Chapter 8
La cinta comenzó a girar con un sonido irregular, como si el aparato hubiera permanecido demasiado tiempo abandonado y necesitara unos segundos para recuperar su funcionamiento.
Malena permaneció inclinada sobre la grabadora, inmóvil, mientras los pasos que había escuchado en la escalera parecían detenerse justo debajo de la puerta.
El corazón le golpeaba con tanta fuerza que durante unos instantes tuvo la impresión de que aquel sonido podía escucharse fuera de la habitación.
No se atrevió a mirar hacia el pasillo. Toda su atención estaba concentrada en la cinta, en aquella palabra escrita sobre la etiqueta con una letra que reconocía como perteneciente a Emilia: MALENA.
Había algo aterrador en escuchar su propio nombre escrito sobre un objeto que había permanecido escondido durante veinticinco años, como si aquella mujer hubiera sabido que algún día ella regresaría y necesitaría encontrar exactamente aquella prueba.
Durante los primeros segundos solo se escuchó estática.
Después apareció un ruido distante, quizá una puerta cerrándose, y finalmente la voz de Emilia.
Era más baja que en la grabación anterior, casi un susurro, pero Malena reconoció inmediatamente aquella manera de hablar pausada, como si cada palabra hubiese sido pensada antes de ser pronunciada.
Emilia parecía estar grabando a escondidas.
—Si estás escuchando esto, significa que volviste.
Malena sintió que la respiración se le detenía. La voz continuó después de una breve pausa.
—No sé cuánto tiempo va a pasar antes de que encuentres esta cinta. Puede que sean días, años o que nunca llegues a escucharla. Pero si estás ahí, Malena, necesitás saber algo antes de creer cualquier cosa que te hayan contado.
Malena se llevó una mano a la boca. Aquello no era una conversación registrada accidentalmente. Emilia había hablado directamente con ella, aunque probablemente nunca había imaginado que tardaría un cuarto de siglo en escuchar aquellas palabras.
—No fue tu culpa —dijo Emilia—. Quiero que recuerdes eso antes que cualquier otra cosa.
Lo que viste aquella noche no fue culpa tuya y lo que ocurrió después tampoco.
Eras demasiado joven para entender lo que estaba pasando y hubo adultos que decidieron por vos porque creyeron que así podían protegerte.
Malena cerró los ojos. La palabra adultos parecía adquirir un peso enorme dentro de aquella habitación.
—Tu madre te va a decir que algunas cosas no sucedieron como las recordás.
No porque quiera hacerte daño, sino porque tiene miedo de lo que puede pasar si recordás demasiado.
Yo también tuve miedo. Durante mucho tiempo pensé que podía arreglarlo todo hablando, pero después entendí que algunas personas son capaces de destruir una verdad antes de permitir que llegue a los demás.
La cinta emitió un ruido seco. La voz de Emilia se alejó durante unos segundos y luego regresó.
—Hay algo que necesitás recordar. La noche que desaparecí, vos estuviste aquí. Llegaste después de que empezara la discusión. Tu madre vino a buscarte. Marcelo ya estaba dentro de la casa. Yo te pedí que no salieras de la habitación porque no quería que vieras lo que estaba ocurriendo.
Malena sintió que algo se abría dentro de su memoria. La habitación. La puerta. La voz. La mano de su madre. Todo apareció durante un instante con una claridad insoportable y después volvió a fragmentarse.
—No mires hacia el pasillo —dijo Emilia en la cinta—. No importa lo que escuches. No salgas.
Malena se quedó inmóvil. Aquellas eran las palabras que había recordado. La memoria no había sido inventada. Había sucedido.
De pronto, los pasos que había escuchado en la escalera volvieron a sonar. Esta vez estaban más cerca. Malena giró lentamente la cabeza hacia la puerta. La habitación continuaba vacía, pero debajo de la puerta se proyectó una sombra.
Alguien estaba al otro lado. Malena apagó la luz del teléfono. La sombra permaneció inmóvil. Durante varios segundos ninguno de los dos hizo ningún movimiento. Después la cinta continuó reproduciéndose y la voz de Emilia llenó nuevamente la habitación.
—Si alguna vez escuchás esta parte, significa que ya descubriste la habitación. Entonces probablemente también encontraste la otra cinta. No la escuches todavía. Primero tenés que recordar por qué viniste aquí aquella noche.
Malena sintió un escalofrío. ¿Por qué había ido?
, pensó. Hasta ese momento había supuesto que Emilia la había llamado o que su presencia estaba relacionada con algún secreto familiar.
Pero la grabación indicaba otra cosa. Ella había llegado allí por una razón concreta y, aunque Emilia no la revelaba todavía, parecía haber dejado deliberadamente aquella información para que Malena reconstruyera el recuerdo por sí misma.
—Viniste porque viste algo —continuó Emilia—. Algo que no debías haber visto.
La grabación se interrumpió durante unos segundos. Malena volvió a mirar la puerta. La sombra había desaparecido. No escuchaba pasos. Sin embargo, la sensación de que alguien la había estado observando no desapareció. La cinta continuó.
—Viste a Marcelo hablando con alguien. No sabías quién era. Después escuchaste una discusión y pensaste que Emilia estaba en peligro. Tu madre te había dicho que no salieras de tu habitación, pero vos no obedeciste. Saliste porque querías ayudarme.
Malena sintió que una imagen aparecía nuevamente en su mente. Ella misma, mucho más joven, caminando descalza por un pasillo oscuro. El suelo frío. Una puerta entreabierta. Una voz masculina. Después un golpe.
Malena abrió los ojos de golpe. La imagen había sido tan intensa que tuvo que apoyarse contra la pared. La voz de Emilia continuó.
—Cuando saliste, viste algo que cambió todo.
