Cuando florezca el algodón CAPÍTULO 12 #2
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CAPÍTULO 12 #2

—«Y así cruzaron el río... y todas las campanas de la ciudad sonaron con júbilo al otro lado» —leyó Lizzie en voz alta, con una pronunciación clara y pausada.

Cerró el libro despacio, dejando la palma de la mano sobre la cubierta. No dijo nada durante un largo momento. Miró por el cristal de la ventana hacia las colinas verdes donde las ovejas de la granja vecina pastaban bajo el cielo azul.

Una lágrima solitaria, limpia y transparente, se desrizó por su mejilla izquierda sin que su rostro mostrara aflicción alguna. Era la primera vez en toda su vida que leía un libro completo, desde la portada hasta la palabra Fin.

Thomas se levantó, cruzó el espacio entre las sillas y le tomó la mano.

Lizzie alzó la vista y le sonrió con una serenidad honda, una sonrisa que no tenía rastro del miedo reprimido que durante años había marcado sus rasgos en Oak Harbor.

En esa mirada ya no habitaba la sombra de la subasta, ni la amenaza de la separación, ni la angustia de escuchar los cascos de los caballos de la patrulla por el camino nocturno.

Era la mirada de una mujer que había tomado posesión de su propio destino.

Desde la ladera de la colina llegó de pronto el sonido majestuoso de las campanas de la iglesia de la capilla de Kennebunkport.

Eran las tres de la tarde. Las ondas de bronce atravesaban el aire fino de mayo, resonando sobre los tejados de la villa, los mástiles de los barcos en el puerto y las huertas florecidas.

Thomas apretó la mano de Lizzie. No necesitaban hablar. El sonido de las campanas no anunciaba una huida ni una alarma; anunciaba sencillamente el paso del tiempo en un lugar donde el tiempo, por fin, les pertenecía.

La ceniza de las certezas

A más de mil quinientas millas al sur, bajo el sol implacable que comenzaba a caldear las tierras bajas del condado de Warren, Misisipi, el silencio de Oak Harbor tenía un peso distinto.

No era la calma tibia de las colinas de Maine, sino un silencio denso, estancado, cargado del tufo acre de la vegetación en descomposición y el vapor sofocante del río.

Richard Harrington caminaba solo por el sendero principal que dividía los campos de algodón del sector oeste.

Vestía su habitual levita de paño oscuro, pero la prenda le quedaba extrañamente holgada sobre los hombros, que aparecían ligeramente vencidos hacia adelante.

La leontina de oro de su reloj de bolsillo colgaba sin el brillo de antaño, y el bastón de empuñadura de plata con el que solía marcar sus pasos sobre la tierra no golpeaba el suelo con la autoridad de antes; se apoyaba en él con una necesidad física evidente.

A ambos lados del sendero, las plantas de algodón crecían con la fuerza vigorosa de la primavera sureña.

Las matas estaban verdes, frondosas, salpicadas de los primeros brotes blancos y rosados que predecían una cosecha abundante para el final del verano.

Los trabajadores —hombres y mujeres de rostro apagado y espaldas encorvadas— avanzaban entre las hileras con las azadas, limpiando las malas hierbas bajo la mirada vigilante de un nuevo capataz montado a caballo.

Richard se detuvo junto a una de las matas. Extendió la mano derecha —una mano arrugada, cubierta de manchas de la edad y con los nudillos inflamados— y tomó una hoja verde entre los dedos.

Durante cuarenta años, la visión de esas plantas cruzando la llanura hasta el límite con el bosque había sido para él la prueba irrefutable del favor divino y de la rectitud del orden que había construido.

Oak Harbor era su creación, su reino, la herencia que debía transmitir a la estirpe de los Harrington para perpetuar un modo de vida caballeroso y próspero.

Sin embargo, al contemplar las hileras que se perdían en el horizonte, Richard no sintió la vieja punzada de orgullo. Sentía solo un vacío árido.

El algodón seguía creciendo con la misma fuerza que siempre, la tierra producía con la misma generosidad ciega, los sirvientes continuaban agachando la cabeza a su paso; pero la granja parecía un edificio al que le hubieran arrancado los cimientos.

Faltaba la voz firme que debía sucederlo en el mando.

Faltaba la presencia del hijo que había preferido la incertidumbre del desierto antes que heredar la riqueza levantada sobre el sufrimiento ajeno.

Richard soltó la hoja y continuó su paseo hacia la casa grande.

Subió los anchos escalones de mármol del porche neoclásico.

Las columnas blancas, recién enjalbegadas, resplandecían bajo la luz de la tarde, pero el vestíbulo de entrada estaba sumido en una penumbra fresca y silenciosa.

La Sra. Harrington descansaba en el salón este con la celosía bajada para mitigar el calor, mientras las sirvientas se movían con pasos sigilosos para no alterar el luto no declarado que flotaba en el ambiente desde el verano anterior.

