Chapter 5
La fotografía permaneció sobre la mesa de la cocina durante casi una hora antes de que Malena se atreviera a volver a tocarla.
Había regresado de ver a Ricardo con una sensación de inquietud que no conseguía sacudirse, y cuando entró en la casa encontró a Beatriz dormida en el sofá, agotada por los medicamentos y por la tensión de los últimos días.
Tomás se había marchado poco antes, dejando sobre la mesa una nota breve en la que le pedía que no saliera sola aquella noche.
Malena había leído la advertencia con una mezcla de irritación y desconcierto, porque cuanto más intentaban protegerla de algo que nadie estaba dispuesto a explicar, más convencida estaba de que debía seguir buscando.
Sacó de su bolso la copia que Valentina le había entregado y la extendió bajo la luz amarillenta de la cocina.
La imagen parecía insignificante a primera vista, una vieja fotografía de la casa de los Bértola tomada desde el jardín, pero ahora Malena sabía que detrás de aquel cristal podía encontrarse una respuesta que llevaba veinticinco años esperando.
La observó durante varios minutos, ampliándola mentalmente hasta intentar distinguir los detalles que la calidad del papel no permitía ver con claridad.
Emilia aparecía sentada en los escalones de la entrada, con un vestido oscuro y una expresión seria, mientras detrás de ella se levantaba la fachada de la casa.
La fotografía había sido tomada desde cierta distancia y el encuadre incluía una parte del jardín, un árbol sin hojas y la ventana del segundo piso.
Allí estaba la figura que Valentina había señalado, apenas visible detrás del cristal.
Parecía una muchacha. La posición del cuerpo, la forma de inclinar la cabeza y la ropa oscura podían corresponder a cualquiera, pero Malena no conseguía apartar de su mente una certeza que todavía no sabía explicar.
Había algo en aquella figura que le resultaba familiar, no como una imagen vista recientemente, sino como una parte de su propia memoria que hubiese permanecido enterrada demasiado tiempo.
Se levantó, fue hasta el escritorio de su habitación y buscó entre las cajas antiguas hasta encontrar un álbum de fotografías familiares.
Lo abrió sobre la cama y comenzó a pasar las páginas hasta llegar a los años de su adolescencia.
Encontró una fotografía tomada durante un cumpleaños, otra durante unas vacaciones en la costa y varias imágenes escolares en las que aparecía con catorce y quince años.
En todas ellas tenía el cabello más largo que ahora y una expresión diferente, más abierta, menos vigilante.
Entonces encontró una fotografía tomada pocos meses antes de la desaparición de Emilia.
Malena aparecía junto a Tomás y a sus padres delante de la casa familiar.
Llevaba una campera oscura que reconoció inmediatamente.
La misma que aparecía en la figura de la ventana.
No podía ser una prueba definitiva, pero la coincidencia le provocó un malestar físico.
Recordó vagamente que aquella campera había desaparecido poco después de que cumpliera quince años.
Durante mucho tiempo había pensado que la había perdido, pero ahora comenzaba a preguntarse si realmente había ocurrido así.
Volvió a la cocina con el álbum bajo el brazo y colocó ambas fotografías una junto a otra.
La comparación era imperfecta, pero suficiente para inquietarla.
La ropa parecía coincidir y la longitud del cabello también.
Incluso la forma en que la muchacha permanecía junto a la ventana, con un hombro ligeramente adelantado, se parecía a la postura que Malena reconocía en algunas fotografías de aquella época.
Sin embargo, había algo todavía más perturbador.
En la imagen de Emilia, la ventana estaba abierta desde dentro y la muchacha parecía estar mirando directamente hacia el jardín, como si supiera que alguien la estaba fotografiando.
Malena sintió un escalofrío al pensar que, si realmente era ella, debía de haber sabido que aquella fotografía existía.
¿Por qué habría estado allí? ¿Por qué nadie se lo había contado?
¿Y por qué había escrito en su propia libreta una advertencia para no acercarse a aquella casa si, según la versión familiar, apenas tenía relación con Emilia?
Beatriz se despertó poco después. Malena escuchó sus pasos lentos por el pasillo y vio cómo aparecía en la puerta de la cocina.
Su madre llevaba una bata gris y tenía el rostro pálido, pero lo que llamó la atención de Malena fue la expresión que adoptó al ver las fotografías sobre la mesa.
No preguntó qué eran. No fingió no reconocerlas.
Simplemente se quedó quieta, mirando la imagen de la casa de los Bértola con una mezcla de miedo y resignación que confirmó todas las sospechas de su hija.
—¿Dónde encontraste eso? —preguntó.
—Me lo dio Valentina.
Beatriz se acercó lentamente a la mesa.
—No deberías tenerlo.
—¿Por qué?
—Porque esa fotografía no debía conservarse.
Malena sintió que la respiración se le hacía más lenta.
—¿Qué significa eso?
Beatriz tomó la fotografía entre los dedos, pero no llegó a levantarla.
—Significa que algunas cosas desaparecieron por una razón.
—¿Quién hizo desaparecer la fotografía?
—No lo sé.
—Mamá.
Beatriz levantó la mirada.
—No me hagas esto.
—¿Esto qué?
—Obligarme a volver a una época que pasé veinticinco años intentando olvidar.
Malena permaneció en silencio durante unos segundos.
Aquella frase tenía un peso diferente de todas las anteriores.
Hasta entonces había pensado que su madre ocultaba información para proteger a alguien.
Ahora comprendía que quizá también estaba intentando protegerse a sí misma de algo que había ocurrido aquella noche.
—Yo estaba allí —dijo Malena.
Beatriz cerró los ojos.
