CAPÍTULO 6 #4
El enemigo sospecha
El aire del atardecer no traía alivio, solo una densidad plomiza que hacía difícil respirar.
En los márgenes de los campos de algodón, Edward Whitmore permanecía sobre la montura de su semental negro, con la espalda recta como una pica y la fusta descansando sobre el muslo.
A su lado, Miller, el capataz de Oak Harbor, se limpiaba el sudor de la frente con la manga de la camisa, mascando tabaco con un rimo violento y nervioso.
Whitmore no miraba las hileras de plantas ni el peso de las sacas. Sus ojos grises, fríos y calculadores, seguían la figura de Thomas Harrington, que caminaba a paso lento cerca del granero principal conversando con uno de los arrieros.
—Te lo he dicho tres veces esta semana, Miller —comentó Whitmore sin apartar la vista del joven—. Tu señorito ya no camina como el heredero de esta propiedad. Camina como un hombre que busca algo. O como un hombre que esconde algo.
—El amo Thomas siempre ha tenido modales raros desde que volvió de Boston, señor Whitmore —murmulló Miller, escupiendo al suelo—. Pero no ha interferido en los turnos desde lo del viejo Sam.
—Un hombre no cambia de la noche a la mañana solo porque su padre lo reprenda —repuso Whitmore con una sonrisa sin calidez—.
Mira cómo observa los caminos. No mira la tierra para calcular la cosecha; mira los límites de los terrenos.
Y dime, ¿cuántas veces lo has visto cerca de la enfermería o de los cobertizos de tela esta semana?
Miller se rascó la barba encrespada, dudando.
—Tres... tal vez cuatro veces. Dice que comprueba las existencias de suministros.
—Suministros —repitió Whitmore con marcada ironía—.
Thomas Harrington no sabría diferenciar un saco de harina de uno de cal si no tuviera la etiqueta puesta.
Hay un patrón en sus paseos, Miller. Y donde hay un patrón en un muchacho de su edad, hay una mujer.
O una idea peligrosa. Y me temo que en este caso son las dos cosas.
Whitmore tiró suavemente de las riendas y dio media vuelta a su caballo, adentrándose en la penumbra que empezaba a proyectar la arboleda.
—Voy a quedarme unos días en la casa grande como huésped de William —dijo el terrateniente en voz baja—. Me aseguraré personalmente de que la lista para Natchez salga el viernes sin contratiempos. Y mientras tanto, quiero que vigiles las cabañas. Yo me ocuparé de vigilar al heredero.
Durante las siguientes setenta y dos horas, una sombra invisible acompañó cada paso de Thomas.
Whitmore era un cazador paciente. No se dejaba ver en las zonas abiertas ni encaraba abiertamente a Thomas en la mesa del comedor.
En lugar de eso, utilizaba la topografía de la plantación con la destreza de un militar.
Se apostaba tras las persianas entornadas de la planta alta de la mansión, montaba a caballo por los senderos perimetrales oculto tras las hileras de sauces y aparecía sin hacer ruido en las esquinas de los almacenes justo cuando Thomas pasaba.
Observó los detalles mínimos, las grietas imperceptibles en la rutina de la casa: la forma en que Thomas detenía su marcha un segundo de más cuando Lizzie salía a tender las sábanas de la lavandería; el silencio repentino que se apoderaba de la muchacha cuando la sombra del joven señor cruzaba la arcada; la manera en que Thomas evitaba mirar directamente a su padre cada vez que se mencionaba la venta de los esclavos para el viernes.
Eran coincidencias que para cualquiera habrían pasado inadvertidas, pero para la mente calculadora de Whitmore formaban una trama inconfundible. Thomas Harrington no estaba supervisando la finca. Estaba trazando una línea de fuga.
Mientras la vigilancia se estrechaba en la superficie, en las profundidades de la plantación el peligro adoptaba una forma aún más frágil.
En el sótano sin ventanas adosado a la parte posterior de la cocina —un espacio claustrofóbico que olía a raíz de jengibre, manteca rancia y humedad acumulada—, Lizzie permanecía arrodillada sobre el suelo de tierra apisonada.
A su alrededor, sentados en semicírculo, tres niños de no más de diez años la miraban con ojos redondos, tiritando de un miedo infantil pero desgarrador.
A la luz de un cabo de vela protegido dentro de una lata de conserva agujereada, Lizzie no sostenía un libro ni una pizarra. Sostenía una rama seca con la que dibujaba trazos efímeros sobre la tierra.
—Mirad aquí —susurró Lizzie. Su voz era un hilo firme, pero sus ojos no dejaban de vigilar la rendija de la puerta que daba al patio exterior—.
Esta línea torcida no es un río. Es la estrella del norte en el cielo.
Si alguna vez os separan de vuestras madres, si escucháis los perros o la campana de rebato, no debéis mirar al suelo.
Debéis buscar la constelación del gran cazo.
La estrella del extremo de la cuchara siempre os dirá hacia dónde caminar.
