CAPÍTULO 8 #5
Thomas se volvió hacia ella. Tomó sus manos entre las suyas, sintiendo el calor de sus dedos y el contraste entre la fragilidad de su situación presente y la magnitud de la catástrofe nacional que se avecinaba.
—Sí, Lizzie —respondió Thomas con absoluta sinceridad, sin intentar maquillar la realidad para consolarla—.
El país entero se encamina hacia un choque inevitable.
No habrá compromiso político ni tratado en Washington que pueda evitarlo ya.
Los discursos han terminado; lo que viene ahora son las bayonetas.
Lizzie apretó los labios, mirando a Toby y a Ruth, que dormían plácidamente al amparo de las mantas.
—¿Y qué será de nosotros? ¿De la gente como nosotros? Si esa guerra estalla, ¿dónde encontraremos esa tierra alta de la que hablábamos en la Pineda?
—Esa guerra cambiará el destino de millones de almas, Lizzie —intervino Benjamín Barclay, mirando a la joven con una profunda compasión—.
Para algunos será el juicio final; para cuatro millones de hombres, mujeres y niños esclavizados en el Sur, será la única grieta por la que la libertad pueda entrar finalmente en sus vidas.
Pero las consecuencias serán horribles. Ciudades ardiendo, campos devastados, familias divididas por la línea del frente.
Thomas guardó silencio, dejando que las palabras del cuáquero calaran en su mente.
Comprendía con una claridad dolorosa la paradoja de su destino.
Había arriesgado su posición, su fortuna y su propia vida para salvar a Lizzie y a ese pequeño grupo de fugitivos de las garras de su familia y de Whitmore.
Había quemado el puente sobre el río Big Black en un acto de rebelión individual contra la tiranía de su padre.
Pero ahora se daba cuenta de que su historia personal era solo una gota de agua en una marea colosal que estaba a punto de barrer la nación entera.
Incluso si lograba cruzar la frontera de Ohio con Lizzie, incluso si encontraban esa pequeña granja de madera y piedra en las colinas libres, el humo de la conflagración nacional terminaría por alcanzar los cielos de su refugio.
No habría lugar en el mapa donde ocultarse por completo de las consecuencias de aquel conflicto monumental.
—Si la guerra llega —dijo Thomas, mirando a los ojos de Lizzie con una determinación renovada y ardiente—, nos encontrará de pie.
Nos encontrará libres y juntos. Porque todo lo que hemos luchado por conseguir no se basa en el odio que mueve a Whitmore o a mi padre, sino en la promesa de un futuro que nadie nos podrá arrebatar.
Lizzie apoyó la frente contra el hombro de Thomas, dejando escapar un largo suspiro que contenía el cansancio acumulado de días de marcha y el peso de las incertidumbres del mañana.
Thomas la rodeó con sus brazos, apretándola contra su pecho mientras el anciano Benjamín Barclay volvía a doblar el periódico con un gesto cansado.
A medianoche, la esposa de Benjamin descendió por la escalera del piso superior del granero trayendo consigo un bote de cristal con ungüento de caléndula y trapos limpios de lino.
Entre todos, volvieron a curar la herida de Silas.
El guía, al sentir el frescor del remedio sobre la piel cauterizada, abrió los ojos lentamente y miró la estructura de roble que lo cobijaba.
—¿Dónde estamos...? —susurró con la voz rasposa.
—En la granja Barclay, Silas —respondió Isaac, sonriendo con alivio—. A tiro de piedra del camino del Norte.
—El puente... —raspó el guía, buscando la mirada de Thomas—. Whitmore...
—El puente se fue al fondo del río, Silas —dijo Thomas, inclinándose sobre él—.
Y Whitmore se quedó en la orilla equivocado.
Estamos en territorio amigo. Mañana antes del amanecer, un carro cubierto nos llevará a través del condado hasta la primera estación del ferrocarril subterráneo en la línea de la costa.
Silas dejó escapar una leve sonrisa de satisfacción, cerrando los ojos de nuevo mientras la fiebre comenzaba a ceder bajo el efecto de las hierbas.
Thomas caminó de vuelta hacia la ranura del tablaje.
Fuera, la noche rural se desplegaba en una tranquilidad aparente.
Las estrellas brillaban con una intensidad fría y limpia sobre las colinas de Ohio, marcando con precisión la dirección de la Estrella del Norte, la guía inmutable de miles de fugitivos que buscaban la libertad a través de los bosques y los ríos.
Lizzie se colocó a su lado, en silencio, entrelazando sus dedos con los de él.
A lo lejos, muy al sur, más allá de la línea de los árboles y de las fronteras invisibles que dividían la nación, Thomas sabía que las fogatas de las patrullas seguían ardiendo y que las milicias del Sur continuaban marchando en los patios de instrucción.
El país entero se deslizaba hacia el abismo de la guerra con la velocidad irresistible de un tren fuera de control.
