CAPÍTULO 8 #3
Thomas miró a Silas, cuyo pulso comenzaba a volverse débil y acelerado.
—Isaac, ayúdame a ajustar el agarre de Silas sobre la silla. No podemos permitir que caiga si el animal tropieza. Lizzie, ven conmigo a la cabeza. Necesito cuatro ojos mirando al frente.
El descenso hacia la hondonada de las Rocas Blancas fue penoso.
El suelo se volvió pedregoso, jalonado por bloques de piedra caliza desprendidos que obligaban a rodearlos en un zigzag constante.
La vegetación se volvía más densa a medida que descendían, pero la recompensa no tardó en aparecer: un hilo de agua cristalina brotaba de una grieta en la roca, cayendo sobre un piloncillo natural de piedra antes de perderse entre los helechos.
—Agua —anunció Thomas, sintiendo que el pecho se le aligeraba por primera vez en horas.
El grupo se precipitó con cautela hacia el manantial. Thomas comprobó primero el estado del agua, probándola él mismo antes de permitir que los niños bebieran. Bebieron con ansia, utilizando las palmas de las manos para saciar una sed que los devoraba desde el cruce del río.
Lizzie se apresuró a limpiar la cara y las manos de Toby y Ruth con un trozo de tela limpio, mientras Thomas inspeccionaba las alforjas que le quedaban al único caballo.
El balance era desolador: solo restaban dos tortas de maíz seco que habían quedado apretadas en el fondo de una bolsa de cuero y una pequeña porción de manteca envuelta en papel de estraza.
Thomas dividió las dos tortas con precisión cirujana. Entregó las porciones más grandes a los dos niños, dio otra parte a la anciana Martha y a su nieta, y repartió el resto entre Isaac y Silas.
—¿Y tú? —preguntó Lizzie, observando que las manos de Thomas estaban vacías.
—No tengo hambre —mintió Thomas con sobriedad, aunque el estómago le daba vueltas por el vacío—. Necesito que los niños recuperen fuerzas para la caminata nocturna.
Lizzie no se dejó engañar. Tomó su propia porción, la partió por la mitad con un movimiento decidido y le tendió el trozo a Thomas, sosteniéndole la mirada con una firmeza que no aceptaba un no por respuesta.
—Si el líder cae por falta de alimento, todos nos quedaremos en este bosque, Thomas Harrington —dijo ella en un susurro cargado de afecto y advertencia—. Come.
Thomas sonrió levemente, derrotado por la lógica y la determinación de la muchacha. Tomó el trozo de maíz y lo masticó despacio, sintiendo cómo el alimento le devolvía un atisbo de calor al cuerpo.
Mientras Isaac y Martha se acomodaban con los niños en una pequeña oquedad de la pared rocosa que los protegía del viento del norte, Thomas llevó a cabo la dolorosa tarea de revisar la herida de Silas.
Con la ayuda de Lizzie, retiró el vendaje empapado en sangre.
La bala continuaba alojada en el músculo del hombro derecho; la piel alrededor de la perforación mostraba un cerco amoratado y caliente al tacto.
—No puedo extraerla sin fuego y un bisturí limpio —admitió Thomas, apretando los dientes al ver la mueca de dolor del guía—. Solo puedo cauterizar la hemorragia exterior y apretar el vendaje con tela seca. Silas, tienes que aguantar hasta la granja de Jonathan Vance.
—Llegaré... —raspó Silas, abriendo los ojos con dificultad—. No he sobrevivido veinte años a la esclavitud para morir por el plomo de un cazador en este foso.
Al caer las primeras sombras de la tarde, el bosque pareció sumirse en un reposo engañoso. El viento cesó, dejando tras de sí un silencio denso donde solo se escuchaba el murmullo continuo del manantial y el crujido lejano de alguna rama por la fauna del lugar.
Thomas se alejó unos veinte metros de la cueva natural, apostándose sobre una saliente de piedra caliza desde la que se dominaba la pendiente de la hondonada. Sostenía la pequeña pistola de bolsillo que le quedaba, atento a cualquier columna de humo o señal de movimiento en el horizonte.
Un suave rumor de pasos sobre las agujas de pino lo hizo girarse.
Lizzie avanzaba hacia él. Se había quitado el pañuelo raído, dejando que su cabello largo y oscuro le cayera sobre las espaldas.
A pesar del cansancio extremo, de las manchas de hollín en las mejillas y del vestido desgarrado por las zarzas, su figura recortada contra la luz dorada del atardecer poseía una belleza serena y majestuosa que dejó a Thomas sin aliento.
Se colocó a su lado sobre la piedra, mirando hacia el valle que se extendía al fondo.
—Los niños se han dormido —dijo ella suavemente—. Toby tiene tu estatuilla de madera pegada al pecho. Dice que mientras la sostenga, las sombras no podrán tocarlo.
—Ese niño tiene un corazón fuerte —respondió Thomas, deslizando la mirada hacia el rostro de Lizzie—. Como su madre.
Lizzie dejó escapar una pequeña risa amarga, pero llena de dulzura.
—No soy su madre, Thomas. Soy solo la persona que juró protegerlos cuando su verdadera madre fue vendida en la subasta de Nueva Orleans hace dos veranos. Pero los quiero como si hubieran nacido de mis propias entrañas.
