CAPÍTULO 10 #4
—Tu padre perseguirá a los fantasmas que él mismo creó —respondió Lizzie con una sabiduría serena—.
Perseguirá el dinero que perdió, la autoridad que se le desmoronó y la mentira en la que decidió vivir.
Pero él no puede seguirnos hasta aquí, Thomas.
El hombre que se llamaba Thomas Harrington se quedó en las cenizas del puente del río Big Black.
El hombre que está aquí conmigo es Thomas Eastwood, el hombre que yo elegí y que me eligió a mí.
Abajo, en el salón, la puerta del balcón se abrió suavemente. Arthur Fletcher apareció en el umbral, sosteniendo los tres pliegos de papel de maché cuya tinta ya se había secado por completo.
—Están listos —dijo el carpintero con un tono de voz lleno de un respeto reverente—.
Podéis viajar hacia el norte por el tren de la mañana sin temor a los registros ordinarios.
Para las autoridades de Pensilvania, para los inspectores de la compañía de ferrocarriles y para cualquier hombre que os pida explicaciones, ya no sois fugitivos de la provincia de Misisipi.
Arthur tendió los documentos. Thomas extendió la mano y tomó los papeles.
A la luz de la linterna que Arthur sostenía, los trazos de la tinta ferrogalica brillaban con una claridad irrefutable:
Thomas Eastwood. Lizzie Eastwood. Tobias Eastwood. Ruth Eastwood.
Lizzie rozó con las yemas de los dedos la caligrafía de su propio nombre. Una lágrima solitaria descendió por su mejilla, cayendo sobre el papel de maché y fijando la tinta como si fuera el sello definitivo de su redención.
—Gracias, señor Fletcher —dijo Lizzie, alzando la vista hacia el anciano carpintero—. Gracias por darnos una vida.
—No os la he dado yo, hija mía —respondió Arthur, inclinando la cabeza con humildad—. Os la dio el valor con el que caminasteis por el fango de los cañaverales y la fe que os mantuvo unidos en mitad de la noche. Yo solo he puesto en un papel lo que el «Creador» ya había escrito en vuestras almas.
Thomas guardó los documentos en el bolsillo interior de su chaqueta nueva, justo sobre su corazón. Sintió el tacto del papel duro y limpio contra las costillas, un blindaje más poderoso que cualquier arma de fuego contra las garras de Whitmore y los espectros del pasado.
Se volvieron hacia el interior de la casa, donde el fuego de la chimenea seguía ardiendo con una llama viva y dorada. Toby y Ruth dormían profundamente en el jergón de paja, acurrucados el uno junto al otro, con las caras relajadas y desprovistas de cualquier rastro de la huida.
Silas, desde su sillón junto al ventanal, les dedicó un asentimiento de cabeza silencioso, un gesto de despedida y bendición de quien sabe que su tarea como guía ha llegado a su fin y que los viajeros ya han encontrado el puerto seguro.
Thomas tomó a Lizzie por la cintura y caminaron juntos hacia el fuego. Ya no eran los fugitivos aterrorizados que habían cruzado el Scioto en una barca de remos que se deshacía en la corriente; ya no eran el heredero rebelde y la lavandera sin nombre de Oak Harbor.
Eran los Eastwood. Una familia nacida en la noche de la servidumbre pero coronada por la luz de la alborada, lista para abordar el tren del nuevo día y construir, sobre la tierra libre del norte, el hogar de paz, honor y dignidad que jamás nadie podría volver a arrebatarles.
El precio de la libertad
El crujido de la madera en la chimenea era el único sonido que alteraba la paz de la noche en la buhardilla de los Fletcher.
Tras la rápida intervención de Arthur Fletcher —el carpintero abolicionista que había puesto a salvo sus vidas y sellado sus nuevos documentos de identidad—, la persecución de Whitmore se había diluido finalmente en la inmensidad de las colinas de Pensilvania.
Los sabuesos y las patrullas quedaban atrás, al otro lado de la frontera de esclavitud.
Por primera vez en casi un mes de marcha extenuante, escondites entre la paja y vados helados a medianoche, Thomas y Lizzie se encontraban en un espacio donde la sombra de la captura no se cernía sobre el umbral de la puerta.
El aposento, ubicado sobre el taller de ebanistería de los Fletcher, olía a pino fresco, aceite de linaza y cera de abejas.
Toby y Ruth dormían plácidamente en una cama de madera maciza, cubiertos con edredones de plumas y colchas de retales que la Sra.
Sarah Fletcher había confeccionado con paciencia.
Sus respiraciones suaves y acompasadas marcaban un pulso de serenidad que el pequeño grupo no había experimentado desde su huida de Misisipi.
Thomas y Lizzie permanecían sentados junto al amplio ventanal que daba hacia los prados traseros de la finca.
Sobre una mesa de pino descansaban dos tazas de té caliente que ya habían dejado de humear y un plato con restos de pan de centeno.
