Chapter 3
Malena despertó poco antes de las siete de la mañana, aunque durante unos segundos no supo dónde estaba.
El techo blanco de su antigua habitación apareció ante sus ojos con una familiaridad extraña, como una imagen recuperada de un sueño que todavía no había terminado de desaparecer.
Permaneció inmóvil bajo las mantas, escuchando los ruidos apagados de la casa, hasta que recordó la noche anterior y entonces volvió a sentir aquella presión desagradable en el pecho.
Los tres golpes. La ventana abierta en la casa de enfrente.
La figura que creyó haber visto detrás del cristal.
Y, sobre todo, aquella voz pronunciando su nombre con una claridad que todavía podía reproducir dentro de su cabeza.
Había intentado convencerse de que se trataba de una confusión provocada por el cansancio, por el frío o por la sugestión que le producía haber regresado después de tantos años, pero ninguna de aquellas explicaciones conseguía borrar la sensación de que alguien había estado allí, al otro lado de la calle, esperando que ella volviera a mirar.
Se levantó lentamente y abrió las cortinas.
La mañana había cubierto el pueblo con una luz gris y húmeda que hacía parecer más lejanas las casas y más desnudos los árboles.
Desde aquella ventana había contemplado el mismo paisaje durante buena parte de su infancia, aunque entonces todo le había parecido mucho más grande.
El campo que se extendía detrás de la casa de los Bértola había sido para ella un territorio interminable, un lugar donde los niños podían perderse durante una tarde entera sin que nadie se preocupara demasiado.
Ahora apenas veía unas hectáreas de terreno abandonado, cubiertas de hierbas altas, ramas secas y arbustos que habían crecido sin control alrededor de la antigua vivienda.
La casa seguía allí, exactamente en el lugar donde la recordaba, pero parecía haber envejecido mucho más que el resto del pueblo.
Las paredes exteriores estaban oscurecidas por la humedad, las persianas permanecían cerradas y parte de la vegetación había trepado por la fachada hasta alcanzar las ventanas del segundo piso.
Malena fijó la mirada precisamente en aquella ventana que había visto abierta durante la madrugada. Ahora estaba cerrada.
En la cocina preparó café y permaneció varios minutos apoyada contra la mesada, contemplando el vapor que ascendía de la taza.
Había algo en aquella casa que despertaba recuerdos que no conseguía convertir todavía en imágenes completas.
No eran recuerdos convencionales, sino pequeñas sensaciones sin contexto: el olor húmedo de una habitación, una puerta que se cerraba con violencia, una voz femenina hablando demasiado deprisa, el roce de unas ramas contra una ventana y una mano apoyada sobre su hombro.
Intentó seguir aquellas impresiones, pero cuanto más esfuerzo hacía por reconstruirlas, más rápidamente se desvanecían.
Había pasado muchos años convencida de que su adolescencia no escondía nada extraordinario.
Ahora empezaba a preguntarse si el problema no estaba precisamente en aquello que había olvidado.
El teléfono sonó cuando acababa de servirse otra taza de café.
Era Tomás. Su hermano hablaba desde el hospital y le informó de que los médicos estaban satisfechos con la evolución de Beatriz.
Si todo continuaba así, probablemente recibiría el alta aquella misma tarde.
Malena escuchó las indicaciones de su hermano sin interrumpirlo, aunque percibió rápidamente que había algo que Tomás quería decirle y no se atrevía a hacerlo.
Cuando finalmente mencionó que había pasado por la casa aquella mañana y había visto las luces encendidas, Malena aprovechó para preguntarle si recordaba algo de Emilia Bértola. Hubo un silencio demasiado largo.
—¿Por qué preguntás eso ahora? —respondió Tomás.
—Porque anoche escuché golpes en su casa.
—Esa casa está abandonada.
—Lo sé.
—Entonces habrás escuchado otra cosa.
—También escuché que alguien dijo mi nombre.
Tomás no respondió. Malena cerró los ojos.
—Tomás.
—No te metas ahí.
—¿Qué significa eso?
—Significa exactamente lo que te estoy diciendo.
La conversación terminó pocos minutos después, pero la advertencia de su hermano permaneció en su cabeza durante el resto de la mañana.
Tomás nunca había sido especialmente protector con ella.
Al contrario, durante los últimos años de su adolescencia habían mantenido una relación difícil, marcada por discusiones y silencios que después se prolongaron durante años.
Sin embargo, Malena recordaba perfectamente que había habido un período en el que su hermano parecía vigilar constantemente dónde estaba, con quién hablaba y cuánto tiempo permanecía fuera de casa.
Había atribuido aquella conducta a una preocupación exagerada de un hermano mayor, pero ahora empezaba a preguntarse si había existido otra razón.
