, como si realmente quisiera que el lugar tuviera personalidad.

“La terminó hace unas semanas, así que eres la primera en usarla,” añade, guiñándome un ojo.

Me hace un gesto con la cabeza para que la siga, y vamos hacia la casa principal. La cocina que compartiré con su hijo mantiene el mismo estilo acogedor que el apartamento: tonos cálidos, muebles y encimeras de madera clara y detalles cuidados.

Cuando termina de mostrarme cada rincón, salimos al porche.

Nos detenemos un momento, dejando que los rayos del sol que se filtran por las copas de los árboles nos acaricien la piel.

Apoyo los antebrazos en la barandilla, y aprovecho para respirar hondo varias veces, llenando mis pulmones del aire limpio del campo.

Emily me roza el codo para llamar mi atención. “Me voy ya, Sage. Te he dejado mi número en la mesa de tu apartamento, cualquier cosa llámame. Nos vemos esta noche en mi casa, que solemos cenar todos juntos.”

“¿Puedes volver andando?,” pregunto, frunciendo el ceño. Una cosa es venir en coche, que han sido apenas unos minutos, y otra es caminar por los eternos senderos de tierra.

“Sí, me vendrá bien algo de aire fresco. Atajaré por el campo.”

Asiento, no muy convencida, pero sin intención de llevarle la contraria en su propia casa.

“Muchas gracias, Emily.”

“Ni darlas.” Me guiña un ojo con complicidad, me da un leve apretón en el brazo y baja las escaleras con paso ágil, perdiéndose por un camino entre la maleza.

Me quedo sola en el silencio del paraje, escuchando cómo sus pasos se desvanecen hasta que solo queda el canto lejano de los pájaros.

Todavía me queda una hora antes de tener que ir al establo, así que aprovecho el tiempo para investigar los alrededores.

Bajo las escaleras y rodeo la casa por un caminito de tierra, donde descubro un pequeño cercado en el jardín trasero.

Dentro, dos caballos pastan tranquilamente bajo la sombra de un roble.

Uno de ellos es un appaloosa de pelaje moteado, curioso y simpático, que se acerca nada más verme.

El otro es tordo, más alto, con un porte elegante y mirada seria.

Me subo a la valla para acariciar al primero, que mueve el hocico sobre la palma de mi mano con total confianza en busca de comida. En la chapa que cuelga de su cabezada leo su nombre: Mud .

Me arranca una sonrisa inmediata. Como indica su nombre, está lleno de polvo y tierra, pero tiene algo especial que me hace pensar que nos vamos a llevar muy bien.

El otro se acerca, sin poder evitar su curiosidad, y veo que se llama Shiny .

Solo con los nombres y el aspecto que tienen, puedo adivinar cuál es el favorito de Weston.

Paso un buen rato con ellos, dejándome llevar por la calma que transmiten. Apoyo la cabeza en el poste de la valla mientras los observo moverse con tranquilidad, sacudiendo la cola para ahuyentar las moscas y mordisqueando el pasto.

Cuando vuelvo a revisar la hora en el móvil, decido que es el momento de ir saliendo. Vuelvo a la parte delantera, subo al coche y conduzco de regreso a la casa principal. Desde ahí podré caminar hasta el establo.

Quiero empezar con buen pie, aunque Weston no me lo vaya a poner fácil. Estoy mentalizada para mantener la calma, trabajar duro y no darle motivos para que me eche.

Pero mis planes se ven saboteados antes de tiempo.

No llevo ni dos segundos en la carretera cuando, de pronto, aparece un coche viniendo de frente. Reduzco la velocidad, arrimándome todo lo que puedo a la derecha con cuidado de no meter las ruedas en la cuneta. Estoy a punto de detenerme por completo cuando el muy idiota gira de golpe… ¡hacia mí!

No me da tiempo ni a pensar en lo que hago.

Doy un volantazo, el coche se sacude violentamente y piso el freno con todas mis fuerzas.

Las ruedas chirrían contra la tierra y levantan una nube inmensa de polvo.

Me quedo quieta y cierro los ojos por puro instinto, esperando el golpe. Pero este no llega.