Un quinqué de latón, regulado a una mecha muy baja, proyectaba un círculo de luz dorada sobre las manos entrelazadas de ambos.
Por la ventana, el paisaje de la meseta de Allegheny se extendía bajo la luz de una luna llena y clara. Las copas de los robles altos se balanceaban al ritmo de un viento frío de montaña que no lograba atravesar los gruesos cristales de la estancia.
—A veces me despierto en mitad de la noche —susurró Lizzie, mirando el círculo de luz sobre la mesa— y siento el peso de las cadenas en los tobillos. Tardo unos segundos en comprender que no estoy en el suelo de tierra del barracón, que las puertas no están cerradas con candado desde fuera.
Thomas la escuchó en silencio, apretando suavemente sus dedos. En su rostro, las marcas de la huida —la piel bronceada por el sol de los caminos, los pómulos más pronunciados por el ayuno y las cicatrices del bosque— hablaban de una metamorfosis irreversible.
Ya no quedaba nada del joven aristócrata de modales pulidos que paseaba por las galerías de Oak Harbor; ante ella estaba el hombre que había arriesgado su vida por cruzar el infierno.
—Yo sueño con la voz de mi padre —confesó Thomas en tono bajo, fijando la vista en la penumbra del patio—. Lo veo en el porche, sosteniendo la fusta y el libro de contabilidad, mirándome como si fuera un traidor a la sangre.
He renunciado al apellido Harrington, Lizzie. He borrado mi nombre de los registros de Misisipi y he firmado un documento con un nombre falso para no ser colgado de un roble. Pero hay momentos en que me pregunto si alguna vez dejaré de escuchar sus palabras.
—Tu padre eligió las cadenas, Thomas —dijo Lizzie con firmeza, volviéndose para mirarlo a los ojos—. Eligió el dinero del algodón y la autoridad sobre hombres y mujeres a los que nunca consideró seres humanos. Tú elegiste la vida. No hay culpa en preferir la justicia al odio de tu propia sangre.
Thomas dejó escapar un largo suspiro, pasando la mano libre por su cabello.
—Sé que tienes razón. Pero es el precio de este camino... Lo hemos perdido todo, Lizzie. Mi hermana Clara no volverá a hablarme. Si un día nos cruzamos en una calle de Richmond o de Charleston, se girará como si fuera un desconocido.
Mis amigos de la infancia, los muchachos con los que cazaba en los pantanos de Big Black, me considerarían un enemigo mortal. Todo el mundo que conocí se ha convertido en polvo.
—Nosotros perdimos nuestro mundo desde el día en que nacimos —respondió Lizzie con una serena amargura—. A mi madre se la llevaron a una subasta en Nueva Orleans cuando yo tenía siete años.
Solo recuerdo el olor a manteca y lavanda de su delantal y el sonido de sus zapatas de cuero sobre las tablas del establo mientras la arrastraban. A mi hermano pequeño lo vendieron para pagar una deuda de juego del señor Harrington cuando yo tenía catorce. Ni siquiera me dejaron decirle adiós.
La infancia para nosotros no fue un tiempo de juegos, Thomas; fue una espera continua hasta que tuvimos la edad suficiente para que nos pusieran un precio.
El silencio volvió a instalarse en la buhardilla, pesado y cargado de memoria. No era el silencio tenso de la huida, sino la quietud de los supervivientes que observan las ruinas del incendio cuando las llamas finalmente se han apagado.
—Pensar en la gente que quedó atrás en Oak Harbor es lo que más me quema por dentro —continuó Lizzie, contemplando la llama tenue del quinqué—.
La anciana Martha, que apenas puede caminar y sigue lavando las sábanas de la casona; el joven Ben, que soñaba con aprender a leer y al que volvieron a golpear la semana antes de que nos fuéramos...
Todos ellos siguen allí, esperando a que el día termine para poder descansar un par de horas antes de que la campana vuelva a sonar al amanecer.
Y nosotros estamos aquí, en una habitación cálida, comiendo pan de centeno.
—No podías salvarlos a todos, Lizzie —dijo Thomas—. Pero salvaremos a Toby y a Ruth. Eso fue lo que me dijiste la noche que cruzamos el río.
Lizzie asintió despacio, dejando que dos lágrimas silenciosas le resbalaran por las mejillas. Thomas se acercó a ella, rodeándola con sus brazos y permitiendo que ella apoyara la cabeza sobre su pecho. El latido firme del corazón de Thomas era un ancla en mitad de la tormenta de recuerdos.
Permanecieron así durante un largo rato, sintiendo el calor del cuerpo del otro y el olor a leña quemada que subía desde el piso inferior. El dolor de todo lo perdido estaba allí, inalterable, pero ya no los aplastaba; se había transformado en la argamasa sobre la que debían sostenerse.
Thomas se separó ligeramente de ella, mirándola fijamente a la cara a la tenue luz de la mecha.