Llegó al hospital cerca del mediodía. Beatriz estaba sentada junto a la ventana, vestida con la ropa que Tomás le había llevado de casa.
El accidente había sido serio, aunque los médicos insistían en que no había lesiones que requirieran una hospitalización prolongada.
Cuando Malena entró, su madre la recibió con una sonrisa cansada que desapareció casi inmediatamente al notar la expresión de su hija.
—¿Qué pasa?
Malena se sentó frente a ella.
—Quiero preguntarte algo.
Beatriz bajó la mirada hacia sus manos.
—¿Sobre qué?
—Sobre Emilia.
Su madre se quedó inmóvil.
—Otra vez con eso.
—No es otra vez. Es la primera vez que hablamos realmente de ella.
—No hay nada que hablar.
—Desapareció.
—Hace veinticinco años.
—Precisamente.
Beatriz levantó los ojos.
—Hay cosas que es mejor dejar atrás.
—¿Como qué?
—Como las personas que decidieron marcharse.
Malena sintió un escalofrío.
—¿Vos creés que Emilia se fue?
Beatriz tardó unos segundos en responder.
—Eso dijeron.
—No te pregunté qué dijeron.
El rostro de su madre se endureció.
—No sé qué querés que te diga.
—La verdad.
—La verdad no siempre cambia lo que pasó.
—Pero cambia lo que uno cree que pasó.
Beatriz se quedó en silencio. Malena observó sus manos y reparó en algo que hasta entonces no había visto. Su madre estaba apretando los dedos con tanta fuerza que los nudillos se habían puesto blancos.
—¿Vos conocías bien a Emilia?
—Era una vecina.
—Eso no es una respuesta.
—Era una mujer con problemas.
—¿Qué problemas?
Beatriz respiró profundamente.
—Problemas con su marido. Problemas consigo misma. Problemas que fueron empeorando con los años.
—Valentina me dijo que Emilia había ido al diario poco antes de desaparecer.
La reacción de Beatriz fue inmediata.
—¿Hablaste con Valentina?
—Sí.
—No deberías hacerlo.
—¿Por qué?
—Porque Valentina siempre quiso encontrar una historia donde no la había.
Malena la observó durante varios segundos.
—¿Qué historia quería encontrar?
Beatriz no respondió.
Fue entonces cuando Malena comprendió que su madre no estaba simplemente intentando evitar un recuerdo doloroso. Estaba evitando una conversación concreta. Había algo que sabía y que no quería decir.
Cuando salió del hospital, decidió buscar a Valentina.
La encontró en un pequeño bar cercano a la plaza, sentada junto a una ventana con un cuaderno abierto delante.
Valentina Soria había cambiado mucho desde la adolescencia, aunque Malena reconoció enseguida aquella mirada inquieta que siempre había tenido cuando estaba convencida de haber descubierto algo.
Llevaba el cabello oscuro recogido de cualquier manera y tenía varios papeles extendidos sobre la mesa.
Al verla acercarse, cerró el cuaderno y sonrió.
—Sabía que ibas a venir.
—¿Cómo?
—Porque te conozco.
Malena se sentó frente a ella.
—Quiero saber qué pasó con Emilia.
Valentina no pareció sorprendida.
—Entonces vas a tener que aceptar que algunas respuestas no te van a gustar.
—No estoy buscando que me gusten.
Valentina tomó un sorbo de café antes de comenzar.
—Emilia Bértola desapareció una noche de junio.
La policía investigó durante unas semanas y después dejó de hacerlo con intensidad.
No encontraron el cuerpo, pero tampoco encontraron señales suficientes para demostrar que había sido asesinada.
Su marido dijo que ella llevaba meses hablando de marcharse y que tenía problemas psicológicos.
La versión terminó instalándose en el pueblo porque era la explicación más cómoda.
—¿Y vos no la creíste?
—No.
—¿Por qué?
Valentina abrió su bolso y sacó una carpeta pequeña.
—Porque Emilia vino a verme dos semanas antes de desaparecer.
Malena la miró fijamente.
—¿A vos?
—Al diario. Yo trabajaba allí como redactora. Era joven, pero ya me ocupaba de algunas noticias locales. Emilia quería que alguien escuchara lo que estaba pasando.
—¿Qué estaba pasando?
—Decía que alguien entraba en su casa.
Malena sintió que algo dentro de ella se tensaba.
—¿Qué quería decir?
—Que encontraba objetos movidos, puertas abiertas y ventanas que había dejado cerradas. También decía que escuchaba pasos durante la noche.
—¿Pensaba que alguien quería hacerle daño?
—No exactamente. Eso era lo extraño. Emilia estaba convencida de que alguien quería advertirle de algo.
Malena permaneció en silencio. Valentina continuó hablando.
—Me dijo una cosa que entonces no entendí.
—¿Qué?
