Cuando florezca el algodón CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Entre la Paz y la Tormenta

Ningún hombre descubre el verdadero valor de la libertad el día en que rompe sus cadenas, sino cuando comprende que deberá defenderla el resto de su vida.

Para Thomas y Lizzie, la huida ha quedado atrás, pero el camino continúa lleno de incertidumbres.

En el Norte nadie puede venderlos, pero tampoco pueden borrar el pasado que los persigue.

Mientras intentan construir un hogar donde solo había existido miedo, Estados Unidos se aproxima lentamente al mayor conflicto de su historia.

El amor les ha permitido sobrevivir. Ahora deberán demostrar que también es capaz de darles un futuro.

El hogar sobre la colina

El carro de dos ruedas guiado por Joseph Wright avanzaba a paso lento sobre la grava húmeda del camino costero.

A ambos lados de la vía, las cercas de piedra rústica delimitaban los huertos de manzanos y las praderas de trébol de Kennebunkport, un pequeño pueblo marinero e industrial del sur de Maine.

El aire olía a pino fresco, a salitre de la bahía cercana y al humo amaderado que brotaba de las chimeneas de ladrillo.

No había palmeras, ni calores sofocantes, ni los enjambres de mosquitos que infestaban las tardes del río Big Black en Misisipi. El viento de finales de verano traía una brisa helada y limpia que hacía que los niños se apretaran contra las mantas en la parte trasera del carro.

Joseph Wright, un anciano cuáquero de barba blanca bien recortada y sombrero de ala ancha de fieltro gris, mantenía las riendas firmes con la serenidad propia de su fe. A su lado en el pescante, su esposa Hannah tejía en silencio con lana de color canela.

Habían sido los propios Wright quienes, tras recibir a la familia Eastwood procedentes de la red abolicionista de Pensilvania, habían intermediado para que Thomas, Lizzie, Toby y Ruth pudieran instalarse en Kennebunkport durante una temporada larga, lejos del alcance de los cazadores de recompensas que acechaban en las grandes ciudades ferroviarias.

El carro giró a la derecha por una suave elevación del terreno y se detuvo frente a una modesta casa de madera pintada de un azul apagado, con marcos blancos en las ventanas y un pequeño porche de tres escalones.

Tras la vivienda se abría un jardín trasero acotado por una valla de estacas bajas donde crecían arbustos de grosella silvestre y un roble joven cuya copa empezaba a teñirse de dorado.

—Aquí es, amigos —dijo Joseph Wright con una voz pausada que infundía una calma inmediata—. La propiedad perteneció a mi hermana antes de mudarse a Boston. El alquiler es de cuatro dólares al mes, pero el propietario ha aceptado que lo saldéis trimestralmente una vez que Thomas comience su trabajo.

Lizzie bajó del carro despacio, llevando a Ruth en brazos mientras Toby saltaba sobre la hierba húmeda. La joven se detuvo a tres pasos de la cerca de madera, contemplando la fachada azul.

La casa no se parecía en nada a la inmensa mansión de Oak Harbor.

En Misisipi, la casona de los Harrington se alzaba sobre el valle como un palacio blanco e inexpugnable: columnas jónicas de mármol importado, galerías dobles de caoba, arañas de cristal de Bohemia en el salón de baile y suelos de roble pulido que un ejército de mujeres esclavizadas debía encerar cada mañana de rodillas.

Sin embargo, aquella grandiosidad siempre había estado impregnada de un frío espectral, el aroma a cera rancia y el eco constante de las órdenes gritadas despectivamente desde el despacho principal.

Esta vivienda de Maine cabía enteros en el gran salón de recepciones de su padre. Era pequeña, de techos bajos con vigas de pino a la vista, dos habitaciones diminutas en la buhardilla y una chimenea central de piedra de río.