Pero allí, en el interior de aquel viejo granero de roble, rodeados por el olor a heno y el respirar tranquilo de los niños liberados, Thomas y Lizzie sostenían la chispa de una esperanza que ninguna tempestad futura lograría apagar.
Los cazadores no se rinden
El aire del amanecer entraba por el portón agrietado del granero de Benjamín Barclay, trayendo consigo el aroma limpio del trigo maduro y la humedad del rocío sobre los campos de Ohio.
Para Thomas Harrington, aquel instante de quietud antes de emprender la siguiente etapa del viaje era un regalo frágil, sostenido únicamente por la hospitalidad silenciosa de los cuáqueros y por la determinación inquebrantable que latía en su propio pecho.
Sentado sobre un fardo de paja, Thomas repasaba mentalmente los detalles logísticos que había discutido con Benjamín la noche anterior.
A pocas horas de allí, en un desvío escondido junto a los almacenes de carga del ferrocarril clandestino, un carro con doble fondo conducido por un aliado de confianza los esperaría bajo la cobertura de la neblina matinal.
Silas, aunque pálido y debilitado por la fiebre que la cauterización había logrado frenar a medias, respiraba con un ritmo más pausado, acostado sobre un jergón mullido.
—No debes forzar las manos, Thomas —la voz suave de Lizzie lo interrumpió con delicadeza.
Ella se acercó con una taza de peltre humeante que contenía una infusión de hierbas que Hannah Barclay le había preparado para calmar los nervios y restaurar las fuerzas.
Thomas levantó la vista; la luz grisácea de la mañana iluminaba el perfil de su rostro, acentuando la fuerza serena que había demostrado en cada prueba desde la huida de Oak Harbor.
—Mis manos están bien, Lizzie —respondió Thomas, esbozando una sonrisa tenue mientras aceptaba la taza—.
Solo pensaba en lo que nos espera al otro lado del río Scioto.
Una vez que alcancemos la línea del ferrocarril, estaremos más cerca de la frontera libre.
Pero sé muy bien que este tramo intermedio es el más peligroso.
Los cazadores no se darán por vencidos tan fácilmente.
Lizzie se sentó a su lado, apoyando el hombro contra el suyo. El calor de su contacto disipó de inmediato el frío persistente que parecía adherido a los huesos de Thomas desde la noche en el puente.
—Ellos buscan venganza, Thomas —dijo ella con voz firme, mirando hacia el fondo del granero donde Toby y Ruth aún dormían profundamente bajo las mantas de lana—.
Para tu padre y para los hombres como Whitmore, nuestra huida no es solo la pérdida de una propiedad o de un heredero; es una afrenta a todo su mundo.
No se detendrán porque hayamos quemado un puente.
Thomas asintió lentamente, apretando la taza entre sus manos.
Sabía que Lizzie tenía razón. La destrucción del paso sobre el río Big Black había ganado horas vitales, pero también había convertido la persecución en algo personal.
Su padre, Richard Harrington, jamás perdonaría la humillación pública de ver a su propio hijo romper las cadenas de la tradición terrateniente para ponerse del lado de los esclavos.
—Dejemos que nos persigan —murmuró Thomas, volviéndose hacia ella y tomando su mano con absoluta firmeza—. Que busquen en cada bosque y en cada camino. Nosotros ya no huimos con miedo, Lizzie. Marchamos hacia nuestra propia vida.
Lizzie lo miró fijamente, y en sus ojos oscuros brilló un reflejo de orgullo y amor profundo.
Inclinó la cabeza hasta apoyarla en el pecho de Thomas, sintiendo el compás firme de su corazón.
En medio de la tormenta que se cernía sobre el país, aquel rincón apartado de Ohio era, por un instante fugaz, el único refugio existente en el mundo.
A dieciocho millas de distancia, al pie de los pilares calcinados del puente del Paso del Ciervo, el ambiente era radicalmente distinto.
Edward Whitmore se mantenía de pie sobre las rocas de la orilla, con las manos apoyadas en las alas de su abrigo de cuero y los ojos fijos en los maderos negros y humeantes que aún flotaban en el cauce bajo del río. El olor a ceniza mojada y madera quemada impregnaba el aire matutino.
Para un hombre acostumbrado a calcular cada movimiento con la fría precisión de un ajedrecista, el fracaso en el río no era una derrota definitiva, sino un insulto táctico que exigía una respuesta implacable.
Se agachó, recogió un fragmento de cuerda astillada que colgaba de una viga medio destruida y la examinó con atención.
Los nudos estaban cortados con pulso firme; el fuego había sido avivado con aceleradores químicos o grasa de carretas, colocados estratégicamente para colapsar la estructura justo cuando los perseguidores se disponían a cruzar.
—Fue él... —murmuró Whitmore para sí mismo, con una sonrisa fría y desprovista de humor dibujándose en la comisura de sus labios—. El joven señorito Thomas. Aprendió bien las lecciones de estrategia de su padre, pero creyó que quemando este puente borraría su rastro para siempre.
Unos pasos pesados sobre la gravilla de la orilla lo hicieron volverse.