—Que había una chica que iba a verla.
Malena sintió que el ruido del bar parecía alejarse.
—¿Qué chica?
—No lo sabía. O no quiso decírmelo.
—¿Era joven?
—Sí.
—¿Cuánto?
—Adolescente, según Emilia.
Malena bajó lentamente la mirada.
—¿Dijo su nombre?
Valentina negó con la cabeza.
—No. Solo dijo que esa chica tenía miedo de su propia casa.
La frase permaneció entre las dos durante unos segundos.
—¿Qué más te dijo?
Valentina sacó una hoja de la carpeta.
—Que si algo le ocurría, no debíamos creer la primera versión que escucháramos.
Malena sintió que la piel de sus brazos se erizaba.
—¿Por qué nunca publicaste eso?
Valentina sonrió con tristeza.
—Porque no tenía pruebas. Y porque, cuando Emilia desapareció, todo cambió.
Su marido negó haber tenido problemas con ella.
Los vecinos dejaron de hablar. La policía dijo que no había nada sospechoso.
Incluso algunas personas empezaron a decir que Emilia estaba desequilibrada y que seguramente había decidido desaparecer por voluntad propia.
—¿Y mi madre?
Valentina la miró directamente.
—Tu madre era una de las pocas personas que entraban regularmente en esa casa.
Malena sintió un vacío en el estómago.
—¿Por qué?
—No lo sé.
—¿Nunca preguntaste?
—Sí. Pero Beatriz nunca quiso hablar conmigo de eso.
Cuando regresó a casa aquella tarde, Malena llevaba en la cabeza demasiadas preguntas y ninguna respuesta.
El cielo había comenzado a oscurecer antes de tiempo y una llovizna fina cubría los caminos de tierra que rodeaban la vivienda.
Encendió la luz de la cocina, dejó el bolso sobre una silla y permaneció un largo rato junto a la ventana observando la casa de los Bértola.
La oscuridad hacía que pareciera todavía más cercana, como si la distancia entre ambas viviendas se hubiera reducido durante las horas que había pasado fuera.
Por un instante creyó distinguir movimiento detrás de una de las ventanas, pero no pudo saber si era una persona o simplemente una rama agitándose contra el cristal.
Subió a su habitación después de cenar y comenzó a abrir los cajones del viejo escritorio.
No sabía exactamente qué buscaba. Tal vez fotografías, cartas, algún objeto que pudiera despertar un recuerdo.
Encontró cuadernos escolares, entradas de cine, una pulsera rota, fotografías de compañeros de clase y varias hojas dobladas que ya no recordaba haber conservado.
Cuando abrió el último cajón, descubrió una pequeña libreta de tapas azules que reconoció inmediatamente.
La había utilizado durante su adolescencia para escribir cosas que no quería contarle a nadie.
Se sentó sobre la cama y comenzó a pasar las páginas.
La mayoría estaban llenas de anotaciones sin importancia, nombres de compañeros, canciones, pequeñas discusiones familiares y frases que pertenecían a una adolescente convencida de que sus problemas eran enormes.
Algunas páginas estaban arrancadas. Otras habían sido cubiertas con tinta negra hasta hacer imposible leer lo que había debajo.
Malena pasó los dedos por aquellas manchas y sintió una incomodidad creciente.
Continuó avanzando hasta llegar a las últimas páginas.
Allí encontró una frase escrita con su propia letra.
Si alguna vez vuelvo, no debo acercarme a la casa de Emilia.
Malena permaneció inmóvil durante varios segundos. Volvió a leerla. Después levantó la mirada hacia la ventana. La casa de los Bértola permanecía oscura al otro lado del terreno.
No recordaba haber escrito aquello. No recordaba por qué había querido advertirse a sí misma sobre aquella casa, ni qué había ocurrido para que una adolescente dejara una frase semejante escondida dentro de una libreta.
Sin embargo, mientras permanecía sentada en silencio, una imagen comenzó a surgir lentamente en su memoria: una puerta entreabierta, una luz amarilla al otro lado del pasillo y una voz de mujer que pronunciaba su nombre con una urgencia que todavía no podía comprender.
La imagen desapareció casi inmediatamente, pero dejó detrás una sensación tan intensa que Malena tuvo que cerrar la libreta y apretarla contra el pecho.
Ya no podía seguir diciéndose que su regreso al pueblo había sido simplemente una consecuencia del accidente de Beatriz, porque cuanto más buscaba en el pasado, más evidente resultaba que aquel pasado también la estaba buscando a ella.
Afuera, la noche volvió a extenderse sobre los campos y la vieja casa de Emilia quedó recortada contra el cielo oscuro, inmóvil y silenciosa, como si llevara veinticinco años esperando exactamente aquel momento para volver a abrir una puerta que nadie había querido mirar.