Chapter 7
Durante unos minutos después de escuchar la confesión de su madre, Malena permaneció inmóvil junto a la mesa de la cocina, incapaz de decidir qué debía hacer con todo aquello que acababa de descubrir.
Beatriz había admitido finalmente que había estado con ella aquella noche, pero la confesión, lejos de aclarar el pasado, había abierto una cantidad todavía mayor de preguntas.
Si su madre había estado allí, si Tomás también conocía una parte de lo ocurrido y si todos habían participado de alguna manera en la decisión de ocultar la presencia de Malena en la casa de Emilia, entonces la desaparición de aquella mujer no podía haber sido el resultado de una simple huida.
Había demasiadas personas que habían tenido algo que perder si la verdad salía a la luz.
Malena volvió a mirar la fotografía que permanecía sobre la mesa y sintió que, por primera vez, la adolescente que aparecía detrás de Emilia ya no le parecía una desconocida.
Era ella, y la expresión de su rostro no era la de una chica que estuviera visitando a una vecina por curiosidad. Parecía estar asustada.
Beatriz se levantó lentamente y recogió las fotografías. Sus manos seguían temblando.
—No sigas buscando —dijo.
Malena la miró con incredulidad.
—Después de todo lo que me acabás de contar, ¿querés que pare?
—Quiero que tengas cuidado.
—¿Con quién?
Beatriz no respondió.
—¿Con Marcelo?
Su madre bajó la mirada.
—Marcelo ya no está aquí.
—Eso no significa que no quede nadie que tenga algo que esconder.
Beatriz apretó las fotografías contra el pecho.
—No sabés lo que estás diciendo.
—Entonces ayudame a saberlo.
—No puedo.
—¿Por qué?
Beatriz la miró durante unos segundos y finalmente dijo algo que hizo que Malena sintiera un nuevo escalofrío.
—Porque todavía hay una parte de aquella noche que vos no recordás.
—¿Qué parte?
—La habitación de arriba.
Malena sintió que algo se movía dentro de su memoria.
—¿Qué habitación?
Beatriz negó lentamente con la cabeza.
—No importa.
—Acabás de decir que importa.
—Olvidalo.
Malena no insistió en ese momento. Conocía demasiado bien a su madre para saber que continuar presionándola solo conseguiría levantar otra barrera.
Sin embargo, aquella mención había quedado grabada en su cabeza.
Una habitación de arriba. No recordaba haber entrado nunca en el piso superior de la casa de Emilia, pero la sensación que había tenido la noche anterior, cuando había recordado una puerta entreabierta y una voz detrás de ella, empezaba a adquirir un significado diferente.
Tal vez aquella puerta pertenecía a esa habitación.
Esa misma tarde, después de que Beatriz se quedara dormida, Malena salió de la casa y caminó hasta el límite del terreno que separaba ambas propiedades.
El frío había endurecido la tierra y las ramas secas se quebraban bajo sus zapatos mientras avanzaba entre la vegetación.
La casa de los Bértola parecía todavía más deteriorada desde aquella distancia.
Parte del techo había perdido las tejas y las ventanas del piso inferior estaban cubiertas de polvo.
Sin embargo, la puerta principal continuaba cerrada y, contra todo sentido común, Malena sintió que al otro lado de aquella madera podía encontrar algo que había permanecido esperándola durante veinticinco años.
No tenía una llave. Al menos eso creía. Se quedó quieta frente a la entrada y recordó entonces el pequeño objeto que había encontrado entre sus pertenencias adolescentes.
Había estado tan concentrada en la fotografía que casi había olvidado la llave.
Regresó rápidamente a casa, subió a su habitación y abrió el cajón donde la había guardado.
Era pequeña, de metal oscuro y con una marca apenas visible en uno de los extremos.
Malena la había encontrado unos días antes dentro de la caja de sus cosas antiguas, sin recordar para qué servía.
Ahora la sostuvo entre los dedos y tuvo la certeza de que no era una coincidencia.
Volvió a la casa de Emilia cuando comenzaba a caer la tarde.
La llave entró en la cerradura de la puerta principal, pero no consiguió girar.
Probó de nuevo, moviéndola ligeramente, hasta que finalmente escuchó un pequeño chasquido.
La puerta se abrió unos centímetros y un olor denso a humedad, madera vieja y polvo salió desde el interior.
Malena permaneció en el umbral durante varios segundos, luchando contra el impulso de regresar a casa.
Sabía que estaba cruzando un límite que su madre le había pedido explícitamente que no cruzara, pero también sabía que llevaba demasiados días siguiendo las huellas de una historia que parecía conducir exactamente hasta allí.
Encendió la linterna del teléfono y entró.
El vestíbulo conservaba algunos muebles cubiertos con sábanas.
Había cuadros torcidos en las paredes y un reloj detenido sobre una pequeña mesa.
La casa parecía congelada en el tiempo, como si sus habitantes hubieran salido durante unos minutos y nunca hubieran regresado.
Malena avanzó lentamente por el pasillo.
Cada paso provocaba un crujido de la madera y hacía que el silencio pareciera más profundo.
Recordó entonces aquella sensación que había tenido durante la noche: pies descalzos sobre el suelo, una respiración agitada y una voz diciéndole que no mirara hacia el pasillo. El recuerdo era cada vez más intenso.
Subió las escaleras. En el segundo piso había tres habitaciones. La primera estaba vacía, con las paredes cubiertas de manchas de humedad. La segunda tenía algunos muebles antiguos y cajas amontonadas contra una pared. La tercera estaba cerrada.
