Cuando florezca el algodón CAPÍTULO 11 #5
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CAPÍTULO 11 #5

En la esquina oeste de la plaza, frente a la fachada de ladrillo rojo del edificio del Juzgado y la oficina de Correos, se apiñaba la mayor concentración de vecinos. No compraban pescado ni negociaban el precio de la madera.

Frente a la cristalera de la imprenta local, un muchacho de apenas catorce años, encaramado a un cajón de embalaje de manzanas, voceaba los titulares del último ejemplar del Kennebunk Gazette, agitando las hojas de papel cuya tinta aún desprendía un olor acre a solvente.

—¡Edición extraordinaria! —gritaba el muchacho con voz aguda y rasgada—.

¡Las convenciones de Charleston y Atlanta ultiman la ruptura!

¡Los delegados del Sur amenazan con tomar los arsenales si el señor Lincoln jura la presidencia en marzo!

¡El senador Davis proclama la soberanía inalienable de los estados! ¡Comprad el Gazette, dos peniques!

Thomas se detuvo a unos diez pasos del cajón, manteniendo una distancia prudencial. Apretó el asa de la cesta de mimbres. Sentía una opresión familiar en el estómago, un latido sordo en las sienes que resucitaba los fantasmas de Misisipi.

A su alrededor, la multitud se apelotonaba para conseguir un ejemplar.

Los periódicos pasaban de mano en mano con rapidez febril.

Hombres de manos callosas y sombreros de copa baja leían por encima del hombro de sus vecinos, comentando los párrafos en voz alta mientras el murmullo de la plaza crecía hasta convertirse en un bramido bronco.

—¡Hijos de perra insaciables! —exclamó Ebenezer Ross, un anciano tonelero de barba blanca y rostro surcado por el sol salino, arrugando la esquina del periódico entre sus dedos deformed por el trabajo del mazo—.

¡Llevan treinta años amenazando con romper la Unión cada vez que el Congreso aprueba un arancel o cuestiona su maldito mercado de carne humana!

¡Que se vayan! ¡Que se encierren en sus pantanos con sus látigos y se traguen su propio algodón hasta reventar!

—¡Hablas como un insensato, Ebenezer! —le replicó de inmediato Silas Greenwood, un próspero comerciante de paños que lucía un chaleco de terciopelo y reloj de leontina de oro—.

¿Sabes lo que ocurrirá si esos estados cierran los puertos de Savannah y Nueva Orleans a nuestros bergantines?

¿Sabes qué pasará con las hilanderías de Massachusetts cuando el fardo de algodón pase de diez centavos a un dólar?

La mitad de las fábricas del valle del Merrimack tendrán que cerrar en un mes.

Decenas de miles de trabajadores libres irán al paro en Boston y Portland.

No podemos permitir que la Unión se disuelva por las bravatas de cuatro fanáticos del Norte y cuatro caciques del Sur.

—¡No son bravatas, señor Greenwood! —intervino un joven alto, de pómulos marcados y uniforme de la milicia voluntaria de Maine, sosteniendo el periódico con manos firmes—.

Lincoln ha sido elegido legalmente por el voto de los estados libres.

Si el Sur no respeta las urnas porque no le gusta el resultado, deja de existir la República.

Si permitimos que se lleven la bandera y los fuertes federales sin mover un dedo, seremos el hazmerreír de las potencias europeas.

—¿Y qué propones, muchacho? —interrumpió un hombre de mediana edad que vestía una levita raída y se apoyaba pesadamente en un bastón de nogal.

Era el coronel Thorne, un veterano que había dejado la pierna izquierda en las colinas de Buena Vista durante la guerra contra México—.

¿Llevar a los chicos del condado a marchar por los cenagales de Misisipi y Virginia?

¿Sabes lo que es una línea de cañones del calibre doce disparando metralla contra filas de muchachos que jamás han salido de su granja?

¿Crees que esto será una excursión de verano para izar banderas y cantar tres coros en la plaza?

El silencio cayó por un instante sobre el grupo más cercano al coronel. El anciano militar miró alrededor con ojos cansados, recorriendo los rostros jóvenes que lo rodeaban.

—Esos hombres del Sur están fanatizados —continuó el coronel Thorne, bajando la voz hasta un tono rasposo—.

Conocen sus tierras, tienen oficiales formados en West Point y defenderán lo que ellos consideran su patria con la misma ferocidad con la que un perro rabioso defiende su hueso.

Si la sangre empieza a correr sobre el Potomac, esto no durará tres meses ni seis.

Será una masacre que devorará a toda una generación.

Thomas escuchaba cada palabra en el más absoluto silencio, parapetado tras la sombra de un puesto de herramientas de hierro. Sus ojos claros iban de un rostro a otro, registrando las pasiones que inflamaban las calles de Kennebunkport.

Conocía a ambos bandos con una precisión quirúrgica que ninguno de los presentes en la plaza podía igualar.

