CAPÍTULO 9 #3
Sin embargo, Thomas no era ingenuo. Tenía los ojos bien abiertos y la agudeza necesaria para distinguir las grietas de aquella supuesta armonía.
Observó las miradas de reojo, frías y distantes, que algunos caballeros de levita oscura dirigían a los trabajadores negros; notó cómo los policías del muelle mantenían la mano apoyada en la porra de madera cuando un grupo de gente de color pasaba cerca, y percibió que los barrios que se adentraban hacia las colinas mostraban una división invisible pero férrea entre las casas señoriales de la cima y las chozas de madera alineadas junto a las serrerías del río.
Era una sociedad imperfecta, cruzada todavía por prejuicios profundos y tensiones soterradas, pero era una sociedad donde la libertad de respirar no estaba condicionada por la propiedad de una escritura de venta.
—Parece un sueño, Thomas... —murmuró Lizzie a su lado, con una voz tan baja que casi se perdió en el silbato del vapor.
—No es un sueño, Lizzie —respondió él, volviéndose hacia ella y rozándole los dedos con suavidad—. Es el mundo tal como debería haber sido siempre. No es perfecto, pero aquí nadie puede venir a pedirte una patente de libertad en mitad de la calle.
—Hay que moverse con rapidez —intervino Silas, acercándose con paso cauteloso—.
Las patrullas del condestable de Kentucky cruzan en barcaza con frecuencia para espiar en los muelles.
Si nos ven en grupo grande, llamaremos la atención de los soplones que cobran comisiones de los cazadores de recompensas.
—Silas tiene razón —asintió Thomas—. Nos dividiremos en dos parejas hasta llegar a la tienda de ropa de la calle del Comercio. Isaac, tú ve con Silas y asegúrate de que no fuerce el hombro. Yo iré con Lizzie y los niños.
Caminar por las aceras de madera de Ripley fue una experiencia reveladora.
Thomas ajustó su paso al de Lizzie, sintiendo por primera vez en semanas el placer casi olvidado de no tener que ocultarse tras las sombras de los cañaverales o el muro de un granero.
La multitud de la mañana —vendedores de periódicos vociferando las últimas noticias de Kansas, carromatos cargados de madera que hacían retumbar los adoquines, marineros de regreso de los grandes lagos— los envolvió en una masa de anonimato protector.
Eram simplemente una familia más entre las cientos que abarrotaban la frontera de Ohio.
En la trastienda de la sastrería de la familia Coffin, una modesta tienda de géneros de punto que servía como punto de enlace para los refugiados de la red del ferrocarril clandestino, el grupo encontró el alivio necesario para completar su transformación.
El sastre, un hombre mayor de maneras afables y pocas palabras, los condujo a un cuarto trasero apartado de la vista del público.
Allí, sobre un gran mesón de roble, se apilaban prendas de vestir sencillas pero sólidas, donadas por las sociedades abolicionistas de la región: pantalones de pana resistente, camisas de algodón grueso, vestidos de lana oscura y botas de cuero vuelto que no mostraban el desgaste del barro del Sur.
Mientras Lizzie ayudaba a los niños a probarse las botas nuevas y a abrocharse las chaquetas de abrigo, el sastre entregó a Thomas un sobre de papel de estraza sellado con cera roja.
—Aquí están los pasajes para el tren nocturno hacia Cleveland —dijo el sastre en voz baja, ajustándose las gafas sobre la nariz—.
Y dentro encontrarán las cartas de recomendación firmadas por el comité.
No son documentos oficiales del gobierno —añadió con una leve mueca de desprecio hacia las autoridades federales—, pero servirán como salvoconducto para encontrar trabajo y alojamiento en los astilleros del Norte o en la frontera canadiense si deciden cruzar el lago Erie.
Thomas tomó el sobre y contempló los nombres trazados en la cubierta. Para el mundo oficial, a partir de ese momento, él ya no sería el heredero de la plantación Oak Harbor, sino Thomas Miller, un carpintero de ribera que viajaba hacia el norte en busca de empleo junto a su esposa y su familia.
—Gracias, señor —dijo Thomas con sinceridad, extendiendo la mano para cerrar el trato.
—No me des las gracias a mí, muchacho —respondió el anciano, apretándole la mano con firmeza—.
Dale las gracias al Dios que os dio el valor para cruzar ese río.
Pero no bajéis la guardia. La Ley del Esclavo Fugitivo sigue vigente en este estado, y hay hombres en esta misma ciudad que venderían a su propia madre por cien dólares de recompensa.
Mientras Lizzie y Martha acomodaban las provisiones de carne seca, pan de centeno y manzanas en los macutos nuevos que el sastre les había facilitado, Thomas se retiró a un pequeño escritorio de pino situado en la esquina más oscura de la trastienda.
Sobre la madera lisa descansaban un tintero de cristal negro, una pluma de ave afilada y varias pliegos de papel de hilo de buena calidad.
