CAPÍTULO 10 #5
—Lizzie —dijo con una solidez en la voz que hizo que ella alzara la vista—.
No tenemos tierra, ni oro, ni un apellido que exhibir con orgullo ante la sociedad.
Las ropas que llevamos puestas son donaciones de un carpintero de Pensilvania y nuestros nombres están escritos en un papel de maché que se quemará si los cazadores vuelven a encontrarnos.
Pero nunca más volverá a existir un solo día en que alguien decida sobre nuestras vidas.
Nadie volverá a decirte dónde debes dormir, qué trabajo debes hacer o a quién debes entregar a tus hijos.
Lizzie lo observó sin pestañear, conteniendo el aliento.
Thomas metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta nueva. Extrajo un pequeño objetoenvuelto en un trozo de tela de lino. Desplegó el paño con cuidado sobre la mesa de pino.
Era un sencillo aro de plata pulida, sin gemas ni grabados ostentosos.
—Se lo compré a un anciano platero cuáquero en Waynesburg esta mañana, mientras Arthur preparaba los documentos —explicó Thomas, tomando la sortija con los dedos—.
—Usé las últimas dos monedas de plata que me quedaban del reloj de bolsillo que le vendí al estibador del puerto.
No es una joya de la casona de Oak Harbor, Lizzie.
No perteneció a ninguna dama de la aristocracia del Sur.
Es plata limpia, ganada con la renuncia a todo mi pasado.
Lizzie miró el aro de plata, cuyo brillo modesto reflejaba la luz del fuego.
—No necesito joyas, Thomas —susurró ella con la voz quebrada.
—Quiero que sea el sello de nuestra nueva vida —continuó él, tomando la mano izquierda de Lizzie y sosteniendo su dedo anular—.
—Quiero casarme contigo, Lizzie. No según las leyes de Misisipi que te consideraban una propiedad, ni bajo el rito de las plantaciones donde los amos se reían de las promesas de los siervos.
—Quiero ser tu esposo ante Dios, ante la gente libre de esta tierra y ante nuestros hijos. Te prometo que te protegeré con mi vida, que trabajaré con estas manos para darte un hogar y que jamás dejaré que la sombra de la servidumbre vuelva a tocar a nuestra familia.
Lizzie sintió que el pecho le daba un vuelco. Las palabras de Thomas no eran la galantería vacía de un joven acomodado; eran la afirmación de un compromiso sellado con sangre, frío y aislamiento.
Miró al hombre que había abandonado la riqueza, la posición social y el afecto de su familia para caminar a su lado por los cañaverales y los caminos embarrados.
—Thomas... —murmuró ella, sonriendo a través de las lágrimas—. Ya me diste tu vida el día que abriste la puerta del barracón y decidiste caminar a nuestro lado.
Lizzie extendió la mano sin dudarlo. Thomas deslizó el aro de plata en su dedo anular. El metal estaba frío al principio, pero en pocos segundos absorbió el calor de la piel de ella, ajustándose perfectamente.
Lizzie contempló el anillo en su mano, cerrando el puño con fuerza como si quisiera atesorar aquel instante para el resto de sus días.
Se inclinó hacia Thomas y lo besó. Fue un beso lento, profundo y despejado de todo temor, un abrazo donde dos almas desgajadas por el dolor de la huida se unieron definitivamente en la certeza de un destino compartido.
—Acepto, Thomas Eastwood —dijo ella al separarse, pronunciando por primera vez el nuevo apellido con una mezcla de orgullo e incredulidad—. Acepto ser tu esposa.
Thomas la estrechó contra sí, cerrando los ojos mientras dejaba escapar un suspiro de alivio absoluto. En mitad de la noche de Pensilvania, rodeados por la inmensidad de los bosques libres, habían levantado el primer pilar de su verdadero hogar.
Sin embargo, la serenidad del momento no podía borrar la realidad del mundo que los rodeaba.
Mientras Lizzie caminaba hacia la cama para comprobar que los niños seguían arropados, ajustando la colcha sobre los hombros de Ruth y acariciando la frente de Toby, Thomas se acercó al escritorio de nogal donde Arthur Fletcher había dejado unos papeles antes de retirarse a descansar.
Junto a los útiles de caligrafía y los mapas de las líneas de ferrocarril del estado de Ohio, descansaba un ejemplar reciente del periódico The Philadelphia Inquirer, fechado apenas tres días atrás.
El papel de prensa estaba doblado por la mitad, pero las grandes letras de imprenta negra de la primera página destacaban bajo la luz del quinqué.
Thomas se inclinó sobre la mesa y desplegó el diario con cuidado para no hacer ruido.
El titular principal, impreso en tipos gruesos y solemnes, ocupaba toda la anchura de la cabecera:
«La crisis de la unión se agrava: el congreso dividido tras el discurso de charleston»
Thomas recorrió las líneas de texto con una fijación casi dolorosa. La crónica describía cómo los senadores de los estados del Sur habían abandonado las sesiones en Washington tras amenazar abiertamente con la secesión si el nuevo presidente antiesclavista tomaba posesión de su cargo.
