CAPÍTULO 11 #4
—Te lo prometo cada noche de mi vida —respondió Thomas, acercándose y besándola en la frente con una reverencia sagrada—. Te recordaré que eres Lizzie Eastwood. Una mujer libre, la madre de Toby y Ruth, y la dueña de mi corazón.
Lizzie cerró los ojos y dejó escapar un largo suspiro que pareció expulsar el último resto de aire helado que le quedaba en los pulmones. Se reclinó despacio sobre el jergón, atrayendo a Thomas con ella bajo la manta de lana.
Thomas se acomodó a su lado, pasándole un brazo por la cintura y entrelazando sus dedos con los de ella, asegurándose de que el aro de plata quedara bien sujeto entre ambas palmas.
Fuera de la buhardilla, la lluvia continuó cayendo sobre el tejado de pino de la casa azul, y el viento de la bahía siguió batiendo los robles altos de Kennebunkport.
Pero dentro de la estancia, la luz tenue del quinqué continuó ardiendo con un resplandor constante, iluminando el rostro de Lizzie, que por primera vez en muchas noches, volvió a conciliar el sueño con los músculos relajados y una sombra de paz dibujada en los labios.
Thomas permaneció despierto durante largo rato, velando su sueño en la oscuridad, sabiendo que la batalla por curar las cicatrices de la memoria sería larga y difícil, pero dispuesto a lucharla cada noche hasta que el primer rayo de sol volviera a despuntar sobre las colinas del Norte.
El peso del pino y la tinta
El sol de la tarde caía a plomo sobre las galerías de Oak Harbor, proyectando la sombra alargada de las columnas jónicas sobre el césped reseco del patio principal.
En el interior del despacho de la primera planta, el calor era denso y sofocante, viciado por el humo acumulado de tres cigarros de corte fino. Las cortinas de terciopelo verde permanecían medio echadas para amortiguar la luz cegadora del exterior.
Richard Harrington estaba de pie junto a la ventana, con las manos cruzadas a la espalda y la casaca desabrochada en el cuello.
Tenía el rostro más enjuto que un mes atrás, la barba canosa descuidada en las patillas y unas ojeras profundas que revelaban noches de insomnio frente a los libros de cuentas de la finca.
Sobre la gran mesa de caoba, justo al lado del tintero de plata y de la pila de informes de rendimientos del algodón que el nuevo capataz le había entregado esa mañana, descansaba un sobre de estraza.
Llevaba dos sellos de correos del estado de Pensilvania y la estampilla de la oficina postal de Waynesburg.
En el centro, trazada con la firmeza y la elegancia propia de los graduados en leyes de Charlottesville, figura la dirección: A Don Richard Harrington, casona de Oak Harbor, Condado de Warren, Misisipi.
Richard no necesitaba abrirlo para saber quién lo había escrito.
Nadie en quinientas millas a la redonda manejaba la pluma con esa curvatura precisa en las mayúsculas, esa inclinación matemática de las letras que él mismo le había corregido a Thomas con una regla de arce cuando el muchacho tenía doce años.
El sobre llevaba allí desde el mediodía, cuando el estafeta a caballo lo había dejado sobre el velador del recibidor.
Richard caminó despacio hacia la mesa. Extendió la mano, con los dedos temblándole levemente por la rabia que le hervía en las venas, pero se detuvo a dos pulgadas del papel.
—Insensato —murmuró entre dientes, y su voz sonó áspera, carraspera por la falta de uso en todo el día—. Miserable descastado.
La ira le nubló la vista durante unos segundos. Imaginó la carta llena de justificaciones pueriles, de filosofías abolicionistas aprendidas de los fanfarrones del Norte o de ruegos de misericordia al descubrir la miseria de los caminos.
Sentía el impulso violento de tomar el pliego, arrojarlo a las brasas de la chimenea apagada y ver cómo la caligrafía de su único hijo varón se reducía a cenizas negras en mitad de la estancia.
Dio tres pasos hacia atrás y sirvió un vaso de Bourbon en el decantador de cristal. Bebió de un trago, sintiendo el ardor del alcohol en la garganta, pero el veneno de la presencia del sobre en la mesa permanecía intacto.
En el silencio del despacho, la memoria comenzó a abrirse paso como una corriente subterránea que fractura la roca.
Recordó a Thomas a los ocho años, sentado en la banqueta de cuero junto a esa misma mesa, sosteniendo un volumen de Jenofonte mientras intentaba traducir las líneas con las cejas fruncidas por la concentración.
Recordó la mañana en que le regaló su primer potro de pura sangre, la risa del muchacho al galopar por los prados del Big Black y la mirada de orgullo con la que Richard lo había observado desde el porche, pensando que el futuro de Oak Harbor, el nombre de los Harrington y el dominio de la tierra quedaban asegurados para las siguientes dos generaciones.
