CAPÍTULO 11 #6
Antes de que Lizzie pudiera articular palabra, Thomas dejó la cesta de mimbres en el suelo de madera, subió los tres escalones de dos zancadas y la rodeó con sus brazos con una fuerza abrumadora.
La estrechó contra su pecho con tal ímpetu que a Lizzie se le cortó el aliento.
Thomas hundió el rostro en el hueco de su cuello, respirando el aroma de su piel, a jabón de potasa y al vapor dulce del té de tomillo que ella solía preparar.
Sus manos, anchas y firmes, le sujetaron la espalda y la nuca con una desesperación reprimida, como si temiera que al soltarla ella pudiera desvanecerse en el aire helado de Maine.
—Thomas... ¿qué ocurre? —susurró Lizzie, desconcertada, intentando mirarlo a la cara mientras le correspondía al abrazo—. Me estás asustando... ¿Ha venido alguien del Sur? ¿Han visto a Whitmore en el puerto?
—No... no es Whitmore —murmuró Thomas contra sus cabellos, sin aflojar la presión de sus brazos—. Nadie ha venido. Estamos solos.
Toby dejó rodar la rueda de madera y se acercó al porche, mirando a sus padres con los ojos muy abiertos. Ruth soltó la lana roja y se agarró a la falda de su madre, instintivamente contagiada por la brusquedad del gesto de Thomas.
Thomas pareció reaccionar al sentir la presencia de los niños a la altura de sus rodillas.
Se separó ligeramente de Lizzie, aunque sin soltarle las manos, y se agachó sobre las tablas del porche.
Abrazó a Toby y a Ruth a la vez, pegando sus pequeñas cabezas contra sus hombros, besando los cabellos rizados de la niña y la frente del pequeño con un fervor devoto.
—Papá, estás apretando mucho —protestó Toby con voz débil, aunque sin intentar soltarse.
—Perdóname, hijo... perdóname —dijo Thomas con la voz quebrada, dejando ir a los pequeños despacio pero manteniendo sus manos sobre sus hombros—. Es solo que... solo quería veros.
Lizzie permaneció de pie junto a la puerta, observando la escena con una inquietud creciente.
Conocía a Thomas lo suficiente para saber que aquel arrebato no era producto del cansancio.
Había visto esa misma sombra en sus ojos la noche que leyó el periódico en la buhardilla de los Fletcher en Pensilvania.
—Entrad dentro, niños —ordenó Lizzie suavemente pero con tono ineludible—. Llevad la cesta a la cocina y poned las manzanas sobre la mesa. Toby, ayuda a tu hermana.
Los niños obedecieron en silencio, tomando la cesta entre los dos y cruzando el umbral de la casa azul.
Cuando la puerta se cerró tras ellos, Lizzie se agachó frente a Thomas, tomándole las manos entre las suyas. Las manos de él estaban frías como el hielo de la bahía.
—Háblame, Thomas —pidió ella, fijando sus ojos oscuros en los suyos—. ¿Qué ha pasado en la ciudad?
Thomas miró las tablas de madera del porche antes de responder. Escuchó el rumor del viento entre las ramas del roble joven y las risas amortiguadas de sus hijos en el interior de la cocina. Todo parecía tan sólido, tan bellamente cotidiano, tan dolorosamente conquistado.
—Ha habido una pelea en la plaza del mercado —dijo Thomas en tono bajo y grave—.
Un hombre ha traído los periódicos de Boston.
Los estados del Sur están reuniendo a sus convenciones.
Carolina del Sur ha declarado que se separará de la Unión antes del invierno, y Misisipi y Georgia la seguirán en semanas.
Están formando un gobierno propio y requisando los arsenales de la milicia federal.
Lizzie frunció el ceño, intentando procesar la información.
Para ella, que había pasado toda su vida confinada dentro de los límites de la plantación de Oak Harbor, las grandes palabras de la política nacional —Unión, Congreso, Secesión— eran abstracciones lejanas que pertenecían al mundo de los hombres blancos alfabetizados.
—¿Y qué significa eso para nosotros, Thomas? —preguntó ella, apretándole los dedos—. Ya no estamos en Misisipi. Tenemos salvoconductos. Arthur Fletcher dijo que las leyes de Pensilvania y de Maine nos protegen.
