CAPÍTULO 9 #6
—Tienen la calle principal bloqueada —susurró el anciano con urgencia—. He visto a tres hombres armados cruzando la acera hacia la entrada de la tienda. El cazador está entre ellos. Es un hombre alto, con cicatriz en la mandíbula y gabardina gris.
—Whitmore —masculló Thomas entre dientes. La distancia entre su perseguidor y él se había reducido a cero. Podía sentir la presencia del cazador al otro lado de los muros de madera, como el aliento helado de una bestia salvaje.
—Hay un pasaje subterráneo bajo el taller de prensado —dijo el sastre, señalando una trampilla de madera oculta bajo una alfombra de esparto en el rincón—.
Conduce al desagüe del arroyo del Molino, dos manzanas al norte de la estación de mercancías.
No es un camino fácil; hay agua por las rodillas y oscuridad total, pero os sacará fuera del cerco de Whitmore.
—¿Y usted qué hará? —preguntó Lizzie con preocupación—. Si ven que no estamos aquí, destruirán su tienda.
—Soy un ciudadano libre del estado de Ohio y un anciano respetado en este condado —respondió el sastre con una sonrisa serena y orgullosa—.
Dejad que ese cazador de ratas intente derribar mi puerta.
Cuando la policía llegue, será él quien tenga que dar explicaciones por asalto a mano armada en territorio libre. ¡Vamos, moveos!
Isaac levantó la trampilla con cuidado, revelando una abertura negra de la que salía un olor a humedad, limo y agua estancada. Silas descendió primero, probando la solidez de los escalones de piedra con el pie sano antes de extender los brazos para recibir a los niños.
Lizzie pasó a continuación, mirando a Thomas un segundo antes de desaparecer en la penumbra del túnel.
Thomas fue el último en aproximarse a la trampilla. Antes de bajar, se volvió hacia el sastre y le estrechó la mano con firmeza.
—Gracias por todo, señor Coffin.
—Que el Señor guíe vuestros pasos, Thomas Miller —respondió el anciano, volviendo a colocar la alfombra sobre la madera—. Corred. Escuchad el silbato del tren.
Justo cuando Thomas descendía el primer escalón y la trampilla comenzaba a cerrarse sobre su cabeza, un golpe brutal hizo retumbar la puerta principal de la sastrería.
La madera cedió con un chasquido seco, seguido por el sonido de cristal roto y la voz atronadora de Edward Whitmore resonando en el piso superior:
—¡En nombre de la Ley de Esclavos Fugitivos! ¡Registrad la casa! ¡No dejéis un solo rincón sin revisar!
Thomas cerró la trampilla desde abajo, quedando sumido en la negrura absoluta del túnel. Escuchó el eco de los taconazos pesados de los hombres de Whitmore sobre el techo de madera, justo encima de sus cabezas.
La persecución no había terminado. Whitmore estaba a solo unos metros de distancia, y la frontera entre la libertad y el abismo volvía a ser tan estrecha como el filo de una navaja.
—Adelante —susurró Thomas en las sombras, echando a andar por el agua fría del subterráneo—. El tren nos aguarda.
La promesa bajo la viga de roble
El agua del túnel subterráneo les había llegado a las rodillas, fría y con olor a limo estancado, pero la salida al barranco del arroyo del Molino los había dejado a salvo de la emboscada inicial de Whitmore.
Con el aliento entrecortado y las botas empapadas, el grupo había serpenteado por los márgenes de la vía férrea durante tres millas, alejándose del centro urbano de Ripley hasta encontrar cobijo en las afueras de la ciudad.
El refugio no era la estación de pasajeros ni la calidez de otra casa abolicionista. Era una vieja fábrica de harinas abandonada a orillas del arroyo, un edificio de tres plantas de ladrillo rojo con el tejado a medio derruir y las muelas de piedra cubiertas de musgo.
En el desván superior, al que se accedía por una escala de mano que Isaac había retirado tras subir al último del grupo, el aire olía a grano rancio, polvo de madera y lluvia acumulada en las vigas.
A través de un ventanal circular sin cristales, cubierto apenas por unos listones cruzados, se divisaba a lo lejos la silueta del puerto y las luces distantes de la ciudad de Ripley.
En la esquina más resguardada, sobre un montón de sacos de yute limpios que Silas había dispuesto con esmero, Toby y Ruth dormían profundamente.
El cansancio de la huida y el arrullo del viento contra las tejas sueltas habían ganado la partida a los miedos de los pequeños.
A su lado, apoyado contra el muro de ladrillo con una manta sobre las piernas y el hombro vendado y descansado, Silas dormitaba con la tranquilidad del deber cumplido.
Isaac marcaba la guardia dos plantas más abajo, vigilando el camino del río con la carabina al hombro.
Thomas y Lizzie permanecían sentados junto al ventanal circular.
Él vestía la chaqueta de paño oscuro que le habían entregado en la sastrería Coffin, con las mangas recogidas hasta los codos; sus manos, cubiertas de arañazos y con los nudillos endurecidos por el trabajo físico de los últimos días, sostenían una pequeña navaja de afeitar con la que daba forma a un trozo de pino blanco.
