CAPÍTULO 9 #7
Lizzie alzó la cabeza y buscó los labios de Thomas en la penumbra. Fue un beso lento, cargado de una ternura desarmante que disipó por completo la frialdad del desván y el recuerdo vertiginoso de la persecución de Whitmore en la sastrería.
En aquel contacto se concentraban todos los riesgos asumidos, la sangre vertida en el río y la fe inquebrantable en un destino común.
Cuando se separaron, Thomas mantuvo los brazos rodeando la cintura de Lizzie, apretándola contra su pecho mientras ambos miraban hacia la ventana circular.
—Pero hay algo más, Lizzie —dijo Thomas después de un largo silencio, y su tono recuperó una gravedad sobria que hizo que ella se tensara ligeramente.
—¿Qué ocurre?
—El país entero se está rompiendo —respondió Thomas, volviendo la mirada hacia el sur, hacia la masa invisible de colinas al otro lado del río Ohio—.
—Lo vi en los periódicos que nos mostró el cuáquero Barclay en su granja, y lo he sentido en el ambiente de las calles de Ripley.
—Los discursos en Washington ya no buscan acuerdos; los periódicos del Sur llaman a la rebelión y los estados del Norte están armando a sus milicias.
—La guerra va a estallar, Lizzie. No este año, tal vez no el que viene, pero llegará antes de que los niños hayan crecido.
Lizzie lo miró con preocupación.
—Si la guerra llega... ¿nos alcanzará incluso en el Norte?
—Nos alcanzará a todos —afirmó Thomas—. Una nación no puede sobrevivir eternamente dividida entre la libertad y la servidumbre. Los hombres como mi padre y Whitmore lucharán hasta el último aliento para defender su derecho a encadenar a otros seres humanos.
—Creen que la riqueza del algodón les da el derecho divinal de gobernar este país. Y los hombres del Norte lucharán para preservar la Unión o para erradicar esa aberración.
Thomas guardó silencio durante un instante, apretando la mano de Lizzie con fuerza.
—Durante toda mi vida me enseñaron que el honor de un Harrington consistía en defender la bandera de Misisipi, las tierras de la familia y el sistema que había dado prosperidad a los nuestros durante generaciones.
Thomas guardó silencio unos instantes. La tenue luz de la hoguera dibujaba sombras sobre su rostro.
—Mi padre siempre soñó con verme al frente de los hombres del condado. Imaginaba que, si llegaba el día, vestiría el uniforme con orgullo y empuñaría un fusil para proteger Oak Harbor y todo cuanto representa.
Levantó la vista hacia el cielo, donde las estrellas brillaban con una serenidad que contrastaba con el torbellino que agitaba su interior.
—Pero si esa guerra llega... si el país termina desgarrándose y algún día me obligan a elegir un bando... ya sé cuál no será el mío.
Lizzie lo miró en silencio.
—No lucharé para que un hombre pueda ser dueño de otro. No empuñaré un arma para defender las cadenas, por mucho que lleven el nombre de mi familia o la bandera del Sur.
Su voz se volvió apenas un susurro, pero en ella había una determinación inquebrantable.
—Si alguna vez visto un uniforme, será para proteger la libertad de quienes nunca la conocieron... y para asegurarme de que nuestros hijos nazcan en un país donde nadie vuelva a ser comprado o vendido como si fuera una mercancía.
Tomó la mano de Lizzie entre las suyas.
—Ese será el único legado que me importe dejar.
Thomas hizo una pausa, mirando directamente a los ojos de Lizzie.
—Solo lucharé por una causa. Lucharé por la bandera de la libertad. Lucharé para que ningún otro niño tenga que ver a su madre ser vendida en un mercado de esclavos, y para que hombres como Whitmore no vuelvan a tener el poder de perseguir a nadie con perros y cadenas.
—Jamás empuñaré un arma para defender la servidumbre. Prefiero morir antes que servir a la causa de mi padre.
Lizzie sintió un escalofrío de orgullo y temor recorriéndole el cuerpo. Tomó el rostro de Thomas entre sus manos, acariciando la línea dura de su mandíbula y la cicatriz reciente que una rama le había dejado en la sien durante la huida por la Pineda Negra.
