CAPÍTULO 11 #2
Thomas se sentó en la silla de roble. Tocó la madera pulida del escritorio y abrió el primer libro de contabilidad.
Durante las siguientes cuatro horas, se sumergió en el trabajo con una concentración absoluta.
Sus dedos volaban sobre las páginas, sumando columnas de libras y chelines, corrigiendo desviaciones en los costos de almacenamiento y redactando informes de flete con una caligrafía pulcra y precisa que hizo que el propio Vance se detuviera varias veces ante los cristales del despacho para observarlo con abierta admiración.
Para Thomas, aquella labor no era un trabajo pesado ni una degradación de su antigua condición de heredero de una gran fortuna.
Al contrario: experimentar que sus capacidades intelectuales y su esfuerzo podían traducirse en un salario honesto, ganado con el sudor de su frente y sin la explotación de ningún ser humano, le producía una satisfacción desconocida.
En Oak Harbor, la riqueza de su familia provenía del trabajo forzado de más de cincuenta personas a las que no se les pagaba un solo centavo y a las que se mantenía bajo la amenaza constante de la violencia.
La abundancia de su padre era un barco edificado sobre la miseria ajena.
Aquí, en esta modesta oficina de Maine, cada dólar que anotaba en su propio haber representaba la verdadera dignidad del trabajo libre.
Al dar las seis de la tarde, la campana del muelle anunció el fin de la jornada laboral. Thomas cerró los libros de registro, colocó la pluma en su tintero y se presentó ante la mesa de Vance.
El comerciante examinó las páginas completadas durante la tarde, ajustándose las gafas. Tras revisar minuciosamente tres columnas de balances sin encontrar un solo fallo, alzó la vista y le tendió la mano a Thomas.
—Un trabajo impecable, Sr. Eastwood —dijo Vance con un asentimiento de aprobación—. El puesto es oficialmente suyo. Nos vemos mañana a las siete en punto.
Cuando Thomas regresó a la casa azul sobre la colina, los últimos rayos del sol proyectaban sombras largas y doradas sobre el huerto de manzanos.
La vivienda había sido completamente transformada.
Las ventanas estaban limpias y brillantes; el suelo de pino relucía tras el fregado y la chimenea expulsaba un humo fino y azulado que olía a madera de abedul.
En la cocina, sobre la mesa de pino, descansaba una jarra de leche fresca que la Sra.
Wright les había enviado y una bandeja con manzanas asadas con canela que Lizzie había preparado.
Toby y Ruth, cansados tras una tarde entera de juegos en el jardín, dormían acurrucados sobre una colcha limpia en el sofá de pino del salón, con las caras serenas y los rostros dorados por el resplandor de las brasas.
Lizzie esperaba en el porche, sentada en el segundo escalón de madera con las manos apoyadas en la falda.
Thomas subió los escalones despacio, se quitó la chaqueta y se sentó a su lado. Se pasó un brazo por los hombros de Lizzie, atrayéndola suavemente hacia su pecho. Ella apoyó la cabeza en su hombro, dejando escapar un largo suspiro de plenitud.
Frente a ellos, el sol se hundía lentamente tras la línea de las colinas de Maine, tiñendo el cielo con franjas de un rosa intenso, violeta y oro. Abajo, en el puerto, los faros de los barcos comenzaban a encenderse uno a uno, reflejándose en las aguas tranquilas de la bahía.
—¿Cómo ha ido el primer día? —preguntó Lizzie suavemente, jugando con los dedos de la mano izquierda de Thomas.
—El puesto es mío —respondió él con una voz llena de una modesta pero inquebrantable satisfacción—. Doce dólares a la semana. Pagaremos el alquiler de los Wright, compraremos harina, leña para el invierno y zapatos nuevos para los niños.
Lizzie sonrió, sintiendo que el aro de plata de su dedo anular brillaba a la luz del atardecer.
—Es extraño —susurró ella, contemplando el horizonte—. En Misisipi, la gente como tu padre lo tenía todo: sirvientes, seda, miles de acres de tierra... y sin embargo, sus rostros siempre estaban llenos de rabia, de sospecha y de miedo a perder lo que poseían.
—Aquí no tenemos casi nada, Thomas. Esta casa es pequeña, tus manos van a llenarse de cayos y yo tendré que lavar nuestra ropa en un cubo de madera cada mañana... Pero siento una paz que jamás creí que existiera en este mundo.
Thomas miró la modesta casa de madera a sus espaldas y luego volvió la vista hacia el cielo despejado del Norte.
—La felicidad no estaba en el oro de Oak Harbor, Lizzie —dijo él en tono bajo y reflexivo—. Estaba en esto. En poder mirar a mis hijos a los ojos y saber que el pan que comen ha sido ganado con honradez. En saber que nadie vendrá a romper nuestra puerta.
Sin embargo, ambos sabían que la tranquilidad de aquella pequeña casa no era un regalo gratuito del destino.
La libertad recién conquistada exigiría sacrificios diarios: el trabajo duro desde el amanecer, las privaciones de una vida humilde, el rigor de los inviernos del Norte y la constante vigilancia que imponía la amenaza de un país dividido que tarde o temprano exigiría cuentas a todos sus ciudadanos.
