CAPÍTULO 12 #3
—¿Guerra? —preguntó un marinero joven, arrugando la frente—. ¿Una guerra entre americanos? Eso no durará ni un mes. El Norte tiene las fábricas, las astilleros y la población. Dos meses de bloqueo naval y los plantadores del Sur tendrán que suplicar la paz sobre sus rodillas.
—Eso es lo que creen los insensatos en Washington —dijo con voz grave un anciano de aspecto demacrado que leía un ejemplar del Boston Advertiser junto a la chimenea—.
—Olvidáis que los hombres del Sur están armados, tienen oficiales formados en las mejores academias y defenderán su tierra con el fanatismo de quien cree que lucha por su supervivencia.
—Si esa guerra empieza, no durará un mes ni un año. Devorará a nuestros hijos, quemará nuestras ciudades y cambiará este país para siempre.
En la mesa del rincón, Thomas escuchaba cada palabra sin intervenir.
Conocía la verdad de ambos discursos. Sabía que el Norte poseía la industria y los recursos financieros, pero también conocía la soberbia ciega y la capacidad de resistencia de la aristocracia de las plantaciones.
Había visto a los jóvenes hidalgos de Misisipi montar a caballo desde niños, manejar el fusil con precisión mortífera y defender con arrogancia feroz la institución de la que dependía su modo de vida.
La guerra que se avecinaba no sería un desfile victorioso ni una disputa fronteriza breve; sería un conflicto total, una hoguera gigantesca que arrasaría las certezas de toda una generación.
Thomas miró sus propias manos sobre la mesa.
Recordó la cerca que había reparado esa misma mañana, la casa azul en la ladera de la colina, la sonrisa de Lizzie al terminar de leer su libro y los progresos de Toby en la escuela de la capilla.
Todo lo que amaba, todo lo que había conquistado tras meses de angustia y peligro, quedaba atrapado en el centro de la tormenta que amenazaba con cubrir el país entero.
Pagó su consumición con dos monedas de cobre, se embozó en su chaqueta de paño y salió a la calle fresca de la tarde. El viento del mar traía un rumor distante, amortiguado pero constante, como el oleaje que rompe contra las rocas antes de la llegada de la gran tormenta.
El campo de algodón libre
A tres millas al oeste de Kennebunkport, en las tierras llanas que se extendían entre los bosques de arces y el curso del río Kennebunk, un grupo de agricultores de Maine realizaba un experimento singular.
Animados por las sociedades abolicionistas de Boston y por el deseo de demostrar que los cultivos del Sur podían producirse mediante el trabajo asalariado y libre, habían instalado varios invernaderos de madera y cristal y roturado dos hectáreas de terreno resguardado para cultivar algodón de variedad septentrional.
Era un domingo por la tarde, a finales de mayo. El sol declinaba hacia el oeste en un cielo transparente teñido de tonos dorados y violetas.
Thomas y Lizzie caminaban despacio por el sendero que bordeaba el campo de prueba. Los niños avanzaban unos metros por delante; Toby corría persiguiendo un aro de madera mientras Ruth caminaba cogida a la falda de su hermano, riendo ante sus carreras.
Lizzie vestía su vestido amarillo de domingo con un chal de lana fina sobre los hombros para resguardarse de la brisa de la tarde. Thomas caminaba a su lado, con la chaqueta abierta sobre el chaleco y las manos cruzadas en la espalda, disfrutando de la calma del paisaje.
Al llegar al borde de la parcela cultivada, Thomas se detuvo.
Frente a ellos, alineadas en surcos perfectos y protegidas del viento del norte por una hilera de pinos altos, las matas de algodón crecían con una lozanía sorprendente.
Las flores de primavera —algunas blancas como la nieve recién caída, otras de un tono rosado suave— comenzaban a abrirse bajo el sol cálido de la tarde.
Thomas permaneció en silencio durante varios minutos, contemplando el campo.
Lizzie se detuvo junto a él, observando la rigidez repentina que había cruzado los hombros de su marido.
Thomas se inclinó despacio, extendió la mano y tomó entre el pulgar y el índice una de las flores de algodón recién abiertas. La delicadeza del pétalo, la textura suave y tibia de la planta bajo el sol, le trajeron una marea instantánea de recuerdos.
Durante los primeros veinticinco años de su vida, aquella planta había sido el símbolo absoluto de todo lo que aborrecía y de todo lo que lo atormentaba.
El algodón era la causa de las cadenas de Lizzie, de la separación de miles de familias en las gradas de los subastadores, de la riqueza desmedida y la soberbia ciega de su padre en Oak Harbor.
Cada brote de algodón en Misisipi llevaba impresa la huella de la violencia, el sueldo no pagado y el sufrimiento de hombres y mujeres cuyos nombres nadie registraba.
Sin embargo, al sostener la flor en la llanura de Maine, cultivada por hombres libres que recibían un salario justo al final de la jornada y que regresaban a sus casas al caer la tarde para cenar con sus familias, el significado de la planta se transformó ante sus ojos.