CAPÍTULO 8 #4
Avanzaban a paso lento pero constante, utilizando las estrellas como única brújula en mitad de la negrura.
Thomas abría la marcha con la pistola lista, midiendo cada sombra, escuchando el menor crujido de las ramas.
Por dentro, el agotamiento físico le pesaba como una armadura de plomo, pero al mirar de reojo a Lizzie caminada a su lado con la cabeza erguida, sentía un fuego interior que ninguna fatiga podía apagar.
Habían dejado atrás el abismo del puente y la llama del incendio. Ahora solo quedaba la noche oscura y, más allá de los pinos, la promesa de una libertad que ya no era un sueño lejano, sino una realidad que conquistaban con cada paso hacia el Norte.
El refugio de roble y el rumor de la guerra
El olor a heno seco, cera de abejas y madera de cedro fue lo primero que envolvió a los fugitivos al cruzar el umbral del viejo granero de la familia Barclay.
Tras cuarenta y ocho horas de marcha ininterrumpida por los pasos pedregosos de la Pineda Negra, soportando el acoso constante del frío y el pánico a los ladridos lejanos de los sabuesos, la penumbra cálida del recinto pareció un milagro inaccesible.
El portón trasero se cerró con un chasquido sordo y metálico. Benjamín Barclay, un cuáquero de hombros anchos, barba tupida y rostro surcado por las arrugas del trabajo en la tierra, corrió el cerrojo de hierro con un movimiento diestro y experimentado.
—Aquí estáis a salvo, por ahora —dijo el anciano en un susurro grave pero firme, volviéndose hacia ellos con una linterna tamizada por un paño de lona para no proyectar sombras hacia el exterior—.
Los hombres de Whitmore y las patrullas del condado pasaron por el camino del granero esta misma tarde.
Creen que habéis tomado el camino del ferrocarril hacia el este.
No se imaginarán que Jonathan Vance os trajo hasta la linde de nuestra granja en el carro de la leña.
En el rincón más resguardado del granero, sobre una cama improvisada de paja limpia y mantas de lana tupida, acomodaron con suma delicadeza el cuerpo de Silas.
El guía estaba sumido en un sopor febril, pero la intervención de emergencia que el herrero Vance le había practicado horas antes en su taller —extrayéndole la bala de plomo del hombro con unas tenazas incandescentes— había logrado frenar la infección violenta.
Lizzie se arrodilló de inmediato a su lado. Con un cuenco de agua templada y un paño suave que la esposa de Benjamin le tendió en silencio, comenzó a limpiar el sudor frío de la frente del herido.
A su lado, Toby y Ruth, devorando con ansia contenida dos cuencos de sopa caliente de cebada y pan de centeno, miraban el techo de vigas de roble con ojos desorbitados, incapaces de asimilar que por primera vez en tres días no escuchaban el azote del viento ni el rugido de las patrullas.
Thomas permanecía de pie junto a la pared de tablas verticales, atisbando por una pequeña grieta del tablaje que daba al camino rural.
Sus manos, manchadas de hollín y marcadas por las ampollas de la caminata, sostenían con firmeza el marco de madera. Aunque el agotamiento amenazaba con nublarle la vista, el instinto de alerta desarrollado desde la trampa del puente del Paso del Ciervo se negaba a apagarse.
—Bebe esto, muchacho —dijo Benjamin, acercándose a Thomas y tendiéndole una jarra de barro con sidra caliente—. Te mantendrá en pie. Tu cuerpo está al límite.
Thomas tomó la jarra y probó el líquido. El calor le descendió por el gaznate como una chispa reconfortante.
—Gracias, Sr. Barclay —respondió Thomas, midiendo la figura del granjero—. Arriesga usted su vida, su propiedad y la de su familia al darnos cobijo bajo este techo. Si la ley del esclavo fugitivo alcanza este condado, las penas por auxilio son destructivas.
Benjamín Barclay dejó escapar una sonrisa triste, acomodándose sobre un fardo de paja frente a Thomas.
—La ley de los hombres en Washington puede decir lo que quiera, Thomas Harrington. Pero hay una ley más antigua y sagrada escrita en el corazón de todo hombre justo.
No devolverás al siervo a su señor. Si los cazadores de recompensas quieren registrar mi propiedad, tendrán que presentar una orden firmada por un juez federal... y en este valle, los jueces no responden de buena gana a los caprichos de los terratenientes del Sur.
De los bolsillos de su chaleco de paño basto, el anciano cuáquero extrajo un periódico doblado en cuatro, con los bordes ajados y las letras impresas empapadas de una tinta negra y espesa. Lo desplegó sobre la superficie lisa de un cajón de manzanas que hacía las veces de mesa improvisada.
—Llegó esta mañana con el correo de la diligencia desde Cincinnati —explicó Benjamin, ajustándose unas gafas de montura de latón sobre la nariz—.
El Daily Gazette. Todo el Norte está ardiendo en debates, Thomas.
