CAPÍTULO 7
La Noche de los Cazadores
El resplandor violento de las antorchas convirtió la penumbra del bosque en una pesadilla de sombras alargadas y humo amargo. Las llamas oscilaban al ritmo salvaje del galope, dibujando los contornos de cuatro jinetes embozados que cerraban el abanico sobre la linde.
Al frente de ellos, sobre un semental negro que resoplaba vapor por las fosas nasales, Edward Whitmore sujetaba las riendas con una mano enguantada mientras en la otra alzaba un fúsil de caza.
A su lado, el capataz Miller contenía a duras penas a dos sabuesos de rastreo que se debatían entre cadenas, aullando con una furia rabiosa al olfatear la presa tan cerca.
—¡Ni un solo paso más, Harrington! —vociferó Whitmore. Su voz, potente y desprovista de cualquier rasgo de duda, cortó la noche como un hacha—. «¡Baja ese arma antes de que ordene a mis hombres que os cosan a tiros aquí mismo!»
El círculo de hierro y fuego se estrechó en cuestión de segundos.
Los caballos de los perseguidores piafaban en el barro, pisoteando las matas de algodón y acorralando a los fugitivos contra el muro espeso de robles y maleza.
Detrás de Thomas, el caballo percherón se encabritó soltando un relincho de espanto; Lizzie, con el rostro pálido y los nudillos blancos de tanto apretar las riendas, rodeaba con los brazos a Toby y a Ruth, intentando evitar que los pequeños cayeran al suelo mientras los niños ahogaban sus gritos contra la tela de su vestido.
Thomas no bajó el brazo. Sostuvo la pistola de pedernal con las dos manos, con los codos ligeramente doblados y las piernas asentadas en la tierra húmeda. A través del punto de mira de hierro, el rostro de Whitmore aparecía deformado por el resplandor anaranjado del fuego.
El heredero de Oak Harbor sentía el pulso retumbándole en los oídos como un tambor de guerra, pero sus dedos no temblaban.
Tenía un único disparo en el cañón. Sabía que si intentaba abatir a Whitmore o a Miller, los otros tres hombres armados responderían abriendo fuego contra el grupo, y las balas de plomo destrozarían a Lizzie y a los niños en mitad de la penumbra.
Necesitaba el caos. Necesitaba que la noche volviera a tragar la luz.
—¡Thomas, por el amor de Dios! —gritó Miller desde su montura, alzando un candil de latón y mostrando los dientes en una mueca de incredulidad y desprecio—. ¡Estás protegiendo a la propiedad de tu padre! ¡Aparta de ahí o tu propia sangre no te va a salvar de esta!
—¡Atrás! —rugió Thomas, dando un paso al frente para atraer todas las miradas hacia su figura.
En lugar de apuntar al pecho de Whitmore, Thomas desvió la boca del arma apenas unos grados a la derecha, fijando su objetivo en la antorcha que sostenía el cazador situado al flanco izquierdo, justo al lado del hocico del caballo de Miller.
Apretó el gatillo.
El percutor de pedernal golpeó el rastrillo de acero, soltando un chispazo brillante que encendió la pólvora de la cazoleta. Un milisegundo después, una detonación atronadora desgarró la noche de Mississippi.
El estampido del arma de fuego, a tan corta distancia, resonó entre los troncos de los robles como la explosión de un cañón.
El proyectil de plomo rompió la madera de la antorcha del cazador, proyectando un alud de ascuas ardientes y aceite hirviendo directamente sobre los ojos del caballo de Miller.
El animal soltó un alarido de dolor atroz y se alzó de manos violentamente, desequilibrando al capataz y haciendo que soltara de golpe las cadenas de los dos sabuesos.
Las ascuas cayeron sobre el lomo de la montura de Whitmore, que se encabritó fuera de control, pateando el aire y embistiendo al jinete contiguo.
El caos estalló en una fracción de segundo. Las antorchas rodaron por el suelo húmedo, pisoteadas por los cascos de los caballos aterrorizados, sumiendo de nuevo la linde del bosque en un desorden de humo, gritos de maldiciones y sombras enloquecidas.
—¡Ahora, Lizzie! ¡Al bosque! —berreó Thomas.
Giró sobre sus talones, agarró la brida del segundo caballo y se lanzó de cabeza hacia la espesura, arrastrando al animal y a los fugitivos hacia la oscuridad protectora de la arboleda.
La transición de la luz de las llamas a la negrura absoluta del bosque fue un golpe ciego. La noche se volvió densa como el alquitrán, y la vegetación salvaje los acogió con una violencia inmediata.
Ramas bajas de roble y espinos de zarzamora azotaron el rostro de Thomas, cortándole la piel de las mejillas y la frente, pero el joven ni siquiera sintió el dolor.
Arrastraba de la brida al caballo líder con una fuerza desesperada, abriéndose paso a ciegas entre la maleza.
Detrás de él, Lizzie intentaba guiar a la segunda montura, sorteando los troncos centenarios mientras protegía las cabezas de Toby y Ruth con su propio cuerpo.
Los niños, aterrorizados por el estampido y el galope, se aferraban a las ropas de Lizzie en un silencio absoluto, mordiéndose los labios para no emitir el menor sonido que pudiera delatarlos.
