Chapter 2 #2
Tomás llegó poco después de las siete. Su hermano tenía cuarenta y dos años y conservaba el mismo cabello oscuro que recordaba de su juventud, aunque ahora comenzaba a clarear en las sienes.
Había ganado peso y tenía los hombros más anchos, pero seguía existiendo en sus gestos algo del muchacho que había conocido.
Se abrazaron durante unos segundos al encontrarse en el recibidor y después se separaron con una torpeza que ninguno de los dos intentó disimular.
Entre ellos no había una enemistad abierta, sino una distancia construida poco a poco a lo largo de los años, alimentada por conversaciones que nunca tuvieron y por asuntos familiares que ambos habían aprendido a evitar.
Tomás le explicó que Beatriz estaba estable, que los médicos habían descartado una lesión grave y que probablemente recibiría el alta al día siguiente.
Cuando Malena quiso saber exactamente cómo había ocurrido el accidente, su hermano respondió que su madre se había levantado durante la madrugada, había sufrido un mareo y había caído en la cocina.
La encontró un vecino, Ricardo Ledesma, que había escuchado el golpe desde su casa y había acudido a ayudarla.
Malena conocía el nombre. Ricardo llevaba toda la vida viviendo en el pueblo y había sido uno de los hombres que más frecuentaban la casa familiar cuando ella era niña.
Durante la cena hablaron principalmente de asuntos prácticos.
Tomás le explicó los horarios del hospital, los medicamentos que probablemente tendría que tomar Beatriz y algunas cosas que debían resolver en la casa.
Ninguno mencionó la casa de los Bértola.
Ninguno habló de Emilia. Sin embargo, mientras comían, Malena tuvo la extraña sensación de que el silencio entre ambos no era simplemente el resultado de diecisiete años de distancia.
Había algo más. Algo que los dos conocían y que ninguno parecía dispuesto a poner en palabras.
En determinado momento, cuando Tomás se levantó para llevar los platos a la cocina, Malena miró por la ventana.
Desde allí podía distinguirse la silueta oscura de la casa abandonada entre los árboles.
No sabía por qué había vuelto a mirar precisamente en aquel momento.
Tal vez porque había pasado demasiados años evitando hacerlo.
—¿La casa de los Bértola sigue vacía? —preguntó finalmente.
Tomás se quedó inmóvil junto al fregadero. Fue apenas un segundo, pero Malena lo vio.
—Sí —respondió él.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace muchos años.
Malena esperó una explicación que no llegó.
—¿Nunca la vendieron?
—No.
—¿Y nadie entró después?
Tomás dejó el plato dentro del fregadero y se secó las manos con un paño. Evitó mirarla.
—Malena, no empieces.
Ella frunció el ceño.
—¿Empezar qué?
—Nada. Solo te digo que no tiene sentido que te metas en cosas que pasaron hace muchísimo tiempo.
Aquella respuesta consiguió exactamente lo contrario de lo que probablemente pretendía.
Malena no insistió, pero comprendió que acababa de tocar una parte de la historia familiar que seguía siendo sensible.
Tomás se marchó poco antes de las once. Antes de salir le recordó que al día siguiente pasarían juntos por el hospital y que no tenía sentido que se quedara sola en la casa si necesitaba algo.
Malena le dijo que estaría bien y cerró la puerta detrás de él.
Durante unos segundos permaneció en el porche, escuchando cómo el automóvil se alejaba por el camino de tierra.
Después levantó la mirada hacia el otro lado del terreno.
La casa de los Bértola estaba completamente a oscuras.
Malena cerró la puerta y subió a su habitación.
No consiguió dormir inmediatamente. El viento había aumentado y golpeaba las ramas del limonero contra la fachada con una regularidad irregular, como si alguien caminara alrededor de la casa rozando las paredes.
A las doce y media todavía estaba despierta.
A la una apagó la luz. Durante un largo rato escuchó los sonidos nocturnos que había olvidado: el crujido de la madera, el silbido del aire bajo las puertas, algún perro ladrando a lo lejos y el ruido ocasional de un vehículo en la carretera.
Poco a poco comenzó a relajarse, hasta que el sueño terminó por vencerla.
No supo cuánto tiempo había pasado cuando un sonido seco la despertó.
