Cuando florezca el algodón CAPÍTULO 9 #4
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CAPÍTULO 9 #4

No como un impulso pasajero ni como un acto de rebeldía contra ti.

La amo porque, después de una vida marcada por el dolor y la injusticia, conserva una dignidad que muchos hombres libres jamás conocerán.

La amo porque jamás he encontrado mayor nobleza en los salones de nuestra sociedad que la que he visto en sus ojos mientras soportaba en silencio aquello que ningún ser humano debería soportar.

He decidido compartir mi vida con ella, aunque para hacerlo deba renunciar al apellido que heredé, a la fortuna que me aguardaba y a todo cuanto preparaste para mí desde mi nacimiento.

No espero que apruebes mi decisión. Sería pedir demasiado.

Solo te ruego una cosa: deja de perseguirnos.

Cada hombre que envíes tras nosotros aumentará el riesgo de una tragedia irreparable. No deseo que nadie muera por mi causa, ni que el odio termine ocupando el lugar del afecto y el respeto que siempre he sentido hacia ti.

Porque, pese a todo, sigues siendo mi padre.

Y nada podrá cambiar eso.

Si alguna vez, en la soledad de tu despacho o durante el silencio de una noche en Oak Harbor, encuentras un instante para reflexionar, te pido que te hagas una sola pregunta: si hubieras nacido con la piel de Lizzie, ¿habrías aceptado vivir encadenado toda tu existencia?

Si respondes con absoluta sinceridad, quizá comprendas por qué tomé este camino.

Ignoro qué nos deparará el futuro. Tal vez jamás volvamos a encontrarnos.

Tal vez el país entero termine consumido por una guerra que muchos se empeñan en negar y otros parecen desear.

Si ese día llega, quiero que sepas que nunca empuñaré un arma para defender la esclavitud.

Si alguna vez lucho, será únicamente por un país donde ningún hombre pueda proclamarse dueño de otro.

No guardo rencor hacia ti. Al contrario. Siempre recordaré al padre que me enseñó a montar a caballo, a disparar con firmeza y a mantener la cabeza erguida ante la adversidad. Ojalá algún día puedas recordar también al hijo que prefirió perder su herencia antes que perder su conciencia.

Rezo para que Dios ilumine tu corazón, del mismo modo que un día iluminó el mío.

Con el respeto, el cariño y la tristeza de quien siempre será tu hijo,

Thomas Harrington

Thomas releyó las líneas en silencio. El trazo de la tinta, que se secaba lentamente bajo la débil luz del quinqué de la trastienda, parecía sellar cada una de las palabras con el peso de una sentencia irrevocable.

Ya no había vuelta atrás. Aquellas hojas de papel representaban el testimonio final de su ruptura con el mundo de su infancia, con la riqueza sin alma y con la sombra tutelar de un padre que había preferido la tiranía al amor.

Lizzie se acercó despacio por detrás de él. Colocó una mano sobre su hombro, leyendo por encima de su cabeza los últimos párrafos de la misiva. Thomas sintió la calidez de su aliento y el suave peso de su presencia, y se giró para mirarla.

—¿Estás seguro de enviar esto, Thomas? —preguntó ella suavemente, con una mirada cargada de compasión y respeto—. Una vez que esta carta llegue a Oak Harbor, tu padre sabrá que no hay posibilidad de negociación. Su furia será mayor.

—Mi padre necesita saber la verdad, Lizzie —respondió Thomas, tomando la mano de la muchacha y besándole el dorso de los nudillos—.

Necesita saber que no huí por cobardía, ni por un impulso pasajero.

Necesita entender que he elegido libremente mi camino, y que ese camino está a tu lado, cueste lo que cueste.

Thomas dobló el papel en tres partes iguales, vertió una gota de cera roja sobre la solapa y presionó con su anillo de sello —el único objeto de valor que conservaba de su vida anterior— antes de quitarse la joya del dedo y dejarla caer sobre la mesa de pino, abandonándola para siempre.

Caminó hacia la puerta de la sastrería, donde un joven mensajero de la red abolicionista local aguardaba a lomos de un caballo criollo, listo para partir hacia la oficina de correos de la diligencia del Sur.

—Asegúrate de que este sobre llegue a la estafeta de correo de la plantación Oak Harbor, en el condado de Warren —dijo Thomas, entregándole la carta y dos monedas de plata al muchacho—. Que sea entregado en mano al señor Richard Harrington.

El muchacho guardó el papel en su bolsa de cuero, asintió con una inclinación de cabeza respetuosa y azuzó a su caballo, perdiéndose al instante entre el bullicio de los carromatos y la multitud de la calle del Comercio.

Al caer las primeras sombras de la tarde, el grupo abandonó la trastienda de la sastrería.

Vestidos con sus ropas nuevas, limpios y reconfortados por una comida caliente, se mezclaron una vez más con la multitud que se dirigía hacia los talleres y las estaciones de ferrocarril de la zona norte de la ciudad.

El cambio en sus aspectos era tan radical que incluso si un conocido de la infancia de Thomas hubiera cruzado la acera en ese instante, difícilmente habría reconocido en aquel joven carpintero de mirada resuelta al distinguido heredero de las tierras del Delta.

