CAPÍTULO 6 #2
—No te van a llevar a ningún sitio —dijo Thomas con una vehemencia tajante, volviendo a sujetar su mano con fuerza implacable—.
No lo voy a permitir, Lizzie. No me quedaré de brazos cruzados viendo cómo te arrancan de mi vida.
Nos vamos. La huida no puede esperar al mes que viene ni a que tengamos una ruta perfecta. Nos iremos mañana por la noche.
Lizzie alzó los ojos hacia él, y en su mirada se cruzaron el terror, la desesperación y un afecto tan profundo que amenazaba con quebrarla.
—Thomas, no sabes lo que estás diciendo —dijo ella, negando con la cabeza mientras un hilo de emoción contenida quebraba por primera vez su voz—.
Si me ayudas a escapar, si te descubren...
no solo perderás tu herencia. Tu padre te desheredará, el condado te juzgará como a un traidor y a un ladrón de propiedades.
Whitmore y sus hombres no dudarán en dispararte si te encuentran en los caminos con nosotros.
Perderás tu nombre, tu posición, tu futuro...
todo lo que posees por una causa que no es la tuya.
Thomas dio un paso más, acortando la brecha entre ellos hasta que solo los separó un suspiro. Le tomó el rostro con ambas manos, sintiendo la calidez de su piel y la vibración de su respiración entrecortada.
—Nada de lo que tengo en esta casa vale un solo segundo de tu libertad, Lizzie —dijo él, mirándola fijamente a los ojos con una devoción desarmante y una verdad desnuda que cortaba el aire—.
¿De qué me sirve la herencia de mi padre si está manchada con la sangre y el dolor de las personas que quiero?
¿De qué me sirve un nombre en este condado si para conservarlo tengo que convertirme en el monstruo que mi padre quiere que sea?
Todo lo que posee la familia Harrington en Oak Harbor no es más que una jaula de oro.
Tú me enseñaste a ver los barrotes, Lizzie.
Mi vida está contigo, no en esta tierra.
Lizzie cerró los ojos un segundo, dejando que las lágrimas que había retenido con tanta fiereza durante años resbalaran finalmente por sus mejillas.
El peso de la soledad que había llevado desde niña, la desconfianza aprendida ante el peligro y la amargura del destino parecieron disolverse ante la sinceridad absoluta del hombre que tenía enfrente.
—Si nos descubren... no tendrán piedad —murmuró ella, apoyando su frente contra la de él en un gesto de intimidad desesperada.
—No nos descubrirán —aseguró Thomas, deslizando los pulgares para secar con delicadeza las lágrimas de su rostro—.
He estado estudiando los mapas que trajimos de la botica.
Conocemos el río. Sabemos que el Mississippi es nuestra mejor opción para ganar distancia rápido si logramos alcanzar la orilla norte antes del mediodía.
Lizzie respiró hondo, recuperando la compostura y la lucidez estratégica que la caracterizaban. Se separó un centímetro, mirando a Thomas con los ojos ardiendo de determinación.
—El camino directo hacia el norte por la carretera principal estará lleno de patrullas y de los hombres de Whitmore en cuanto noten mi ausencia en el recuento del amanecer —analizó Lizzie en voz baja—.
No podemos ir hacia el norte de inmediato.
Tenemos que cortar hacia el oeste, atravesar los pantanos del arroyo del Venado y buscar el primer punto de contacto del Ferrocarril Subterráneo cerca del cruce de Vicksburg.
Thomas asintió, impresionado una vez más por la agilidad mental de Lizzie.
—Tengo dinero suficiente para pagar el pasaje en una barcaza fluvial hasta la frontera con Ohio —añadió Thomas—.
Y en Filadelfia hay amigos de mi época universitaria que dirigen un comité de abolicionistas.
Tienen casas de acogida y documentos falsos para facilitarnos el paso hasta Canadá.
Si logramos cruzar el río y llegar a Ohio, estaremos a salvo.
—Hay que avisar a Jacob y al viejo Sam —intervino Lizzie con firmeza—. No puedo dejar que se los lleven a Natchez mientras yo escapo.
—Hablaremos con Jacob al atardecer de mañana —convino Thomas—.
Que prepare al viejo Sam y los tenga listos en el linde del bosque trasero a medianoche.
Yo conseguiré dos caballos de los establos del fondo y los suministros necesarios.
Debemos movernos ligeros, sin más equipaje que la ropa que llevamos puesta y la comida justa para dos días de marcha.
El viento sopló con más fuerza afuera, haciendo crujir los leños viejos del molino y trayendo consigo las primeras gotas gruesas de una lluvia pesada que comenzaba a repicar sobre el suelo de tierra.
Thomas volvió a tomar las manos de Lizzie. El pulso de ambos latía desbocado, marcando la cuenta atrás hacia el momento más peligroso de sus vidas.
—Te prometo, Lizzie —dijo Thomas, con una voz profunda que resonó como una oración sagrada en la penumbra del molino—, por mi vida y por mi alma, que jamás permitiré que te separen de mí.
