Cuando florezca el algodón CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Más allá del Horizonte

Hay caminos que se recorren con los pies y otros que transforman para siempre el alma.

Cada milla que Thomas y Lizzie dejaban atrás los alejaba de la plantación donde habían nacido sus miedos, pero también los acercaba a un futuro tan incierto como prometedor. La libertad ya no era un sueño lejano. Era un destino posible, aunque el precio para alcanzarlo siguiera siendo inmenso.

A sus espaldas quedaban los campos de algodón, las órdenes de los capataces y un mundo construido sobre cadenas.

Sin embargo, la sombra de Oak Harbor aún cabalgaba tras ellos.

Mientras Whitmore estrechaba el cerco y Richard Harrington se negaba a aceptar la traición de su propio hijo, el país entero comenzaba a resquebrajarse bajo el peso de una pregunta que nadie podía seguir ignorando: ¿cuánto tiempo podía sobrevivir una nación dividida entre la esclavitud y la libertad?

Thomas comprendía que ya no luchaba únicamente por salvar a Lizzie. Luchaba por el derecho de ambos a decidir su propio destino en un tiempo en el que hacerlo podía costar la vida.

El camino hacia el Norte era largo. Y cada paso los acercaba no solo a la esperanza, sino también al momento en que tendrían que enfrentarse, cara a cara, con las consecuencias de sus propias decisiones.

El canal del río Scioto parecía un espejo de azabache derramado entre dos muros invisibles de vegetación.

Bajo el cielo de medianoche, limpio de nubes y salpicado por una luna menguante que apenas proyectaba un trazo de luz plateada sobre la corriente, la oscuridad se sentía tan densa que podía cortarse con la hoja de un cuchillo.

En la orilla sur, ocultos tras una muralla de cañaverales y sauces llorones, el grupo aguardaba la señal en un silencio absoluto.

El carromato con doble fondo de la red cuáquera los había dejado a dos millas de distancia, en una zanja seca de la Pineda Negra.

Desde allí, caminando en fila india y conteniendo el aliento a cada paso, Thomas había guiado a Lizzie, a los niños y a Isaac cargando al maltrecho Silas hasta el borde del agua.

La anciana Martha y su nieta habían tomado una ruta alternativa hacia el este, dividiendo el grupo por seguridad bajo la tutela de los hombres de Vance. Ahora, solo quedaban seis almas frente a la última gran barrera acuática antes de alcanzar el corredor seguro del norte.

Entre las cañas, semihundida en el lodo y encadenada a un tronco podrido, los esperaba una vieja barca de remos. La madera del bote, descolorida y crujiente por los años de intemperie, apenas medía cuatro metros de eslora.

Caleb Barclay se inclinó junto a Thomas, desatando la cadena de hierro con una lentitud exasperante para evitar que el choque de los eslabones emitiera el menor chasquido.

—La corriente es traicionera en el centro del canal —susurró Caleb al oído de Thomas, con una voz que penas fue un soplo de aire—.

Si os dejáis llevar por la fuerza del centro, saldréis a mar abierto dos millas abajo, directo a los embarcaderos donde patrullan los hombres del condestable.

Debéis remar en diagonal, apuntando hacia la sombra del gran roble de la orilla opuesta.

Thomas asintió en la penumbra, apretando la mano del cuáquero con gratitud. Luego se volvió hacia el grupo.

—En el bote no hay espacio para vacilaciones —instruyó Thomas en un hilo de voz imperceptible—.

Silas irá en la proa, tendido sobre el fondo de madera.

Lizzie, tú acomodarás a Toby y a Ruth a tus pies, cubriéndolos con la manta de lana.

Isaac y yo tomaremos los remos. Ni un murmullo.

Ni un movimiento brusco. El sonido sobre el agua viaja a millas en una noche como esta.

Uno a uno, los fugitivos fueron abordando la frágil embarcación.

Cuando Lizzie pisó las tablas del fondo, el bote osciló peligrosamente hacia la izquierda, haciendo crujir los maderos contra el cieno.

Thomas sostuvo la borda con ambas manos, manteniendo el equilibrio del bote con la fuerza de sus hombros hasta que Lizzie estuvo sentada con los dos niños acurrucados contra sus rodillas.

Toby apretaba los párpados con fuerza, aferrando el pájaro de madera contra su pecho, mientras Ruth hundía el rostro en la falda de la muchacha para no ver la negrura del agua.

Silas se acomodó en la proa con la espalda apoyada contra el traste de madera.

Aunque la fiebre había remitido tras la cura de la noche anterior, el guía estaba dolorido y exhausto; sin embargo, mantenía los ojos bien abiertos, escudriñando la orilla norte con la perspicacia de quien se ha jugado la vida en docenas de travesías clandestinas.

Thomas e Isaac ocuparon el banco central, ajustando los dos largos remos de fresno en las chumacera de hierro. Para evitar que el rozamiento de la madera emitiera el temido chillido metálico, Hannah Barclay había envuelto los puntos de apoyo con trapos impregnados en grasa de manteca.

