Chapter 4
Durante los días siguientes, el nombre de Emilia Bértola comenzó a ocupar en la cabeza de Malena un espacio que ya no podía desalojar.
Hasta entonces había sido simplemente el nombre de una mujer desaparecida hacía veinticinco años, una figura borrosa de su adolescencia que pertenecía a una época que creía completamente cerrada.
Ahora, en cambio, cada detalle parecía conducir inevitablemente hacia ella.
La frase encontrada en la libreta, las advertencias de Beatriz, la reacción de Tomás y las palabras de Valentina habían construido una especie de camino invisible que Malena no había elegido recorrer, pero del que tampoco podía apartarse.
Había pasado la noche anterior intentando recordar por qué una adolescente de catorce años había sentido la necesidad de advertirse a sí misma que jamás debía acercarse a aquella casa, pero cuanto más buscaba en su memoria, más encontraba únicamente fragmentos inconexos.
No eran recuerdos completos, sino sensaciones que aparecían durante unos segundos y desaparecían antes de que pudiera atraparlas: una habitación iluminada por una lámpara amarillenta, el olor de la humedad, el ruido de un vaso al romperse y una voz femenina que parecía hablarle desde una distancia imposible.
Aquella mañana decidió volver a ver a Valentina.
La periodista había aceptado ayudarla a revisar los documentos antiguos, aunque le había advertido que no esperaba encontrar respuestas sencillas.
Su oficina estaba situada detrás del pequeño edificio donde todavía funcionaba el periódico local, un lugar estrecho y desordenado en el que se acumulaban cajas con ejemplares de décadas anteriores.
Cuando Malena entró, encontró a Valentina revisando una carpeta amarillenta sobre la mesa.
Levantó la vista y sonrió con una expresión que mezclaba cansancio y curiosidad, como si hubiera pasado buena parte de la noche pensando en la misma historia.
—Encontré algo más —dijo antes de que Malena pudiera preguntarle nada.
Sobre la mesa había varios recortes de periódicos y una fotografía antigua. Malena se acercó lentamente.
—¿Qué es?
—Una de las primeras fotografías que se hicieron de la casa después de la desaparición.
La imagen mostraba la vivienda de los Bértola desde el camino.
Era invierno y el jardín aparecía cubierto de hojas húmedas.
La fachada parecía exactamente igual que en la actualidad, aunque en aquel entonces las ventanas estaban intactas y la pintura todavía conservaba parte de su antiguo color.
Emilia aparecía sentada en los escalones de la entrada, mirando hacia un punto situado fuera del encuadre.
Detrás de ella se distinguía una ventana del piso superior.
—Esta fotografía no se publicó —explicó Valentina—. La encontré entre los negativos que guardaba el fotógrafo que trabajaba para el diario.
Malena tomó la fotografía con cuidado.
—¿Por qué?
—Porque nadie consideró que tuviera importancia.
—¿Y ahora sí?
Valentina señaló la ventana del segundo piso.
—Mirá.
Malena acercó la fotografía a la luz.
Al principio solo vio el reflejo del cielo sobre el cristal. Después distinguió una forma oscura detrás de la ventana. Parecía una persona, aunque el rostro quedaba oculto por la sombra.
—¿Quién es?
—No lo sé.
Malena sintió un escalofrío.
—¿Podría ser Emilia?
—No.
—¿Cómo lo sabés?
—Porque Emilia está sentada afuera.
Malena volvió a mirar la fotografía. La silueta parecía demasiado pequeña para tratarse de un adulto.
—¿Una chica?
Valentina asintió.
—Eso pensé.
Malena sintió que el estómago se le cerraba.
—¿Qué edad?
—No puedo saberlo.
—¿Y nadie investigó quién estaba dentro?
—No.
Valentina abrió otra carpeta.
—Pero encontré una anotación del fotógrafo.
Le entregó una hoja. En ella aparecía una frase escrita a mano: La mujer dijo que no estaba sola. Malena levantó lentamente la mirada.
—¿Emilia dijo eso?
—Eso parece.
—¿Cuándo?
—El día que se tomó la fotografía.
Durante varios segundos ninguna de las dos habló. Malena volvió a mirar la figura detrás de la ventana y tuvo la sensación de estar observando algo que su propia memoria reconocía aunque ella no pudiera hacerlo conscientemente.
—Quiero saber quién era esa chica —dijo.
—Entonces tendremos que reconstruir las últimas semanas de Emilia.
Valentina extendió sobre la mesa varios documentos.
Había notas policiales, testimonios de vecinos, copias de cartas y pequeños apuntes que nunca habían llegado a publicarse.
La investigación oficial había sido sorprendentemente superficial.
