CAPÍTULO 6
El Camino hacia la Libertad
El zumbido constante de las cigarras resonaba en la arboleda de robles que rodeaba la casa grande de Oak Harbor, un chirrido monocorde y desquiciante que parecía acentuar la parálisis de la tarde.
Thomas avanzaba por el corredor lateral del piso inferior, con un portafolios de piel bajo el brazo.
Venía de la oficina del granero con los informes de pesaje de la última semana.
Buscaba a su padre para entregarle los documentos antes de que la luz del día comenzara a declinar, pero el silencio inusual de la planta baja lo hizo detenerse.
Al aproximarse al despacho principal, notó que la pesada puerta de caoba no estaba completamente cerrada. Quedaba entreabierta apenas un par de centímetros, dejando escapar una franja estrecha de luz dorada y el olor penetrante a tabaco de Virginia mezclado con el aroma seco del bourbon.
Thomas rozó el picaporte de bronce para llamar, pero el sonido de las voces en el interior lo congeló en el sitio.
—...no podemos esperar a que termine la recogida de otoño, William —decía una voz marcial y categórica.
Era Edward Whitmore. Estaba de visita, apoyado con soltura sobre el borde del escritorio de su padre—.
Los precios en el mercado de Natchez y Nueva Orleans están en su punto más alto en tres años.
La demanda en Luisiana es insaciable. Si vendemos ahora el lote sobrante, aseguraremos el capital necesario para comprar la maquinaria de vapor antes de que los banqueros del Norte vuelvan a subir los intereses.
Un silencio breve siguió a las palabras de Whitmore. Se oyó el tintineo de un hielo contra el cristal.
—Miller me ha asegurado que la cuadrilla del sector sur puede aguantar dos meses más —respondió la voz pausada de William Harrington.
Sin embargo, no había duda en su tono, solo cálculo—.
Pero entiendo tu punto, Edward. La tensión política en Washington va a empeorar antes de que acabe el año.
Mantener trabajadores que empiezan a mostrar signos de insubordinación es un riesgo financiero que no pienso asumir.
—Exacto —asintió Whitmore, bajando ligeramente el tono, aunque la firmeza de sus palabras atravesó la madera entornada como una hoja de acero—.
Especialmente los que saben más de la cuenta.
Tu capataz me dio la lista esta mañana. El viejo Sam ya no sirve para el campo.
El joven Jacob es demasiado impetuoso...
y la muchacha de la lavandería, la que cuida la botica. Lizzie.
A Thomas se le cortó la respiración. El pulso le retumbó en los oídos con la violencia de un martillazo. Involuntariamente, apretó los dedos contra el portafolios de piel hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—¿Lizzie? —preguntó William, con el desapego de quien repasa un inventario de grano—. Thomas ha estado haciendo preguntas sobre ella. Cree que es útil para la enfermería.
—Con más razón, amigo mío —intervino Whitmore con una risita amarga y venenosa—. Tu hijo es un muchacho educado en Boston, lleno de ideas románticas e inofensivas, pero esa chica tiene una mirada que no pertenece a una sirvienta.
—Sabe leer las intenciones, habla mejor que tus capataces y su presencia solo sirve para alimentar las fantasías de tu heredero.
Si la dejas aquí, terminará siendo un problema para tu familia.
Miller ya ha preparado los papeles de traslado.
Los cargaremos en los vagones del tren de mercancías en la estación de Meridian este viernes antes del amanecer.
—Está bien —sentenció William sin el menor atisbo de duda o vacilación—. El viernes a primera hora. Firma los salvoconductos para Miller y asegúrate de que el trato en Natchez se cierre de manera discreta. No quiero escándalos en la propiedad mientras los compradores estén aquí.
Detrás de la puerta, Thomas sintió que el suelo bajo sus pies cedía por completo. Una marejada de frío glacial le recorrió la espina dorsal, disipando de golpe el calor sofocante de la tarde. El viernes. Faltaban menos de cuatro días.
Su primer instinto, visceral e incontrolable, fue dar un puñetazo a la madera, irrumpir en el despacho y encarar a su padre y a Whitmore, gritarles la monstruosidad que estaban a punto de cometer.
Pero la voz de la razón, cultivada con paciencia en los debates de Boston y templada por las amargas advertencias de Lizzie, se impuso en el último segundo.
Si mostraba sus cartas ahora, si cedía al impulso del dolor y la rabia, su padre ordenaría encerrarlo en la casa grande bajo custodia, y Lizzie sería encadenada y enviada a Natchez esa misma noche.
Inhaló despacio, reteniendo el aire en los pulmones.
Con un esfuerzo sobrehumano, aflojó la tensión de sus hombros y dibujó en su rostro una máscara de absoluta neutralidad.
Dio dos pasos hacia atrás con extrema cautela, haciendo que la suela de sus botas no produjera el menor ruido sobre la alfombra del pasillo, y caminó hacia la salida lateral de la mansión.
