CAPÍTULO 10
Cuando el país comienza a romperse
La libertad no siempre llega con el sonido de unas cadenas que se rompen. A veces comienza con un amanecer en el que, por primera vez, un hombre puede respirar sin mirar por encima del hombro.
Pero incluso entonces, el pasado continúa caminando tras sus pasos.
Mientras Thomas y Lizzie avanzan hacia el Norte guiados por quienes arriesgan su vida para mantener viva la red clandestina del Underground Railroad, el país entero parece contener la respiración.
En los periódicos se multiplican los discursos enfrentados, las plazas hierven de debates y los estados comienzan a dividirse por una cuestión que ya nadie puede evitar: ¿puede una nación proclamarse libre mientras millones de personas viven esclavizadas?
Cada milla recorrida acerca a los fugitivos a su anhelada libertad. Pero también los aproxima al instante en que deberán dejar de huir y decidir qué lugar ocuparán en la historia que está a punto de escribirse con sangre.
Tierra de hombres libres
El cruce no ocurrió bajo el estruendo de un cañón ni con el toque de una trompeta triunfal.
Ocurrió en la penumbra helada que precede al alba, donde la frontera entre el estado esclavista de Virginia y la mancomunidad libre de Pensilvania no era más que una modesta zanja cubierta de vegetación silvestre y una muesca labrada en un hito de piedra calcárea, desgastado por cincuenta inviernos.
Durante tres días y tres noches, el grupo había avanzado a través de la red clandestina del Ferrocarril Subterráneo, saltando de pajar en pajar, escondiéndose en las falsas paredes de las granjas cuáqueras y viajando en la parte trasera de carros de heno con doble fondo.
Los sabuesos de Whitmore habían perdido el rastro en los vados del arroyo Cheat, pero el espectro de la persecución seguía pegado a sus nucas como un sudor frío.
Silas caminaba a la cabeza, apartando las ramas bajas de los nogales con su bastón de fresno. Tras él, Thomas llevaba a Toby sobre los hombros.
El niño, envuelto en una manta raída de lana roja, dormitaba con la mejilla apoyada en los cabellos oscuros del joven Harrington.
Lizzie caminaba al lado de Thomas, llevando de la mano a la pequeña Ruth, cuyos zapatitos de cuero descolorido dejaban huellas diminutas en el barro medio congelado del camino.
Silas se detuvo en seco junto al hito de piedra. Se volvió despacio, la barba encanecida brillante por la escarcha, y apoyó ambas manos sobre la cabeza de su bastón.
—Hasta aquí llega la jurisdicción de los alguaciles de Virginia —dijo el viejo guía, y su voz, habitualmente áspera por los años de cautiverio y huidas, sonó suave, casi como una plegaria—. Un paso más hacia adelante... y estaréis pisando suelo libre.
Lizzie se congeló. Su pie derecho, calzado con una bota que le quedaba grande y que le había prestado la esposa del pastor de Ripley, quedó suspendido a escasos centímetros del hito de piedra.
—¿Aquí? —susurró ella, mirando a su alrededor con los ojos desorbitados por una mezcla de asombro y terror—. ¿No hay muros? ¿No hay guardias? ¿Ni barandillas?
—No hay nada de eso, Lizzie —respondió Thomas, bajando a Toby al suelo con infinita ternura, pero sin soltarle la mano—. «Solo la ley de los hombres» ... y la voluntad de Dios.
Lizzie dudó. El aire de la mañana estaba tan limpio que le quemaba los pulmones al inspirar.
Durante los veinticuatro años de su vida, la tierra bajo sus pies había pertenecido siempre a alguien: a los Harrington, a los jueces del condado, a los mercaderes de Richmond o a los capataces de Oak Harbor.
Cada acre de suelo que había pisado traía consigo la amenaza implícita de la fusta, el hierro de marcar o la escritura de propiedad depositada en los archivos del tribunal.
La idea de que pudiera existiese un pedazo de tierra que no la reclamara a ella como posesión era un concepto tan abstracto y monstruoso que su cuerpo se negaba a procesarlo.
Miró a Thomas. El joven aristócrata de Misisipi la observaba con el rostro pálido y los labios apretados. Thomas le tendió la mano.
Lizzie la tomó. Sus dedos se entrelazaron con fuerza, apretando la piel contra la piel, buscando un ancla en mitad del vértigo. Y juntas, sus botas presionaron la hierba cubierta de escarcha al otro lado del mojón de piedra.
El impacto no trajo consigo una iluminación celestial ni la desaparición repentina del cansancio.
Sin embargo, en el instante en que el peso de Lizzie se asentó sobre el suelo de Pensilvania, un estremecimiento sordo le recorrió la columna vertebral.
Fue un espasmo físico, una sacudida que brotó desde la planta de sus pies y subió por sus piernas hasta disolverse en su garganta en un gemido ahogado.
Se dejó caer de rodillas sobre el barro helado. Tocó la tierra con las palmas abiertas, hundiendo los dedos en el musgo y las hojas secas.