Thomas alzó la vista y la miró con una piedad infinita.
—Significa que la tierra sobre la que estamos pisando ya no estará a salvo por el simple hecho de estar en el Norte, Lizzie —explicó él con una lucidez implacable—.
Si los estados del Sur se separan y declaran la guerra, no habrá fronteras seguras.
Si el Sur vence o impone un tratado de paz que obligue a la Unión a devolver a los fugitivos, los cazadores de recompensas recorrerán cada condado de Maine con la ley de su parte y el respaldo de un ejército.
Y si el Norte decide luchar para mantener el país unido... la guerra lo devorará todo.
Lizzie sintió un calfrío helado recorrerle la columna vertebral. El significado de las palabras de Thomas comenzó a cristalizarse en su mente con una claridad aterradora.
—¿Una guerra? —susurró ella, con la voz apenas audible—. ¿Entre el Norte y el Sur?
—Una guerra como este país jamás ha visto —asintió Thomas—.
En la plaza había veteranos de las campañas de México.
Decían que esto no será una contienda de tres meses.
Habrá regimientos marchando hacia Virginia, miles de hombres armados con fusiles modernos y cañones.
Mi padre... mi padre enviará a los hombres de Oak Harbor a esa guerra.
Las milicias de Misisipi ya se están armando.
Lizzie se llevó una mano a la boca, conteniendo un gemido.
Imaginó a los hombres blancos del Sur, a los capataces, a los cazadores de esclavos vistiendo uniformes grises y marchando hacia el Norte con las banderas de la esclavitud levantadas.
Imaginó la frágil paz que acababan de construir en Kennebunkport reducida a cenizas por el paso de las tropas.
—Hemos corrido demasiado lejos para que la guerra nos alcance aquí —dijo Lizzie, y en su voz había un ruego desesperado—. Dijiste que este era nuestro hogar, Thomas. Dijiste que los Eastwood perteneceríamos a esta tierra.
Thomas se levantó despacio, ayudando a Lizzie a incorporarse. La rodeó con los brazos una vez más, pero esta vez con una suavidad triste, apoyando la mejilla sobre sus cabellos.
—Este es nuestro hogar, Lizzie —dijo en voz baja—. Y por eso precisamente... por eso no podré permitir que nadie venga a destruirlo.
Entraron juntos en la casa, cerrando la puerta de madera tras de sí para aislarse del viento helado que comenzaba a soplar desde el océano.
La noche descendió sobre Kennebunkport con una densidad plomiza. La lluvia fina que había amenazado durante toda la tarde comenzó a caer hacia las ocho, repiqueteando de forma constante sobre las shingles de pino del tejado de la casa azul.
En el interior, el ambiente era cálido y acogedor. En la cocina, el fuego de la chimenea proyectaba destellos dorados y anaranjados sobre las tablas pulidas del suelo. La jarra de leche fresca y los restos de la cena de pan de centeno y sopa de hortalizas descansaban sobre la mesa de pino.
En la estancia principal, Toby y Ruth dormían profundamente en el jergón de plumas que la Sra.
Wright les había proporcionado. Toby dormía de lado, con el pequeño barco de madera que le había tallado el anciano cuáquero apretado contra el pecho; Ruth estaba acurrucada junto a él, envuelta en la colcha de retales, con el rostro relajado y desprovisto de cualquier sombra de temor.
Lizzie se había quedado dormida en el sofá de madera junto a la chimenea, rendida por la tensión acumulada durante el día.
Un libro de lectura sencilla que la Sra.
Fletcher le había regalado para practicar la caligrafía descansaba abierto sobre su regazo.
La luz tenue de las brasas perfilaba la suavidad de su rostro, la curva serena de sus labios y el brillo discreto del aro de plata que llevaba en el dedo anular de la mano izquierda.
Thomas permanecía de pie a pocos pasos de ellos, en la oscuridad del umbral que separaba la cocina del salón.
Llevaba la camisa de lino blanco desabrochada en el cuello y las mangas arremangadas. Sostenía en la mano derecha el quinqué de latón, apagado, y observaba a su familia en el silencio sepulcral de la noche.