No existían registros detallados de cada movimiento de Emilia durante los días anteriores a su desaparición.
Algunas declaraciones se contradecían entre sí y otras habían sido tomadas semanas después, cuando los recuerdos de los testigos ya podían haberse contaminado con rumores.
Uno de los nombres que aparecía repetidamente era el de su marido, Marcelo Bértola.
Según la versión oficial, la relación entre ambos atravesaba una crisis profunda.
Emilia había hablado varias veces de marcharse y había comenzado a guardar algunas pertenencias en una habitación del piso superior.
Marcelo aseguró que la noche de la desaparición había salido a visitar a un amigo y que, cuando regresó, Emilia ya no estaba.
La puerta principal no estaba cerrada con llave y algunas prendas habían desaparecido del armario.
Aquello había sido suficiente para que la policía considerara probable que se hubiera marchado voluntariamente.
—¿Y qué pasó con Marcelo? —preguntó Malena.
—Se fue del pueblo unos meses después.
—¿Adónde?
—A Córdoba primero. Después nadie supo demasiado de él.
—¿Nunca volvió?
—Que yo sepa, no.
Malena dejó la fotografía sobre la mesa.
—¿Qué clase de persona era?
Valentina tardó unos segundos en responder.
—Eso depende de a quién preguntes.
—¿Y vos?
—Creo que era un hombre que sabía convencer a los demás de que las cosas eran exactamente como él decía.
Aquella frase quedó suspendida entre ellas.
Malena recordó entonces la manera en que Beatriz había hablado de Emilia, como si la mujer hubiera sido responsable de sus propios problemas.
Recordó también la reacción de Tomás cuando había mencionado la casa y la forma en que ambos habían evitado responder a una pregunta muy sencilla: qué había sucedido realmente aquella noche.
Antes de marcharse, Valentina le entregó una copia de varios documentos.
—Llevátelos.
—¿Por qué?
—Porque si tu madre no quiere hablar, quizá estos papeles te permitan recordar algo.
Malena guardó los documentos en el bolso.
—¿Vos creés que yo estuve allí?
Valentina la miró durante unos segundos.
—Creo que Emilia conocía a una chica que iba a verla. Creo que tu madre sabía quién era. Y creo que vos misma acabás de encontrar una prueba de que tenías algún vínculo con esa casa.
—Eso no demuestra que fuera yo.
—No.
—Entonces no digas que era yo.
Valentina bajó la voz.
—No necesito decirlo, Malena. Creo que vos ya lo sabés.
Al salir del periódico, Malena caminó sin rumbo durante varios minutos.
El pueblo seguía funcionando con la normalidad de cualquier mañana.
Había gente entrando en los comercios, niños cruzando la plaza camino de la escuela y vecinos conversando delante de las casas.
Aquella normalidad le produjo una sensación extraña.
Durante veinticinco años todos habían vivido allí como si nada extraordinario hubiera ocurrido.
Emilia había desaparecido, su casa había quedado abandonada y el tiempo había cubierto la historia con capas de rumores, pero debajo de todo aquello parecía existir una verdad que nadie había querido tocar.
Al pasar junto a la plaza vio a Ricardo Ledesma sentado solo en un banco.
Lo reconoció inmediatamente. Era algunos años mayor que su padre y había vivido siempre en el extremo del pueblo, cerca del camino rural que llevaba hacia los campos.
Recordaba haberlo visto muchas veces durante su infancia, aunque entonces apenas le prestaba atención.
Ahora, después de haber escuchado su nombre en boca de Valentina, sintió la necesidad de acercarse.
—Don Ricardo.
El hombre levantó la mirada.
—Malena Ferreyra.
—¿Se acuerda de mí?
—De vos y de tu hermano.
Malena se sentó a su lado.
Durante unos instantes hablaron de cosas insignificantes, del invierno, del estado de salud de Beatriz y de lo cambiado que estaba el pueblo. Finalmente Malena decidió preguntarle directamente por Emilia.
Ricardo dejó de sonreír.
—Hace mucho que nadie me pregunta por eso.
—Yo necesito saber qué pasó.
—No sé si necesitás saberlo.
—Todos me dicen lo mismo.
Ricardo observó la plaza.
—Porque algunas cosas se quedan mejor donde están.
—¿Usted cree que Emilia se fue?
El hombre tardó en contestar.
—No.
La respuesta fue tan directa que Malena sintió un estremecimiento.
—Entonces, ¿qué cree que pasó?
Ricardo bajó la voz.
—La vi aquella noche.
Malena giró hacia él.
—¿A Emilia?
—Sí.
—¿Dónde?
—En el camino que sale detrás de su casa.
—¿A qué hora?
—Pasadas las tres.
Malena sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza.
