Cuando florezca el algodón CAPÍTULO 9 #2
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CAPÍTULO 9 #2

Justo cuando Thomas e Isaac se disponían a hundir de nuevo las palas para ganar los últimos cincuenta metros de travesía, la corriente del centro del canal los atrapó en un remolino traicionero producido por las rocas sumergidas del lecho del río.

El bote giró sobre sí mismo con una violencia imprevista. La proa golpeó contra un tronco flotante de álamo que descendía a gran velocidad.

¡CRACK!

El impacto hizo saltar una esquirla de madera de la borda del babor y desestabilizó la embarcación. Isaac perdió el agarre de su remo, que se deslizó fuera de la chumacera y comenzó a alejarse flotando sobre la corriente.

—¡El remo! —ahogó Isaac en un siseo desesperado, estirando el brazo hacia la oscuridad sin alcanzarlo.

—¡No te muevas o volcamos! —ordenó Thomas en un gruñido sordo.

Sin el segundo remo, el bote quedó descompensado, girando sin control hacia el centro del cauce.

La orilla norte comenzaba a alejarse de nuevo.

Thomas sabía que, si continuaban a la deriva durante dos minutos más, saldrían del tramo protegido y quedarían expuestos a la vista de los vigías del embarcadero principal.

Con una determinación feroz, Thomas se cambió de banco, colocándose en el centro exacto del bote.

Agarró el único remo que les quedaba con ambas manos, utilizando una técnica de palada en "J" que había aprendido de los barqueros del Misisipi durante su juventud.

Hundía la pala con todas sus fuerzas en el lado de estribor, girando la muñeca al final del recorrido para corregir el rumbo de la nave sin necesidad de sacar la madera del agua.

El esfuerzo era sobrehumano. Los músculos de la espalda se le contraían en un espasmo de dolor ardiente, y la sangre de sus palmas manchaba la empuñadura de fresno, haciendo que las manos se le resbalaran sobre la madera húmeda.

—¡Vamos... vamos! —rugía Thomas para sus adentros, clavando los ojos en la sombra oscura del gran roble de la orilla opuesta.

Lizzie se inclinó hacia el suelo del bote y tomó un pequeño achicador de lata, comenzando a sacar con una rapidez asombrosa el agua que había entrado por el costado tras el choque con el tronco.

Su calma bajo el fuego de la crisis infectó a Isaac, que tomó un pedazo de tabla suelta del suelo para ayudar a palear el agua.

El bote recortó la distancia. Cuarenta metros. Treinta metros. Veinte metros.

La sombra tutelar del gran roble de la orilla norte comenzó a erguirse sobre ellos como una mano protectora extendida desde el cielo.

Y entonces, el destino exigió su última cuota de sangre.

En la linde del sendero norte, a no más de cincuenta metros aguas arriba, la figura de un jinete solitario emergió de la espesura.

Era uno de los cazadores de recompensas de Whitmore que había quedado rezagado de la patrulla principal.

El hombre reabrió el paso de su montura al divisar la silueta anómala que se aproximaba a las cañas de la orilla libre.

—¡Allí! ¡En el bote! —vociferó el jinete.

Sin dudar un solo segundo, el cazador echó mano al mosquete que llevaba cruzado a la espalda, alzó la culata hasta la mejilla y apuntó a la sombra de la embarcación a través de la penumbra de la luna.

¡BOOM!

Un estampido seco y ensordecedor destrozó el silencio de la travesía.

Un fogonazo de luz anaranjada iluminó por una fracción de segundo la orilla norte. La bala de plomo cruzó el aire con un silbido agudo y mortal, pasando a escasos centímetros de la cabeza de Thomas y perforando la borda de madera de la proa antes de perderse en el agua.

—¡Al suelo! —gritó Thomas, arrojándose sobre el remo con el peso entero de su cuerpo.

Un segundo tiro no llegó. En lugar de detenerse a recargar la pesada arma de fuego, el jinete azuzó a su caballo para galopar hacia el embarcadero y dar la alarma general a toda la guarnición del condado.

Pero ya era tarde para los perseguidores.

Aprovechando la fuerza de la última palada desesperada de Thomas, la quilla de la barca de remos se deslizó con un chasquido suave sobre la grava fina y el barro blando del margen norte del río Scioto.

El bote había alcanzado la orilla.

—¡Fuera! ¡Todos fuera del agua! —ordenó Thomas, saltando por encima de la borda y hundiéndose hasta las pantorrillas en el barro de la orilla libre.

Isaac saltó a su lado, tomando a Silas por los brazos para sacarlo de la embarcación antes de que el agua que entraba por la perforación del tiro hundiera la nave.

Thomas tomó a los dos niños en brazos, cargándolos sobre el terraplén seco donde los helechos gigantes ofrecían una cobertura natural impenetrable.

Lizzie fue la última en desembarcar. Al pisar la tierra de la orilla norte, sus piernas desgastadas por la tensión y el agotamiento cudieron por completo.