Conocía el orgullo ciego, la altivez aristocrática y la convicción fanáticos de hombres como su padre, Richard Harrington, para quienes la preservación de la estructura de la plantación no era solo un negocio, sino un dogma sagrado otorgado por la Providencia.

Sabía que su padre jamás se rendiría ante un decreto firmado en Washington; armaría a los capataces, quemaría los puentes y enviaría a los muchachos del condado de Warren a la muerte antes que ver extinguida la autoridad de Oak Harbor.

Y conocía también la determinación glacial de los abolicionistas del Norte, la convicción inquebrantable de hombres como Arthur Fletcher o los cuáqueros de Maine, para quienes la esclavitud era una mancha infernal que solo la justicia divina podía purgar.

El conflicto ya no era un debate parlamentario en la capital ni una disputa entre periódicos de opinión. Las dos placas tectónicas de una nación dividida estaban colisionando, y la falla pasaba por el centro mismo de cada pueblo, de cada familia, de cada alma.

—¡Lincoln es un tirano de Illinois! —chilló de pronto un hombre bajo y enfundado en un capote de paño ordinario, posicionado cerca del escalón de Correos—. ¡Está vendiendo el país a los industriales del Norte y destruyendo el comercio legítimo! ¡El Sur tiene derecho a gobernarse como le plazca!

Las palabras del partidario de los estados sureños actuaron como una chispa en una granja de paja seca.

—¡Cállate, traidor de mierda! —bramó un joven estibador de tórax ancho, abalanzándose sobre el hombre del capote—. ¡Vete a Misisipi si tanto te gustan las cadenas y los amos!

El primer empujón hizo volar un sombrero de fieltro.

En un segundo, la multitud se cerró en un círculo tumultuoso.

Hubo puñetazos volando sobre los hombros, insultos guturales, gritos de protesta de los comerciantes que intentaban proteger sus puestos de frutas y el sonido sordo de dos hombres cayendo sobre los adoquines húmedos de la plaza.

El muchacho de los periódicos tuvo que saltar del cajón de madera para no ser derribado mientras el cajón mismo rodaba por el suelo, desparramando decenas de ejemplares del Kennebunk Gazette por la grava.

—¡Paz! ¡En nombre de la ley, paz! —gritó el alguacil de la villa, abriéndose paso a empujones con su porra de olmo entre la multitud enardecida.

Thomas dio varios pasos hacia atrás, apartándose del tumulto. Pisó sin querer uno de los periódicos caídos.

A la luz gris de la mañana de Maine, el gran titular en letras de imprenta negra parecía mirarlo fijamente desde el suelo:

«¿Hacia la guerra civil? la nación en el abismo»

Thomas contempló el papel manchado por el barro de las botas de la multitud.

Comprendió con un escalofrío que no existía rincón en todo el continente donde pudiera esconder a su familia.

La ilusión de la casa azul sobre la colina, del salario honesto de doce dólares a la semana y de las tardes serenas en el porche amenazaba con saltar por los aires, engullida por una marejada de fuego y hierro que no respetaría nombres falsos ni salvoconductos de Pensilvania.

Se dio la vuelta, apretó la cesta contra su costado y echó a andar a paso rápido hacia la colina, huyendo del ruido de los gritos que continuaban resonando en la plaza mayor.

La casa azul de los Eastwood lucía extrañamente pacífica cuando Thomas cruzó la cerca de madera de estacas bajas.

El humo de la chimenea subía en una columna recta y blanca hacia el cielo plomizo.

En el jardín trasero, el roble joven perdía sus últimas hojas doradas sobre la hierba húmeda.

Toby jugaba cerca del porche, empujando con un palo una rueda de madera rota que había encontrado en el taller de Joseph Wright, mientras Ruth, sentada en el segundo escalón, intentaba tejer una cadeneta de lana roja bajo la atenta mirada de su madre.

Lizzie vestía un sencillo vestido de lana gris con un delantal blanco pulcramente planchado.

Al escuchar el crujido de la grava bajo las botas de Thomas, alzó la vista y una sonrisa genuina e iluminada transformó las líneas de su rostro.

En las últimas semanas, los días de trabajo limpio y la seguridad de la vivienda habían comenzado a borrar el aire de agotamiento extremo que la había acompañado desde Misisipi.

Tenía los pómulos más llenos, el cabello oscuro recogido con esmero en la nuca y en sus ojos empezaba a habitar una tranquilidad madura.

—Llegas temprano, Thomas —dijo ella, levantándose del escalón y sacudiéndose la falda—. El señor Vance no suele soltarte antes del mediodía los sábados.

Thomas se detuvo al pie del porche. Miró a los niños y luego la fijó a ella.

Había en su mirada algo tan intenso, tan desmedido y atravesado por una urgencia casi dolorosa que la sonrisa de Lizzie se congeló al instante.

No era la mirada del marido cansado que regresa del mercado ni la del hombre satisfecho por haber comprado los víveres de la semana.

Era la mirada con la que la había observado la noche en que atravesaron el río Ohio a remos bajo el fuego de las patrullas.