CAPÍTULO 8 #6
Cabalgando con la urgencia de los hombres acostumbrados a mandar sin réplica, Richard Harrington descendió por la pendiente abrupta a lomos de un pura sangre negro.
El terrateniente vestía un traje de paño fino manchado por el polvo del camino, y su rostro denotaba una furia contenida que hacía tiritar incluso a los guardias armados que lo escoltaban a distancia.
Harrington detuvo el caballo de un tirón seco, haciendo que el animal bufara y levantara una nube de polvo.
—¿Qué demonios es esto, Whitmore? —tronó la voz de Richard, cortante como un latigazo—.
Se supone que debías interceptarlos antes de que alcanzaran los límites del condado.
¡Llevo dos días recibiendo informes de que cruzaron este río y lo único que encuentro es un montón de cenizas y madera flotando!
Whitmore no se inmutó ante el tono imperioso del hacendado. Se incorporó con calma, sacudiéndose las manos, y caminó despacio hacia el caballo antes de responder.
—Significa, Sr. Harrington, que su hijo ha decidido jugar a la guerra —respondió Whitmore con voz pausada y glacial—. Han cortado las amarras del puente y han cruzado a pie o con ayuda de algún carromato local. Pero no han desaparecido en el aire. Sus huellas siguen en este condado.
—No me hables de teorías —escupió Richard Harrington, desmontando con brusquedad y acercándose al borde del abismo—.
¡Examino este desastre y lo único que veo es la prueba de la traición de mi propia sangre!
¡Ese muchacho ha enloquecido! ¡Se ha confabulado con la escoria que debíamos mantener a raya!
—Su hijo está cometiendo el mayor error de su vida, eso es seguro —replicó Whitmore, clavando sus ojos grises en los del terrateniente—. Pero no olvide por qué estamos aquí. No se trata solo de recuperar al heredero de Oak Harbor para darle una lección familiar.
—¡A mi hijo lo quiero de vuelta vivo! —ordenó Richard con un tono que no admitía réplica, señalando con el dedo índice hacia el norte—.
¡Quiero que lo traigan de regreso por la fuerza, aunque tenga que venir atado de pies y manos a la grupa de un caballo!
¡Que aprenda lo que cuesta traicionar el honor de su apellido!
—¿Y la muchacha? —preguntó Whitmore con una media sonrisa calculadora—. ¿Qué ordenes tenemos respecto a Lizzie?
La expresión de Richard Harrington se ensombreció aún más, endureciéndose hasta adquirir una rigidez de piedra.
—A esa maldita esclava no la quiero de vuelta en la plantación —escupió el terrateniente con un desprecio visceral—.
En cuanto la localices, entrégala al primer traficante que cruze la frontera sur o bájala directamente en el primer mercado de esclavos de la línea estatal.
Que su nombre sea borrado de los registros de Oak Harbor hoy mismo.
Ningún miembro de esa ralea volverá a poner un pie en mis tierras.
El enfrentamiento silencioso entre ambos hombres reveló la dimensión real de lo que estaba en juego. Ya no se trataba de una simple persecución de fugitivos domésticos; era una cuestión de supervivencia para la élite esclavista del Sur.
«La fuga de Thomas y Lizzie representaba una grieta en los cimientos morales y económicos sobre los que se sustentaba su poder feudal». Si un joven aristócrata podía renunciar a su herencia por una esclava y desafiar la autoridad paterna, el sistema entero comenzaba a resquebrajarse desde dentro.
—Entendido —dijo Whitmore, ajustándose el cinturón donde descansaba su revólver—. La muchacha será vendida antes de que caiga el sol del próximo día. Y su hijo... volverá a casa para rendir cuentas ante su padre.
—No escatimes medios, Whitmore —concluyó Harrington, montando de nuevo en su caballo y volviendo la mirada hacia el sur—. Si necesitas más hombres en la frontera de Ohio, contrata a los cazadores del valle. Paga lo que haga falta, pero tráeme resultados.
Sin esperar respuesta, el terrateniente dio la vuelta a su montura y galopó de regreso por el camino principal, seguido de cerca por su escolta.
Cuando el eco de los cascos de los caballos de la escolta de Harrington se disipó entre los pinos, Whitmore se quedó solo junto a los restos del puente.
Se agachó de nuevo, esta vez prestando atención a la orilla opuesta del río, donde el lodo conservaba las marcas profundas de unas ruedas de carro y las huellas menudas de unas botas que no correspondían a los hombres de la zona.
Con la experiencia acumulada de años rastreando fugitivos en los pantanos y en las fronteras montañosas, el cazador comenzó a leer el terreno como si fuera un libro abierto.
—Idiotas... —murmuró con una sonrisa depredadora—. Creyeron que el agua borraría el rastro.
A pocos metros de la orilla, enganchado en las zarzas de un arbusto espinoso, sobresalía un pequeño jirón de tela azul oscuro.
Whitmore lo desprendió con cuidado entre sus dedos callosos.
Era un fragmento fino, desgarrado de un vestido o un pañuelo, que conservaba el olor a humedad y al perfume barato de las lavanderías del norte.
Unos pasos más adelante, sobre una roca lisa medio oculta por el musgo, localizó los restos de una pequeña hoguera apagada hacía pocas horas. Al acercar la mano, la ceniza central aún desprendía un leve y tenue calor.
Whitmore se incorporó lentamente. Se llevó el trozo de tela a la nariz, respirando el aroma con una satisfacción malsana, y luego miró hacia el norte, hacia el vasto horizonte de colinas y bosques que se extendía interminable bajo el cielo gris.
—Están cansados —se dijo en voz baja, mientras una sonrisa cruel y segura estiraba sus labios—. Y van con niños. No pueden ir muy lejos.
Sacó su catalejo de latón, lo extendió con un chasquido metálico y escudriñó la línea del horizonte hasta enfocar el tejado lejano de una granja aislada junto al camino secundario. Sus ojos brillaron con la certeza absoluta del cazador que sabe que la presa ha vuelto a dejar huella.
Guardó el catalejo, montó en su caballo y, sin hacer ruido, dio la orden de avanzar a los dos sabuesos que aguardaban atados a un tronco cercano. El rastro estaba abierto de nuevo. La cacería continuaba.