Chapter 2
Malena Ferreyra regresó al pueblo una tarde de junio en la que el cielo parecía haberse desplomado sobre los campos.
Habían pasado casi diecisiete años desde la última vez que había recorrido aquella carretera y, sin embargo, mientras avanzaba lentamente por la ruta provincial, tuvo la impresión desconcertante de que no estaba regresando a un lugar que hubiera dejado atrás, sino entrando de nuevo en una parte de su vida que, a pesar del tiempo transcurrido, nunca había terminado de abandonar.
El invierno había comenzado a instalarse sobre la provincia con esa mezcla de humedad, viento y frío que convertía las tardes en una sucesión de grises.
Los árboles desnudos se extendían junto a la carretera con las ramas oscuras y retorcidas, los campos aparecían cubiertos por una fina película de agua y, de vez en cuando, surgía entre la niebla alguna casa aislada, un galpón de chapa oxidada o un molino cuyas aspas permanecían inmóviles.
Malena conducía con las dos manos apoyadas sobre el volante y la calefacción encendida, aunque apenas prestaba atención a la temperatura del habitáculo.
Tenía treinta y nueve años, el cabello castaño recogido de manera descuidada y unos ojos oscuros en los que el cansancio de los últimos días parecía haber acentuado una expresión de permanente vigilancia.
No era una mujer que llamara la atención por una belleza evidente, sino por algo más difícil de definir, una mezcla de serenidad y dureza que se había ido formando con los años y que hacía pensar que había aprendido a observar antes de confiar.
En las últimas horas había intentado convencerse de que aquel viaje no significaba nada más que cumplir con una obligación familiar.
Su madre había sufrido una caída, estaba ingresada en el hospital y necesitaba que alguien se ocupara de ella.
Eso era todo. Sin embargo, cuanto más se acercaba al pueblo, más difícil le resultaba sostener aquella explicación.
El cartel de entrada apareció poco después de las cinco de la tarde.
Estaba colocado sobre una estructura metálica cubierta de óxido y tenía varias letras despintadas por el paso del tiempo.
Malena redujo la velocidad casi sin darse cuenta y permaneció unos segundos mirando el nombre del pueblo, como si necesitara acostumbrarse a verlo de nuevo.
Después aparecieron las primeras casas, bajas y separadas por jardines irregulares, con veredas estrechas, árboles antiguos y persianas que empezaban a cerrarse ante la llegada de la noche.
El lugar parecía más pequeño de lo que recordaba.
Durante su adolescencia había tenido la impresión de que aquellas calles constituían un mundo entero del que nunca conseguiría escapar; ahora, al volver después de tantos años, todo parecía reducido a una sucesión de esquinas conocidas, fachadas envejecidas y comercios que habían resistido casi intactos al paso del tiempo.
Seguían allí el almacén de los Acosta, la farmacia de la esquina, la estación de servicio situada junto a la entrada y el viejo club social, con sus paredes amarillentas y sus ventanas altas.
Incluso la plaza conservaba los mismos bancos de madera y los mismos árboles que ella recordaba de su infancia.
Malena sintió una incomodidad difícil de explicar.
No era nostalgia, porque la nostalgia tenía algo de cálido, y lo que experimentaba carecía por completo de esa sensación.
Era más parecido a reconocer una voz que uno había escuchado muchos años atrás y descubrir, con cierta inquietud, que todavía podía distinguirla entre muchas otras.
La casa de su madre estaba en las afueras, al final de una calle de tierra que conducía hacia una zona de terrenos abiertos.
Durante su infancia, aquella distancia le había parecido enorme; ahora apenas tardó unos minutos en recorrerla.
La vivienda continuaba exactamente en el lugar donde la recordaba, con sus paredes blancas, el techo de tejas oscuras y el pequeño porche sostenido por columnas de madera.
Sin embargo, el deterioro resultaba evidente.
El jardín estaba descuidado, las hortensias se habían secado y la hierba crecía alrededor de los senderos que antes su madre mantenía cuidadosamente limpios.
El viejo limonero seguía junto a la verja, aunque una de sus ramas principales se había partido, probablemente durante alguna de las últimas tormentas.
Malena estacionó frente a la casa y apagó el motor.