—No.
—La fotografía demuestra que estuve en esa casa.
—No demuestra nada.
—La ropa es mía.
—Podría ser cualquier chica.
—¿Cuántas chicas de catorce años llevaban mi campera en este pueblo?
Beatriz no contestó.
Malena se inclinó sobre la mesa.
—Decime qué pasó.
Su madre comenzó a llorar en silencio.
—No puedo.
—Sí podés.
—No sabés lo que estás pidiendo.
—Quiero saber qué me pasó a mí.
Aquella última frase hizo que Beatriz levantara la cabeza. Durante varios segundos ambas permanecieron mirándose. Finalmente, Beatriz se sentó y apoyó las manos sobre la mesa.
—Vos no entendés lo que significa recordar algo que tu cabeza decidió olvidar.
—¿Mi cabeza lo olvidó o alguien consiguió que lo olvidara?
Beatriz no respondió.
Malena comprendió entonces que había tocado el punto exacto que su madre llevaba años evitando.
—¿Qué pasó esa noche?
Beatriz negó lentamente con la cabeza.
—Todavía no.
—¿Cuándo?
—Cuando estés preparada.
—Tengo treinta y nueve años.
—Eso no significa que estés preparada.
La conversación terminó allí. Beatriz regresó a su habitación y cerró la puerta, dejando a Malena sola frente a las fotografías.
Durante unos minutos permaneció inmóvil, intentando controlar la mezcla de rabia y miedo que le recorría el cuerpo.
Después tomó nuevamente la imagen de Emilia y la acercó a la lámpara.
Había algo más que no había visto antes.
En uno de los laterales del jardín, parcialmente oculto por un árbol, aparecía una segunda persona.
Solo podía distinguirse una parte del cuerpo, pero parecía tratarse de un hombre.
Estaba situado detrás de la casa, cerca del camino que conducía hacia los campos.
Malena llamó inmediatamente a Valentina.
—Necesito que vengas.
—¿Qué encontraste?
—Hay alguien más en la fotografía.
Valentina llegó media hora después. Las dos se sentaron frente a la mesa y examinaron la imagen con una lupa que Valentina llevaba en su bolso.
La fotografía estaba deteriorada y los detalles se perdían fácilmente, pero después de varios minutos consiguieron distinguir algo que hasta entonces había pasado inadvertido.
—Es un hombre —dijo Valentina.
—¿Podría ser Marcelo?
—Podría.
—¿Cómo lo sabemos?
Valentina sacó de su carpeta una fotografía antigua de Marcelo Bértola. Las dos imágenes no tenían suficiente calidad para realizar una comparación definitiva, pero había ciertas semejanzas en la complexión y en la forma de caminar. Valentina señaló entonces la posición del hombre.
—No está mirando a Emilia.
—¿A quién mira?
—A la ventana.
Malena volvió a observar la fotografía.
El hombre estaba orientado hacia la casa, pero su cabeza parecía ligeramente levantada.
—Está mirando a la chica.
Valentina asintió.
—Eso parece.
Malena sintió que una idea comenzaba a tomar forma.
—Si yo estaba allí y él estaba allí, entonces alguien más sabía que estaba en la casa.
—Sí.
—Y si mi madre sabía que estaba allí...
—Entonces probablemente no fuiste allí por casualidad.
La frase de Valentina dejó a Malena en silencio.
No recordaba haber tenido ninguna razón para visitar a Emilia.
Sin embargo, cuanto más miraba la fotografía, más difícil le resultaba aceptar que aquella presencia hubiera sido accidental.
Una muchacha de catorce años no aparece detrás de una ventana de una casa ajena el día anterior a la desaparición de una mujer sin que exista una historia detrás.
Había algo que todos habían decidido ocultar, y ahora empezaba a sospechar que ella misma había formado parte de esa historia desde el principio.
Esa noche volvió a acostarse tarde. Beatriz dormía en la habitación contigua y Tomás había llamado dos veces para preguntarle si todo estaba bien.
Malena le había respondido que sí, aunque sabía perfectamente que era mentira.
Antes de apagar la luz volvió a mirar la fotografía que había dejado sobre la mesita de noche.
Había pensado que quizá, si la observaba el tiempo suficiente, conseguiría recordar.
Y ocurrió algo inesperado. No recuperó una escena completa, sino una sensación concreta: el frío de un suelo de madera bajo sus pies descalzos, una respiración agitada detrás de una puerta y la voz de Emilia diciéndole que no mirara hacia el pasillo.
Después apareció otra imagen, mucho más breve, en la que una mano adulta sujetaba con fuerza su brazo mientras alguien discutía en otra habitación.
Malena abrió los ojos de golpe. La habitación estaba completamente oscura.
Durante unos segundos no supo dónde se encontraba.
Después volvió a reconocer el techo, la ventana y los muebles de su infancia.
Se incorporó lentamente y miró hacia la casa de los Bértola.
Esta vez no había ninguna luz. Todo permanecía inmóvil bajo la oscuridad del campo.
Sin embargo, aquella memoria ya no podía desaparecer.
Malena sabía ahora que había estado allí.
Lo que todavía ignoraba era por qué Emilia la había dejado entrar y qué había sucedido después de aquella fotografía, pero por primera vez desde su regreso comprendió que el verdadero misterio no consistía únicamente en descubrir qué había ocurrido con Emilia Bértola.
El misterio era descubrir qué había hecho ella aquella noche, qué había visto con catorce años y qué había sido necesario borrar de su memoria para que pudiera continuar viviendo durante los siguientes veinticinco años sin recordar que una parte de su pasado seguía encerrada en aquella casa abandonada frente a la suya.