Cuando florezca el algodón CAPÍTULO 8 #2
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CAPÍTULO 8 #2

Solo quedaban los dos estribos de piedra en cada margen y un abismo inaccesible de quince metros de agua embravecida, humo negro y troncos incandescentes que la corriente se llevaba hacia el sur.

Al otro lado del barranco, en la orilla sur que acababan de dejar atrás, la humareda comenzó a dispersarse lentamente.

A través de la niebla de vapor y humo, Thomas distinguió la figura de Edward Whitmore. El terrateniente había desmontado y se encontraba en el borde mismo del precipicio, contemplando los restos destruidos del puente con el rostro desencajado por una furia ciega.

A su lado, el carruaje negro de William Harrington acababa de frenar en la linde. La puerta del coche se abrió y la figura anciana y autoritaria del padre de Thomas emergió, apoyándose en su bastón de empuñadura de plata mientras contemplaba el abismo que lo separaba definitivamente de su hijo.

Whitmore alzó su fusil de caza, apuntando a Thomas al otro lado del abismo, pero la distancia era demasiado grande y el viento del cañón desviaba cualquier trayectoria.

—¡Harrington! —vociferó Whitmore. Su voz llegó amortiguada por el rugido del río, pero cargada de un odio puro y venenoso—.

¡Esto no ha terminado! ¡No hay puente, pero el río se puede cruzar por el vado de Miller tres millas abajo!

¡Os daré caza aunque tenga que perseguiros hasta las puertas de Canadá!

Thomas se incorporó lentamente, sintiendo el dolor del impacto en las costillas. Se puso en pie sobre la orilla norte, a salvo pero exhausto, y sostuvo la mirada de Whitmore y de su padre durante unos segundos eternos. No dijo una sola palabra.

No hizo un solo gesto de provocación. Simplemente se volvió de espaldas a la orilla sur, dándoles la espalda para siempre.

La victoria, sin embargo, tenía un precio amargo.

El grupo se refugió tras la franja de matorrales espesos que coronaba la ladera norte, lejos del alcance de cualquier disparo lejano. La situación en la que se encontraban era desalentadora.

Silas yacía recostado contra el tronco de un pino joven. Tenía el rostro pálido como la cera y los labios secos.

La bala de plomo le había atravesado el hombro derecho; aunque no había tocado ninguna arteria principal, la herida sangraba copiosamente, empapando su chaqueta de paño.

Lizzie se había arrodillado a su lado, desgarrando la enagua de su vestido para improvisar un vendaje apretado que contuviera la hemorragia.

—Hay que sacar la bala... —murmuró Silas con la voz quebrada por el dolor, apretando los dientes mientras Lizzie ajustaba la tela alrededor de su torso—. Pero no aquí... no tenemos fuego ni agua limpia...

Thomas se arrodilló al lado de Silas, haciendo un inventario rápido de lo que les quedaba.

El panorama era desolador. Al sacrificar el segundo caballo de tiro y perder las alforjas en el colapso del puente, se habían quedado sin las raciones de carne seca, sin las mantas de lana gruesa, sin los utensilios de curación y sin las cantimploras de reserva.

Solo conservaban el caballo que montaban los niños, la ropa que llevaban puesta —calada hasta los huesos y manchada de barro—, la bolsa con el dinero de Thomas y la pequeña cantimplora de agua que Lizzie llevaba al cuello.

Estaban aislados en la orilla norte del río Big Black, en un territorio desconocido y hostil, con un guía gravemente herido que apenas podía mantenerse en pie y sin provisiones para alimentar a los niños.

—El vado de Miller está a tres millas al este —dijo Isaac, observando la dirección del cauce con angustia—. Whitmore y sus hombres tardarán menos de dos horas en cruzar con sus caballos y tomar esta orilla.

—Dos horas es todo lo que tenemos —respondió Thomas, poniéndose en pie con la mandíbula apretada. Aunque el cuerpo le dolía por los golpes y el cansancio amenazaba con derribarlo, la adrenalina de la supervivencia lo mantenía en pie—. Silas, ¿cuánto falta para la granja del herrero Jonathan Vance?

El guía alzó la cabeza con dificultad, mirando el perfil de las colinas del norte.

—Cuatro millas... a través de la Pineda Negra —susurró Silas, respirando con dificultad—. Si tomamos los senderos de ciervos... los caballos de Whitmore no podrán avanzar rápido... Pero yo... yo os retrasaré...

Lizzie tomó la mano del guía con firmeza.

—Nadie se queda atrás, Silas —dijo ella con una voz que no admitía discusiones—. Si cruzamos ese río juntos, saldremos de esta pineda juntos.

Thomas ayudó a subir a Silas a la grupa del único caballo que les quedaba, colocándolo detrás de Toby y Ruth para que el guía pudiera apoyarse en el torso del animal.

Isaac tomó las riendas del caballo, mientras Thomas y Lizzie marchaban a los flancos, manteniendo la mirada fija en las sombras de la vegetación.

El grupo se adentró en la espesura de la Pineda Negra a paso rápido, alejándose del rugido del río y de las ruinas del puente incendiado.

