CAPÍTULO 7 #2
Guió a los animales fuera del río, procurando pisar sobre las lozas de piedra para no dejar marcas profundas en el barro de la orilla.
Ascendieron por la pendiente rocosa a duras penas.
Las patas de los caballos resbalaban sobre el musgo húmedo, produciendo un sonido sordo de cascos contra la piedra que hacía que a Thomas se le helara la sangre en las venas.
Llegaron a la base de la formación rocosa.
Era una especie de refugio natural, una hendidura profunda excavada en la ladera del barranco por antiguas crecidas, oculta tras una cortina tupida de ramas de sauco y mantos de hiedra que colgaban desde lo alto.
El espacio era estrecho, apenas suficiente para dar cobijo a las dos monturas y a los cuatro fugitivos.
—Hacia adentro... despacio... —murmuró Thomas, empujando con el hombro el lomo del primer caballo para obligarlo a encajarse en el hueco rocoso.
Lizzie guió al segundo animal justo detrás. Los caballos, exhaustos y temblorosos por el frío y el esfuerzo, se apretaron contra la pared de piedra húmeda.
Thomas se volvió hacia los niños. Les tomó los rostros con ambas manos, sintiendo el temblor incontrolable de sus cuerpos.
—No metáis ni un solo ruido —les dijo en un soplo de voz, mirándolos fijamente a los ojos a escasos centímetros de distancia—. Ni una respiración fuerte. Pase lo que pase, no os mováis.
Lizzie se colocó delante de los pequeños, cubriendo sus bocas con las manos mientras los estrechaba contra su pecho.
Thomas tomó el hocico del caballo principal con ambos brazos, apretándole las fosas nasales suavemente para evitar que el animal soltase un resoplido o relinchara al sentir la presencia de los otros caballos.
Un segundo después, el infierno de los perseguidores alcanzó el lecho del arroyo, justo al pie de la pared rocosa donde se ocultaban.
El resplandor de dos candiles de foso penetró a través de los huecos de la cortina de hiedra, proyectando franjas de luz amarilla y temblorosa sobre el interior de la cueva. El olor a humo de queroseno y a sudor de perro llenó el ambiente, sofocante y amenazante.
A escasos tres metros de su escondite, en el cauce del arroyo, se escuchó el chapoteo pesado de las botas de Miller al pisar el agua. Los sabuesos, confundidos por la pérdida del rastro en la corriente, gimiendo y pateando las lozas de piedra a la entrada de la hendidura.
—¡Busca, perro! ¡Busca! —maldijo Miller, golpeando la hierba de la orilla con una fusta de cuero—. Se han tenido que tirar al agua aquí mismo. No pueden haber ido muy lejos con dos caballos y dos críos.
—Silencio, Miller —ordenó la voz helada de Edward Whitmore.
El sonido de los cascos del semental de Whitmore resonó justo al otro lado de la vegetación que cubría la grieta.
Thomas podía ver, a través de las hojas de sauco, la silueta del terrateniente sobre su montura, recortada contra la penumbra por la luz del candil que llevaba en la mano. Whitmore sostenía el fusil cruzado sobre el arzón de la silla, con la mirada fija en la pendiente de la ladera.
Dentro del refugio, la tensión alcanzó un límite inhumano. El caballo de Thomas, agitado por el olor de los perros, sacudió la cabeza con violencia.
Thomas tuvo que volcar todo el peso de su cuerpo sobre el bocado del animal, hundiéndole el hocico contra su propio hombro para ahogar el movimiento, sintiendo cómo las venas del cuello del caballo pulsaban con fuerza desbocada.
Lizzie cerró los ojos, apretando a Toby y a Ruth contra su cuerpo.
Una gota de sudor frío le resbaló por la sien, cayendo sobre la mano de la niña.
Ruth, con los ojos abiertos de par en par por el terror, tenía los labios apretados contra la tela del vestido de Lizzie hasta sangrar, conteniendo un sollozo que amenazaba con destruirlos a todos.