Thomas la miró con una mezcla inmensa de respeto y emoción contenida. En mitad de la barbarie y el horror del sistema esclavista, aquella joven había mantenido intacta la capacidad de amar y sacrificarse por los demás.
—Hoy en el puente... —comenzó Thomas, sintiendo que la voz se le quebraba levemente—. Pensé que lo habíamos perdido todo, Lizzie. Cuando vi a Whitmore al otro lado y el fuego devorando las vigas, sentí un terror que me paralizó el alma. No por mi vida... sino por la tuya. Por la de los niños.
Lizzie se volvió hacia él y, sin dudarlo un solo instante, buscó la mano de Thomas. Sus dedos, fríos por el aire de la tarde, se entrelazaron con los de él con una fuerza desesperada y pura.
—Yo nunca dudé de ti —dijo Lizzie, mirándolo directamente a los ojos con una sinceridad que le atravesó el pecho—.
Cuando disparaste a esa lata de aceite y el puente se quebró, supe que estabas dispuesto a entregarlo todo para darnos una oportunidad.
Ningún hombre de los que he conocido en mi vida, blanco o negro, ha mostrado el valor que tú has demostrado desde que salimos de Oak Harbor.
—Dejé arder el nombre de mi familia en esa pasarela —murmuró Thomas, apretando la mano de Lizzie entre las suyas—. Mi padre estaba allí, Lizzie. Lo vi entre el humo. Para él, ahora no soy solo un fugitivo... soy un traidor a mi propia sangre.
—Esa sangre no define quién eres, Thomas —afirmó ella con rotundidad, acercándose un paso más a él hasta que el calor de sus cuerpos casi se rozó—.
Tu padre construyó su vida sobre el dolor ajeno.
Tú estás construyendo la tuya sobre la justicia.
No eres un traidor; eres el hombre que decidió ser libre.
El viento de la tarde agitó las ramas de los pinos altos, trayendo consigo el olor a resina y tierra húmeda. Por primera vez en días, la amenaza constante de las patrullas pareció quedar en suspenso, sofocada por la verdad absoluta de lo que ambos sentían en mitad de la penumbra.
—Cuando todo esto termine... —susurró Thomas, acariciando con el pulgar el dorso de la mano de Lizzie—... cuando lleguemos a Ohio o a los valles de Pensilvania, quiero que busquemos una tierra alta. Un lugar desde donde se pueda ver el amanecer sin sombras.
Lizzie sonrió, y una lágrima transparente le resbaló por la mejilla, atrapando el último rayo de luz del sol.
—¿Y qué haremos en esa tierra alta, Thomas Harrington?
—Construiremos una casa sólida, de roble y piedra —respondió él, fijando la vista en sus ojos oscuros como si estuviera contemplando el único plano posible para su vida—.
Pondremos una chimenea grande para que los niños no vuelvan a pasar frío jamás.
Tendremos un jardín con flores silvestres y una mesa donde cabrán todos los que busquen cobijo.
Y nos casaremos, Lizzie. Sin amos, sin registros de propiedad, sin nadie que pueda decirnos a quién pertenecemos.
Lizzie inclinó la cabeza y apoyó suavemente la mejilla contra el pecho de Thomas, escuchando el latido firme y acelerado de su corazón. Thomas rodeó los hombros de la joven con su brazo, estrechándola contra su cuerpo con un instinto de protección absoluto.
—Un hogar... —murmuró ella con un hilo de voz lleno de esperanza—. Un hogar donde nuestros hijos nazcan libres. Donde nadie pueda venir a medianoche a separarnos por una bolsa de monedas.
—Nadie volverá a separarnos —juró Thomas, besando con infinita ternura la parte superior de la cabeza de Lizzie—. Te lo juro por la luz que nos espera al norte de este río.
Se quedaron así durante largos minutos, unidos en un abrazo silencioso sobre la saliente de piedra, convirtiendo aquel rincón olvidado de la Pineda Negra en un templo de fe y resistencia.
Sabían que el peligro no había desaparecido; que al otro lado del valle las jaurías de Miller y las patrullas de Whitmore peinaban los caminos; que el hambre y el frío seguirían siendo sus compañeros durante muchas leguas.
Pero allí, en mitad de la penumbra, el miedo ya no tenía el poder de destruirlos.
El descanso en la hondonada llegó a su fin cuando las últimas luces del día se extinguieron en el oeste, dando paso a una noche estrellada y gélida.
Thomas regresó a la cueva natural y despertó con suavidad a Isaac y a la anciana Martha. Acomodaron nuevamente a Silas sobre el lomo del percherón, asegurando sus piernas con trapos gruesos para evitar que cayera si perdía el conocimiento por la fiebre.
—Es hora —anunció Thomas, ajustándose la correa de la cantimplora—. Nos mantendremos en las crestas de las colinas hasta divisar las luces del taller del herrero. Nada de antorchas, nada de voces altas.
Lizzie tomó a Toby de la mano, mientras Ruth se aferraba a la falda de Martha. Los seis fugitivos abandonaron la protección de las Rocas Blancas y se internaron de nuevo en la densidad de la Pineda Negra.