CAPÍTULO 10 #3
Thomas Harrington, seis pies de estatura, ojos claros, educación de caballero; Lizzie, joven mulata, veinticuatro años, dos niños pequeños.
Si viajáis con esos nombres por las líneas de ferrocarril o intentáis alquilar una granja, la Ley de Esclavos Fugitivos os alcanzará antes de que los manzanos florezcan en primavera.
Cualquier Comisionado Federal ambicioso firmará una orden de entrega por cien dólares de recompensa.
Arthur alzó la vista, fijando sus ojos grises y francos en Thomas.
—Para proteger a esta familia, los registros de Misisipi deben quedar muertos. Necesitáis documentos de nacimiento, partidas de bautismo de iglesias locales y cartas de vecindad que certifiquen que habéis sido residentes libres de este condado durante los últimos cinco años.
Thomas contempló los papeles timbrados sobre la mesa.
Sentía el pulso acelerado en la sien. Durante veinticuatro años, su identidad había estado indisolublemente ligada al nombre de los Harrington.
Ese apellido no solo significaba la propiedad de Oak Harbor, las hectáreas de algodón y el legado de tres generaciones de hacendados del Sur; era el nombre que su madre pronunciaba al acunarlo en el porche, el nombre grabado en la biblia de la familia y la marca de fuego que lo definía ante el mundo.
Renunciar a ese apellido no era un mero cambio de ropas o una argucia legal para engañar a los hombres de Whitmore. Era cortar el último hilo de seda que lo conectaba con su pasado, amputar la memoria de su cuna y convertirse, a todos los efectos prácticos, en un hombre sin ancestros.
—¿Qué nombres queréis que queden inscritos en la historia, muchachos? —preguntó Sarah Fletcher suavemente, acercándose a la mesa y poniendo una mano maternal sobre la manga de Lizzie.
Lizzie miró los pliegos en blanco y luego buscó los ojos de Thomas. Había en ella una mezcla de expectación y temor reverente.
—Yo nunca he tenido un apellido, señora Fletcher—dijo Lizzie con la voz entrecortada—.
En los libros de la plantación solo figuraba como «Lizzie, hija de la cocinera Rose».
Mi madre no tenía apellido. Mis hijos solo tenían los nombres que yo les daba en voz baja cuando los arrullaba por la noche para que no olvidaran quiénes eran.
Para mí, tener un nombre completo no es perder algo... es empezar a existir.
Las palabras de Lizzie resonaron en la estancia con una dignidad que hizo que Arthur Fletcher se quitara las gafas de lectura y contuviera un suspiro.
—Entonces elijamos bien, hija mía —dijo el carpintero—. Un nombre no es una jaula; es el cimiento sobre el cual se levanta una casa.
Thomas dio un paso adelante, apoyando las palmas de las manos sobre el borde de la mesa de nogal. Miró el papel en blanco y sintió el sordo vértigo del abismo.
«Harrington», pensó. El apellido que su padre había defendido con fuego y látigo en el río Big Black. El apellido que constaba en los libros de deuda de las bancas de Nueva Orleans. El apellido de los amos.
—No quiero conservar nada de Oak Harbor —dijo Thomas con una firmeza que le brotó de lo más profundo del pecho—.
Si conservo el nombre de mi padre, llevaré siempre conmigo el olor del barro de las plantaciones y la sombra de los hombres que encadenaron a la gente de Lizzie.
Mi padre dijo en el puente que yo había dejado de ser su hijo.
Que así sea ante la ley de los hombres y ante la Providencia.
—¿Qué apellido eliges, entonces? —preguntó Arthur, con la pluma de ganso suspendida sobre el tintero.
Thomas miró a Lizzie. Deslizó la mano por la mesa hasta encontrar los dedos de ella, apretándolos con una fuerza serena.
—Cuando estábamos en la trastienda de Ripley, firmé la carta a mi padre como Thomas Miller —dijo él, mirando de reojo a Arthur y Sarah—. Pero hoy quiero un nombre que nos pertenezca a los dos. Un nombre que no evoque señores ni siervos.
Lizzie sonrió levemente, con los ojos brillando a la luz del fuego de la chimenea.
—En el barracón de mi madre —susurró ella, mirando a Thomas—, cuando las ancianas contaban historias sobre las tierras libres de más allá de las montañas, hablaban de un lugar al que llamaban «El Valle de la Alborada».
Decían que allí el sol salía para todos por igual y que la tierra no pertenecía a nadie más que a quien la trabajaba con sus manos.
Thomas asintió lentamente, sintiendo cómo una calidez reconfortante le inundaba el pecho.
—Eastwood —dijo Thomas, traduciendo el pensamiento en la lengua del Norte—. Thomas y Lizzie Eastwood. Thomas como el carpintero que trabaja la madera del bosque, e Eastwood como la luz del este que vimos despuntar esta mañana sobre el río.
Arthur Fletcher esbozó una sonrisa amplia y respetuosa. Mojó la pluma en la tinta ferrogalica y, con un trazo elegante y firme, comenzó a escribir sobre el primer salvoconducto:
«Por la presente se certifica que Thomas Eastwood, ciudadano de libre condición, artesano del marco y la madera...»