El sol de la tarde quemaba afuera con una luz cegadora.
Al cruzar el porche, Thomas se cruzó con un par de sirvientes que transportaban cubos de agua.
Les dedicó un asentimiento de cabeza sereno, impecable, el saludo habitual del heredero de Oak Harbor.
Por fuera, era la imagen viva del control y la aristocracia del Sur.
Por dentro, el mundo entero se estaba derrumbando, y comprendió con una claridad absoluta que el tiempo de las dudas, de las prudencias y de las esperanzas lejanas se había terminado para siempre.
Ya no quedaba margen para esperar.
La noche cayó sobre la provincia con una densidad de plomo. La luna era apenas una guadaña plateada oculta tras espesas capas de nubes bajas que amenazaban con una tormenta que nunca terminaba de estallar.
A las dos de la madrugada, cuando el único sonido en la plantación era el canto de los búhos y el crujido del viento entre los robles seculares, Thomas salió de la casa principal. No llevaba sombrero ni chaqueta, solo una camisa blanca de lino fino y botas altas.
En el bolsillo interior de su chaleco guardaba un plano detallado del condado, una bolsa de cuero con todas las monedas de oro que había logrado retirar de su cuenta personal y un pequeño revólver de bolsillo con la culata de nácar.
Avanzó en la oscuridad como una sombra más, bordando el límite de los campos de algodón hasta llegar a las ruinas del antiguo molino de grano, a medio kilómetro de las cabañas.
Era un edificio de piedra y madera carcomida por la humedad, devorado por la hiedra y olvidado por los capataces desde hacía años.
Era el único lugar donde la mirada de Miller no llegaba.
Al cruzar el umbral de la entrada sin puerta, el olor a tierra mojada y musgo lo envolvió.
—Thomas.
El susurro emergió de la penumbra más profunda del fondo del molino.
Lizzie dio un paso al frente. Llevaba una manta basta sobre los hombros y un pañuelo oscuro anudado al cabello.
A la luz tenue que filtraba la grieta del techo, sus ojos castaños resplandecían con una mezcla de inquietud y alivio al verlo llegar sano y salvo.
—Estás aquí —murmuró Thomas, acortando la distancia entre ambos.
Lizzie notó de inmediato la rigidez en el rostro del joven Harrington. La postura firme y pausada con la que Thomas solía conducirse había desaparecido; sus ojos brillaban con una intensidad febril y oscura que ella nunca antes le había visto.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Lizzie en un hilo de voz, dando un paso hacia él y buscando su mirada—. Tu mensajero en las cocinas me dijo que debía venir sin falta. Estás temblando, Thomas.
Thomas le tomó las manos. Estaban frías a pesar del calor sofocante de la noche.
Sintió el impulso irresistible de estrecharla contra su pecho, de protegerla con su propio cuerpo del abismo que se abría a sus pies, pero obligó a su voz a sonar clara y directa.
Ella merecía la verdad sin paños calientes.
—Lizzie... se acabó el tiempo.
Lizzie se quedó inmóvil. El aire en el interior del molino pareció volverse más denso.
—¿De qué estás hablando? —preguntó ella, aunque la sombra que cruzó por sus ojos demostró que el instinto de la supervivencia ya le estaba dando la respuesta.
—Escuché a mi padre esta tarde —dijo Thomas, apretando ligeramente sus dedos entre los de él—. Estaba en el despacho con Whitmore. Han cerrado un trato con compradores de Luisiana para vender un lote de la plantilla antes de la cosecha. Quieren dinero rápido para maquinaria.
Lizzie no pestañeó. La firmeza de su rostro se transformó en una máscara de piedra.
—¿Quiénes están en la lista? —preguntó con voz baja, extrañamente serena.
—El viejo Sam, Jacob... —Thomas hizo una pausa agónica, sintiendo que las palabras le quemaban la garganta—. Y tú, Lizzie. Miller ya tiene los documentos firmados. Los van a trasladar a la estación de Meridian el viernes al amanecer para llevarlos a las subastas de Natchez.
El silencio que siguió a sus palabras fue aplastante. Un trueno lejano retumbó en el horizonte, anunciando la tormenta que se incubaba sobre el golfo, pero dentro del molino el tiempo pareció detenerse por completo.
Lizzie despacio, muy despacio, liberó una de sus manos del agarre de Thomas y se la llevó al pecho.
La noticia no la tomó por sorpresa con llantos o pánico descontrolado; en el mundo de donde ella venía, la tragedia no era una posibilidad remota, sino una sombra que siempre caminaba a un paso de distancia.
—El viernes... —repitió Lizzie en un susurro amargo—. Faltan tres días. Natchez... Si me llevan allí, no volveré a ver el sol de esta tierra. Me perderé en las plantaciones del sur profundo como se perdió mi madre.