CAPÍTULO 10 #2
Llevaba de la mano a dos niños pequeños, un niño y una niña, que vestían chaquetillas de paño oscuro y portaban pizarras de piedra bajo el brazo.
Los niños reían, saltando sobre las piedras del arroyo que cruzaba la calle, camino de una edificación de ladrillo de la que emergía el sonido claro y coordinado de un coro de voces infantiles recitando la tabla de multiplicar.
—Van a la escuela... —murmuró Lizzie, y esta vez una lágrima corrió libremente por su mejilla tostada—. Llevan libros... No tienen que esconderlos bajo las tablas del suelo... No tienen que temer que el amo los descubra y los azotes por querer saber los nombres de las letras.
Toby se soltó de la mano de Thomas y dio dos pasos hacia los niños de las pizarras, observándolos con los ojos llenos de una fascinación desbordante.
—Mira, madre —dijo el pequeño Toby en un susurro cargado de asombro—. Tienen zapatos de verdad. Y no miran al suelo cuando pasa un hombre blanco.
Era cierto. Un caballero maduro con sombrero de copa y leontina de oro en el chaleco cruzó la acera en sentido contrario.
Al pasar junto a la mujer negra y sus hijos, el hombre se tocó levemente el ala del sombrero en un saludo cortés y continuó su camino sin aminorar el paso, sin hacer una sola pausa, sin exigir que se apartaran al arroyo ni pedir sus pases de libertad.
Para Thomas, aquella escena ordinaria de una mañana de martes en Pensilvania fue como un latigazo en el alma.
Se detuvo junto a un farol de hierro, apoyando la mano en el poste frío para sostenerse.
Toda la arquitectura ideológica con la que se había educado a la aristocracia del Sur —las teorías raciales de los panfletos de Charleston, las prédicas de los pastores episcopales en las iglesias de los condados que justificaban la servidumbre como un orden natural ordenado por el Creador— se desmoronaba en pedazos ante la visión de una mujer negra llevando a sus hijos a la escuela en Waynesburg.
No había caos. No había la barbarie ni la ruina económica que su padre presagiaba siempre que se mencionaba la palabra «abolición». La ciudad prosperaba; los comercios abrían sus puertas, el olor a pan fresco salía de las tahonas y los hombres trabajaban juntos.
«Nos dijeron que no podían valerse por sí mismos», pensó Thomas, sintiendo una amargura punzante que le quemaba la garganta.
«Nos dijeron que necesitaban la fusta y el barracón para no caer en el salvajismo.
Y era todo una mentira... Una terrible y maldita mentira para no renunciar al dinero del algodón. »
Miró a Lizzie. La joven estaba descalza en el espíritu, congelada en la banqueta de madera, mirando la fachada de una pequeña imprenta local donde un joven negro manejaba la prensa manual, manchándose las manos de tinta negra mientras imprimía pasquines sobre el próximo mitin antiesclavista de la ciudad.
Lizzie levantó despacio la mano derecha y se miró la palma.
Era la misma mano que había fregado los suelos de madera de roble de Oak Harbor hasta sacarse sangre de los nudillos; la misma mano que había preparado las comidas de su padre y servido el té a las damas de la sociedad de Misisipi; la misma mano que había sido evaluada por los tasadores del condado para fijar su valor en ochocientos dólares en la liquidación de la herencia.
Cerró el puño lentamente, sintiendo la fuerza de sus propios músculos.
—Nadie —dijo de nuevo, pero esta vez su voz no fue un susurro de miedo, sino una declaración firme y vibrante que resonó en el aire frío de la calle—. Nunca más.
Sin embargo, el peligro no era una ilusión.
Cuando el grupo alcanzaba la esquina de la calle principal, dos hombres a caballo aparecieron por el desvío del camino del Sur.
Vestían abrigos largos de lona encerada, llevaban sombreros de ala ancha calados hasta las cejas y sobre el arzón de sus sillas de montar descansaban enfundadas dos carabinas de repetición.
Sus miradas no eran las de los vecinos de Waynesburg; eran severas, rastreadoras, escudriñando los rostros de cada persona de color que caminaba por las aceras con una frialdad profesional que Silas reconoció al instante.
—¡Cazadores! —siseó Silas, aferrando a Thomas por el brazo y empujando a Lizzie y a los niños hacia el callejón lateral que discurría entre la imprenta y una tienda de ultramarinos.
El grupo se pegó contra el muro de ladrillo, contenían el aliento mientras el eco de los cascos de los caballos resonaba al otro lado del callejón.
A través de la rendija entre dos tablas de la cerca de madera, Thomas vio cómo uno de los jinetes se detenía junto a la puerta de la imprenta, sacaba un papel doblado del bolsillo de su abrigo —un cartel de captura con descripciones impresas en tinta fresca— y se lo mostraba con gesto desafiante al impresor blanco que salía en ese momento a la calle.
—Buscamos a una mujer y dos niños de la propiedad de la finca Harrington, en el condado de Adams —dijo el jinete con un acento marcadamente sureño que hizo que a Lizzie se le helara la sangre en las venas—.
