CAPÍTULO 5 #2
Lizzie guardó los mapas y el papel en el hueco secreto bajo las maderas del suelo con una agilidad pasmosa. Al erguirse, se quedó a muy poca distancia de él. Por primera vez, no dio el habitual paso atrás para marcar la distancia social.
—Gracias, Thomas —dijo ella en un susurro. Fue la primera vez que pronunció su nombre de pila sin el «señor» delante.
El impacto de escuchar su nombre en labios de Lizzie resonó en el pecho de Thomas más fuerte que cualquier declaración formal. La complicidad entre ambos había dejado de ser un mero intercambio de favores o de ideas: se había convertido en un pacto tácito, peligroso y definitivo.
Las sombras de la sospecha
La tranquilidad en los rincones apartados de Oak Harbor duró poco. A medida que las visitas de Thomas a los talleres y a la enfermería se volvían más frecuentes, los ojos del entorno comenzaron a entornarse con desconfianza.
El primer toque de atención ocurrió una mañana de bochorno sofocante. Thomas salía del callejón posterior de las cocinas tras haber dejado discretamente un paquete con lápices de carbón para Lizzie. Al girar la esquina de la gran arcada de rosales, se topó de frente con Miller.
El capataz estaba apoyado contra una columna de madera, masca que te masca tabaco. No llevaba el látigo en la mano, pero la forma en que observaba a Thomas —con los ojos entrecerrados y una mueca torcida en los labios— transmitía un peligro implícito.
—Amo Thomas —dijo Miller, escupiendo un chorro oscuro sobre la grava del camino—. Veo que le ha tomado un interés muy particular a la zona de los talleres últimamente.
Thomas no pestañeó. Mantuvo la postura erguida que había heredado de su familia y sostuvo la mirada del capataz con frialdad.
—Superviso las instalaciones, Miller. Es mi deber conocer cada rincón de la propiedad.
—Por supuesto, señor —asintió el capataz con una falsa sumisión que rozaba la insolencia—.
Solo que a su padre nunca le hizo falta pasar tanto tiempo hablando con la servidumbre de la enfermería para saber si las cuentas salían.
En el campo se comentan cosas... Y a los hombres no les gusta ver a los señores rondando tan cerca de las cabañas a horas raras.
—Lo que los hombres piensen o dejen de pensar no es tu incumbencia, Miller. Ocúpate de que la recogida del sector este no vuelva a retrasarse y deja la supervisión de la casa en mis manos —sentenció Thomas con una voz rasgada que no admitía réplica.
Miller masticó su rabia unos segundos, pero terminó tocándose el ala del sombrero y alejándose a paso lento hacia los graneros.
Thomas apretó los puños. Sabía que la provocación del capataz no era casualidad: Miller era los ojos de su padre en el barro, y si él empezaba a dudar, William Harrington no tardaría en enterarse.
La verdadera confirmación del peligro llegó esa misma noche, durante la cena.
William cortaba su tajada de carne con una precisión casi quirúrgica. De pronto, sin levantar la vista del plato, soltó una frase que hizo que a Thomas se le helara la sangre en las venas:
—Whitmore me preguntó por ti ayer en el mercado de algodón.
Thomas pausó el tenedor a medio camino.
—Ah, ¿sí? ¿Y qué quería saber el señor Whitmore?
—Dice que sus ojeadores han visto a un par de esclavos de la zona intentando cruzar la linde de los arroyos por la noche —dijo William, alzando por fin su mirada de acero azul sobre su hijo.
—Sospecha que alguien en el condado les está facilitando información sobre las rutas del río.
Y me sugirió, con esa cortesía venenosa que maneja tan bien, que vigile de cerca lo que ocurre en Oak Harbor.
Dice que te ha visto conversar demasiado con esa muchacha de la lavandería, la que llama la atención por su compostura.
El silencio en el comedor se volvió sofocante. Las lámparas de araña chisporroteaban mansamente.
—Lizzie atiende la botica y ayuda a Sarah en la enfermería, padre —respondió Thomas, midiendo cada sílaba para no delatar la tormenta que ardía en su interior—.
Le pedí información sobre las medicinas que se consumen en las cabañas para reducir los gastos de la farmacia del condado. Es una cuestión de eficiencia.
William sostuvo la mirada de su hijo durante largos y agónicos segundos. No había rabia explícita en los ojos del patriarca, pero sí una advertencia implícita y letal.
—Me da igual si es eficiencia o curiosidad, Thomas. No quiero que el apellido Harrington esté en boca de Whitmore ni del juez.
—Si esa chica se convierte en una distracción o en un motivo de murmuración, la enviaré mañana mismo a las subastas de Natchez. ¿Queda claro?
Thomas sintió como si le hubieran clavado un puñal en las entrañas. La amenaza no era directa contra él, sino contra Lizzie.
Comprendió con aterradora claridad que el margen de error se había reducido a cero: un solo paso en falso por su parte no lo castigaría a él, sino que condenaría a la mujer que amaba al peor de los destinos.
El juramento en la sombra
La advertencia de William resoplaba en la mente de Thomas como una amenaza constante.