El momento había llegado. Durante días, el pensamiento de su padre, Richard Harrington, había gravitado sobre la mente de Thomas como una sombra amarga.
Había visto a su padre en la orilla del río Big Black, apoyado en su bastón de plata, contemplando los restos del puente incendiado con la furia sorda del hombre que ve quebrarse su imperio.
Sabía que su padre no descansaría; que enviaría a Whitmore y a docenas de cazadores detrás de su rastro, no solo por recuperar a Lizzie, sino por sofocar la afrenta intolerable que la decisión de su hijo significaba para la casta terrateniente.
Thomas mojó la punta de la pluma en el tintero, cerró los ojos durante un segundo para serenar el pulso y comenzó a escribir con una caligrafía firme, limpia y elegante, la misma que su padre le había enseñado en el despacho principal de Oak Harbor cuando apenas era un niño.
Carta de Thomas a su padre
En algún lugar del estado de Ohio, a los dos días de agosto del año de nuestro Señor.
A Richard Harrington, mi padre.
Le escribo esta carta desde una tierra donde el sol no se oculta tras la sombra de los látigos ni el valor de un hombre se mide por el número de almas que figuran en sus libros de contabilidad.
Escribo estas líneas no para pedir su perdón, porque sé de antemano que en su corazón no existe la clemencia para lo que usted considera una traición, sino para cerrar definitivamente el libro que nos unió durante años.
Cuando quemé el puente del Paso del Ciervo sobre el río Big Black, no solo destruí una pasarela de madera podrida.
Quemé con ella el apellido que usted pretendía legarme, la fortuna construida sobre el sudor y la sangre ajena, y la falsa ilusión de que la libertad puede ser un privilegio reservado a unos pocos mientras millones permanecen encadenados.
Sé que envió a Edward Whitmore y a sus hombres a darme caza.
Los vi en la orilla del río. Vi el odio en los ojos de ese cazador y vi en su propio rostro la amargura del hombre que no comprende cómo la fuerza de una convicción puede ser más poderosa que todos sus títulos de propiedad.
Pero debe saber algo, padre: el abismo que se abrió entre nosotros esa mañana en el río no es solo una franja de agua.
Es el abismo que separa al mundo del pasado, que se desmorona bajo el peso de su propia crueldad, del mundo del futuro que ya está naciendo en estas tierras libres.
Lizzie está a mi lado. Los niños están a salvo.
Silas y nuestros compañeros han cruzado la frontera.
Y le juro por la memoria de mi madre y por el Dios que nos contempla a todos por igual, que no habrá dinero en sus arcas ni cazadores en sus fronteras capaces de arrebatarme la vida que he elegido.
Si Whitmore intenta cruzar de nuevo nuestro camino, encontrará en mí a un hombre que no tiene nada que perder y todo por lo que luchar.
No intente buscarme. El hijo que usted educó para heredar los campos de algodón de Oak Harbor murió en el incendio del puente. El hombre que hoy camina por estas calles no le pertenece a usted, ni a la provincia, ni a las leyes injustas de una nación que se encamina hacia su propio juicio.
Deseo que la providencia le conceda la luz necesaria para comprender, antes de que sea demasiado tarde y la guerra devore todo lo que usted ama, que no se puede encadenar a un ser humano sin encadenarse uno mismo a la misma perdición.
Cuando estas líneas lleguen a tus manos, probablemente ya me encontraré demasiado lejos para que puedas hacerme regresar.
Sé que mi marcha te parecerá una traición y que muchos dirán que he deshonrado el apellido Harrington.
Tal vez tú mismo lo creas. Pero antes de que otros hablen por mí, necesito que escuches, por una sola vez, la voz de tu hijo.
Me educaste para ser un hombre de honor. Me enseñaste que la palabra de un Harrington valía más que cualquier fortuna, que una promesa debía cumplirse y que ningún hombre podía vivir de espaldas a su conciencia. Fueron precisamente esas enseñanzas las que terminaron alejándome de Oak Harbor.
Cuando marché a Boston descubrí un mundo distinto al nuestro.
Allí comprendí que el valor de un ser humano no se mide por el color de su piel, por la tierra que trabaja ni por la riqueza que posee.
Creí que aquellas ideas se desvanecerían al regresar a casa, pero ocurrió exactamente lo contrario.
Cada día entre nuestros campos me hizo entender que la prosperidad que siempre admiré descansaba sobre el sufrimiento de hombres, mujeres y niños a quienes se les había arrebatado el derecho más sagrado que Dios concede a sus criaturas: la libertad.
No huyo por cobardía, padre. Huyo porque ha llegado un momento en el que permanecer habría significado traicionarme a mí mismo.
Sé lo que pensarás de Lizzie. Creerás que me ha confundido o que ha sembrado en mí ideas que nunca debieron existir. Nada estaría más lejos de la verdad. Lizzie no cambió mi conciencia; simplemente tuvo el valor de mostrarme aquello que durante años me negué a ver.
La amo.