Me palpo el cuerpo con urgencia con la respiración agitada y abro los párpados lentamente. Estoy entera. No me he chocado. No me he roto nada. Ni siquiera un rasguño.

Respiro hondo varias veces antes de salir de la camioneta, pero ya tengo el rostro encendido por la rabia. Estoy lista para soltarle de todo al inconsciente que casi me saca del camino, pero en cuanto fijo la vista en el interior del otro coche, distingo una camisa azul. Por supuesto.

“¡Si querías que parase, podrías haber hecho una señal, no embestirme contra la cuneta!,” le grito, alzando la voz por encima del rugido del motor de su camioneta. No puedo contener mi lengua todos los días de mi vida.

Un brillo desconocido cruza la expresión de Weston, como si lo hubiera sorprendido, pero solo dura unos segundos antes de que su cara natural de molestia vuelva.

“¿Adónde vas?,” brama, saliendo del vehículo de un salto. Su tono es brusco, definitivamente no está contento con mi compañía.

Ya somos dos.

“Al establo. Son casi las cinco,” replico, obvia. Weston frunce más el ceño.

“¿Por qué vas sola?”

“¿Y cómo quieres que vaya?,” replico, cruzándome de brazos.

“Con Emily.” Imita mi gesto, y mi mirada se desliza fugazmente hacia los tensos músculos de sus brazos antes de volver a encontrarme con sus ojos verdes.

“Emily se fue hace un buen rato.”

“¿Andando?” Sus cejas se juntan todavía más.

Asiento, encogiéndome de hombros. No sé qué busca con esta conversación, pero la paciencia se me está empezando a agotar.

“¿Y a dónde ibas tú? Me dijiste que nos veríamos en el establo,” digo, enarcando una ceja.

Su mandíbula se tensa, como si estuviera conteniéndose para no decir lo que piensa.

“Tenía que recoger unas herramientas,” gruñe al final, sin dar más explicaciones.

No se lo cree ni él.

“¿Y pretendías atropellar a todo aquel que se cruzara en tu camino?”

“No pensaba encontrarme a nadie conduciendo como si estuviera en la autopista.”

Suelto una carcajada sarcástica, alucinando con su poca vergüenza.

“¡Venga ya! Estaba conduciendo normal,” replico, llevando las manos al cielo. “He reducido la velocidad y me he echado a un lado. Has sido tú quien ha tratado de pasarme por encima como si tuviera un Monster Truck.”

Nos fulminamos con la mirada durante unos segundos, batallando en silencio, ninguno cediendo terreno. Al final es Weston quien aparta la vista con un resoplido. Mentalmente me doy una palmada en la espalda por la pequeña victoria.

Niega con la cabeza y da un paso hacia atrás.

“Sube. Te llevo.”

Cruzo los brazos con más fuerza, como si tratara de protegerme. “No hace falta. Ya voy yo en mi camioneta.”

“Sube, Sage.”

La forma en que pronuncia mi nombre, tan decidida y profunda, despierta algo en mí que preferiría ignorar. Es la misma sensación que me invade cuando me quedo mirando sus brazos. Pero qué brazos…

Suspiro frustrada, ya que, por una vez, mi cabezonería no me está sirviendo. Estoy cubierta de polvo, las manos me tiemblan por el volantazo, y me doy cuenta de que lo único que quiero es llegar al maldito establo.

Le lanzo una última mirada de advertencia antes de rodear la camioneta y abrir la puerta del copiloto. Giro mi cuerpo hacia la ventanilla, y rezo para que no me haya visto impulsarme en el asiento poder subir.

Mi metro sesenta me limita demasiado.

“No atropelles a ninguna vaca, por favor,” mascullo cuando se sube, pero se mantiene impasible.

Me remuevo en el asiento, incómoda, consciente de su proximidad y del olor a cuero y campo que llena la cabina.

Espero a que se suba al vehículo y arranque para volver a hablar.

“¿Siempre conduces como si el diablo te persiguiera?,” pregunto de repente, sin poder evitarlo.

Weston alza una ceja, sin apartar la vista del camino.

“Solo cuando me cruzo con desconocidas que creen que una cuneta es buen sitio para aparcar.”