Se dejó caer de rodillas sobre la hierba húmeda, pegando las palmas de las manos a la tierra dura y fría con una mezcla de sollozos y risas descontroladas.

Thomas se arrodilló a su lado, rodeándola con sus brazos y pegando su rostro al de ella. Ambos estaban empapados, cubiertos de sangre y barro, tiritando por el viento de la noche, pero la sensación de la tierra firme bajo sus cuerpos era la constatación de una victoria inverosímil.

—Lo hemos logrado, Lizzie... —susurró Thomas, con la voz rota por la emoción y el agotamiento—. Estamos en el Norte. Hemos cruzado el río.

Lizzie alzó el rostro y miró hacia el sur, hacia la masa de agua oscura que acababan de dejar atrás.

Al otro lado del canal, en la orilla que representaba la cadena y la esclavitud, las luces de los faroles de la patrulla de Whitmore comenzaban a agitarse en la penumbra, corriendo de un lado a otro como lucérnagas furiosas e impotentes ante la inmensidad del abismo que ahora los separaba.

Lizzie se volvió hacia Thomas y lo besó en los labios con una pasión y un alivio que enjugaron de golpe todo el dolor de la travesía.

Thomas la estrechó contra su pecho con una firmeza absoluta, sintiendo cómo el miedo constante a la captura se disolvía finalmente en la certeza de la libertad conquistada.

A sus espaldas, oculto tras la arboleda de robles ancestrales, el camino del ferrocarril subterráneo se abría hacia el horizonte libre de Canadá.

La noche seguía siendo oscura y la amenaza de la guerra que se avecinaba seguía flotando sobre el país, pero bajo las estrellas de la orilla norte, Thomas y Lizzie sabían que su viaje había dejado de ser una huida desesperada para convertirse en el nacimiento inquebrantable de su propia historia.

El murmullo de la multitud y la última carta

El estruendo del puerto de Ripley no se parecía a nada que Thomas hubiera conocido en las riberas del Delta.

No era el silencio opresivo de las plantaciones de algodón, interrumpido únicamente por el chasquido del látigo o los cantos distorsionados de los cuadrillas de trabajo al atardecer, ni la solemnidad calculada de las calles señoriales de Charleston.

Era un caos de madera, carbón, vapor y voces humanas que se estrellaba contra los embarcaderos del río Ohio con la fuerza de una marejada.

El vapor Northern Light, un barco de palas ruidoso y de casco achatado que los había recogido en la cala escondida de Caleb Barclay al despuntar el alba, atracó junto al muelle de madera de roble con un gemido largo de sus calderas.

Una nube de humo denso y blanco envolvió la cubierta inferior mientras los marineros arrojaban las amarras de cáñamo hacia los pivotes de hierro de la orilla.

Thomas Harrington permanecía apoyado contra la barandilla de babor, manteniendo el ala de su sombrero ligeramente inclinada sobre los ojos.

A su lado, Lizzie sostenía a Ruth en brazos, mientras Toby, asido con fuerza a la falda de la muchacha, miraba el muelle con los ojos abiertos como platos, maravillado y asustado a partes iguales por el despliegue de vida que se abría ante ellos.

Detrás de ellos, Isaac ayudaba a Silas a ponerse en pie.

El guía, con el hombro vendado bajo una chaqueta de paño holgada que le había entregado la red cuáquera, avanzaba con lentitud pero con una firmeza renovada en la mirada.

En aquel puerto de frontera, el apellido Harrington no significaba nada.

Nadie volvía la cabeza con deferencia reverencial al ver pasar a Thomas; nadie susurraba sobre las hectáreas de tierra de Oak Harbor ni sobre la fortuna en bonos de su padre.

Para la multitud de estibadores, comerciantes, marineros y viajeros que abarrotaban las pasarelas, Thomas era simplemente un hombre joven con rostro cansado, ropas ajadas por el viaje y la mirada alerta de quien ha recorrido demasiados caminos nocturnos.

Y, lo que resultaba todavía más insólito para el espíritu formado en el Sur, la presencia de Lizzie, Silas, Isaac y los niños caminando junto a él no provocaba la intervención inmediata de ningún alguacil ni el chasquido de los grillos de hierro.

Thomas contempló la escena del muelle con un nudo en la garganta.

A escasos diez metros de la pasarela de desembarque, un grupo de cuatro hombres descargaba barriles de harina de un chata de madera.

Dos de ellos eran blancos, de brazos curtidos por el sol y camisas de franela descolorida; los otros dos eran hombres negros libres, vestidos con el mismo atuendo de trabajo.

Hablaban entre sí con soltura, discutiendo el peso de la carga y compartiendo un trago de agua de la misma barrica de madera sin que ninguno mostrara el menor ademán de servidumbre o dominación.

Más allá, en un puesto de fruta bajo un toldo de lona, una mujer negra bien vestida pagaba unas manzanas a un comerciante blanco, ajustando las monedas de cobre en la palma de su mano con la naturalidad de quien realiza una transacción cotidiana en un mercado cualquiera.