Un muchacho delgado llamado Toby, con los brazos marcados por la picadura de los mosquitos del pantano, tragó saliva con dificultad.
—Lizzie... —murmuró el niño con el labio tembloroso—. El capataz Miller dijo ayer que si nos atrapan fuera de la línea después del toque de queda, nos cortará los tobillos. Tengo miedo.
Lizzie soltó la rama y tomó las manos del pequeño entre las suyas, apretándolas con una tibieza desesperada.
—El miedo es lo que los mantiene a ellos fuertes, Toby —dijo ella, clavando su mirada en la de los tres niños—.
El miedo hace que creáis que este campo es todo el mundo que existe.
Pero más allá de este fango hay un lugar donde los niños no llevan marcas en la espalda ni trabajan de sol a sol.
Para llegar allí hay que ser más listos que ellos.
Tenéis que aprender las señales sin hablar.
Con la punta del pie, Lizzie borró el dibujo en la tierra de un solo movimiento rápido. Luego, con la rama, trazó una forma simple: una linterna con una franja cruzada.
—Si veis este dibujo en una tabla de madera o una linterna envuelta en tela cerca del camino del arroyo —explicó en un susurro urgente—, significa que hay amigos cerca. Si veis tres muescas en el tronco de un roble, significa que el camino está lleno de hombres con escopetas. ¿Lo habéis memorizado?
Los tres niños asintieron en silencio, con el terror grabado en las facciones.
Sabían perfectamente lo que significaba aquella lección clandestina.
En Oak Harbor, que un esclavo supiera leer o memorizara códigos de fuga no era una falta disciplinaria; era un delito que se pagaba con la muerte en el poste de castigo.
De pronto, un crujido sordo resonó en la madera del techo del sótano. Unos pasos pesados cruzaron la cocina principal justo encima de sus cabezas.
El tiempo se congeló. Lizzie apagó la mecha de la lata sofocándola con el pulgar y el índice, sumiendo el pequeño sótano en una oscuridad absoluta.
Los niños ni siquiera se atrevieron a respirar.
En la penumbra densa, solo se escuchaba el latido desbocado de sus corazones y el goteo constante de la humedad en un rincón.
Arriba, las botas de uno de los hombres de Miller se detuvieron unos segundos antes de continuar hacia el exterior.
Lizzie aguardó en la penumbra durante un minuto entero, sintiendo el sudor frío correr por su cuello.
Cuando la pisada se perdió en la distancia, respiró hondo y acarició la cabeza del pequeño Toby.
—Salid uno a uno por la trampa de las verduras —ordenó en un susurro inaudible—. Sin correr. Si alguien os pregunta, estabais buscando sacos de patatas para la cena. Id en paz.
Los niños se deslizaron como sombras por la abertura trasera.
Lizzie se quedó a solas en la oscuridad, con las manos temblándole ligeramente.
La presión de las últimas horas era un peso aplastante.
Sabía que la fuga programada para la noche siguiente era un salto con los ojos vendados hacia la libertad o hacia el cadalso, y que el menor descuido de cualquiera de ellos terminaría en una tragedia sin retorno.
Al caer la última luz del día, una tormenta seca comenzó a rugir en los altos de la provincia. Los relámpagos cruzaban el cielo sin traer una sola gota de lluvia, iluminando con ráfagas de una luz violeta y violenta los contornos del antiguo molino de piedra a orillas del arroyo.
Whitmore caminaba a pie por la linde de los robles, embozado en su capa oscura.
Había dejado su caballo atado a más de medio kilómetro de distancia para que el sonido de los cascos no delatara su presencia.
Durante las últimas dos horas había seguido a Thomas a distancia prudencial mientras el joven simulaba revisar los cierres de los almacenes del oeste.
Llegó a las inmediaciones del molino abandonado. El lugar estaba en ruinas, ahogado por la hiedra salvaje y la maleza. Era el rincón más aislado de todo Oak Harbor, un sitio al que ningún capataz ni trabajador con sentido común acudiría a esas horas de la noche.
Whitmore se detuvo bajo la arcada de piedra del molino. Desenfundó un pequeño farol de mano con pantalla corredera y abrió la rendija apenas un milímetro, proyectando un fino haz de luz amarilla sobre el suelo de tierra y hojas secas.
Avanzó despacio, atento a cualquier rastro. Sus botas no hacían ruido sobre el musgo.
En el centro de la estancia en ruinas, la luz del farol reveló huellas recientes en la tierra blanda: dos pares de pisadas claramente diferenciadas.
Unas correspondían a las botas altas de montar de un caballero de buena cuna; las otras eran más pequeñas, desgastadas, hechas por el calzado de basta piel que utilizaba la servidumbre de la casa.
Whitmore entrecerró los ojos. La prueba de que allí se producían encuentros clandestinos era inequívoca.
Se inclinó ligeramente, rastreando la esquina donde las huellas se cruzaban cerca de una viga de madera podrida. Al pasar el haz de luz por la base de la pared de piedra, un destello metálico llamó su atención entre las hojas secas.