—¡No os separéis! —escuchó Thomas que gritaba la voz de Whitmore a sus espaldas, amortiguada pero peligrosamente cercana—. ¡Han entrado por el sector oeste! ¡Soltad a los perros y rodead el arroyo!
El alarido de los sabuesos volvió a retumbar en el aire, esta vez sin el freno de las cadenas. El ladrido seco y rítmico de los perros de rastreo recortaba la distancia a una velocidad aterradora.
El suelo del bosque era una trampa mortal de barro, hojas en descomposición y raíces desnudas que sobresalían de la tierra como cepos de hierro.
Thomas tropezó contra un trozo de madera podrida; sus rodillas impactaron contra el barro con una violencia que le sacó el aire de los pulmones, haciendo que soltara las riendas del primer caballo.
El animal, asustado por la caída de su guía, soltó un resoplido sordo y estuvo a punto de salir desbocado hacia la derecha.
—¡Thomas! —emitió Lizzie en un susurro angustiado, refrenando a su caballo a escasos centímetros de él.
—¡Sigue! ¡No te detengas! —gritó Thomas, incorporándose de un salto pese al dolor lacerante que le recorría la pierna izquierda.
Recuperó la correa del animal a tientas en la oscuridad, sintiendo la viscosidad del lodo pegada a las palmas de sus manos, y reanudó la carrera.
El aire le quemaba los garganta como si estuviera tragando cristales molidos; el aliento le salía en bocanadas ásperas y entrecortadas que resonaban en su pecho como el fuelle de una fragua.
A cincuenta metros por detrás de ellos, el crujido de la maleza al romperse delataba la embestida de los perseguidores.
Whitmore y sus hombres habían desmontado o avanzado con lentitud a caballo entre los árboles, guiados por el ruido de la huida y por el olfato implacable de los perros.
Las ráfagas intermitentes de la luz de un candil lejano cruzaban la copa de los árboles, proyectando destellos fantasmagóricos sobre los troncos húmedos.
El terreno comenzó a inclinarse bruscamente hacia abajo, anunciando la cercanía del lecho del arroyo del Venado. La bajada era un tobogán de tierra suelta y piedras resbaladizas.
—¡Cuidado con la pendiente! —advirtió Thomas, intentando frenar el impulso del caballo para evitar que el animal se rompiera una pata.
El caballo de Lizzie resbaló de cuartos traseros, soltando un resoplido agudo de pánico.
Lizzie tiró de las riendas hacia atrás con todas sus fuerzas, manteniendo el equilibrio milagrosamente mientras el pequeño Toby ahogaba un chillido de terror.
La niña, Ruth, perdió el agarre de la falda de Lizzie por un segundo y estuvo a punto de salir despedida hacia las piedras del fondo, pero Thomas, que retrocedió tres pasos sobre el barro en una maniobra desesperada, alcanzó a sujetar a la pequeña por la tela de la espalda y la reacomodó sobre el lomo del animal.
—¡Agarraos fuerte! —suplicó Thomas a los niños, sintiendo la brisa helada del arroyo golpeándole el rostro.
Llegaron al fondo del barranco. El arroyo del Venado discurría entre los árboles como una cinta de agua oscura y rápida, hinchada por las lluvias de la tarde anterior. El agua olía a limo y vegetación podrida.
Thomas no vaciló. Se internó de lleno en el cauce, sintiendo cómo el agua helada le cubría las botas y le subía hasta media pantorrilla, calándole los pantalones al instante. La corriente era traicionera, pisando piedras sueltas que amenazaban con doblarle los tobillos a cada paso.
—¡Dentro del agua, Lizzie! —ordenó Thomas—. ¡Caminad por el lecho! ¡El agua destruirá el rastro para los perros!
Lizzie introdujo las dos monturas en el arroyo.
Los caballos avanzaron con dificultad, salpicando agua a ambos lados en un chasquido constante que resonaba en la angostura del barranco.
Caminaron cauce abajo durante doscientos metros, luchando contra la fuerza de la corriente y la oscuridad sofocante.
Sin embargo, los ladridos de los sabuesos no disminuyeron. Los perros habían alcanzado la orilla superior del barranco y sus aullidos se volvieron frenéticos al perder el olor en la ribera.
—¡Están en el agua! —resonó la voz de Miller desde la parte alta de la ladera—. ¡Bajad al cauce! ¡Cubrid las dos orillas!
Las luces de los candiles comenzaron a descender por la pendiente que los fugitivos acababan de abandonar. El resplandor amarillo se reflejaba ya sobre las ondas de agua del arroyo, a menos de cien metros de distancia.
Si los cazadores llegaban al lecho del río y desplegaban las linternas en ambas direcciones, la silueta de los caballos recortada sobre el agua sería un blanco perfecto para sus fusiles.
Thomas buscó desesperadamente una salida con la mirada, intentando perforar la negrura de la noche.
A la izquierda del cauce, la pared del barranco se elevaba de forma casi vertical, coronada por un amontonamiento de enormes bloques de piedra caliza desgastados por la erosión y cubiertos por una densa capa de hiedra silvestre y helechos gigantes.
—Allí —susurró Thomas, señalando la grieta entre las rocas—. Fuera del agua. Ahora.