Pero mientras contemplaban las últimas luces del día disolverse en la penumbra de Maine, Thomas y Lizzie se estrecharon con más fuerza. Ya no eran los fugitivos que escapaban de la noche; eran una familia con un hogar propio, dispuesta a afrontar cualquier tormenta que el futuro pudiera depararles.
Las cicatrices de la memoria
La noche sobre Kennebunkport era de un negro denso, denso como la tinta ferrogalica con la que Thomas firmaba los balances del almacén de granos.
Fuera, el viento procedente del Atlántico hacía crujir las vigas del tejado de la pequeña casa azul y tamborileaba con dedos de lluvia fina sobre los cristales de la buhardilla.
En el interior, la estancia estaba en penumbra, iluminada únicamente por las ascuas agonizantes del hogar de piedra, que arrojaban sombras rojizas y vacilantes sobre las paredes de pino limadas.
Lizzie abrió los ojos en seco.
No hubo una transición suave entre el sueño y la vigilia; fue una sacudida violenta, un latigazo invisible que la arrancó del descanso y la dejó petrificada sobre el jergón de plumas.
Su pecho se elevaba y caía en espasmos rápidos y entrecortados; el sudor helado le pegaba el camisón de lino a la espalda y los músculos de sus piernas estaban tan tensos que amenazaban con acalambrarse.
En sus oídos aún resonaba con una nitidez aterradora el chasquido seco de la correa de cuero contra la piel húmeda, el relincho enfurecido del caballo del capataz y el grito gutural de una mujer a la que arrancaban de los brazos de su hijo en el patio trasero de la casona de Oak Harbor.
«¡Cincuenta dólares menos si la chica tiene marcas en la espalda! ¡Ponedle los grillos para el viaje a Nueva Orleans!»
Lizzie intentó llevarse las manos a la cara, pero durante tres segundos eternos sus brazos no respondieron.
Su cerebro, atrapado en el túnel del tiempo, creyó sentir la presión de los aros de hierro en las muñecas, el olor pesado a humedad del barracón y la certeza helada de que, al despuntar el alba, el comprador revisaría sus dientes, sus manos y la planta de sus pies antes de ponerla sobre el estrado de madera de la subasta.
Un gemido ahogado se le escapó del fondo de la garganta.
—Lizzie...
La voz vino desde su derecha, suave, baja, cargada de una cautela infinita.
Thomas se incorporó despacio sobre el costado del jergón. Conocía aquel estado. En las dos semanas que llevaban viviendo en Maine, aquella era la cuarta vez que el fantasma de la plantación irrumpía en mitad de la noche para reclamar a Lizzie.
Thomas no hizo ningún movimiento brusco; no intentó abrazarla de golpe, sabiendo por experiencia que un contacto repentino podía ser interpretado por su mente aterrorizada como la mano de un captor.
Deslizó la mano lentamente sobre la manta hasta situarla a pocos centímetros de los dedos de ella, esperando a que fuera ella quien buscara el contacto.
—Estás en Maine, Lizzie —susurró Thomas, manteniendo su voz en una frecuencia pausada y rítmica, casi como un murmullo de acunamiento—. Estás en la casa azul de la colina. Toby y Ruth duermen en la habitación de al lado. Nadie ha cruzado la puerta. Estás a salvo.
Lizzie giró la cabeza muy despacio. Sus ojos negros, dilatados por el terror, tardaron unos instantes en enfocar la silueta de Thomas a la tenue luz de las brasas.
Vio su rostro pálido, los cabellos revueltos sobre la frente y la mirada llena de un dolor reprimido que reflejaba la desesperación de quien se sabe impotente ante un enemigo invisible.
Lizzie extendió los dedos temblorosos y tocó la piel cálida del brazo de Thomas. El contacto real con su carne, la certeza física de su presencia, actuó como el ancla que detuvo la deriva de su pesadilla.
Se dejó caer hacia adelante, apoyando la frente contra el pecho de él, y rompió a llorar.
No era el llanto contenido que solía ahogar contra la almohada para no despertar a los niños; era un sollozo amargo, profundo y acumulado durante años, una riada de dolor que brotaba de las profundidades de un alma golpeada durante demasiado tiempo.
Thomas la rodeó con sus brazos con una delicadeza extrema, apoyando la barbilla sobre los cabellos oscuros de la muchacha y meceniéndola en silencio mientras la lluvia continuaba azotando los cristales de la buhardilla.
Pasó un largo rato hasta que el llanto de Lizzie empezó a amainar, transformándose en respiraciones entrecortadas y pequeños temblores que le recorrían los hombros.
Thomas se levantó en silencio, caminó hasta la pequeña mesa de noche y encendió una mecha muy baja en el quinqué de latón para dar a la estancia un resplandor cálido que ahuyentara las sombras de las esquinas.
Luego sirvió un vaso de agua de la jarra de barro y se lo tendió a Lizzie, sentándose de nuevo en el borde de la cama, acurrucándose junto a ella bajo la manta gruesa de lana.