—¿La policía sabía eso?
Ricardo apretó los labios.
—Les dije que había visto a alguien.
—¿A alguien?
—No estaba sola.
Malena se quedó inmóvil.
—¿Con quién estaba?
Ricardo miró hacia ella.
—No lo sé.
—¿Era un hombre?
—No.
—¿Una mujer?
El anciano asintió lentamente.
—Una mujer joven.
Malena sintió que todo lo que había escuchado durante los últimos días comenzaba a encajar de una manera que todavía no podía aceptar.
—¿La conocía?
—No pude verle bien la cara.
—¿Pero era joven?
—Sí.
—¿Qué llevaba puesto?
Ricardo frunció el ceño, tratando de recuperar un recuerdo demasiado antiguo.
—Algo oscuro. Una campera. El pelo suelto.
Malena bajó la mirada hacia sus manos. Por alguna razón, aquella descripción le produjo una sensación de reconocimiento tan intensa que tuvo que respirar profundamente para contener el temblor que comenzaba a recorrerle los dedos.
—¿Hacia dónde iban?
—Hacia la ruta.
—¿Emilia parecía asustada?
Ricardo permaneció en silencio.
—Sí.
Malena lo miró esperando que continuara.
—Pero no de la chica.
Aquella última frase cambió algo dentro de ella.
—¿De quién tenía miedo?
Ricardo no respondió. Se levantó lentamente del banco y se quedó mirando hacia la calle.
—No vuelvas a esa casa —dijo.
—Necesito saber qué pasó.
—No.
—¿Por qué?
Ricardo la observó con una expresión que Malena no había visto nunca en el rostro de un adulto de su infancia. Era miedo.
—Porque algunas personas pasaron veinticinco años asegurándose de que nadie volviera a hacer esa pregunta.
Antes de que Malena pudiera responder, Ricardo se alejó por la plaza.
Ella permaneció sentada, intentando asimilar lo que acababa de escuchar.
Una mujer joven había estado con Emilia aquella noche.
Emilia no parecía tenerle miedo. Y, según Ricardo, ambas se dirigían hacia la ruta poco después de las tres de la madrugada.
Era una información que contradecía prácticamente todo lo que se había contado durante años, pero había algo todavía más inquietante: la hora coincidía con el momento en que Malena había escuchado los tres golpes desde su habitación la primera noche de su regreso.
Volvió a casa al caer la tarde y encontró a Beatriz dormida en el sofá.
Tomás debía de haberse marchado hacía poco porque había una taza de café todavía caliente sobre la mesa.
Malena no quiso despertarla. Subió a su habitación, cerró la puerta y sacó nuevamente la libreta azul.
La frase seguía allí, escrita con la letra de una muchacha que ya no reconocía del todo como propia.
La leyó varias veces y luego buscó entre las páginas anteriores alguna referencia a Emilia.
No encontró su nombre, pero sí descubrió varias páginas arrancadas y una pequeña mancha de tinta sobre el papel.
Entonces recordó algo que no había pensado antes: la noche de la desaparición de Emilia había sido la última vez que ella había dormido en aquella casa durante una semana entera.
Después, según lo que siempre le habían contado, había pasado varios días en casa de una amiga porque Beatriz estaba enferma.
Nunca había cuestionado aquella explicación.
Ahora ya no podía hacerlo. Se acercó a la ventana y miró hacia la casa de los Bértola.
El cielo comenzaba a oscurecerse y una neblina baja se extendía sobre los campos.
Durante unos segundos no ocurrió nada. Después, justo cuando estaba a punto de cerrar las cortinas, creyó distinguir una pequeña luz detrás de una ventana del segundo piso.
No era intensa, apenas un resplandor amarillento que desapareció casi inmediatamente.
Malena permaneció observando la casa, convencida de que debía tratarse de una ilusión provocada por la oscuridad, pero entonces escuchó algo que le hizo contener la respiración: un golpe seco, seguido de otro y después de un tercero, procedentes del otro lado del terreno.
No eran golpes fuertes, pero sí deliberados, espaciados exactamente de la misma manera que la noche anterior.
Malena sintió que el miedo regresaba acompañado de una certeza que ya no podía negar: alguien, o algo, estaba intentando llamar su atención desde aquella casa, y cuanto más se acercaba al pasado, más evidente resultaba que Emilia Bértola no había desaparecido simplemente de aquel pueblo.
Había desaparecido de la vida de todos los que conocían la verdad, y durante veinticinco años habían conseguido mantener ese silencio intacto; ahora, sin embargo, Malena había regresado, y por primera vez comenzaba a comprender que quizá el silencio no había estado protegiéndolos a ellos, sino esperando el momento en que alguien volviera para romperlo.