Tras la cena, aguardó a que la mansión se sumiera en el silencio de la medianoche.
Bordeó los terrenos por el sendero más oscuro, evitando los establos y las zonas abiertas donde los hombres de Miller solían hacer sus rondas.
Llegó al cobertizo de secado, el único refugio donde sabían que podían hablar con relativa seguridad. Para su sorpresa, Lizzie ya estaba allí, aguardándolo en la penumbra. Sostenía entre las manos un pequeño farol con la llama reducida a un hilo tenue.
—No debió venir, Thomas —murmuró ella en cuanto lo vio cruzar el umbral, con la inquietud reflejada en sus ojos castaños—. El capataz ha estado rondando por las cabañas más de la cuenta. Sabe que algo ocurre.
—Mi padre ha amenazado con venderte, Lizzie —soltó Thomas de golpe, sin rodeos, con la voz quebrada por el peso de la culpa—. Whitmore le ha hablado de ti y le ha sugerido que eres una mala influencia. Si siguen sospechando... te enviarán a Natchez.
A pesar de la gravedad de la noticia, Lizzie no rompió a llorar ni se dejó llevar por el pánico. Su rostro se volvió de piedra, asimilando la amenaza con esa entereza implacable que tanto desconcertaba a Thomas.
—Sabía que este día llegaría —dijo ella en voz baja pero firme—. En esta tierra, la tranquilidad para los míos es solo una tregua entre una tormenta y otra.
—No voy a permitir que te pongan una mano encima —dijo Thomas, dando un paso al frente y acortando la distancia entre ambos hasta sentir su respiración—. No voy a quedarme mirando mientras te destruyen.
Lizzie alzó la vista y sostuvo su mirada. Por primera vez, se vislumbró una grieta en su armadura, un atisbo de miedo real mezclado con una profunda emoción.
—No puede protegerme enfrentándose a su padre, Thomas. Si lo hace, nos destruirá a los dos. Usted perderá su herencia y su lugar en este mundo, y a mí me enviarán al sur profundo antes del amanecer.
—Entonces nos iremos —afirmó Thomas sin vacilar, pronunciando las palabras que llevaba semanas temiendo y deseando decir—.
No hay futuro para mí en Oak Harbor, ni en el imperio que mi padre ha construido con la sangre de otros.
Usaré todo lo que tengo, mis recursos, mi dinero y lo que he aprendido sobre la red del Norte.
Buscaremos la forma de sacarte de aquí... a ti y a quienes podamos ayudar.
Lizzie contuvo el aliento. Escuchar la propuesta de labios del propio heredero de la plantación era casi irreal, un salto al vacío que no admitía retorno.
—¿Sabe lo que significa eso? —preguntó ella en un susurro cargado de gravedad—. Si cruzamos esa línea, no habrá vuelta atrás. Para su padre y para Whitmore se convertirá en un traidor, y para los cazadores de recompensas seremos una presa.
—Lo sé —respondió Thomas, tomando suavemente la mano de Lizzie entre las suyas por primera vez. Las manos de ella estaban frías, pero su agarre fue firme y decidido—. Pero prefiero ser un fugitivo a ser el dueño de esta prisión.
El silencio de la noche envolvió el pequeño cobertizo. Lizzie miró sus manos unidas y luego los ojos de Thomas, comprendiendo que el afecto que los unía había dejado de ser un sentimiento reprimido para convertirse en una causa por la que valía la pena arriesgarlo todo.
—Está bien... —susurró Lizzie al cabo de unos instantes.
En sus ojos aún brillaba el miedo, pero la determinación había terminado por imponerse—.
Si ese es el único camino que nos queda, nos prepararemos en secreto.
Enseñaré a los niños a reconocer las señales del Underground Railroad, memorizaremos las rutas del río y aprenderemos cada sendero del bosque.
No dejaremos nada al azar. Tendremos que ser más astutos que Whitmore y más rápidos que Miller.
Thomas entrelazó sus dedos con los de ella y sintió que, en aquel instante, ya no existía marcha atrás.
—No permitiré que te vendan, Lizzie. Antes renunciaré a mi apellido, a esta plantación y a toda la fortuna de mi familia. Si el Sur nos niega el derecho a vivir juntos, construiremos nuestro futuro donde nadie pueda decidir por nosotros.
Ella lo contempló en silencio. Por primera vez creyó que aquellas palabras no nacían del impulso de un joven enamorado, sino de un hombre dispuesto a sacrificarlo todo.
Sin pronunciar una sola palabra más, apoyó la frente sobre la de Thomas. Bajo el amparo de la noche, mientras la brisa agitaba los campos de algodón y las primeras estrellas comenzaban a cubrir el cielo de Mississippi, sellaron un pacto que cambiaría para siempre el destino de ambos.
A partir de aquel momento ya no eran el heredero de una gran plantación y una joven esclavizada. Eran dos almas unidas por un mismo propósito: alcanzar la libertad o perecer en el intento. Sin saberlo, acababan de declarar la guerra al viejo orden del Sur.