Pero al cruzar el umbral cuando Joseph Wright giró la llave de hierro y les cedió el paso, el aroma a resina limpia y la luz del sol que entraba a raudales por los cristales pulidos transmitían una calidez que jamás había habitado en las estancias de Oak Harbor.

—Por primera vez... —susurró Lizzie, tocando con la punta de los dedos el marco de madera de la puerta principal—. Todo lo que hay dentro de estas paredes es nuestro. Nadie puede echarnos a medianoche. Nadie puede reclamar una sola tabla de esta casa.

Hannah Wright sonrió con dulzura desde el umbral, dejando sobre la mesa de la cocina una cesta de mimbres que contenía un pan de centeno recién horneado, un tarro de mantequilla salada y un cuarto de milla de manteca.

—La casa necesita un poco de limpieza para quitar el polvo de las semanas que ha estado cerrada, querida —dijo la anciana cuáquera, dando un apretón afectuoso a las manos de Lizzie—.

Pero la estructura es fuerte y el fuego prende bien en esa chimenea.

Esta tarde vendrá el dependiente del almacén Kennebunk Mills su voz sonaba clara, afinada y llena de un ritmo vital desconocido.

Fuera, a través de la ventana sin cortinas, se veía a Toby y a Ruth corriendo por la hierba del jardín trasero.

Toby sostenía un barco de madera que Joseph Wright le había tallado en el camino, mientras Ruth intentaba atrapar las mariposas amarillas que revoloteaban entre los arbustos de grosella.

Reían sin mirar atrás, sin sobresaltarse al escuchar el crujido de una rama o el lejano relincho de un caballo.

—Te vas a desgastar las manos, Lizzie —dijo Thomas con una sonrisa, apoyándose en el quicio de la puerta.

Lizzie se detuvo, enjugándose el sudor de la frente con el reverso del antebrazo, y lo miró. Una amplia sonrisa iluminó su rostro.

—No me importa, Thomas. He limpiado las mansiones de los Harrington durante años sabiendo que ni una sola mota de polvo que quitara era para mi beneficio.

Fregar este suelo... saber que esta agua limpia es para que mis hijos caminen sobre una madera pulida que nos pertenece a nosotros...

es la alegría más grande que he sentido jamás.

Thomas se acercó a ella, se agachó y le tomó las manos húmedas por el jabón, besándole los nudillos con ternura.

—Tengo que ir al almacén de Vance —dijo él—. Regresaré antes de que caiga el sol. Hoy es mi primer día como contable de Kennebunkport.

Lizzie lo miró con un orgullo profundo, arreglándole la solapa de la chaqueta de paño.

—Ve, Thomas Eastwood. Demuéstrales a los hombres del Norte lo que vale un hombre que trabaja para alimentar a su propia familia.

El almacén de Kennebunk Mills & Grains era una enorme estructura de madera de tres plantas situada al final del muelle principal de la villa, donde los mástiles de los barcos mercantes se mecían al ritmo de la marea alta.

El olor a grano seco, sacos de yute y salitre impregnaba cada rincón del edificio.

Nathaniel Vance, un hombre maduro de pocas palabras, rostro curtido por la brisa marina y anteojos de marco de latón, condujo a Thomas hasta un despacho acristalado en la segunda planta que dominaba todo el recinto de carga.

Sobre un amplio escritorio de roble americano reposaban cinco gruesos libros de contabilidad de lomo de cuero, llenos de columnas de números, recibos de carga de trigo, maíz y fardos de algodón procedentes de los barcos de cabotaje.

—Los últimos dos administradores eran incapaces de cuadrar los balances de los fletes de Nueva York sin cometer errores en los tipos de cambio —dijo Vance, dándole a Thomas una pluma de ganso nueva y un frasco de tinta ferrogalica—.

Si tus recomendaciones son verdaderas y sabes manejar los libros de partidas dobles y los contratos de fletamento, el puesto es tuyo indefinidamente.

Tu sueldo será de doce dólares semanales, pagados los sábados al mediodía.