Whitmore detuvo a su caballo a menos de dos pasos de la cortina de hiedra. El animal soltó una bocanada de aire por la nariz que hizo vibrar las hojas secas del arbusto que separaba a los perseguidores de los fugitivos.
El terrateniente alzó la linterna, proyectando el haz de luz directamente hacia la hendidura rocosa. La luz amarilla atravesó el follaje, iluminando el barro del suelo a escasos centímetros de la bota calada de Thomas.
Durante cinco segundos agónicos, el tiempo pareció detenerse por completo en el barranco del arroyo del Venado. Nadie respiró. El único sonido en todo el bosque era el goteo constante del agua sobre las piedras y el crujido de la llama dentro del candil de Whitmore.
Thomas desvió lentamente la mano izquierda hacia el costado de su chaqueta, acariciando la empuñadura de madera de la segunda pistola de bolsillo que llevaba guardada.
Si la luz avanzaba un centímetro más y revelaba las patas del caballo, tendría que salir del cobertizo disparando a quemarropa antes de que Whitmore pudiera alzar su fusil.
Whitmore entrecerró los ojos, escudriñando la oscuridad de la cortina de vegetación. Alzó la fusta de su caballo, dispuesto a apartar las ramas de sauco para examinar el interior de la pared rocosa.
Y entonces, desde cincuenta metros cauce abajo, resonó la voz de uno de los hombres de la patrulla.
—¡Señor Whitmore! ¡Aquí abajo! —gritó el cazador con vehemencia—. ¡Hay huellas de cascos saliendo del agua en la orilla este! ¡Se dirigen hacia la pista de Vicksburg!
Whitmore congeló el movimiento de su brazo a milímetros de las hojas de sauco. Volvió la cabeza bruscamente hacia el origen del grito.
—¡Miller, lleva los perros a esa orilla! —ordenó Whitmore, haciendo girar a su semental en redondo con un tirón seco de las riendas que hizo saltar esquirlas de piedra sobre el agua—. ¡No dejes que alcancen el camino principal!
—¡Vamos, bestias! ¡Movéos! —rugió Miller, azuzando a los sabuesos.
El sonido del chapoteo, las pisadas pesadas y los gritos de la jauría comenzaron a alejarse rápidamente cauce abajo, perdiéndose en la garganta del barranco a medida que la patrulla se lanzaba tras la falsa pista.
El resplandor anaranjado de los candiles se atenuó gradualmente hasta desvanecerse por completo, devolviendo la ladera del arroyo a la negrura y al silencio sepulcral de la noche.
Dentro de la grieta de piedra, nadie se movió durante varios minutos. El pánico seguía flotando en el aire como un veneno denso. Thomas mantuvo la presión sobre el hocico del caballo hasta que el último eco del galope de los perseguidores se extinguió en la distancia.
Lentamente, Thomas aflojó la presión de sus brazos. Dejó caer la cabeza contra el cuello húmedo del animal, dejando escapar un largo suspiro tembloroso que le vació los pulmones. Se volvió hacia Lizzie.
En la oscuridad de la cueva, los ojos de Lizzie resplandecían con una mezcla de agotamiento extremo y un alivio que rayaba en la incredulidad.
La muchacha aflojó la presión sobre las bocas de los niños, acariciándoles la cabeza con manos temblorosas mientras Toby rompe a sollozar en un murmullo inaudible, escondiendo el rostro en su regazo.
Thomas se acercó a ellos en la penumbra, arrodillándose sobre el suelo de piedra húmeda.
—Estamos a salvo —murmuró Thomas en un hilo de voz que apenas cortó el silencio del refugio—. Por ahora... estamos a salvo.
Lizzie extendió la mano en la penumbra y buscó los dedos de Thomas, apretándolos con una fuerza que desmentía todo el cansancio de su cuerpo.
Afuera, la lluvia torrencial que llevaba horas incubándose sobre el golfo comenzó a caer finalmente sobre el bosque de Mississippi, un repicar pesado y constante que limpiaría sus huellas de la tierra, pero que volvía el camino hacia el río Mississippi aún más incierto y peligroso.