Todo aquello había sido destruido. No por una plaga en el algodón, no por un incendio en los graneros ni por las deudas bancarias de Nueva Orleans. Había sido destruido por el propio muchacho, que había preferido la compañía de una esclava y la huida nocturna antes que el honor de su propia sangre.
Richard volvió a acercarse a la mesa. Se apoyó con ambas palmas sobre la caoba pulida, respirando con dificultad.
—¿Es que no pensaste en la casa? —susurró hacia el sobre mudo—. ¿En tu hermana? ¿En el apellido que tres generaciones levantaron contra el barro de este río?
El orgullo de señor de la plantación le exigía destruir el papel.
Le exigía llamar al capataz, ordenar que intensificaran la búsqueda con las agencias de detectives de Memphis y borrar el nombre de Thomas de la Biblia familiar de la misma forma que se tacha una partida de deuda incobrable en los libros de contabilidad.
Sin embargo, sus dedos, desobedeciendo a la voluntad férrea que había gobernado Oak Harbor durante treinta años, se adelantaron y tomaron el cortapapeles de marfil.
Con un movimiento rápido y seco, rasgó el borde superior del sobre.
Extrajo el pliego de papel de estraza y lo desplegó.
Las primeras líneas golpearon su vista con la fuerza de un impacto físico. No había peticiones de perdón. No había sumisión. La voz de Thomas emergía del papel con un rigor, una serenidad y una dignidad que Richard no pudo atribuir a la locura o al extravío juvenil.
A medida que sus ojos recorrían los renglones, el rostro de Richard Harrington fue mudando de color.
La ira inicial dio paso a una incredulidad helada.
Leyó sobre la renuncia explícita al apellido Harrington; leyó sobre el matrimonio contraído en suelo libre y sobre la negativa rotunda de su hijo a volver a pisar una tierra donde el trabajo de los hombres fuera comprado y vendido como ganado.
«...prefiero el salario de un hombre humilde en una tierra sin cadenas que toda la herencia de Oak Harbor levantada sobre la servidumbre de Lizzie y de su gente...»
Richard soltó el papel sobre la mesa como si la hoja quemara. Su mano se cerró en un puño violento sobre la madera de caoba, haciendo tintinear el vaso de borbón.
—¡Cobarde! —gritó hacia la penumbra de la estancia, pero su voz resonó vacía, sin la autoridad atronadora que solía hacer temblar a la servidumbre de la casona.
Se dejó caer en el sillón de cuero, cubriéndose el rostro con las manos.
Por primera vez en su vida, una fisura helada se abrió en la coraza de sus convicciones. Aquel no era el escrito de un muchacho seducido o confundido; era la declaración de independencia de un hombre que había analizado el mundo de su padre y lo había juzgado moralmente condenable.
La certeza absoluta con la que Richard había dirigido la hacienda, la fe ciega en la justicia de su orden social y la superioridad de su cuna se tambalearon bajo el peso de las palabras escritas por la mano que él mismo había enseñado a sostener la pluma.
Se quedó inmóvil en la penumbra durante cerca de una hora, escuchando el lejano sonido de la campana que anunciaba el fin de la jornada en los campos de abajo. El sol terminó de hundirse tras las copas de los cipreses del Big Black, dejando el despacho sumido en una oscuridad casi total.
Finalmente, Richard Harrington se incorporó despacio. Tenía los ojos fijos en la hoja de papel de estraza que descansaba sobre la mesa.
Extendió la mano. Tomó la carta con cuidado, doblando los pliegos exactamente por las marcas que Thomas había hecho.
Abrió el cajón central del escritorio de caoba, donde guardaba los títulos de propiedad de la finca, los documentos de compraventa de la servidumbre y el testamento de la familia. Colocó la carta de su hijo en el fondo del cajón, bajo la pesada caja de latón de los sellos.
Cerró el cajón con llave, la guardó en el bolsillo de su chaleco y se puso en pie, volviendo a mirar hacia la noche silenciosa que cubría la plantación.
Nubes sobre la Unión
El aire matutino en la plaza mayor de Kennebunkport olía a brea fresca, madera picada, arenque ahumado y al vaho espeso de decenas de hombres congregados al abrigo de las lonas de los puestos.
Era sábado por la mañana, el día en que la villa marinera despertaba con un bullicio distinto.
Desde las granjas del interior bajaban los carros cargados de manzanas, centeno, mantequilla salada y sacos de patatas; desde los astilleros y el puerto subían los carpinteros de ribera, los estibadores y los marineros de cara curtida por las travesías del Atlántico Norte.
Thomas caminaba despacio entre la multitud, llevando bajo el brazo una cesta de mimbres y en la mano la lista de víveres que Lizzie le había preparado tras el desayuno.
Lucía su chaqueta de paño oscuro, ya algo holgada tras las semanas de trabajo en el almacén de Kennebunk Mills & Grains, pero impecablemente cepillada.
Se movía con la compostura pausada de quien busca pasar desapercibido, un hábito grabado a fuego durante los días de huida por los bosques de Pensilvania que ni la paz de Maine había logrado disolver del todo.