La grabación comenzó a distorsionarse.
—Pero no viste quién...
La voz desapareció entre un ruido de interferencias. Malena golpeó suavemente la grabadora.
—No...
La cinta continuó girando.
—...fue quien abrió la puerta.
Después silencio.
Malena permaneció inmóvil, intentando entender aquella frase incompleta.
Había visto algo, pero todavía no podía recordar exactamente qué.
La única imagen que conseguía recuperar era la de un pasillo oscuro y una puerta abierta.
También recordaba la voz de un hombre, pero no podía identificarla.
Quizá era Marcelo. Quizá era otra persona.
De pronto recordó algo más. Un olor. Un perfume.
No pertenecía a un hombre. Era un perfume dulce, antiguo, parecido al que utilizaba su madre cuando ella era niña.
Malena sintió que el cuerpo se le enfriaba.
Beatriz había estado allí. Pero si su madre había llegado después, como indicaba la grabación, ¿por qué recordaba su perfume dentro de aquella habitación antes de escucharla?
La cinta seguía reproduciéndose.
—Malena, hay algo que tenés que entender.
Tu madre no fue la única que intentó protegerte.
Hubo otras personas. Algunas lo hicieron por vos y otras para protegerse a sí mismas.
Con el tiempo, todos terminaron repitiendo la misma historia porque era más fácil que reconocer lo que realmente había sucedido.
Malena sintió que una nueva pieza encajaba en el rompecabezas. No había un único secreto. Había una versión colectiva.
—No busques solamente a quien quiso hacerme daño —continuó Emilia—. Buscá a quienes tuvieron miedo de decir la verdad. Ellos son los que pueden llevarte hasta la respuesta.
La cinta se detuvo. Malena permaneció unos segundos sin moverse.
Después rebobinó y volvió a escucharla desde el principio.
Esta vez prestó atención a cada sonido que aparecía entre las palabras.
La grabación contenía ruidos de fondo que no había percibido antes: una puerta, un objeto golpeando una superficie, pasos lejanos y, en un momento concreto, una voz masculina demasiado baja para distinguir las palabras.
Malena aumentó el volumen. La voz volvió a escucharse. Era apenas un murmullo, pero había algo familiar en ella. Entonces comprendió que había escuchado aquella voz recientemente. No en la casa de Emilia. En el pueblo.
Malena dejó de respirar durante un instante.
La voz pertenecía a Ricardo Ledesma. No podía estar completamente segura, pero la cadencia, el tono grave y la forma de pronunciar las palabras coincidían con la voz del anciano que había hablado con ella aquella misma tarde.
Si Ricardo había estado en la casa de Emilia aquella noche, entonces su declaración de hacía veinticinco años no podía haber sido simplemente incompleta. Había mentido.
Malena guardó la cinta en el bolsillo y salió de la habitación.
Bajó las escaleras con cuidado, iluminando cada peldaño con el teléfono.
La casa estaba completamente silenciosa.
La puerta principal continuaba cerrada. No había nadie en el vestíbulo ni en las habitaciones inferiores.
Sin embargo, cuando llegó al último escalón, vio algo que no estaba allí cuando había entrado.
La puerta de la cocina estaba abierta. Malena permaneció inmóvil. No recordaba haberla dejado así. Se acercó lentamente y encontró una ventana abierta. El aire frío entraba desde el exterior y movía ligeramente una cortina vieja. Sobre la mesa había una taza de porcelana cubierta de polvo.
Y junto a ella, una pequeña fotografía. Malena la tomó. En ella aparecían Emilia y Beatriz. Pero había una tercera persona: Ricardo. Los tres estaban frente a la casa, varios años antes de la desaparición.
Malena sintió que el misterio se hacía todavía más profundo. Ricardo no había sido simplemente un vecino que había visto algo desde el camino. Conocía a Emilia y a Beatriz mucho antes de aquella noche, y probablemente había estado involucrado en algo que ninguna de las dos le había contado.
Guardó la fotografía junto con la cinta y salió de la casa.
Cuando llegó al terreno que separaba ambas viviendas, se detuvo y miró hacia atrás.
Durante un instante tuvo la sensación de que alguien la observaba desde una de las ventanas superiores, pero esta vez no quiso comprobarlo.
Caminó rápidamente hacia su casa, cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella.
Beatriz dormía en su habitación y la casa permanecía en silencio, pero Malena ya no sentía aquel silencio como algo tranquilizador.
Ahora sabía que durante veinticinco años había vivido rodeada de personas que conocían una parte de su historia que ella misma había olvidado.
Subió a su habitación, dejó la fotografía sobre el escritorio y volvió a escuchar mentalmente las últimas palabras de Emilia.
No busques solamente a quien quiso hacerme daño.
Buscá a quienes tuvieron miedo de decir la verdad.
Aquella frase adquirió un significado diferente cuando recordó la reacción de Ricardo, las evasivas de Beatriz y el comportamiento de Tomás.
Quizá el secreto no estaba escondido en una sola persona, sino repartido entre varias, como una responsabilidad que cada uno había aceptado cargar para que nadie pudiera señalar al verdadero culpable.
Malena comprendió entonces que la noche de la desaparición de Emilia no había terminado cuando aquella mujer abandonó la casa, ni cuando el pueblo decidió aceptar una versión cómoda de los hechos, ni siquiera cuando ella fue enviada lejos y aprendió a vivir sin recordar.
Aquella noche seguía viva en todos ellos, esperando el momento en que alguien tuviera el valor suficiente para reconstruirla, y ahora que Malena había comenzado a hacerlo, comprendía que el verdadero peligro no era descubrir lo que había sucedido hacía veinticinco años, sino descubrir quiénes habían pasado todo ese tiempo asegurándose de que nadie lo recordara.