Permaneció un rato dentro del automóvil, mirando la fachada a través del parabrisas empañado, sin experimentar el impulso de bajar.
Había vivido allí desde que nació hasta los dieciocho años.
Allí había aprendido a montar en bicicleta, había tenido sus primeras discusiones con su madre, había celebrado cumpleaños, había llorado por amores adolescentes y había pasado innumerables noches imaginando una vida completamente distinta.
La casa había sido durante mucho tiempo el lugar del que quería escapar y, al mismo tiempo, el único lugar que conocía.
Ahora, tantos años después, le producía una sensación más cercana a la extrañeza que al hogar.
Introdujo la llave en la cerradura y tuvo que hacer fuerza para conseguir que girara.
La puerta se abrió lentamente, dejando escapar un olor a humedad, madera antigua y habitaciones cerradas.
Malena entró con el bolso sobre el hombro y permaneció unos instantes en el recibidor.
Todo parecía más pequeño que en sus recuerdos.
La cómoda seguía contra la pared, el viejo espejo continuaba ligeramente inclinado hacia la izquierda y las fotografías familiares permanecían colocadas sobre la superficie de madera.
En una aparecía Tomás con apenas diez años, sonriendo mientras abrazaba al perro que había muerto muchos años después; en otra estaba ella misma a los dieciséis, con el cabello largo, una expresión desafiante y una mirada que ahora le resultaba casi ajena.
Malena tomó aquella fotografía entre las manos y la contempló durante unos segundos.
Le sorprendió comprobar que podía reconocer perfectamente a la muchacha que había sido, pero que no conseguía recordar qué pensaba aquella tarde ni qué esperaba de la vida.
A veces, comprendió, el tiempo no borraba los recuerdos importantes, sino precisamente aquellos pequeños detalles que alguna vez habían parecido insignificantes y que, vistos desde el futuro, eran los únicos capaces de devolvernos realmente quiénes habíamos sido.
Subió al piso superior y abrió la puerta de su antigua habitación.
Allí la sensación de extrañeza fue todavía mayor.
Las paredes conservaban el color azul pálido que había elegido cuando tenía quince años y el escritorio seguía colocado junto a la ventana.
La cama estaba cubierta con una colcha blanca y, en un rincón, permanecía el sillón donde su madre solía sentarse cuando quería hablar con ella.
Malena pasó los dedos por el respaldo del mueble y sintió una punzada inesperada de memoria.
Recordó a Beatriz sentada allí, siempre con las manos juntas sobre el regazo, esperando pacientemente a que su hija terminara de enfadarse antes de empezar cualquier conversación.
Su madre nunca había sido una mujer especialmente afectuosa.
No abrazaba con facilidad, no decía lo que sentía y tenía la costumbre de guardar silencio cuando los demás esperaban una explicación.
Malena había interpretado aquello durante años como frialdad.
Con el tiempo había empezado a sospechar que detrás de aquella manera de comportarse había algo más complejo, pero nunca había conseguido descubrir qué.
Se acercó entonces a la ventana y apartó la cortina.
Desde allí podía verse la casa de los Bértola.
Estaba al otro lado de un terreno cubierto de maleza, ligeramente retirada del camino, y parecía todavía más grande de lo que Malena la recordaba.
La construcción tenía dos plantas, una galería lateral y una fachada que alguna vez había sido de color gris claro, aunque ahora la pintura se desprendía en grandes manchas oscuras.
Varias ventanas habían perdido los cristales y las enredaderas cubrían parte de las paredes, trepando hasta el segundo piso.
Malena sintió que algo dentro de ella se tensaba.
Durante su infancia aquella casa había representado una especie de frontera invisible.
Los niños del pueblo evitaban acercarse, aunque ninguno admitía tener miedo.
Los adultos hablaban de Emilia Bértola en voz baja y, cuando ella preguntaba quién era aquella mujer que vivía sola en una casa tan grande, siempre recibía respuestas vagas.
Emilia era rara. Emilia estaba enferma. Emilia había tenido problemas.
Emilia necesitaba estar tranquila. Nadie decía nunca exactamente qué le ocurría.
El nombre regresó a su memoria con una claridad que la sorprendió: Emilia. Malena dejó caer lentamente la cortina. No había pensado en ella durante muchos años. O, al menos, eso era lo que había creído.