CAPÍTULO 6 #5
Whitmore se arrodilló despacio. Con la mano enguantada en piel de venado, apartó los restos de maleza y recogió el objeto.
Era una petaca de plata fina, de factura inglesa, con el grabado de un escudo familiar golpeado por el uso. En el centro de la cubierta de plata resplandecían tres iniciales entrelazadas en elegante caligrafía: T. H.
El terrateniente sostuvo la petaca entre los dedos, sintiendo el frío del metal. Una sonrisa lenta, calculadora y despiadada se dibujó en sus labios en medio de la penumbra del molino.
No tenía aún una confesión escrita. No los había sorprendido juntos en el acto.
Pero la presencia de la petaca personal del heredero de Oak Harbor en el rincón más apartado de la propiedad, sepultada junto a las pisadas frescas de una sirvienta de la casa, era la pieza que terminaba de encajar todo el rompecabezas.
Un relámpago iluminó la estancia en ruinas por una fracción de segundo, proyectando la sombra de Whitmore contra los muros de piedra como la de un ave de presa sobre su objetivo.
—Te tengo, muchacho —murmuró Whitmore para sí mismo con una voz grave y helada, guardando la petaca de plata en el bolsillo de su capa—. Te tengo a ti... y a la chica.
Cerró la rendija del farol, sumiendo de nuevo el molino en la oscuridad de la noche, y dio media vuelta a paso firme hacia la casa grande para preparar la trampa definitiva.
La noche de la decisión
El aire de la medianoche sobre la plantación de Oak Harbor no traía brisa alguna, solo una humedad densa y caliente que olía a vegetación en descomposición, fango estancado y algodón maduro.
Era una noche sin luna, oscura como una garganta, donde el cielo no era más que un manto de nubes bajas y plomizas que tragaban cualquier destello de las estrellas.
En la linde del cuadrante oeste, allí donde las filas interminables de plantas de algodón se encontraban con el límite de los antiguos graneros en desuso, Thomas Harrington aguardaba en pie, inmóvil como una estatua de sal.
Sostenía las riendas de dos caballos de tiro robustos, seleccionados no por su elegancia, sino por su resistencia y su capacidad para avanzar por terreno pedregoso en absoluta penumbra.
Para evitar cualquier chasquido o reflejo delator, Thomas había envuelto los cascos de los animales con tiras de tela gruesa de saco y había desmontado todas las piezas metálicas de los bocados que pudieran repicar entre sí.
El sudor le bajaba a capas por la nuca, pegándole la camisa de lino a la espalda.
En las alforjas de cuero cruzadas sobre la grupa del caballo más grande, Thomas había empaquetado lo necesario para una huida sin retorno: raciones de carne seca, tortas de maíz duro, dos cantimploras de piel curtida, mantas de lana basta, prendas de vestir sencillas de campesino para reemplazar sus ropas de caballero y una bolsa de lona cosida en el doblez interior de su chaqueta donde descansaba el dinero.
Tres mil dólares en billetes de bancos del Norte y monedas de oro.
Aquella bolsa pesaba más que todo el cargamento.
Cada moneda representaba la herencia de los Harrington, la riqueza amasada por su padre sobre la espalda de cientos de seres humanos.
Al tocarla, Thomas sentía una punzada de náusea, pero sabía que sin ese oro no llegarían más allá de la frontera de Maryland.
Repentinamente, la madera de una viga lejana crujió. Thomas contuvo el aliento, con la mano diestra apretando la culata de la pistola de pedernal que llevaba oculta bajo la faja. Su corazón martilleaba contra sus costillas con una fuerza casi dolorosa.
Entre la oscuridad de los surcos del algodón, tres siluetas bajas y ágiles emerguieron en absoluto silencio, deslizándose como sombras dentro de la sombra.
Lizzie iba en cabeza. Vestía una falda oscura recogida con un cordel a la cintura para facilitar el paso y llevaba un pañuelo negro cubriéndole la cabeza.
A su lado, agarrados a sus faldas con nudillos blancos, venían dos niños: el pequeño Toby, con el rostro desencajado por el pánico, y una niña algo mayor llamada Ruth, que apretaba contra su pecho un pequeño bulto de tela.
—Estáis aquí —murmuró Thomas en un soplo de aire, dando un paso adelante.
Lizzie se detuvo frente a él. Apenas se veían los rostros en la negrura, pero Thomas pudo sentir la intensidad de su mirada, viva y temblorosa por la adrenalina.
—No podíamos dejar a Toby ni a Ruth —dijo Lizzie en un susurro inaudible, apoyando una mano firme sobre la cabeza del niño—. Miller estaba preparando la lista para la venta del viernes. Tobías iba a ser enviado a Natchez por la mañana. No había tiempo, Thomas. Tienen que venir con nosotros.
Thomas miró a los dos pequeños. Traer a dos niños multiplicaba el riesgo por diez; aminoraría el ritmo de marcha y aumentaría las probabilidades de que un llanto o un tropiezo delatara su posición.
Pero al ver los ojos aterrorizados de Toby, Thomas comprendió que no había elección posible.
Dejar a esos niños atrás habría sido condenarlos a la muerte en vida de los mercados del sur profundo.
—Subid a los niños al segundo caballo —ordenó Thomas con voz baja pero resuelta—. Tú irás con ellos, Lizzie. Yo iré a pie guiando al primer animal hasta que crucemos el río.
Sin perder un segundo, Thomas ayudó a elevar a Toby y a Ruth sobre la silla del caballo percherón, ajustando las correas para que pudieran sostenerse a la cintura de Lizzie.
Cuando la muchacha montó tras ellos y tomó las riendas, Thomas rozó sus dedos durante una fracción de segundo.
La piel de Lizzie estaba fría por el pánico, pero sus manos no temblaban.
—A partir de este momento, no se habla —instruyó Thomas, mirando a los cuatro—. Si escucháis que me detengo, os tiráis al suelo entre las plantas. Si nos separamos, seguid el curso del arroyo hacia el norte hasta llegar al roble partido. ¿Entendido?
Los niños asintieron en silencio.
Thomas echó a andar. Tomó la correa del primer caballo y se adentró en el mar de vegetación.
El avance entre los campos de algodón era una agonía lenta.
Las matas de algodón, cargadas de cápsulas duras y secas, rozaban la tela de sus pantalones produciendo un rasgar suave que a Thomas le parecía tan ruidoso como el trueno.
Cada rama seca que quebraba bajo la suela de su bota resonaba en sus oídos con el impacto de un disparo.