—Nadie... —murmuró, y la voz se le quebró en un sollozo seco que no llevaba lágrimas, sino el poso acumulado de generaciones de sufrimiento—. Nadie puede venderme aquí. Nadie puede venir a medianoche y llevarse a Ruth... Nadie puede ponerle un precio a mis manos.
Ruth se arrodilló a su lado, asustada por la reacción de su madre, y abrazó a Lizzie por el cuello.
—¿Mamá? ¿Estamos a salvo? ¿Ya no vienen los hombres malos del establo?
Lizzie apretó a la niña contra su pecho, escondiendo el rostro en su cuello de lana virgen. Thomas se arrodilló junto a ellas, envolviéndolas a ambas con sus brazos largos y fuertes, mientras Toby se sumaba al abrazo sujetándose al hombro de su hermana.
Thomas miró el horizonte sobre la cabeza de Lizzie. La línea de colinas de Pensilvania se abría ante ellos en una sucesión de valles dorados por los primeros rayos del sol naciente.
Pero en el pecho de Thomas, el alivio no venía solo. Venía acompañado por una sombra densa y punzante: la culpa.
Allí estaba. La tierra libre siempre había estado allí.
Mientras él crecía en la gran casona de Oak Harbor, sirviéndose de jarras de plata, escuchando los pianos en las soirées de verano y aceptando como una verdad natural e inamovible que la gente de piel oscura nacía para servir y la de piel blanca para gobernar, este suelo libre ya existía.
A solo unos días de viaje hacia el norte, los hombres caminaban erguidos sin importar su raza. La monstruosidad de las plantaciones no era una fatalidad del destino ni una ley divina; era una mentira elaborada por hombres como su padre para sostener una opulencia manchada de sangre.
—Dios mío... —susurró Thomas para sí mismo, sintiendo que el aire se le volvía pesado en los pulmones—. Todos esos años... Toda esa ceguera.
—No te culpes por las sombras en las que naciste, muchachos —dijo la voz serena de Silas desde arriba, poniendo una mano pesada sobre el hombro de Thomas—. Lo único que importa es la luz hacia la que has decidido caminar.
El grupo no podía permanecer en el camino abierto. Silas los condujo a través de un denso pinar hasta alcanzar las afueras de Waynesburg, una próspera villa de fabricantes de herramientas, harineros y artesanos del cuero.
A medida que se acercaban al casco urbano, el temor no desaparecía; se transformaba. Thomas y Lizzie sabían bien que cruzar la frontera del estado no los convertía en inmunes.
La funesta «Ley de Esclavos Fugitivos de 1850» era un fantasma de alcance nacional.
Garantizaba que cualquier cazador de recompensas provisto de una orden firmada por un comisionado federal podía cruzar la línea de Pensilvania, apresar a un sospechoso en mitad de la calle y arrastrarlo de vuelta al Sur sin derecho a un juicio por jurado ni a testificar en su propia defensa.
Las patrullas privadas de Whitmore o los agentes a sueldo de la familia Harrington tenían pleno poder legal para operar en aquellos mismos valles si los descubrían.
Por eso, cada vez que el ruido de los cascos de un caballo resonaba en el camino de grava, Silas ordenaba al grupo que se apartara hacia la espesura de los matorrales, con el corazón martilleándoles las costillas.
Sin embargo, cuando el camino se convirtió en una calle ancha de adoquines rectos flanqueada por casas de madera pintada de blanco y ladrillo rojo, el espectáculo que se presentó ante sus ojos dejó a Lizzie y a los niños absolutamente paralizados.
No era una plantación. Tampoco era el barrio segregado y harapiento de los esclavos libertos que bordeaba las afueras de Natchez.
A la izquierda del camino, frente a una gran carpintería cuyo letrero rezaba Fletcher el tercero era un hombre negro alto, de hombros anchos y cabello canoso, que sostenía un cepillo de carpintero y daba instrucciones en tono firme sobre el ensamblaje de los listones de roble.
Los tres se reían de algo que había dicho uno de ellos, y el hombre negro dio un palmetazo amistoso en el hombro del carpintero blanco antes de volver a su trabajo.
Lizzie se detuvo en medio de la acera de madera, haciendo que Thomas y los niños tropezaran suavemente contra ella. Su mirada estaba clavada en el ebanista negro.
—Está... está dando órdenes —susurró Lizzie, incapaz de dar crédito a lo que sus ojos veían—. Le está diciendo a ese hombre blanco cómo ajustar la madera... y el hombre blanco lo escucha y le responde con respeto.
—Es el maestro tejedor de la ciudad —explicó Silas en un murmullo, manteniendo la vista fija en la calle por si aparecía alguna cara extraña—. Se llama Marcus. Compró su libertad hace diez años en Maryland y ahora es socio de la carpintería. Paga sus impuestos y vota en las elecciones del condado.
Lizzie dio unos pasos más, como si caminara en un trance. Unos metros más adelante, frente a una casa de dos plantas con un pequeño jardín de tulipanes, una mujer negra vestida con un pulcro vestido de calicó azul y un delantal blanco remendado caminaba a paso ligero.