El rascado de la pluma sobre el papel sonaba en el silencio del salón como el martilleo de un cincel esculpiendo una piedra de molino.
Thomas observó cómo el nombre de «Thomas Harrington» desaparecía para siempre, disolviéndose en el olvido, mientras el nombre de «Thomas Eastwood» tomaba forma en la tinta negra que se secaba bajo la luz del quinqué.
Mientras Arthur continuaba rellenando los documentos para Lizzie y los niños —certificando que Toby y Ruth eran hijos legítimos de la unión entre Thomas y Lizzie Eastwood, nacidos en la parroquia libre de San Pedro—, la señora Fletcher condujo a la pareja al pequeño balcón de la planta superior, un espacio resguardado del viento que miraba hacia los prados nocturnos de la granja.
El aire de la noche era helado y puro. Las estrellas brillaban en el cielo de Pensilvania con una claridad cristalina que parecía reflejarse en la escarcha de la hierba.
Thomas y Lizzie se apoyaron contra la barandilla de madera, envueltos en una misma manta de lana espesa que la señora Fletcher les había cedido. A lo lejos, las luces de la villa de Waynesburg parpadeaban como luciérnagas dormidas.
—¿Se siente diferente? —preguntó Lizzie suavemente, apoyando la mejilla contra el hombro de Thomas—. ¿Sentirte un Eastwood en lugar de un Harrington?
Thomas tardó unos segundos en responder. Miró sus propias manos, las manos que una vez habían sostenido las riendas de un caballo de pura raza y hojeado libros de leyes en el despacho de roble de Oak Harbor, y que ahora mostraban los cayos del remo, la madera y la caminata.
—Se siente como quitarme una armadura de hierro que estuvo a punto de ahogarme —confesó Thomas con voz baja y sincera—. Durante toda mi vida creí que el nombre Harrington era una carga de honor que debía llevar con orgullo.
Se me enseñó que ese nombre exigía que me comportara como un señor, que gobernara sobre otros, que defendiera un imperio hecho de dolor ajeno. Pero la verdad es que ese nombre era una prisión. Me obligaba a ser el hombre que mi padre quería que fuera, no el hombre que yo deseaba ser.
Lizzie se giró levemente bajo la manta, quedando de frente a él. La luz de las estrellas perfilaba las líneas suaves de su rostro y la curva de sus labios.
—¿Y quién es el hombre que deseas ser ahora, Thomas Eastwood?
Thomas la tomó del rostro con ambas manos, acariciando sus pómulos con los pulgares con una ternura infinita.
—Deseo ser el hombre que se levanta al amanecer para construir una mesa donde mi familia pueda sentarse sin miedo —dijo él, y su voz tembló ligeramente por la emoción—.
Deseo ser el hombre que te mire a los ojos cada mañana y sepa que la mujer que está a mi lado es libre, no porque un tribunal lo haya firmado en un papel, sino porque su alma jamás pudo ser encadenada.
Quiero ser el hombre que enseñe a Toby a trabajar la madera y a tratar a cualquier ser humano con el respeto que a ti te fue negado en el Sur.
Lizzie cerró los ojos un instante, dejando que las palabras de Thomas calaran en lo más profundo de su ser.
—Y yo... —susurró ella, abriendo los ojos para fijarlos en los de él—, yo quiero aprender a no agachar la cabeza cuando alguien pase a mi lado.
Quiero que Ruth crezca sabiendo que su nombre, Ruth Eastwood, es el nombre de una niña que puede soñar con ser maestra, poetisa o lo que su corazón desee, sin que nadie pueda decirle que su piel es una condena.
Thomas se inclinó despacio y la besó en los labios.
Fue un beso profundo, sereno y lleno de promesas, como si ambos estuvieran pronunciando en silencio unos votos que ningún sacerdote habría podido hacer más sagrados.
No había iglesia, ni altar, ni testigos.
Solo el murmullo del viento entre los castaños, el perfume húmedo del bosque y el acompasado latido de dos corazones que, después de atravesar el miedo, comenzaban a creer en un futuro compartido.
Cuando sus labios se separaron, Lizzie apoyó la frente sobre el pecho de Thomas. Permaneció inmóvil, escuchando el firme latido de su corazón, como si aquel sonido fuera la única certeza capaz de mantener alejadas todas las sombras que aún los perseguían.
Thomas la rodeó con los brazos y alzó la vista hacia el cielo, donde las primeras estrellas asomaban entre las copas de los árboles. Durante unos instantes permaneció en silencio, hasta que una inquietud, largo tiempo contenida, terminó por abrirse paso.
—¿Crees que algún día mi padre... o el recuerdo del hombre que fue para mí... dejará de perseguirme? —preguntó en voz baja, sin apartar la mirada de la oscuridad que se extendía hacia el sur.
Lizzie levantó lentamente la cabeza y buscó sus ojos.
—No lo sé —susurró—. Pero hay recuerdos que no vienen para atormentarnos, Thomas. Vienen para recordarnos quiénes fuimos... y por qué decidimos cambiar.
Thomas no respondió. Se limitó a estrecharla con más fuerza. Comprendió que jamás podría borrar su pasado, pero quizá algún día aprendería a vivir con él sin permitir que gobernara su futuro.