CAPÍTULO 8
La Última Barrera
El tiempo se congeló en mitad del cañón del río Big Black. El rugido del agua embravecida diez metros más abajo resonaba contra la madera carcomida del puente del Paso del Ciervo, un fragor constante y sordo que parecía hacer vibrar las tablas bajo los pies de los fugitivos.
En el extremo norte, Edward Whitmore permanecía erguido sobre su caballo tordo.
Una sonrisa helada y carente de todo rasgo de humanidad iluminaba su rostro curtido.
Alzó lentamente el brazo diestro; a su lado, tres cazadores de recompensas amartillaron sus fusiles de doble cañón con un chasquido seco y metálico que resonó por encima del estruendo de la corriente.
En el extremo sur, el capataz Miller y cuatro hombres armados a caballo cortaban cualquier retirada. Los dos sabuesos de rastreo se debatían entre las cadenas, enseñando las encías ensangrentadas y soltando gruñidos sordos hacia el centro de la pasarela.
Atrapados en la luz cenicienta del alba, en el centro mismo del puente, Thomas, Lizzie, los dos niños, Silas el guía, la anciana Martha con su nieta e Isaac formaban un reducto desesperado.
—Baja esa pistola, Thomas —ordenó Whitmore.
Su voz, potente y limpia, cruzó la distancia sin esfuerzo—.
Esto se ha terminado. No hay dónde correr.
Tu padre viene en el carruaje de la linde.
Si te rindes ahora, quizás acceda a no colgarte del primer roble por traición.
Pero los negros se vuelven a Oak Harbor esta misma mañana.
Lizzie dio un paso atrás, apretando a Toby y a Ruth contra su falda. Los dos niños temblaban tan violentamente que apenas podían mantenerse en pie.
Thomas no respondió. Dirigió la mirada hacia abajo, hacia la estructura sobre la que se erguían. La madera del puente, castigada por años de abandono y ablandada por las lluvias torrenciales de las últimas semanas, gemía a cada movimiento de los caballos.
Varias de las vigas maestras que conectaban la pasarela con el pilar central de piedra mostraban grietas profundas y astilladas, cubiertas de moho y humedad.
Una de las cuerdas gruesas de cáñamo que estabilizaban el tramo central contra la corriente estaba deshilachada, sosteniéndose a duras penas por unos pocos filamentos.
Un pensamiento salvaje, nacido de la más absoluta desesperación, cruzó la mente de Thomas como una descarga eléctrica. No había forma de vencer en un tiroteo abierto. Los fusiles de Whitmore los despedazarían en segundos. La única salida era destruir la única vía de paso.
—Silas —murmuró Thomas sin mover los labios, manteniendo la pistola apuntada al pecho de Whitmore—. El tirante de cáñamo de la izquierda... ¿está sujeto con una estaca de hierro al estribo de madera?
Silas, con los ojos fijos en los jinetes del frente, bajó la vista levemente hacia la estructura.
—Sí —siseó el guía en un aliento imperceptible—. Pero si esa cuerda cede, la mitad del puente se la llevará la corriente.
—Lleva a todos hacia la orilla norte, pegados al pretil —instruyó Thomas en un hilo de voz que temblaba de adrenalina—. En cuanto oigas la detonación, echad a correr.
—Thomas, no... —ahogó Lizzie en un susurro cargado de pánico, intuyendo la locura que planeaba.
—¡Lizzie, haz lo que digo! —corrigió Thomas, clavando por una fracción de segundo sus ojos en los de ella—. ¡Lévate a los niños al otro lado! ¡Ahora!
Thomas dio dos pasos al frente, apartándose del grupo y colocándose en mitad de la pasarela, convirtiéndose en el blanco principal.
—¡Miller! —gritó Whitmore hacia el otro extremo—. ¡Avanza y asegura a los esclavos! ¡Si Harrington se interpone, métele un tiro en la pierna!
Miller azuzó a su caballo. El capataz y dos de sus hombres avanzaron sobre las tablas. El peso de los tres caballos hizo que la estructura del puente soltara un crujido espantoso.
Una de las vigas transversales cedió con un chasquido de trueno, haciendo que una sección del suelo se hundiera tres pulgadas sobre el vacío. El semental de Miller relinchó de espanto y se frenó en seco, levantando las patas delanteras.
Ese segundo de duda fue todo lo que Thomas necesitó.
En lugar de apuntar a Miller o a Whitmore, Thomas giró el cañón de su pistola hacia abajo y apuntó directamente al barril de aceite de linaza y alforjas de brea que venían amarradas al costado del segundo caballo de tiro de Oak Harbor, el animal que estaba parado justo sobre el tirante de cáñamo deshilachado.
Apretó el gatillo.
¡BOOM!
El estampido del arma de fuego resonó en la garganta del cañón como un cañonazo.
La bala de plomo al rojo vivo atravesó la lona del alforja y penetró en la pequeña lata de aceite de queroseno que llevaban para los faroles de campaña.
Un chispazo de la pólvora prendió el fluido inflamable al instante.
Una bola de fuego anaranjada y violenta estalló sobre el lomo del animal y se expandió como una lengua de infierno sobre los tablones secos del centro del puente.