Richard no entró en el salón. Se dirigió al ala oeste de la casa, recorrió el pasillo de madera de caoba pulida y se detuvo frente a la puerta del despacho de Thomas.

La habitación permanecía exactamente igual que el día en que su hijo la abandonó.

La librería de roble conservaba los tomos de derecho, historia y agronomía que Thomas solía consultar; la lámpara de quinqué sobre la mesa de centro mantenía el nivel de aceite intacto; las cortinas de terciopelo verde filtraban una luz verdosa y melancólica sobre la alfombra de Esmirna.

Richard entró y cerró la puerta a sus espaldas.

Se acercó al escritorio de caoba. Pasó la mano sobre la superficie del mueble, sintiendo el grano fino de la madera. Se sentó despacio en la silla de cuero que había pertenecido a su hijo, dejando el bastón apoyado contra el lateral de la mesa.

Extendió la mano hacia el cajón superior derecho. La llave permanecía puesta en la cerradura de latón. Giró el mecanismo con un chasquido metálico seco y abrió el compartimento.

En el fondo del cajón, sobre un marco de cuero donde antes descansaba un retrato familiar, yacía la carta que Thomas le había dejado antes de cruzar la frontera.

No era un pliego largo ni ampuloso. Era una sola hoja de papel grueso de fabricación local, escrita con la caligrafía firme y limpia que Richard mismo le había enseñado cuando Thomas tenía siete años.

Richard tomó el papel con dedos lentos. Sus ojos, nublados por el comienzo de las cataratas, recorrieron las líneas que había leído un centenar de veces durante los últimos meses.

Richard sostuvo la carta entre las manos durante un largo momento.

No lanzó una imprecación ni golpeó la mesa con el puño, como había hecho el día de la huida.

Tampoco pronunció discursos sobre la traición ni sobre el honor de la familia.

Permaneció inmóvil en la penumbra del despacho, escuchando el tictac cansado del reloj de pared que marcaba los segundos en el vestíbulo.

Dobló la carta despacio por los mismos pliegues marcados por el tiempo, la devolvió al interior del cajón y giró la llave de bronce.

Se levantó de la silla con lentitud, apoyándose pesadamente en el bastón de plata. Al mirar por la ventana hacia los campos de algodón que se extendían bajo el sol de Misisipi, una grieta invisible pero profunda terminó de abrirse en el centro de sus convicciones.

El anciano patriarca comenzaba a comprender que el mundo que había defendido toda su vida con uñas y dientes no era una fortaleza eterna, sino una estructura carcomida por dentro que el primer embate de la historia haría saltar en mil pedazos.

Los vientos del conflicto

Mientas la primavera avanzaba, las noticias de la capital nacional y de las legislaturas estatales llegaban al puerto de Kennebunkport con la regularidad de las mareas.

En la taberna del Sailor's Rest, situada a pocos metros de los muelles donde desembarcaban las mercancías de los bergantines, las noches se habían vuelto ruidosas y broncas.

Los hombres de la villa —marineros de piel curtida, carpinteros, pequeños agricultores y comerciantes de tejidos— se reunían alrededor de las mesas de pino para consumir jarras de cerveza negra y discutir sobre los titulares que traían los periódicos de Boston y Nueva York.

Thomas solía acudir a la taberna dos veces por semana, al salir del almacén de granos, para enterarse del curso de los acontecimientos.

Se sentaba en una mesa de rincón, apartado del centro del local, apoyando la espalda contra la pared de madera y escuchando en silencio mientras mantenía una jarra de sidra entre las manos.

Una tarde de mediados de mayo, el ambiente estaba especialmente caldeado.

—¡El Senado ha vuelto a rechazar el compromiso sobre los territorios del Oeste!

—gritaba un tonelero veterano, golpeando la mesa con una jarra vacía que hizo tintinear los vasos vecinos—.

¡Los sureños exigen que la esclavitud sea legal desde Kansas hasta las costas del Pacífico!

¡Quieren imponer sus leyes de fugitivos en cada ciudad libre del Norte!

—¡Eso no pasará en Maine! —replicó un joven carpintero de ribera, de hombros anchos y rostro manchado de resina de pino—.

Si un cazador de recompensas pone un pie en Kennebunkport buscando a un hombre que trabaja honradamente entre nosotros, lo tiraremos al puerto con una piedra al cuello antes de que pueda enseñar una orden judicial.

—No habléis tan a la ligera, muchachos —intervino el dueño de la taberna, un hombre canoso que había servido en la marina mercante durante treinta años—.

La cuestión no es si un cazador de recompensas viene o no.

La cuestión es que los estados del Sur están preparando la secesión.

Si la Convención de Charleston firma el acta de separación, la Unión se romperá.

¿Y sabéis lo que ocurre cuando un país se divide por la mitad?

Que los ejércitos marchan sobre las fronteras.