Se detuvieron en la loma de una colina que dominaba el perfil de Ripley y el curso ancho del río Ohio.

Desde allí, el agua parecía un trazo de plata vieja que brillaba bajo las últimas luces anaranjadas del crepúsculo.

Al otro lado del cauce, en la orilla sur de Kentucky, las sombras de los bosques se oscurecían rápidamente, marcando el límite de un territorio de cadenas que ya no tenía poder sobre ellos.

Lizzie se colocó al lado de Thomas, sosteniendo a Toby de la mano, mientras Isaac y Silas conversaban en voz baja con el guía que los conducía hacia el tren nocturno.

—El tren sale en una hora —dijo Lizzie, mirando el horizonte—. Nos llevará hacia el norte, cerca del lago.

—Nos llevará a nuestro nuevo hogar, Lizzie —corrigió Thomas, rodeándola con el brazo y apretándola contra su costado—. Un lugar donde la carta a mi padre será solo el recuerdo de una vida pasada que jamás volverá a tocarnos.

El silbato de una locomotora resonó a lo lejos, largo y vibrante, anunciando la llegada del convoy que los conduciría hacia el corazón de los estados libres.

El viento de la tarde agitó las ramas de los robles de la colina, trayendo consigo el olor a carbón, a tierra mojada y a la inmensidad de un país que se preparaba para su propia transformación.

Sin mirar atrás, dando definitivamente la espalda al río y a las sombras del Sur, Thomas, Lizzie y sus compañeros echaron a andar hacia las luces de la estación, dando el primer paso firme hacia la libertad que habían conquistado con su propia sangre.

El cazador se acerca

La sensación comenzó en la esquina de la calle Water con la avenida del Mercado, justo cuando el sol de la tarde empezó a proyectar sombras larguísimas y anaranjadas sobre las aceras de madera de Ripley.

Al principio, Thomas intentó atribuirlo al cansancio acumulado tras semanas de huida o al peso sordo de haber entregado la carta a su padre.

Entrar en una farmacia para comprar tintura de yodo y vendajes limpios para el hombro de Silas debería haber sido un recado rutinario, una tarea trivial propia de la vida civilizada que intentaban recuperar.

Sin embargo, al cruzar el umbral del establecimiento, el tintineo de la campanilla de latón sobre la puerta le erizó el vello de la nuca.

Giró la cabeza disimuladamente mientras fingía observar los frascos de cristal verde alineados en el escaparate.

Al otro lado de la calle, junto al puesto de madera de un vendedor de periódicos, un hombre alto envuelto en una gabardina de paño gris permanecía inmóvil.

Tenía el ala del sombrero calada hasta la frente y sostenía un vaso de papel del que no bebía. No miraba la prensa, ni conversaba con los transeúntes, ni parecía esperar la llegada de ninguna diligencia. Sus ojos, fijos y fríos, estaban clavados en la cristalera de la farmacia.

En la escala de la aristocracia sureña en la que Thomas se había criado, la paranoia era considerada una debilidad de la mente; en el código de supervivencia de los fugitivos, era la única diferencia entre la libertad y las cadenas.

—Son seis peniques por el yodo y tres por la gasa, joven —dijo el boticario, un hombre calvo y de bigote hirsuto que limpiaba el mostrador con un trapo seco.

Thomas parpadeó, regresando bruscamente al interior del local. Sacó dos monedas de su chaleco nuevo y las dejó sobre el mostrador de nogal.

—¿Suele haber mucha gente de paso a estas horas por el muelle norte, señor? —preguntó Thomas, procurando mantener la voz neutra y despreocupada.

El boticario alzó la vista, evaluándolo un instante tras sus lentes redondas.

—Esta es una ciudad de frontera, muchacho. Aquí todo el mundo va de paso hacia alguna parte. Unos huyen del fisco, otros van hacia las minas del oeste... y otros buscan cosas que no se les han perdido.

—Si busca un consejo gratis: «mantenga la cabeza baja y no se quede en las calles cuando anochezca. Ripley parece una ciudad tranquila, pero tiene dos caras».

Thomas recogió el pequeño paquete envuelto en papel de estraza y se lo guardó en el bolsillo de la chaqueta.

Cuando volvió a mirar hacia el exterior, el hombre de la gabardina gris había desaparecido. La acera estaba ocupada únicamente por un par de amas de casa con cestas de mimbre y un marinero de agua dulce que caminaba dando tumbos hacia la taberna del puerto.

Thomas apretó los dientes, sintiendo que un sudor frío le recorría la columna vertebral. La ciudad, que horas antes le había parecido un santuario de anonimato y bullicio, comenzaba a transformarse en un laberinto claustrofóbico.

A diez millas de distancia, en la orilla sur del río Ohio, la posada The Red Anchor olía a ginebra barata, tabaco de mascada y barro seco.

Edward Whitmore no había dormido en más de treinta horas, pero en sus ojos amarillentos no había rastro de fatiga. Solo había una lucidez fría, matemática y calculadora.