Lizzie estaba acurrucada a su lado, cubierta por una manta de lana gris que compartían sobre las rodillas.
Su rostro, iluminado suavemente por la luz de una luna llena que empezaba a filtrarse entre los listones de madera, mostraba las huellas del agotamiento, pero también un relieve de serenidad que Thomas no había visto en ella desde que dejaron la plantación.
—Silas dice que, si el tren de mercancías de las cuatro de la mañana frena en el desvío de la serrería, podremos subir al vagón de grano sin ser vistos —susurró Lizzie, rompiendo el silencio del desván con una voz que era casi una caricia—.
Nos llevará directo a las colinas de Akron antes de la noche de mañana.
Thomas dejó la madera sobre una caja de empaquetar y cerró la navaja con un chasquido sordo.
—Sí —respondió él, volviéndose para mirarla—. Cada milla hacia el norte nos aleja de las patrullas de Whitmore. Pero la distancia en el mapa no es lo único que nos mantendrá a salvo, Lizzie.
Lizzie lo observó con atención, notando la sombra de duda y resolución que cruzaba los ojos del joven. Se inclinó ligeramente hacia él, entrelazando sus dedos con los de su mano derecha, sintiendo la firmeza y la calidez de su agarre.
—Llevamos semanas corriendo, Thomas. Noche tras noche, mirando sobre el hombro, esperando el sonido de un disparo o el ladrido de un sabueso. A veces olvido cómo era respirar sin sentir que el pecho te va a estallar de pánico.
—Ese es el verdadero peligro, Lizzie —dijo Thomas con voz grave, deslizando el pulgar por el dorso de la mano de ella—. No quiero que nos acostumbremos a ser fugitivos.
—No quiero pasar el resto de mi vida mirando las sombras de los callejones, cambiando de nombre en cada ciudad y temiendo que cualquier desconocido que nos mire a los ojos sea un informante a sueldo de mi padre. No crucé ese río para vivir como un fantasma.
Lizzie se quedó en silencio durante un instante, contemplando las luces distantes del puerto que titilaban en la penumbra.
—¿Y qué sueñas para nosotros, Thomas? ¿Qué hay más allá de los vagones de tren y de los bosques de Ohio?
Thomas contempló el techo de vigas de roble del desván, dejando que las palabras que llevaba guardadas en el pecho desde hacía meses fueran cobrando forma a la luz de la luna.
—Sueño con una casa pequeña, Lizzie. Una casa de madera limpia y piedra de río, construida con mis propias manos en algún valle tranquilo cerca de las colinas de Pensilvania o en la frontera con Canadá.
Un lugar con un porche ancho donde el aire huela a pino y a tierra húmeda, no a hollín ni a sudor de trabajo forzado.
Lizzie sonrió levemente, una sonrisa triste pero hermosa que le iluminó la mirada.
—¿Un hogar...? En el Sur, la gente como yo no tiene hogar, Thomas. Solo tenemos el barracón que el amo decide asignarnos hasta que decide venderlo a otro.
—Pero tú ya no estás en el Sur —replicó Thomas con una intensidad ardiente en la voz, tomándola por ambos hombros y obligándola a mirarlo de frente—.
Ya no le perteneces a Oak Harbor, ni a mi padre, ni a ninguna escritura de compraventa del estado de Misisipi.
Te perteneces a ti misma... y si me lo permites, quiero pertenecerte a ti.
El rostro de Lizzie se tiñó de una emoción profunda. Las lágrimas, contenidas durante tantas noches de sufrimiento y marcha, brillaron en sus ojos negros sin llegar a derramarse.
—Quiero trabajar con estas manos —continuó Thomas, mostrando las palmas curtidas—. Buscaré empleo en los astilleros del lago o en una carpintería de ribera. Ganaré un salario honrado por cada hora de esfuerzo. Y quiero casarme contigo, Lizzie.
No con un matrimonio clandestino en mitad del bosque ni con una bendición dada a escondidas en el barracón, sino ante una comunidad libre, con un libro de registro donde nuestros nombres queden escritos juntos para siempre.
Sin ocultar lo que somos, sin tener que pedir permiso a ningún patrón.
Lizzie apoyó la frente contra el hombro de Thomas, dejando escapar un suspiro largo y tembloroso que condensó en el aire frío del desván todo el peso de la vida que dejaban atrás.
—Casarnos... —murmuró ella, como si la palabra misma fuera un milagro prohibido—. Una mujer negra y el hijo de un hacendado de Misisipi. En este país hay lugares donde nos lincharían solo por caminar juntos por la acera de enfrente, Thomas.
—Entonces buscaremos los lugares donde la ley y la conciencia de los hombres hayan avanzado —aseguró Thomas con absoluta convicción—.
—Formaremos una familia, Lizzie. Toby y Ruth irán a una escuela de verdad.
Aprenderán a leer y a escribir, no a escondidas con carbón en las tablas del suelo como hacías tú en la cocina de la plantación, sino en aulas luminosas con libros nuevos.
Tendrán un futuro donde nadie pueda venir a medianoche a arrebatárselos para ponerlos en una subasta.