Cuando florezcan los almendros (Almond Valley 1)
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Capítulo Uno
Sage
L a cálida brisa del valle que entra por la ventanilla hace ondear los espesos rizos de mi melena a mi espalda.
Las ruedas de la vieja camioneta levantan una nube de polvo cuando derrapo por el camino de tierra al tomar un desvío hacia la izquierda en el último segundo.
Deberían actualizar los mapas de esta zona; este camino ni siquiera aparece en el recorrido que traza la pantalla del móvil.
Trato de calmar mis nervios y mantener la calma mientras conduzco por los descuidados caminos.
La música suena por encima del ruido del motor, dándome la energía que necesito para ser mi mejor versión hoy.
Subo todavía más el volumen y canto a todo pulmón Get Into It sin importarme si desafino o los cristales del coche tiemblan con los bajos de la canción.
Mientras el paisaje se difumina a mi alrededor, rezo para que todo vaya según lo planeado y no tenga que volver con las manos vacías.
Si tengo un poco de suerte, no volveré a recorrer esta carretera en mucho, mucho tiempo.
El verde campo se extiende mires donde mires, abrazando el paisaje hasta donde alcanza la vista, y una gran valla blanca de madera lo separa de la carretera.
Dentro del recinto, otras vallas más pequeñas dibujan los límites de los cercados: parcelas de cultivo y zonas donde los animales se mueven con libertad.
Caballos, vacas y ovejas salpican el paisaje, lo que me hace pensar que se trata de un rancho tanto agrícola como ganadero.
A decir verdad, no miré mucho los detalles del puesto de trabajo, solo me interesó venir aquí porque, si me contratan, viviré en un lugar remoto.
Llevo varios minutos preguntándome si no me habré equivocado de carretera, pues aquí todos los senderos parecen iguales, pero recobro la esperanza cuando veo a lo lejos un cartel que reza:
Almond Valley
Está un poco destartalado, las letras han perdido gran parte de la pintura blanca que las colorea, dejando la madera expuesta y desgastada por los años. La estructura tiene tantas grietas que da la impresión de que podría desmoronarse si un cuervo se posara sobre ella.
No tengo que conducir mucho tiempo hasta que veo a lo lejos una enorme casa de madera rodeada de árboles.
Reduzco la velocidad cuando giro a la derecha y me meto en el camino de entrada.
Con los nervios a flor de piel, comienzo a sentir las manos húmedas de sudor y me maldigo por haberme puesto una camisa de manga larga.
Aparco el coche en el camino de tierra, al lado de otra camioneta llena de polvo.
Apago el motor y la voz de Doja Cat desaparece, dejándome en completo silencio, escuchando únicamente los fuertes latidos de mi corazón. Respiro profundamente, cerrando los ojos un segundo antes de mirar mi reflejo en el espejo retrovisor.
“Vamos, Sage. Lo tienes todo controlado,” murmuro con la voz ronca de haber estado cantando durante horas. En realidad, creo que esta es la primera frase sin entonar que digo hoy.
Mis tirabuzones negros están despeinados, apuntando en todas direcciones, pero me dan un aire salvaje que no me molesta, así que no hago nada para arreglarlos.
Me he puesto mis mejores vaqueros, ceñidos en los muslos y acampanados en los bajos que ocultan mis botas marrones.
Limpio el polvo de mis gafas de pasta granate con el extremo de mi camisa azul cielo, que contrasta con mi piel, bronceada por haber pasado muchas horas al sol.
Hace tanto calor que me la tengo que remangar hasta los codos antes de meterla bien por dentro del pantalón.
Fuera de la camioneta es todavía peor: el aire cálido de junio, seco y sin una nube en el cielo, me recibe cuando abro la puerta para acercarme a la propiedad.
Doy una vuelta sobre mí misma antes de emprender mi camino, posando la mirada en el paisaje que me rodea.
Es abrumadora la belleza de los campos de cultivo, el enorme granero rodeado de árboles, el huerto de verduras, los árboles que decoran los laterales de los caminos, el pasto inmenso que rodea el establo para los caballos…
La casa es enorme desde fuera y necesito varios segundos para poder recorrerla con la vista y fijarme en cada detalle.
Aunque parece una cabaña moderna de dos pisos, conserva la esencia del entorno que la rodea.
En lo alto de las escaleras de entrada hay un porche delantero, donde varias mesas con sillas, bancos y enredaderas decoran el espacio, haciéndolo todavía más acogedor.
Pequeñas luces en forma de lágrimas cuelgan del techo, y puedo imaginarme recostada en una de esas sillas por la noche, mirando las estrellas acompañada por la cálida luz de las bombillas.
Sentadas ahí, en un banco de madera, hay dos mujeres hablando animadamente, riendo y gesticulando con las manos. Mis botas crujen sobre la tierra arenosa al acercarme a las escaleras, y camino con pasos decididos incluso cuando se giran al escucharme y me miran con curiosidad.
La semejanza en sus rasgos me hace pensar que son madre e hija, y las veo intercambiar una mirada significativa antes de volverse hacia mí, esta vez con una sonrisa encantadora.
