CAPÍTULO 9 #5
Sentado ante una mesa de pino grasienta en el rincón más oscuro del establecimiento, el cazador de recompensas examinaba los objetos desplegados frente a él.
A su lado, Miller, el capataz de Oak Harbor, se limpiaba la sangre seca de un arañazo en el pómulo mientras apuraba un trago de whisky con la mano temblorosa.
—Se nos han escapado, Whitmore —gruñó Miller, dejando el vaso sobre la madera con un golpe seco—.
Cruzaron el río. El tal Barclay los escondió en su granja y los metió en algún vapor de pasaje antes de que la patrulla de Kentucky pudiera registrar las calas.
Ohio es estado libre. Las autoridades de Ripley no nos dejarán registrar casa por casa sin una orden firmado por un juez federal, y eso nos llevará semanas.
—Cállate, Miller —dijo Whitmore con una tranquilidad casi venenosa, sin alzar la vista de la mesa.
El cazador desplegó un mapa topográfico del condado de Brown, cuyas esquinas estaban manchadas de grasa de furgón y barro del río Scioto.
Junto al mapa yacían tres elementos que sus rastreadores habían recogido en la orilla sur pocas horas después de la travesía: un trozo de tela desgarrada de la falda de Lizzie, una casquetilla de bala percutida del calibre 44 y un trozo de corcho quemado utilizado para improvisar un tintero.
—Los hombres comunes piensan que un fugitivo huye sin rumbo, llevado únicamente por el pánico —continuó Whitmore, pasando el índice sobre la línea azul del río Ohio—.
Pero el joven Thomas Harrington no es un esclavo ignorante del Delta. Es un oficial instruido, educado para leer planos de ingeniería y calcular rutas de suministro. No se adentrará a ciegas en el campo abierto de Ohio sabiendo que llevo a doce hombres pisándole los talones.
Whitmore sacó un compás de latón de su faldón y clavó la punta de acero sobre el punto que marcaba la pequeña ciudad ribereña de Ripley.
—Barclay no tiene recursos para mantener a cinco refugiados durante más de doce horas en su propiedad —explicó el cazador—.
Su papel es actuar de puente. Los subió al vapor Northern Light a primera hora de la mañana.
Ese barco solo hace dos escalas comerciales antes de reabastecerse de carbón: Augusta y Ripley.
Y en Augusta la policía de Kentucky tiene potestad para registrar los muelles.
Miller entreabrió la boca, comprendiendo la lógica del razonamiento.
—Ripley —susurró el capataz—. Es el centro de la red abolicionista de la región.
—Es el único lugar donde pueden conseguir tres cosas vitales para seguir avanzando hacia el norte —asintió Whitmore con una sonrisa cruel que no le llegaba a los ojos—: ropa civil para no parecer harapientos, salvoconductos o documentos falsificados para subir al ferrocarril, y un punto de correos para que el joven Thomas descargue su conciencia.
Whitmore se ergio en la silla, apoyando las palmas de las manos sobre el mapa.
—No necesitamos una orden judicial para registrar todo Ripley, Miller.
La Ley de Esclavos Fugitivos de 1850 no nos autoriza a derribar puertas en Ohio, pero sí nos permite emplear a informantes locales.
Ripley está llena de confidentes de la orilla sur: fondos, taberneros y estibadores que ganan más dinero señalando a los negros huidos que cargando sacos de harina.
Tengo tres hombres al otro lado del río desde el mediodía.
—¿Y si ya han tomado el tren hacia el lago Erie? —preguntó Miller.
Whitmore negó con la cabeza, acariciando la culata de níquel de su revólver.
—No se moverán hasta que caiga la noche. Viajar de día en un tren de pasajeros con dos niños y un hombre negro herido en el hombro es un suicidio, incluso en Ohio. Están esperando la oscuridad en algún lugar cercano a la estación de la calle Commerce. Y nosotros estaremos esperándolos en la vía.
El callejón que conducía de vuelta a la trastienda de la sastrería Coffin estaba en penumbra. El olor a pescado frito y humo de hulla flotaba en el aire estancado del atardecer.
Thomas aceleró el paso, sintiendo el peso del paquete de la farmacia en el bolsillo y la culata del revólver que llevaba oculto bajo la pretina del pantalón. Cada crujido de las tablas de madera de las fachadas, cada sombra que se proyectaba sobre las esquinas, le parecía una amenaza latente.
Dobló la esquina hacia el patio trasero de la tienda de ropa y se detuvo en seco.
A unos veinte metros, junto a la puerta de acceso a la trastienda donde Lizzie y los niños aguardaban, un tipo bajo y rechoncho, vestido con un chaleco de cuero sucio y con una pipa apagada entre los dientes, permanecía recostado contra un montón de cajas de madera vacías.
No parecía un cliente de la sastrería. Tenía la mirada fija en la ventana del piso superior, donde una débil luz de quinqué revelaba las siluetas del grupo.
A Thomas se le heló la sangre. Aquel hombre no estaba allí por casualidad. Observaba la casa con la atención sistemática de un centinela.