Malena se detuvo frente a la puerta. La madera estaba oscurecida por el paso del tiempo y la cerradura parecía haber sido cambiada. Sacó la pequeña llave del bolsillo y la introdujo lentamente. Durante unos segundos no ocurrió nada. Después la cerradura cedió.
La puerta se abrió. El aire de aquella habitación era diferente.
Había un olor tenue a papel viejo y lavanda, un aroma que provocó en Malena una reacción inmediata.
Sin saber por qué, supo que había estado allí antes.
No era una suposición. Era una certeza corporal, profunda, anterior a cualquier pensamiento consciente.
La habitación estaba casi vacía, pero en una de las paredes había un escritorio antiguo y sobre él descansaba una pequeña grabadora de casete cubierta por una capa de polvo.
Malena se acercó. La grabadora tenía dos botones y una pequeña tapa transparente. Al lado había varias cintas apiladas dentro de una caja. Algunas llevaban fechas escritas a mano. Otras no tenían ninguna identificación.
Tomó la primera. La fecha correspondía a unos meses antes de la desaparición de Emilia.
Introdujo la cinta en la grabadora y presionó el botón.
Al principio solo se escuchó ruido. Después apareció una voz.
Era una mujer. Malena reconoció a Emilia.
La grabación estaba llena de interferencias, pero podía entender algunas palabras.
Emilia hablaba despacio, como si estuviera tratando de no ser escuchada.
—No puedo seguir haciendo esto. Si él descubre que ella viene, va a entenderlo todo.
Malena sintió que el cuerpo se le tensaba. La voz continuó.
—Le dije que no volviera sola, pero no me escucha. Tiene miedo y cree que nadie le va a creer.
Se escuchó un ruido al fondo. Emilia guardó silencio. Después la grabación continuó.
—Si algo me pasa, ella no tiene la culpa.
Malena cerró los ojos. La cinta siguió reproduciéndose durante varios segundos hasta que una segunda voz apareció. Era la voz de Beatriz. Malena abrió los ojos inmediatamente.
—No podés seguir viéndola —decía su madre.
—No voy a abandonarla.
—No sabés lo que puede pasar.
—Ya pasó.
—Emilia...
—No. Ya es demasiado tarde.
La grabación se interrumpió unos segundos. Malena se llevó una mano a la boca. No había duda. Las dos mujeres habían estado allí juntas. Habían hablado de una tercera persona y esa tercera persona parecía ser ella. La grabación continuó.
—Si Malena vuelve a venir —dijo Beatriz—, tenemos que detenerla.
Malena sintió que las piernas le fallaban. Se apoyó contra el escritorio y volvió a escuchar aquella frase. Malena. Su propio nombre pronunciado por su madre veinticinco años atrás dentro de aquella habitación.
La cinta terminó. Malena permaneció inmóvil.
Durante unos segundos solo escuchó su propia respiración.
Después miró alrededor de la habitación con una atención diferente.
Si la grabación había sido realizada allí, entonces Emilia había conservado deliberadamente una prueba de aquella conversación.
Tal vez había sabido que algún día alguien necesitaría encontrarla.
Tal vez había dejado las cintas para que la verdad sobreviviera incluso si ella desaparecía.
Malena comenzó a revisar los cajones del escritorio. Encontró fotografías, cartas y varios sobres cerrados. Algunos llevaban nombres. Otros contenían únicamente fechas. En uno de ellos apareció una fotografía de ella misma cuando tenía catorce años.
Malena la tomó con manos temblorosas. Estaba sentada en los escalones de la casa de Emilia junto a la mujer desaparecida. Pero había algo más. En el reverso de la fotografía había una frase escrita con tinta azul.
Ella todavía no sabe por qué está aquí.
Malena sintió un escalofrío que recorrió todo su cuerpo.
Volvió a mirar la fotografía. Recordó entonces algo que hasta ese momento había permanecido completamente oculto.
Recordó haber llorado aquella tarde. Recordó haberle preguntado a Emilia por qué su madre estaba tan asustada.
Recordó que Emilia había intentado tranquilizarla.
Y recordó también una frase que había desaparecido durante veinticinco años de su memoria, pero que ahora regresaba con una claridad insoportable.
—No tengas miedo, Malena. Tu mamá está intentando protegerte.
La voz de Emilia volvió a resonar dentro de su cabeza.
Malena dejó caer la fotografía sobre el escritorio.
En ese instante comprendió que no había llegado a aquella casa por casualidad.
Alguien la había llevado allí cuando era adolescente.
Alguien había permitido que escuchara conversaciones que nunca debió escuchar y alguien había decidido después borrar aquella parte de su memoria.
Volvió a mirar la grabadora. Había otra cinta dentro de la caja. No tenía fecha. Solo una palabra escrita sobre la etiqueta: Malena.
La tomó entre los dedos y permaneció unos segundos sin atreverse a reproducirla.
Afuera, el viento comenzó a golpear las ventanas de la casa y una rama seca arañó el cristal con un sonido lento y desagradable.
Malena comprendió que aquella cinta podía contener la respuesta que llevaba buscando desde que regresó al pueblo, pero también podía destruir la última versión de su pasado que todavía era capaz de sostener.
Aun así, introdujo la cinta en la grabadora, cerró la tapa y presionó el botón de reproducción, mientras en algún lugar del piso inferior una puerta se cerraba lentamente y los pasos de alguien comenzaban a subir por las escaleras.