—Eres el hombre más valiente que he conocido, Thomas Harrington —dijo ella con la voz entrecortada por la emoción—. Tu padre cree que te perdió porque te volviste loco o porque te dejaste seducir por mis palabras.
—Pero la verdad es que te perdió porque tú tenías un alma demasiado grande para caber en sus barracones de esclavos.
—Mi alma le pertenece a la vida que voy a construir contigo —respondió Thomas.
Pasaron las horas en aquella vigilia tranquila.
El viento en el exterior fue perdiendo su ímpetu salvaje, transformándose en una brisa fresca de la madrugada que traía consigo el olor a pino de las colinas de Ohio y la humedad del arroyo del Molino.
Toby se movió en su sueño, soltando un pequeño gemido de cansancio, pero Lizzie se acercó un segundo para acomodarle la manta sobre los hombros, besándole la frente antes de volver al lado de Thomas.
Silas abrió los ojos en el rincón oscurecido del desván. Observó a los dos jóvenes sentados junto al ventanal, abrazados bajo la misma manta de lana, y esbozó una leve sonrisa de alivio en medio de la fatiga.
Había guiado a docenas de fugitivos a través de los bosques de Kentucky y Misisipi; había visto el miedo, la desesperación y la muerte en los vados del río.
Pero pocas veces había presenciado una fuerza tan limpia y firme como la que unía a aquel muchacho blanco aristócrata y a la joven lavandera de Oak Harbor.
Comprendió que, pasara lo que pasara en las vías del ferrocarril o en las calles de las ciudades del norte, la verdadera libertad ya se había instalado en los corazones de ambos.
Thomas apoyó la espalda contra el muro de ladrillo, manteniendo a Lizzie bien pegada a su costado.
Sentía el latido constante y sereno del corazón de la muchacha contra sus costillas, un compás inmutable que ahogaba el eco lejano de los golpes de la patrulla de Whitmore en la puerta de la sastrería.
La negrura de la noche comenzó a disolverse gradualmente en la línea del horizonte.
El cielo de oriente pasó del negro de azabache a un azul plomizo y frío, que poco a poco se fue tiñendo de tonos dorados, grises y violáceos.
La franja de luz del nuevo día se extendió sobre el curso del río Ohio, iluminando los tejados de Ripley, las chimeneas de las fábricas de harinas y la densa masa de robles que cubría las colinas libres de la frontera norte.
Y entonces, desde la torre de la iglesia presbiteriana del centro de la ciudad, el tañido pesado y profundo de una gran campana de bronce rompió el silencio de la madrugada.
¡TALÁN... TALÁN... TALÁN!
El sonido vibró en el aire helado de la mañana, extendiéndose sobre el valle y rebotando contra los muros de ladrillo de la vieja fábrica abandonada.
Segundos después, la campana de la capilla cuáquera de la calle de la Unión se sumó al repique, seguida por el silbato lejano de una locomotora de vapor que maniobraba en los desvíos del ferrocarril de mercancías.
Era el anuncio del nuevo día. El amanecer de Ohio.
Lizzie alzó la cabeza, contemplando los destellos dorados del sol que entraban a través de los listones de madera del ventanal circular, bañando el suelo de tablas del desván con una luz cálida y limpia.
—Es la mañana, Thomas —susurró ella, sonriendo mientras una lágrima de pura felicidad le resbalaba finalmente por la mejilla.
Thomas la apretó con más fuerza contra su pecho, besándole el cabello envuelto en el aroma a pino y a libertad.
—Es nuestro mañana, Lizzie —respondió él en un susurro cargado de fe—. Es nuestro mañana.
Abrazados bajo la luz naciente del sol de los estados libres, mientras el tañido de las campanas de Ripley continuaba resonando sobre el río y el silbato del tren los llamaba hacia el norte, Thomas y Lizzie esperaron el momento de volver a ponerse en marcha, sabiendo que la noche del peligro había quedado atrás y que la promesa de su nueva vida estaba lista para ser conquistada.