Sin hacer ruido, Thomas retrocedió dos pasos, introduciendo la mano por debajo de la chaqueta hasta rozar la empuñadura de madera de su arma.
La tentación de salir al paso del desconocido, encañonarlo y exigirle respuestas le abrasó la garganta.
Si eran soplones pagados por Whitmore, la posición del refugio ya estaba comprometida.
Pero entonces recordó las palabras de Silas en el bosque: «El cazador no solo busca con los ojos; busca con las imprudencias que cometemos cuando tenemos miedo».
Thomas respiró hondo, forzándose a calmar el ritmo desenfrenado de su corazón. Si provocaba una altercación en mitad de la calle, la policía local intervendría, los arrestaría por alteración del orden y sus identidades falsas quedarían expuestas antes de que pudieran subir al tren.
Dio un rodeo por el callejón adyacente, accediendo al patio trasero por una verja de madera semioculta por la hiedra. Entró en la trastienda por la cocina, cerrando la puerta con el cerrojo de hierro sin hacer el menor ruido.
Lizzie, que estaba sentada junto a la mesa ajustando los botones del abrigo de Ruth, alzó la vista de inmediato. La expresión del rostro de Thomas hizo que la muchacha se pusiera en pie al instante, soltando la aguja y el hilo.
—¿Qué ocurre? —preguntó ella en un susurro cargado de alarma.
—Hay gente vigilando la calle —dijo Thomas con voz baja y tensa, acercándose a la ventana y atisbando a través de las rendijas de las cortinas de lona—. Un hombre en el mercado y otro en el patio trasero. No nos han abordado, pero están marcando la posición.
Silas, que descansaba sobre un jergón de paja en el rincón con el hombro recién curado, se incorporó con pesadez, apretando los labios por el dolor.
—Soplones de la orilla sur —murmuró el guía con voz grave—. Whitmore ya sabe que estamos en la ciudad. No tardará en cruzar el río con sus hombres o en enviar a los agentes federales con la orden de captura.
—El tren sale dentro de dos horas —dijo Isaac, dando un paso al frente y apretando los puños—. No podemos quedarnos aquí atrapados como ratas en un granero.
—No iremos a la estación principal —sentenció Thomas, volviéndose hacia ellos con la mirada encendida por una resolución fría—. Eso es exactamente lo que Whitmore espera que hagamos. Espera que intentemos subir al vagón de pasajeros como una familia aterrorizada.
A las ocho de la noche, la barcaza de carga the Eagle atracó en el espigón secundario de Ripley, lejos de la luz de los faroles de la aduana.
Edward Whitmore fue el primero en desembarcar, saltando sobre el muelle de madera húmeda con la agilidad de un felino hambriento.
Tras él bajaron Miller y seis hombres armados con carabinas cortas y garrotes de roble envueltos en cuero.
Ninguno hablaba. El único sonido era el crujido de sus botas de montar sobre las tablas y el tintineo sordo de los grillos de hierro que Miller llevaba colgados del cinturón.
Un hombre con chaleco de cuero sucio y pipa apagada salió de entre las sombras del almacén de grano y se acercó a Whitmore, quitándose el sombrero con gesto servil.
—Están en la trastienda del sastre Coffin, en la calle Commerce —susurró el informante, extendiendo la mano con impaciencia—. Los vi entrar esta tarde. Hay una mujer, dos niños, un negro grande con el brazo en cabestrillo y el joven blanco. No han salido desde hace dos horas.
Whitmore sacó un bolsa de cuero del bolsillo de su gabardina y dejó caer cinco monedas de oro sobre la palma del hombre, que las guardó al instante con avaricia.
—¿Hay alguna patrulla del condestable en la calle Commerce? —preguntó Whitmore.
—Ninguna a estas horas, señor. Están todos en las tabernas del puerto inferior.
Whitmore sonrió, inclinando la cabeza hacia Miller y sus hombres.
—Rodead la manzana —ordenó el cazador con voz baja y tajante—.
Miller, tú y dos hombres id a la puerta trasera.
Si alguien intenta salir por las ventanas, disparad a las piernas.
No quiero cadáveres si puedo evitarlo; el señor Harrington paga el doble por su hijo y por la muchacha vivos.
Los demás, conmigo por la puerta principal.
—¿Y si el sastre se opone? —preguntó Miller, sopesando la carabina en sus manos.
—El sastre es un abolicionista de mierda que aprenderá lo que cuesta entrometerse en la propiedad de un caballero del Sur —respondió Whitmore fría y rotundamente—. Movámonos. El tiempo se agota.
En el interior de la sastrería, la oscuridad era casi absoluta.
Thomas permanecía junto a la puerta trasera, con el revólver listo en la mano derecha y el corazón latiéndole con la fuerza de un martillo de pilar.
A su lado, Lizzie sostenía a Ruth contra su pecho, cubriéndole la boca con la mano suavemente para evitar que la niña emitiera el menor gemido.
Silas e Isaac custodiaban a Toby en el centro de la estancia, rodeados por los fardos de tela y las tijeras de sastre.
El sastre Coffin bajó las escaleras de madera con sigilo, trayendo consigo un farol sordo cuya luz apenas proyectaba un hilo dorado sobre el suelo.