Me quedo unos segundos en silencio, pensando en qué decir y cómo, pero cuando voy a abrir la boca, un hombre sale de la casa con la misma fuerza que un huracán.
La puerta rebota contra la pared del porche y doy un respingo con el inesperado golpe.
Mi cuerpo se tensa en un acto reflejo y me abrazo con fuerza, esperando los gritos y llantos.
No sé ni cómo, consigo mantener los ojos bien abiertos, fijos en el recién llegado.
Las mujeres se callan de inmediato y vuelven la vista al hombre con la boca abierta. La más mayor, que debe triplicarle la edad, se lleva la mano al pecho. Juro que la escucho murmurar un Ave María a toda prisa.
Parece que no soy la única a la que le ha dado un maldito infarto.
El hombre me mira frunciendo el ceño y entrecerrando tanto los ojos que se reducen a dos estrechas líneas.
“Lo siento, no podemos ayudarte.” Por la manera en la que me mira de arriba abajo con los labios apretados, sé que sus disculpas no son sinceras. Inclina la cabeza cuando termina de escudriñarme, haciendo que la visera de su gorra oculte casi por completo su rostro.
Siento cómo la sangre empieza a circular de nuevo por mis venas al escuchar su negativa, y me armo de valor para luchar por este trabajo con dientes y garras si hace falta.
“¿Disculpa?”
“No me gusta tener extraños en mi propiedad. Por favor, márchate,” dice como respuesta.
Tengo que morderme la lengua para no soltar lo primero que se me viene a la cabeza. En cambio, respiro profundamente y vuelvo a intentarlo.
“Vengo por el trabajo.” Me cruzo de brazos, esforzándome por evitar que mi enfado crezca aún más. ¿Este quién se cree que es para hablarme así?
La mujer más joven se levanta del banco con calma y me lanza una mirada extraña con una pequeña sonrisa, como si intentara decirme algo. No logro entender qué es exactamente, no sé si por el cabreo que tengo encima o porque mis neuronas no están colaborando.
“¿Eres la hija de Sage?” La voz seca del hombre me sorprende, haciéndome pegar un respingo en el sitio.
Ahora es mi turno de fruncir el ceño.
“ Yo soy Sage.”
A la mujer se le escapa la risa, pero se lleva una mano a la boca rápidamente para disimular.
“¿Es relevante que sea un hombre o una mujer, Weston?” La anciana, aún sentada en el banco, levanta una ceja desafiante. No oculta la pequeña sonrisa que asoma en sus labios, disfrutando visiblemente con la situación.
Me devano la cabeza para recordar el nombre con el que el remitente firmaba los correos electrónicos que intercambié para el trabajo, pero solo recuerdo el apellido Weston. Descarto la posibilidad de haber hablado con él porque, de haberlo hecho, sabría que no soy un hombre.
El maleducado le lanza una mirada fulminante a la señora de pelo canoso, pero niega con la cabeza volviéndose hacia mí.
Permanezco quieta, esperando a que alguno hable, pero el silencio dura demasiado y me agobio, así que trato de llamar su atención dando un paso hacia ellos.
“Sé hacer todas las cosas que pedís en el contrato.”
Los detalles y condiciones sobre el puesto no los habré comprobado, pero todas las tareas que necesitan cubrir me las sé de memoria.
Podría suplicar si hace falta. Ponerme de rodillas.
Lo que sea. No saben cuánto necesito este trabajo.
No puedo dejar que me manden de vuelta, y menos por un estúpido malentendido.
“No lo dudamos, cielo.” Me tranquiliza la mujer más joven en lo alto de la escalera con una sonrisa familiar. “Todo este tiempo has estado hablando conmigo, y estaré encantada de contratarte.”
Weston resopla, llamando nuestra atención. “Primero tiene que demostrar que vale para el puesto,” replica con dureza, dirigiendo la mirada a la mujer. Ella no le contesta, sino que se lo queda mirando fijamente, impasible, como si supiera que va a ceder sí o sí.
Los observo en silencio, comenzando a sentir un hormigueo demasiado familiar en las puntas de los dedos. Son las ganas que tengo de golpear a algo —o a alguien. ¿Puede dejar de comportarse como un crío de diez años y actuar como un adulto… de qué… treinta?
Tras un fuerte suspiro, el hombre asiente imperceptiblemente y se vuelve hacia mí, aunque mira a algún punto por encima de mi cabeza para evitar mirarme a los ojos.
“Estarás una semana de prueba. Te quedarás en la casa principal.”
“No.” Niega al instante la mujer, llevándose las manos a las caderas. “Que se quede en el apartamento para invitados de tu casa.”
Debe de estar bromeando. ¿Pretende que viva con… él?
Los dos supuestos adultos intercambian una mirada sin palabras, como si estuvieran teniendo toda una conversación con la mente.
La anciana me mira con diversión, pero comienzo a no tener humor para tonterías.
Estoy a punto de perder los papeles y empezar a gritar, pidiendo que me expliquen qué coño está pasando.