Malena abrió los ojos y permaneció inmóvil, intentando comprender qué había escuchado.
La habitación estaba completamente oscura y durante unos segundos solo percibió el latido acelerado de su propio corazón.
Miró el reloj situado sobre la mesa de noche. Marcaba las 3:07.
Entonces escuchó un segundo golpe. Esta vez estuvo segura de que no procedía del interior de la casa.
Se incorporó lentamente y permaneció sentada sobre la cama.
El silencio posterior fue tan completo que pudo escuchar el leve zumbido de la calefacción.
Pensó en una rama, en alguna chapa desprendida o incluso en un animal que hubiera entrado en la vivienda abandonada.
Intentó aferrarse a cualquiera de aquellas explicaciones porque resultaban sencillas y porque las explicaciones sencillas eran precisamente las que necesitaba en aquel momento.
Sin embargo, antes de que pudiera volver a acostarse, llegó el tercer golpe.
Sonó con una precisión inquietante, como si alguien hubiera golpeado deliberadamente una puerta desde el interior de la casa de los Bértola.
Malena se levantó. Caminó hasta la ventana y apartó lentamente la cortina.
La casa permanecía sumida en la oscuridad.
No había una sola luz encendida, ninguna señal de movimiento y ninguna razón aparente para que alguien pudiera estar allí.
Aun así, mientras observaba la fachada, distinguió algo que le hizo contener la respiración: una de las ventanas del piso superior estaba abierta.
La cortina se movía hacia afuera y hacia adentro impulsada por el viento.
Malena no recordaba haberla visto abierta durante la tarde.
Se quedó observando durante varios segundos.
La oscuridad del interior de aquella habitación era casi absoluta, pero sus ojos comenzaron a acostumbrarse a las formas.
Por un instante creyó distinguir una figura detrás de la ventana.
Era una silueta humana, alta y completamente inmóvil.
Malena retrocedió instintivamente y volvió a mirar.
La figura había desaparecido. Solo quedaba la cortina moviéndose lentamente detrás del cristal.
Intentó convencerse de que había sido una ilusión.
El cansancio, la oscuridad y los recuerdos podían deformar fácilmente aquello que uno veía.
Cerró la cortina y regresó a la cama, pero ya no consiguió acostarse.
Permaneció sentada, abrazándose las piernas, mientras una serie de imágenes antiguas comenzaban a surgir en su memoria sin ningún orden.
Una escalera. Una puerta entreabierta. La voz de una mujer.
El olor de algo quemado. La sensación de estar escondida detrás de una pared.
Y después una frase que no conseguía recuperar por completo.
Malena cerró los ojos. Intentó recordar. La imagen desapareció. Entonces volvieron a sonar los golpes. Esta vez procedían con absoluta claridad de la casa de los Bértola.
Malena se levantó de nuevo y se acercó a la ventana.
No sabía por qué lo hacía. Tal vez porque una parte de ella necesitaba comprobar que todo aquello tenía una explicación.
Tal vez porque llevaba demasiados años huyendo de algo que todavía no comprendía.
Permaneció mirando la casa mientras el viento agitaba los árboles y la noche cubría lentamente todo el terreno.
Fue entonces cuando escuchó algo que no podía atribuir al viento ni a la madera ni a ningún animal.
Una voz. Llegó desde la distancia, débil y casi irreconocible, pero suficientemente clara para que Malena sintiera cómo se le tensaba todo el cuerpo. La voz pronunció su nombre.
—Malena.
Ella permaneció inmóvil frente a la ventana, incapaz de apartar la mirada de la casa abandonada.
Durante unos segundos pensó que había sido una ilusión, un efecto producido por el cansancio y por todos aquellos recuerdos que habían empezado a despertar desde que regresó.
Sin embargo, mientras permanecía allí, comprendió algo que le produjo un miedo mucho más profundo que el sonido de aquella voz: no había sentido sorpresa al escucharla.
En algún lugar de su memoria, enterrado durante años bajo capas de silencio y negación, aquel llamado le resultaba familiar.
Y por primera vez desde que había regresado al pueblo, Malena tuvo la certeza de que la historia que su familia había decidido olvidar no había desaparecido. Solo había estado esperando. Y aquella noche, después de veinticinco años, algo había decidido despertarla.