En Carolina del Sur y Georgia, las milicias estatales comenzaban a movilizarse y a requisar los arsenales federales.
Las imprentas de Richmond llamaban a la cruzada para defender la "institución peculiar" del Sur contra lo que calificaban de agresión de los estados libres, mientras que, en Pensilvania, Nueva York y Massachusetts los gobernadores organizaban regimientos de voluntarios.
Al pie de la página, una columna más corta informaba sobre los violentos enfrentamientos armados en las fronteras de Kansas y Misuri entre colonos abolicionistas y bandas de cazadores de esclavos.
El país no se dirigía simplemente hacia una tensión política; se despeñaba hacia un abismo de fuego y hierro.
Thomas permaneció inmóvil ante la mesa, con la mano apoyada sobre la superficie rugosa del periódico. El alivio que había sentido apenas unos minutos antes al poner el anillo en el dedo de Lizzie se disipó gradualmente, reemplazado por un peso frío y profético en el estómago.
La huida desde la plantación de Oak Harbor había terminado.
Habían cruzado el río, habían esquivado a los sabuesos de Whitmore, habían cambiado sus nombres y obtenido documentos que los acreditaban como personas libres.
Pero la libertad que acababan de conquistar no era un santuario inexpugnable.
Estaba asentada sobre una tierra que estaba a punto de fracturarse en dos.
Lizzie se acercó en silencio desde la cama, al notar la rigidez en la espalda de Thomas. Se colocó a su lado, apoyando la mano en su hombro, y siguió la dirección de su mirada hasta las letras del periódico.
—¿Qué ocurre, Thomas? —preguntó en un susurro cargado de aprensión.
Thomas no apartó la vista del titular. Deslizó los dedos sobre la tinta fresca del diario, sintiendo el grano del papel.
—La guerra no es una amenaza lejana, Lizzie —dijo con voz grave y pausada, volviendo la cabeza hacia ella—.
Está aquí. La crisis ha estallado en el Sur y las milicias están armándose en cada condado.
Mi padre, los hombres de Misisipi, las patrullas...
todos ellos van a marchar hacia el norte con sus banderas y sus fusiles para reclamar lo que consideran suyo.
Lizzie apretó el hombro de Thomas, sintiendo cómo el miedo, aquel viejo enemigo que creía haber dejado en la orilla sur del río Ohio, volvía a colarse por las rendijas de la buhardilla.
—¿Vendrán hasta aquí?
—Vendrán a por todo el país —respondió Thomas, mirando el aro de plata que brillaba en la mano de Lizzie—.
Si el Sur gana esta guerra, la Ley de Esclavos Fugitivos no será más que el principio.
Convertirán a toda la nación en una gran plantación.
No habrá suelo libre en Pensilvania, ni en Ohio, ni en Canadá.
Lizzie miró hacia la cama donde dormían los niños, con los rostros iluminados por los destellos rojizos del fuego que languidecía en la chimenea.
—Hemos corrido tanto, Thomas... Hemos dejado atrás nuestras casas, nuestras vidas, todo lo que conocíamos para estar a salvo.
—Y lo estamos, Lizzie —dijo Thomas, tomándola por las manos y mirándola con una resolución implacable—.
Pero la huida ha terminado. Ya no podemos seguir corriendo de un estado a otro esperando que alguien más luche por nosotros.
Si esta nación se rompe, si los hombres de mi padre vienen a quemar esta tierra para volver a ponerte las cadenas a ti y a nuestros hijos... no volveré a esconderme en un pajar.
Lizzie vio en los ojos de Thomas una chispa que jamás había visto en Misisipi. No era la desesperación del fugitivo que busca salvar la piel en la penumbra de la noche; era la determinación de un hombre libre que ha encontrado algo por lo que vale la pena luchar y morir.
—Si tienes que vestir el uniforme del Norte... —murmuró Lizzie, con un nudo en la garganta—, la guerra volverá a separarnos.
—Si tengo que empuñar un fusil, Lizzie —respondió Thomas, acercando su rostro al de ella y hablando con una convicción que hizo temblar el aire de la estancia—, lo haré sabiendo que cada bala que dispare será para proteger el hogar que vamos a construir.
—No lucharé por la gloria de un ejército ni por el orgullo de un gobierno. —Lucharé por ti, por Toby, por Ruth y por el derecho de cada hombre y mujer de esta tierra a caminar sin miedo bajo el sol.
Thomas volvió a mirar hacia el ventanal.
En el exterior, el horizonte del oriente comenzaba a teñirse de un azul plomizo que anunciaba la proximidad del alba.
Las luces de la villa de Waynesburg seguían titilando en la distancia, mientras el viento de montaña batía con fuerza las copas de los robles altos de Pensilvania.
Nuestra pequeña batalla por cruzar el río ha concluido, pensó Thomas mientras apretaba la mano de su prometida. Pero la gran batalla por el alma de este país apenas acaba de comenzar.