CAPÍTULO 12 #4
El algodón no era inherentemente malvado.
La tierra no era culpable de la codicia de los hombres.
Bajo el sol de aquella primavera nueva, la planta volvía a ser simplemente lo que Dios había creado: un fruto de la tierra capaz de vestir a los hombres, un testimonio del trabajo digno, una promesa de abundancia y esperanza para quienes trabajaban la tierra con sus propias manos y en libertad.
Lizzie dio un paso hacia él. Enlazó sus dedos con los de Thomas, apretando su mano con suavidad.
—¿En qué piensas, Thomas? —preguntó ella con voz tibia, mirando el rostro de su marido iluminado por la luz dorada del atardecer.
Thomas no apartó la vista de la flor que sostenía en la mano.
—Pienso en lo lejos que hemos llegado, Lizzie —respondió él con voz baja, impregnada de una emoción contenida—. Y en lo extraño que es ver florecer aquí lo mismo que nos hizo huir de allá.
Lizzie miró hacia el campo y luego hacia los niños, que jugaban alegremente al final del sendero, recortados contra la luz del sol poniente.
—Aquello quedó atrás, Thomas —dijo ella con convicción serena—. El algodón de Oak Harbor pertenecía a tu padre y a las cadenas. Este de aquí pertenece a la libertad.
Thomas soltó la flor con delicadeza, dejando que el pétalo volviera a su posición natural en la rama. Giró el rostro hacia Lizzie y la miró a los ojos. En la mirada de su esposa vio la fortaleza inquebrantable de quien ha atravesado el fuego y ha salido de él sin perder la capacidad de amar.
—Te prometo una cosa, Lizzie —dijo Thomas, tomando la otra mano de su esposa entre las suyas con una firmeza que no admitía duda alguna—.
Pase lo que pase en los años que vienen...
sea cual sea la tormenta que se abra sobre este país...
jamás permitiré que nadie vuelva a arrebatarte la vida que hemos construido.
Defenderé este hogar con mi propia sangre si fuera necesario.
Lizzie lo miró en silencio. No hubo temor en su rostro ante la promesa de su marido; solo una profunda comprensión del compromiso que los unía.
En ese preciso instante, el galope tenue de un caballo resonó por el camino principal.
Un muchacho de unos quince años, el repartidor del correo de la villa, avanzaba a lomos de un poney tordo llevando la alforja de cuero cruzada en el pecho. Al ver a Thomas junto al camino, redujo el paso del animal hasta detenerlo a pocos metros de la pareja.
—¡Señor Eastwood! —llamó el muchacho, sacando un pliego doblado de la alforja—. Traigo el periódico de la tarde desde el puerto. El Sr. Vance me dijo que si lo encontraba en el camino de vuelta se lo entregara.
Thomas se acercó al caballo, sacó un penique de cobre del bolsillo de la chaqueta y se lo entregó al joven.
Tomó el ejemplar del Kennebunk Gazette —una edición especial impresa a tres columnas esa misma mañana— y dio unos pasos hacia atrás mientras el muchacho reanudaba el galope por el camino de tierra.
Lizzie se acercó a su costado, observando la palidez repentina que cubrió el rostro de Thomas al desplegar la hoja de papel.
Bajo la luz menguante del atardecer, el titular principal en letras grandes de imprenta negra destacaba en la parte superior de la primera página:
«La crisis de la unión alcanza el punto de no retorno, los estados del sur rechazan toda negociación y exigen la entrega de los fuertes federales. el congreso declara la nación en estado de preparación excepcional.»
Thomas leyó los dos primeros párrafos en voz baja.
Las palabras hablaban de ultimátums rechazados, de regimientos movilizados en Virginia y Carolina del Sur, de la ruptura definitiva de las conversaciones de paz en Washington y del inminente estallido de un conflicto que obligaría a cada hombre libre del país a tomar una decisión.
Dobló el periódico lentamente, con movimientos precisos y deliberados, sin hacer el menor ruido. Guardó el pliego bajo el brazo.
Miró a Lizzie. Ella no necesitó preguntar el contenido del titular. La gravedad en la mirada de Thomas, la tensión contenida en su mandíbula y la distancia con que observaba el horizonte eran respuesta suficiente.
La paz que habían encontrado en la pequeña villa de Maine, la casa azul, la cerca recién reparada y las lecturas junto al ventanal no eran el destino final donde la historia se detenía; eran la fortaleza construida para resistir la embestida que estaba a punto de desencadenarse sobre el continente.
Thomas tomó la mano de Lizzie una vez más. Unió sus dedos a los de ella con un apretón firme, cálido y definitivo.
Llamaron a los niños, que acudieron corriendo por el sendero entre risas. Toby tomó la mano de su madre y Ruth se agarró al brazo de Thomas mientras el sol terminaba de hundirse tras las copas oscuras de los pinos del oeste.
Echaron a andar juntos por el camino de vuelta hacia la casa azul.
A su alrededor, los campos cultivados se extendían en la penumbra tibia de la tarde de mayo, mecidos por la brisa suave que llegaba desde el océano.
Las flores de algodón ondularon bajo el viento de primavera, blancas y rosadas, brillando bajo los últimos destellos del crepúsculo.
Mientras el algodón volvía a florecer bajo el sol de una nueva primavera, Thomas comprendió que la libertad no era el final del camino, sino el comienzo de una historia mucho más grande de lo que jamás había imaginado.