Thomas miró a Lizzie una última vez. A la tenue luz de la luna, los ojos de la joven brillaban con una mezcla de pavor incontenible y una fe ciega en el hombre que la guiaba.

Thomas le dedicó una inclinación de cabeza casi imperceptible, colocó los pies firmes sobre las cuadernas del suelo y empujó el bote mar adentro con la pala del remo.

La barca se desprendió del lodo y comenzó a flotar sobre la inmensidad del agua oscura.

El río los acogió con un abrazo de hielo y silencio.

Al principio, la embarcación se deslizó sin esfuerzo sobre la calma muerta del remanso de la orilla sur.

Pero al alcanzar los primeros cincuenta metros, el tirón sordo de la corriente principal atrapó la quilla de la vieja barca.

El bote dio un sacudón repentino hacia la derecha, inclinándose sobre el costado de babor y dejando que unas gotas de agua helada salpicaran el rostro de los niños.

—Con fuerza en el remo izquierdo, Isaac —ordenó Thomas en un murmullo que rozó la paranoia.

Ambos hombres hundieron las palas en el agua negra.

Cada golpe de remo se sentía en la noche como un choque de placas tectónicas.

A pesar de los trapos engrasados, el chapoteo de las palas al romper la superficie de cristal del río sonaba, en la mente de Thomas, tan ensordecedor como el disparo de un mosquete.

El esfuerzo físico era brutal: las palmas de sus manos, desolladas por las rozaduras de los días anteriores, volvieron a abrirse, dejando que un reguero de sangre fresca resbalara por la madera pulida del asa.

Sin embargo, Thomas no alivió la presión.

Mantenía los codos pegados al torso y la espalda recta, tirando de la pala con el ritmo constante de un metrónomo.

Lizzie se inclinó hacia adelante, manteniendo una mano sobre la espalda de Toby y otra sobre la rodilla de Thomas. Su contacto, breve y cálido en mitad de la negrura, actuaba como un ancla para la cordura de Thomas.

El centro del canal era un abismo sombrío.

El reflejo de la luna menguante se fracturaba sobre las ondas de la corriente, creando una franja de destellos plateados que brillaban como escamas de serpiente.

Mirar hacia los lados producía una sensación de vértigo absoluto: no había tierra firme, no había árboles, solo una masa de agua viva que intentaba arrastrarlos hacia los rápidos del sur.

De repente, Silas alzó la mano izquierda desde la proa, haciendo un gesto brusco de detención.

Thomas e Isaac sacaron las palas del agua de inmediato, dejándolas en suspenso a tres pulgadas de la superficie. La barca continuó derivando en silencio, girando suavemente sobre su propio eje.

Desde la orilla norte, que ahora se encontraba a menos de cien metros de distancia, el silencio de la noche se quebró.

Un ladrido distante, agudo y bronco, cortó el aire estancado del río.

¡WOOF! ¡WOOF!

A continuación, una luz amarilla y temblorosa emergió entre los matorrales de la orilla opuesta.

Era la linterna de tormenta de una patrulla a pie.

Thomas contuvo el aliento, sintiendo que el corazón le percutía con violencia contra las costillas.

A la luz de la linterna, distinguió el perfil de tres hombres armados que caminaban lentamente por el sendero del muelle abandonado, llevando a cabo una ronda de inspección.

Uno de ellos sostenía la correa de un sabueso de rastreo que se empinaba hacia el cauce, olfateando el viento de la noche con las orejas erguidas.

En el bote, nadie respiraba. Toby se apretó tanto contra las piernas de Lizzie que Thomas temió que el pequeño soltara un gemido de pánico. Lizzie cerró los ojos y comenzó a rezar en un murmullo sin sonido, moviendo apenas los labios.

La linterna de la patrulla barrió la superficie del agua.

La franja de luz amarilla se desplazó lentamente por el canal, acercándose a la posición del bote.

Si la claridad alcanzaba la silueta de la vieja barca de remos, estarían completamente vendidos, convertidos en blancos fijos en mitad de la corriente libre.

Thomas apretó los dientes, manteniendo la pala del remo lista. Si la luz los tocaba, su única opción sería lanzarse al agua y nadar hacia la vegetación del fondo.

La franja de luz iluminó la frágil embarcación durante una fracción de segundo, perfilando el borde de la borda sobre las ondas del agua.

—¿Ves algo ahí fuera, Miller? —retumbó una voz áspera desde la orilla norte, amortiguada por la distancia y el murmullo del cauce.

—Solo un tronco a la deriva, maldita sea —respondió la voz del capataz con una amargura helada—. El viento está empujando los restos del puente destruido río abajo. Sigamos hacia el vado de los sauces.

El sabueso soltó un último gruñido sordo, pero el tirón de la correa lo obligó a reanudar la marcha. La luz de la linterna se alejó lentamente entre la maleza de la orilla, perdiéndose tras la curva del camino de la serrería.

El alivio duró un suspiro.