Y a un renegado blanco que los acompaña.
Hay quinientos dólares de recompensa por el muchacho y doscientos por la pieza hembra.
El impresor de Waynesburg miró el papel con gesto de profundo desprecio, escupió sobre los adoquines cerca de los cascos del caballo del cazador y se cruzó de brazos.
—Aquí no tenemos «piezas», señor —respondió el impresor con voz alta y clara, lo suficientemente fuerte para que resonara en todo el callejón—.
Aquí tenemos ciudadanos. Y si intentan secuestrar a alguien en esta villa sin una orden firmada por el juez de distrito de Pittsburg, terminarán la noche en la prisión del condado o colgados de un roble por los vecinos.
La salida hacia el Sur está por donde han venido.
El jinete escupió una maldición, pero al ver que varios vecinos de las tiendas cercanas comenzaban a salir a la calle con gestos hoscos y las manos en los bolsillos de sus chaquetones, apretó las riendas de su montura y dio media vuelta, alejándose al trote junto a su compañero hacia la periferia de la ciudad.
En el callejón, Lizzie dejó escapar el aire que había estado reteniendo en los pulmones, apoyando la cabeza contra el pecho de Thomas. El temblor de su cuerpo era incontrolable, pero la mano de Thomas la sostenía con la firmeza de un baluarte.
—¿Ves, Lizzie? —susurró Thomas al oído de la muchacha, mientras los niños se apretaban contra sus piernas—.
Hay cazadores, sí. Habrá sombras que nos persigan durante un tiempo.
Pero ya no estamos solos. Hay hombres y mujeres en esta tierra que están dispuestos a ponerse de pie y defender nuestra libertad.
Lizzie miró hacia la entrada del callejón, donde el impresor volvía a su trabajo en la prensa manual, y luego miró los rostros de Toby y Ruth. La pequeña Ruth sonreía por primera vez en días, fascinada por un gorrión que picoteaba unos granos de avena sobre las tablas de la acera.
Lizzie se agachó, tomó a sus dos hijos en un abrazo apretado y los levantó contra su pecho. Luego miró a Thomas, y en sus ojos negros, antes dominados por el fantasma del cautiverio, brilló una resolución invencible.
—Sigamos caminando, Thomas —dijo ella, apoyando su mano libre sobre el brazo del joven—. Aún nos queda mucho camino hacia el norte, pero hoy... hoy hemos empezado a vivir.
Y así, bajo el sol brillante de la mañana de Pensilvania, con el temor de la ley furtiva aún rondando sus pasos pero con la dignidad de la libertad grabada a fuego en sus almas, el pequeño grupo volvió a salir a la calle abierta, dejando atrás para siempre la sombra de las cadenas.
La llegada de Thomas, Lizzie y los niños a la casa de los Fletcher no fue fruto de la casualidad, sino del funcionamiento en red del «Ferrocarril Subterráneo» (Underground Railroad), la red clandestina de abolicionistas que ayudaba a los esclavos fugitivos a escapar hacia el Norte.
Un nuevo nombre
La casa de la familia Fletcher no se parecía a las mansiones del Sur con sus pórticos de columnas blancas ni a los hacinados barracones de la servidumbre.
Era una edificación sólida y sobria de dos plantas, construida con piedra de sillería de las canteras locales y madera de roble barnizada, situada a tres millas al norte de Waynesburg, donde las colinas de Pensilvania empezaban a ondular hacia el oeste.
En el salón principal, un gran fuego de leña de arce crepitaba en la chimenea, inundando la estancia con un olor cálido y resinoso. Fuera, la brisa de la tarde balanceaba las copas de los castaños, pero en el interior reinaba una paz desconocida para los fugitivos.
Arthur Fletcher, un hombre de unos cincuenta años, de barba tupida y canosa y manos anchas marcadas por el trabajo del taller de carpintería, ajustaba los quinqués de aceite sobre una mesa de nogal abrumada por papeles, libros de contabilidad y un estuche de cuero con útiles de caligrafía.
A su lado, su esposa Sarah, una mujer de mirada dulce y modales resueltos, terminaba de servir cuencos de sopa caliente de hortalizas a Toby y a Ruth, que comían sentados en unas banquetas de pino junto al fuego, envueltos en mantas limpias de lana virgen.
Silas descansaba en un sillón junto al ventanal, con la carabina apoyada en el suelo a su alcance, pero con el rostro desprovisto de la rigidez glacial de los días de huida.
Thomas y Lizzie permanecían de pie al otro lado de la mesa de nogal.
Arthur Fletcher extrajo del estuche de cuero tres hojas de papel maché de alta gramaje, con bordes timbrados que imitaban los salvoconductos oficiales emitidos por los juzgados de condado de la Commonwealth de Pensilvania.
Junto a ellos dispuso una pluma de ganso afilada y dos frascos de tinta ferrogalica.
—Los cazadores que visteis en la villa no son idiotas —dijo Arthur con voz grave y pausada, mientras examinaba los pliegos—. Tienen las descripciones de las circulares de aviso de la provincia de Misisipi.