Detrás de ellos, el vapor que se alzaba sobre el río se mezclaba con el humo de la madera calcinada, formando una oscura columna que se elevaba hacia el cielo de la mañana como el último vestigio del mundo que acababan de abandonar.

Aquel puente no solo había quedado reducido a un amasijo de vigas humeantes. Con él también se habían consumido el apellido Harrington, la seguridad de Oak Harbor y la vida que Thomas había conocido desde su nacimiento. Ya no existía camino de regreso.

Frente a ellos se abría un horizonte incierto: bosques interminables, senderos ocultos, noches de miedo y una carrera desesperada hacia la libertad.

Cada paso los alejaba del Sur, pero también los acercaba a un enemigo invisible que no descansaría hasta darles caza.

Thomas volvió la vista una última vez. La columna de humo seguía alzándose sobre los árboles como un faro sombrío, anunciando al mundo que cuatro fugitivos acababan de desafiar el orden establecido. Después tomó la mano de Lizzie con firmeza y continuó caminando sin volver a mirar atrás.

Sin Regreso

El bosque de la Pineda Negra no ofrecía cobijo, solo un laberinto infinito de troncos grises y un suelo alfombrado por millones de agujas secas que amortiguaban las pisadas pero ocultaban las trampas del terreno.

La niebla matutina se disipaba despacio, aplastada por un aire frío y cortante que se colaba a través de las ropas empapadas de los fugitivos.

El grupo avanzaba en un silencio tenso, roto únicamente por la respiración dificultosa de Silas y el crujido constante de la madera seca bajo las botas desgastadas de Thomas.

Thomas abría la marcha. Su figura, despojada de la elegancia con la que solía vestir en las galerías de Oak Harbor, reflejaba la dureza de las últimas horas: el abrigo de paño estaba desgarrado a la altura del hombro, la camisa blanca cubierta de hollín y barro seco, y sus manos mostraban cortes vivos producidos por las astillas del puente destruido.

Sin embargo, su postura había cambiado. Ya no había vacilación en sus pasos ni la duda instintiva de quien se siente fuera de su elemento.

Había asumido el mando. No por orgullo, sino porque comprendía que la supervivencia de aquellas seis personas dependía de una voluntad que no decayera.

—Detengamos el paso tres minutos —ordenó Thomas, alzando la mano sin girarse del todo.

El grupo se frenó al instante. Isaac, que guiaba al único caballo, apoyó la frente contra el cuello del animal, agotado.

Sobre la grupa del percherón, Silas apenas lograba mantenerse erguido; tenía el rostro cubierto de un sudor helado y el brazo derecho pegado al torso por el vendaje improvisado que Lizzie le había ajustado tras el colapso de la pasarela.

Thomas se acercó al animal y examinó a los niños.

Toby y Ruth permanecían acurrucados contra las mantas Raídas que cubrían la montura.

El pequeño Toby apretaba todavía contra su pecho la figura de madera que Thomas le diera en el pantano, pero sus labios mostraban un leve tono azulado por la hipotermia y el hambre.

—¿Cómo están los pies, Toby? —preguntó Thomas, poniéndose a su altura y tocando con suavidad el tobillo del niño.

—Me duelen un poco, señor Thomas... pero puedo seguir —susurró el pequeño, haciendo un esfuerzo supremo por no llorar.

—Eres un muchacho valiente —dijo Thomas, pasándole la mano por el cabello húmedo—. En cuanto encontremos un arroyo con agua limpia, haremos un descanso más largo y comeremos algo. Te lo prometo.

Thomas se volvió hacia Lizzie, que caminaba al flanco izquierdo del caballo. La muchacha mantenía la mirada fija en la espesura, atenta a cualquier movimiento sospechoso entre los árboles.

Al sentir la presencia de Thomas, sus ojos oscuros se posaron en los de él, ofreciéndole una leve inclinación de cabeza que irradiaba una templanza indestructible.

Lizzie era el cimiento invisible de aquella marcha; sin una sola queja, sostenía la moral de los niños y vigilaba las espaldas de Thomas con una intuición afilada.

—Silas no aguantará dos millas más si no le sacamos la bala y detendremos la fiebre —dijo Lizzie en voz muy baja, acercándose a Thomas mientras Isaac revisaba el casco del caballo.

—Lo sé —asintió Thomas, sacando el mapa ajado que guardaba en el bolsillo interior de su chaqueta—.

Si el vado de Miller está a tres millas al este, Whitmore ya habrá cruzado el río.

Estarán buscando nuestras huellas en la pista principal de la Pineda.

No podemos seguir la ruta recta hacia la granja del herrero.

—¿Qué propones? —preguntó ella, depositando toda su confianza en el criterio de Thomas.

—Nos desviaremos hacia el oeste, internándonos en la hondonada de las Rocas Blancas —explicó Thomas, señalando una depresión del terreno trazada con líneas finas en el mapa—.

Es un terreno accidentado donde los caballos de los cazadores no podrán galopar.

Allí habrá agua de manantial y podremos ocultarnos un par de horas mientras cae la tarde.

—Es una buena decisión —intervino la anciana Martha, que avanzaba a paso lento apoyada en un bastón de avellano—. Esos hombres buscan presas rápidas por los caminos. En las rocas se volverán ciegos.