Capítulo Uno #2
Reprimo un resoplido al ver que esto va para largo, y me concentro en escuchar mi propia respiración, desviando la mirada de mi fuente de ansiedad.
Lo único que necesito es un trabajo tranquilo, seguro y que me haga sentir bien.
Después de haber pasado toda mi infancia en una granja parecida a esta —aunque no tan grande—, la idea de volver a conectar con la Sage de ocho años enciende una chispa de ilusión dentro de mí.
No sé cuánto tiempo paso observando el paisaje; pierdo la noción del tiempo y ni siquiera soy consciente de que he girado sobre mí misma hasta que un carraspeo fuerte suena a mi espalda.
Me doy la vuelta con las mejillas ardiendo por haberme perdido en mi propio mundo delante de desconocidos, y vuelvo a encontrarme con el ceño fruncido del hombre.
¿Será el estado natural de su rostro?
Levanta una mano para señalar algo a su derecha, pero mi mirada no se aparta de él.
Y es que me quedo embobada en cómo la camisa azul marino de franela se ciñe a su bíceps.
Tiene las mangas remangadas hasta el codo, lo que me da una excusa perfecta para observar los numerosos tatuajes que recorren su antebrazo.
Su cuerpo es musculoso, pero no del tipo que se consigue en el gimnasio, sino más bien fuerte y ancho por pasar todo el día trabajando en la granja.
Tras unos segundos demasiado largos, y con la boca reseca de haberla tenido tanto tiempo entreabierta, consigo seguir la dirección que marca con la mano, rezando para que no se haya dado cuenta.
Lo sé, no debería estar mirando así a alguien que ha sido un imbécil conmigo. Pero aquí una tiene ojos en la cara.
Aunque lo último que necesito es perder esta oportunidad por babear mirando al jefe.
“Ve a ese establo a las cinco para que te dé las tareas. Luego te enseñaré todo esto.” No espera a que asienta, sino que se lleva la mano al bolsillo delantero de sus vaqueros gastados.
No me atrevo a decir nada para no empeorar su humor, aunque una ínfima chispa de esperanza se enciende dentro de mí: tengo una semana para demostrarle que no soy terrible como cree, sino que soy perfecta para este trabajo.
“Esta es la llave del apartamento de invitados. Emily te acompañará para que dejes tus cosas.” Baja las escaleras a toda prisa y, sin darme tiempo a procesar sus movimientos, me agarra de la mano con firmeza, aunque con una inesperada delicadeza, y deposita la vieja llave en mi palma.
El calor extraño de su contacto me recorre todo el cuerpo, pero ocurre tan rápido, como un parpadeo, que me suelta antes de que pueda echar de menos su calidez. Se aleja sin mirarme siquiera, dándose la vuelta y perdiéndose por uno de los caminos de tierra.
La rabia me inunda otra vez, y tengo que contenerme para no salir corriendo detrás de él para enseñarle modales.
Decido quedarme quieta, viendo cómo desaparece entre los árboles que delimitan el camino.
Entrecierro los ojos, pese a llevar gafas, y me fijo en lo familiares que me resultan esas hojas.
Y entonces me doy cuenta.
Son almendros, silenciosos testigos de mi infancia.
El recuerdo del día que planté uno con mi abuelo cuando tenía diez años viene a mi mente, y me permito dejarme llevar por la nostalgia unos segundos.
Siento cómo el enfado se disuelve en el aire, como si esos mismos árboles, con su calma eterna, pudieran borrar todo rastro de ira con un solo suspiro.
Me vuelvo hacia el porche, donde las mujeres me miran curiosas, como si estuvieran esperando a que bajara a la tierra antes de dirigirse a mí.
“Soy Emily.” La voz de la mujer más joven se siente como una brisa de verano, suave y cálida.
Baja las escaleras y alarga una mano hacia mí con una sonrisa avergonzada, como si estuviera disculpándose por la mala educación del hombre.
La estrecho con firmeza, sintiendo la dureza de los callos de ambas manos.
“Su madre, por si te lo estabas preguntando.”
La verdad es que no me lo estaba preguntando, pero, ahora que lo dice, es indudable el parecido. Incluso tienen los mismos ojos verdes como las copas de los árboles que rodean la granja.
“Discúlpalo. Es así desde que nació.” Pone los ojos en blanco, resoplando con un deje divertido.
“Encantada de conocerla, señora Weston”.
“No me llames señora, por favor, me hace sentir vieja.” Escandalizada, abre mucho los ojos, haciendo una mueca antes de echarse a reír. “Llámame Emily.”
“Está bien, Emily,” respondo, sonriendo de vuelta.
“Ella es Mira.” Señala a la otra mujer, que sigue sentada en el porche. “Es mi madre.”
La anciana levanta una mano para saludarme e imito su gesto, sintiéndome algo cohibida por todo lo que ha pasado desde que me bajé de la camioneta.
“Como ves, es un ambiente muy familiar el de esta granja,” dice Emily riendo.
“No quiero parecer una intrusa,” digo, apretando los labios.
“Oh, no, ni lo pienses, cielo. Fuimos nosotros quienes pusimos la oferta de trabajo. Eres más que bienvenida.”
“Permíteme dudarlo.” Me arrepiento al instante de abrir la boca, mordiéndome la lengua por mi repentina falta de educación. Soy impulsiva, pero no se me ocurriría corregir a la madre del que parece que va a ser mi jefe.
Emily me sorprende riéndose. “No te lo tomes personal. Weston es así con todo el mundo. Te acostumbrarás con el tiempo.”
“Si es que consigo pasar la semana de prueba,” murmuro, mordiéndome el interior de la mejilla para dejar de soltar entre líneas todo lo que pienso sobre su hijo.
“La vas a pasar.” Me guiña un ojo con una sonrisa ladeada.
La decisión de Emily no me inquieta, pero tampoco me tranquiliza.
Viendo la cercanía con la que me trata, estoy convencida de que me contrataría sin dudarlo si solo dependiera de ella.
Lo que realmente me preocupa es lo que opina su hijo de mí, y eso apenas nos conocemos de dos minutos y no sé ni su nombre.
“Vamos a tu coche y te guío hasta tu nueva casa”.
Me rodea con el brazo, caminando a mi lado hasta mi destartalada camioneta granate. Siento vergüenza de pronto por el mal estado del vehículo, pero Emily no parece darle importancia. Se sube al asiento del copiloto con elegancia, sin hacer ningún comentario.
Esta semana no puedo permitirme dudar de mí misma, porque, si yo no confío en lo que puedo hacer, ¿cómo van a hacerlo estos desconocidos?