Cuando florezca el algodón CAPÍTULO 6 #6
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CAPÍTULO 6 #6

El silencio de la noche era absoluto, un silencio pesado y sofocante que parecía presionar contra los tímpanos.

No había canto de grillos ni murmullo de viento; solo el roce de la vegetación, la respiración agitada de los caballos y el sonido sordo de las pisadas amortiguadas por los trapos de saco.

A medida que ganaban metros hacia la frontera norte de la propiedad, Thomas no podía evitar sentir la magnitud del abismo que estaba cruzando. Cada paso lo alejaba irrevocablemente de la vida que había conocido desde su nacimiento.

Atrás quedaba la gran mansión de ladrillo rojo con sus galerías de columnas blancas, la biblioteca repleta de volúmenes encuadernados en cuero, los retratos al óleo de sus antepasados alineados en el pasillo principal y el apellido Harrington, que durante tres generaciones había dictado la ley y la vida en aquel rincón de Mississippi.

Sabía que, para su padre, a partir de esta noche él dejaría de ser un hijo para convertirse en un traidor, un loco o un muerto.

Dejaba atrás una fortuna inmensa, el respeto de la alta sociedad sureña y la seguridad de un futuro próspero.

A cambio, abrazaba la incertidumbre total, la persecución constante y la amenaza cierta de la horca si los hombres de la ley lo atrapaban facilitando la fuga de propiedad registrada.

Pero al girar la cabeza y ver la silueta erguida de Lizzie sobre el caballo, protegiendo con sus brazos a los dos niños aterrorizados, el peso de todo lo que abandonaba se evaporaba. Aquella estructura de opulencia y sangre no merecía ser salvada.

Llevaban unos veinte minutos de marcha sin contratiempos cuando, desde el horizonte sur —en la dirección de las cabañas de la servidumbre y la casa del capataz—, el aire nocturno fue desgarrado por un sonido temible.

Un aullido agudo, prolongado y salvaje.

Thomas se detuvo en seco. Los caballos alzaron las orejas y soltaron un resoplido nervioso. Lizzie ahogó un gemido y apretó a los niños contra su pecho.

Eran los sabuesos de rastreo de Miller.

—Están sueltos —susurró Lizzie, con la voz quebrada por el terror—. Los han sacado de las jaurías.

—Aún no tienen nuestro rastro —respondió Thomas, intentando mantener la calma en su voz, aunque sentía una corriente helada recorrerle la espina dorsal—. Estarán haciendo la ronda habitual o habrán detectado algún animal en el cercado. Debemos darnos prisa.

Aumentaron el ritmo. Thomas apretó el paso, casi trotando entre los surcos, arrastrando a los animales.

La vegetación se volvía más espesa a medida que el suelo se inclinaba hacia abajo, anunciando la cercanía del arroyo del lindero y el comienzo de la espesura del bosque de robles.

El bosque significaba cobertura, sombras densas y la posibilidad de cruzar el agua para despistar el olfato de los perros.

Faltaban apenas doscientos metros para alcanzar los primeros árboles. La masa oscura del bosque se recortaba ya como un muro salvador frente a ellos.

De repente, a sus espaldas, los ladridos lejanos de los perros cambiaron de tono. Ya no era un aullido esporádico de patrulla; era el ladrido frenético, rítmico y furioso de la jauría que ha encontrado un rastro fresco.

—¡Nos han descubierto! —chilló el pequeño Toby, rompiendo a llorar.

—¡Calla, Toby, por lo que más quieras! —le rogó Lizzie, cubriéndole la boca con la mano mientras intentaba mantener el control del caballo, que empezaba a encabritarse por el pánico.

—¡Corred hacia los árboles! —gritó Thomas, abandonando toda precaución.

Echaron a correr. Los caballos avanzaban a trompicones entre las matas de algodón, pateando el barro y rompiendo ramas con estrépito.

El ruido que intentaron evitar durante horas estalló ahora en una algarabía desesperada.

Thomas tiraba del bocado de su caballo con todas sus fuerzas, sintiendo cómo los matojos le desgarraban la ropa y le cortaban las manos.

Cincuenta metros. Cuarenta metros. El límite del bosque estaba al alcance de la mano. Thomas podía oler ya el aroma húmedo de los pinos y la tierra mojada del arroyo.

Y entonces, el infierno se iluminó a sus espaldas.

Un resplandor anaranjado y violento irrumpió en la oscuridad, proyectando sombras largas y deformes de los fugitivos contra el muro de árboles.

Una antorcha. Luego otra. Y otra más.

El chasquido distante pero inconfundible de varias pistolas al ser amartilladas resonó sobre el campo, seguido de inmediato por el atronador galope de múltiples caballos que avanzaban a toda velocidad cortando la línea de fuga.

—¡Ahí están! ¡En la linde del bosque! —gritó una voz áspera y autoritaria que retumbó en la noche, multiplicada por los ecos del valle.

El galope de los perseguidores era un martilleo ensordecedor que se cerraba sobre ellos a una velocidad aterradora. Las luces de las antorchas oscilaban en la penumbra, acercándose en un abanico perfecto para cortarles el paso.

Thomas se giró en redondo, sacando la pistola de la faja con mano temblorosa y colocándose de golpe frente a Lizzie y los niños para cubrirlos con su propio cuerpo.