Lo que vosotros habéis vivido en el río Big Black no es más que una chispa dentro de un polvorín que está a punto de estallar en todo el país.
Lizzie, al escuchar el tono de voz de Miller, dejó el cuenco sobre la paja y se acercó despacio a la mesa, reuniéndose con Thomas. Isaac y la anciana Martha también se aproximaron, formando un círculo estrecho bajo la tenue luz anaranjada de la linterna cubierta.
El titular principal de la primera página, impreso en letras capitulares de molde oscuro, restringía el aliento:
¿hacia el abismo de la discordia? Los discursos en el Senado alcanzan un punto de no retorno. Crece la tensión en Kansas y las milicias del Sur intensifican sus maniobras.
Thomas inclinó la cabeza para leer las líneas trazadas en las columnas de prensa. Las palabras del artículo resonaban con un eco siniestro y profético.
—Escuchad esto —murmuró Benjamin, deslizando el dedo índice por el texto impreso—: «En los salones del Congreso en Washington, los senadores de Carolina del Sur y Misisipi han vuelto a amenazar abiertamente con la separación definitiva de los Estados del Sur si el gobierno federal intenta limitar la expansión de la esclavitud en los nuevos territorios del Oeste.
El senador Hammond ha declarado en el estrado que el algodón es el rey absoluto de la economía mundial y que cualquier interferencia norteña será respondida con la fuerza de las armas. »
—El Rey Algodón... —siseó Isaac, apretando los puños con una rabia contenida que le hacía temblar los nudillos—. Para ellos, ese algodón vale más que la sangre de miles de hombres y mujeres. Creen que el mundo entero se detendrá si ellos no siguen azotando espaldas en las plantaciones.
—Y no se equivoca del todo en su soberbia, Isaac —intervino Thomas con voz sombría, analizando las implicaciones con la mente fría que había heredado de las discusiones comerciales en la biblioteca de su padre—.
Las fábricas textiles de Inglaterra y de los estados del Norte dependen de ese algodón para mantener sus telares funcionando.
—Si la producción se detiene o el Sur cierra sus puertos, la economía de la nación entera se colapsará en cuestión de semanas. Mi padre lo decía en cada cena con los inversores de Nueva Orleans: la esclavitud no es solo un sistema de trabajo, es la viga maestra de un imperio financiero.
Lizzie miró a Thomas, fijándose en la sombra de pesar que cruzaba su rostro.
—Pero no pueden mantener un imperio basado en el látigo y las cadenas para siempre —dijo ella con una serenidad estremecedora—. Nadie puede contener la respiración de millones de personas sin que al final la casa entera se venga abajo.
—Y la casa se está viniendo abajo ahora mismo, muchacha —añadió Benjamin Barclay, pasando a la página interior del diario—.
Leed los informes de Virginia y de Pensilvania.
Las llamadas «Ligas del Sur» están formando milicias de voluntarios.
Jóvenes de las aristocracias agrícolas se adiestran los fines de semana en los campos de tiro, armándose con los mejores fusiles de importación.
Y en el Norte, las sociedades abolicionistas ya no solo oran en los templos: están recaudando fondos para comprar armas y enviarlas a los colonos libres en Kansas.
—Guerra... —pronunció la anciana Martha desde la penumbra, cruzando las manos sobre el regazo—.
He vivido sesenta años en las plantaciones del Delta.
He visto llegar y irse a tres generaciones de amos.
Siempre decían que los negros éramos la causa de sus discusiones, pero la verdad es que la codicia de ellos es un monstruo que nunca se sacia.
Si esos hombres blancos van a la guerra entre sí, «la tierra se beberá ríos de sangre».
El silencio volvió a adueñarse del granero, interrumpido solo por el rasgar rítmico de la paja bajo el peso de Silas y el viento que comenzaba a soplar contra el tejado.
Thomas se inclinó sobre el periódico. En las páginas centrales aparecía un mapa esquemático de los Estados Unidos, divididos por una línea negra y gruesa que separaba los territorios libres de los estados esclavistas.
A lo largo de esa frontera invisible, los puntos de conflicto se multiplicaban como llagas abiertas.
—No se trata solo de leyes o de debates parlamentarios —dijo Thomas en voz baja, sintiendo una revelación amarga que le oprimía el pecho—.
Lo que vi en los ojos de Edward Whitmore cuando quemé el puente no era solo el deseo de recuperar una «propiedad» escapada.
Era odio puro. Odio y miedo. El Sur sabe que el tiempo juega en su contra, que el Norte se está industrializando más rápido, que la población libre crece y que la opinión pública mundial los está dejando aislados.
Están acorralados por su propia institución... y un animal acorralado prefiriere destruir todo a su alrededor antes que rendirse.
—¿Crees que habrá una guerra civil, Thomas? —preguntó Lizzie, dando un paso hacia él y buscando sus ojos con una mirada cargada de angustia.