El caballo, envuelto en llamas y dominado por un terror ciego, soltó un alarido horrendo que no parecía de este mundo. Se encabritó sobre sus cuartos traseros con una fuerza descomunal y embistió ciegamente contra los caballos de los hombres de Miller.
El choque de las bestias desató un caos indescriptible. El segundo caballo de tiro, presa del mismo pánico, pateó el suelo con violencia salvaje; sus cascos reforzados con hierro golpearon repetidamente la viga maestra de madera podrida y la cuerda de cáñamo tensada.
¡CRACK!
La cuerda principal de cáñamo se reventó con el sonido de un látigo gigante. Sin el contrapeso del tirante, la tensión de la corriente del río tiró con una fuerza colosal del pilar central.
—¡El puente se cae! ¡Atrás! —berreó Miller, intentando hacer girar a su caballo en un espacio de menos de dos metros de ancho.
—¡Fuego! ¡Acribilladlos! —vociferó Whitmore desde el extremo norte, perdiendo por completo la compostura al ver la llamarada crecer.
Los hombres de Whitmore abrieron fuego. Una descarga confusa de fusilería atravesó el humo denso y negro que comenzaba a asfixiar la pasarela. Las balas de plomo silbaron salvajemente en el aire, astillando los pretiles de madera y perforando el humo.
Una de las balas alcanzó a Silas en el hombro derecho. El guía soltó un gruñido sordo y cayó de rodillas sobre las tablas, golpeándose el rostro contra la madera.
—¡Silas! —gritó Isaac, abalanzándose sobre él para arrastrarlo por las axilas.
—¡Corred! ¡Cruzad al norte antes de que colapse! —desesperó Thomas, arrojándose sobre las tablas para esquivar una ráfaga de plomo mientras sacaba su segunda pistola de bolsillo.
El fuego devoraba el centro del puente a una velocidad pavorosa, alimentado por la brea y el viento del cañón. La madera centenaria ardía como yesca. El humo espeso y negro cegó a los perseguidores de ambos extremos, sumiendo la escena en una pesadilla de sombras, fogonazos y gritos espantosos.
Lizzie, con una fuerza nacida de la pura desesperación, tomó a Ruth en brazos y agarró a Toby por la faja de la cintura, arrastrándolos a trompicones sobre las tablas que vibraban y se inclinaban sobre la corriente.
Detrás de ella, Isaac y Martha tiraban del cuerpo sangrante de Silas, ganando metro a metro la inclinación del tramo norte.
Thomas corrió hacia el caballo percherón que aún permanecía atrapado entre el fuego y la barrera de los hombres de Whitmore.
El animal estaba descontrolado por el humo. Thomas sabía que los caballos no podían cruzar la brecha que se estaba abriendo; eran demasiado pesados y la madera bajo sus patas se desintegraba.
Con un gesto doloroso, Thomas sacó su cuchillo de caza y cortó los tirantes de las alforjas del caballo, dejando caer al río el cargamento con casi todas las raciones de comida, las mantas de reserva y las herramientas.
Solo alcanzó a recuperar la bolsa de lona con el dinero y la cantimplora que llevaba cruzada al pecho.
—¡Perdóname, chico! —gritó Thomas, dándole un violento palmazo en la grupa al animal para obligarlo a saltar por el lateral hacia las aguas del río, evitando que muriera abrasado por las llamas.
El enorme percherón se arrojó al vacío, desapareciendo en la espuma del agua embravecida.
En ese preciso instante, la viga central del puente cedió por completo.
Un chasquido ensordecedor, como el rugido de una montaña al quebrarse, ahogó los disparos y los gritos. La sección central del puente se partió en dos. Tablones incandescentes, vigas de roble de varias toneladas y cascotes de piedra cayeron en picado hacia el río Big Black.
El impacto contra la corriente provocó una columna de agua y vapor que se elevó cinco metros en el aire.
Thomas sintió que el suelo bajo sus pies se inclinaba bruscamente hacia el abismo. El tramo norte del puente, donde se encontraban Lizzie, los niños y los demás fugitivos, comenzó a ceder y a deslizarse hacia la orilla opuesta como un tobogán de madera rota.
Thomas se lanzó en una zambullida desesperada hacia adelante. Estiró los brazos en mitad del aire mientras la sección central desaparecía bajo sus pies.
Sus dedos encontraron la tabla del pretil del tramo norte justo cuando este se impactaba violentamente contra el terraplén de la orilla opuesta.
El golpe le sacó todo el aire de los pulmones. Quedó colgando sobre el abismo, con las piernas balanceándose sobre la corriente embravecida que arrastraba restos de madera en llamas.
—¡Thomas! —el grito de Lizzie resonó sobre el trueno del agua.
La muchacha se arrojó de pechos sobre la tierra mojada del borde de la orilla, estirando los brazos y aferrando a Thomas por los puños de la camisa con una fuerza sobrehumana.
Isaac se sumó de inmediato, agarrándolo por el hombro.
Entre los dos, tiraron hacia arriba con todas sus fuerzas hasta arrastrar el cuerpo de Thomas sobre la hierba húmeda del terraplén norte.
Thomas se quedó tendido boca arriba, jadeando tiritando y con la vista fija en el cielo gris. Apenas a diez metros de ellos, el puente del Paso del Ciervo ya no existía.