Ni mi padre, ni Whitmore, ni las leyes de este estado.
Cruzaremos esa frontera juntos o caeremos intentándolo, pero nadie volverá a ponerte una cadena.
Lizzie lo miró, y en la oscuridad de aquella noche sin estrellas, la distancia entre el hijo del terrateniente y la sirvienta de la plantación se borró para siempre.
Ya no eran dos mundos opuestos unidos por la compasión o el secreto; eran dos almas entrelazadas por un «amor prohibido» y por la misma sed indestructible de libertad.
Lizzie se inclinó hacia él y apretó sus labios contra los de Thomas en un beso breve, amargo por el miedo, pero ardiente de fe y desesperación. Fue un sello silencioso, una promesa compartida que no necesitaba más palabras.
—Mañana a medianoche, en el arroyo —susurró Lizzie al separarse, fijando su mirada en los ojos de Thomas con una fuerza que nada en este mundo podría quebrar.
—Mañana a medianoche —repitió Thomas.
Bajo la lluvia torrencial que comenzaba a limpiar la noche de Mississippi, el pacto definitivo quedó sellado.
El imperio de Oak Harbor seguía en pie al fondo del camino, sereno y majestuoso en su tiranía, pero en la penumbra del viejo molino, la rebelión ya había comenzado.
Aliados inesperados
El polvo de la pista principal parecía flotar inerte en la penumbra del crepúsculo cuando Thomas refrenó a su caballo a las afueras de St. Jude, un pequeño y decadente enclave portuario a escasos kilómetros del cauce del Mississippi.
Las casas de madera carcomida se amontonaban a lo largo de la ribera, apenas elevadas sobre zancos para evitar las crecidas del río. Olía a lodo, a alquitrán de las barcazas y a la vegetación en descomposición que el agua arrastraba desde el norte.
Thomas se caló el sombrero de paja hasta ocultar parte de su rostro y espoleó suavemente al caballo por el polvoriento camino que conducía a St. Jude.
Había abandonado Oak Harbor al caer la tarde con el pretexto de inspeccionar un cargamento de harina en el viejo molino, una excusa lo bastante creíble para ausentarse durante unas horas, aunque apenas le concedía un estrecho margen antes de que alguien comenzara a hacer preguntas.
Mientras el sol descendía lentamente sobre los interminables campos de algodón, no dejaba de mirar por encima del hombro.
Bastaba con que Miller o cualquiera de los hombres de Whitmore lo reconociera cabalgando hacia aquel humilde pueblo para que las sospechas llegaran a oídos de su padre antes incluso de su regreso.
En Oak Harbor, los rumores viajaban más deprisa que los caballos, y Richard Harrington tenía la inquietante costumbre de enterarse de todo.
A medida que se acercaba a St. Jude, las elegantes plantaciones fueron dando paso a pequeñas cabañas de madera, cercas desvencijadas y caminos embarrados.
Era un lugar olvidado por la prosperidad del Sur, habitado por jornaleros, pequeños comerciantes y hombres que sobrevivían lejos del esplendor de las grandes haciendas. Precisamente por eso era el último sitio donde alguien esperaría encontrar al heredero de los Harrington.
Thomas respiró hondo y volvió a bajarse el ala del sombrero. A partir de ese momento, cada palabra, cada mirada y cada paso en falso podían significar el final de todo cuanto había empezado a construir en secreto junto a Lizzie.
Avanzó a pie por el callejón trasero, llevando a su caballo de las riendas.
Al fondo de la vía, medio oculta tras una hilera de sauces llorones, se erigía una humilde construcción de tablas encaladas con una cruz de madera carcomida sobre el pórtico: la rectoría de la pequeña comunidad presbiteriana del río.
Thomas llamó a la puerta trasera con tres golpes secos y pausados.
Pasaron unos segundos interminables en los que solo se escuchó el murmullo lejano de la corriente del río y el croar de las ranas en el fango. Finalmente, la puerta se abrió un par de dedos con el chirrido sordo de los goznes de hierro.
Tras la rendija apareció un rostro surcado de arrugas profundas, coronado por una melena de cabello blanco y una barba recortada con esmero. Los ojos del anciano, de un azul acerado y penetrante, observaron al visitante de arriba abajo con una mezcla de cautela y desconfianza.
—La rectoría está cerrada a estas horas, joven —dijo el pastor con voz grave y rasposa—. Los servicios religiosos son los domingos por la mañana.
—No vengo a buscar un servicio religioso, reverendo Campbell —respondió Thomas en voz baja, asegurándose de que nadie transitara por el callejón—. Vengo recomendado por el señor Evans, de la imprenta de Jackson. Me dijo que usted sabría darme respuestas.
El reverendo Campbell se congeló en el umbral. El nombre del impresor actuó como una contraseña, pero lejos de relajar al anciano, tensó aún más sus facciones. El pastor abrió la puerta lo justo para permitir que la luz tenue de un farol de aceite iluminase de lleno el rostro del visitante.
Al reconocer las facciones pulidas y las ropas de corte fino del joven, la mirada del pastor se volvió de piedra.