Capítulo 15 — Arcángel San Miguel
Ella creía que ya había visto todo lo que la noche podía mostrarle.
Había visto mujeres que no parpadeaban. Había oído a un hombre susurrarle en francés. Había visto a la tía en cuatro patas debajo de una banca, y a su familia entera sonriendo con la misma sonrisa alrededor de una mesa, y a su abuela saltar sobre la cama como un animal. Había peleado. Había ganado.
Pero nunca había visto a una de esas cosas matar a su mamá.
*
El sueño empezó en la cocina.
La cocina del apartamento de Bogotá, donde pasó casi todo.
Idéntica a como era: las baldosas, la estufa, la nevera vieja que zumbaba y vibraba cada tanto como un animal dormido, el tablón de la cocina donde su mamá picaba todo.
Olía a café recién hecho. Por la ventana entraba la luz gris y quieta de la mañana.
Su mamá llegó a hablar con ella.
Gloria se sentó a desayunar, normal. Un pocillo de café con leche, una arepa, el periódico doblado a un lado.
Le hablaba de cosas sin importancia: lo que había que comprar, una vecina, una prima que iba a venir.
Ella la escuchaba apoyada en el mesón, con los brazos cruzados.
Todo era tan normal que no sabía que estaba soñando.
—¿Me está oyendo, mija?
—Sí, mami.
Sobre el mesón, al lado de la nevera, había una Biblia. Cerrada. Ella no sabía qué hacía ahí, en la cocina. Pero en el sueño no le pareció raro.
Y de pronto, la cocina cambió.
No se apagó la luz. Se puso más fría. La nevera dejó de zumbar. Su mamá dejó de hablar en la mitad de una frase, con la boca todavía abierta.
Ella sintió el dedo helado en la espalda.
Había llegado una de esas cosas.
No la vio. Nunca las veía. La sintió. La sintió entrar a la cocina como había sentido tantas veces que alguien abría la nevera a sus espaldas: el frío, la presencia, el aire que cambia de peso.
Y el olor. Dulce y podrido. El mismo de la noche del hombre que hablaba francés.
La sintió pasar a su lado. La sintió detenerse detrás de su mamá.
—¿Mami?
Quiso moverse. No pudo. Quiso gritarle que se levantara, que corriera. La garganta no se le abrió.
Y entonces, pum.
Su mamá se torció hacia atrás.
Fue de golpe: una mano gigante y sin cuerpo la agarró por los hombros y la dobló al revés. El cuerpo de Gloria se arqueó hacia atrás, más, más, más de lo que un cuerpo puede doblarse. Y se oyó el crujido.
La espalda se le partió.
Un sonido seco, como una rama gruesa que se quiebra bajo una bota. El pocillo cayó y se reventó contra las baldosas. El café se regó.
Su mamá cayó sobre el tablón de la cocina.
Cayó muerta.
Quedó ahí, tendida, con la espalda rota en un ángulo imposible. Con los ojos abiertos.
Mirándola. Sin vida.
*
Ella cayó de rodillas.
No supo cómo llegó al piso. Solo supo que estaba ahí, sobre el café regado, al lado de su mamá, con las manos sobre ella.
—¡Mami! ¡Mami! ¡Mami!
Los ojos de Gloria no se movieron. Seguían clavados en ella. Abiertos. Vacíos.
Y la cosa seguía ahí. No la veía. Pero la sentía, de pie, inclinada sobre las dos.
Y sentía que se reía. Sin sonido. Esa burla callada de siempre, de los años de las seis de la tarde.
Se burlaba porque ahí estaba ella, la que había peleado, la que había exigido que se mostraran, de rodillas en el piso de una cocina sin poder hacer nada.
Ella se puso a orar.
—Padre nuestro, que estás en el cielo… santificado sea tu nombre…
La voz le temblaba. Las palabras le salían rotas. Pero oraba. Con las manos sobre el pecho de su mamá, que no subía ni bajaba.
—Venga a nosotros tu reino… hágase tu voluntad…
Su mamá seguía ahí. Acostada. Sin vida. No pasaba nada.
—Dios te salve, María… llena eres de gracia…
Nada.
—Por favor —dijo—. Por favor, por favor.
*
Y la Biblia se abrió.
Sola. Sobre el mesón. Las tapas se separaron con un golpe seco, de manotazo, y las páginas empezaron a pasar, rápidas, una tras otra, con un ruido de alas, hasta detenerse en una.
De esa página salió una luz.
Una luz divina. Espectacular. Dorada. Color oro, oro, oro. No como la luz blanca de sus manos en las peleas de los sueños: otra cosa. Una luz que tenía peso y temperatura, que llenó la cocina de un calor de horno y empujó el frío contra las paredes.
Y de esa luz salió él.
El Arcángel San Miguel. El príncipe de los ejércitos celestiales.
No tenía forma. No tenía armadura, ni espada, ni cara. Era como un líquido. Un líquido dorado, oro, que salía de la Biblia y se derramaba por el aire, despacio, y se movía con voluntad propia, una cosa espectacular, imposible de describir.
Ella sintió miedo.
Estaba acostumbrada a otro tipo de presencias. A las que llegaban a las seis. A las que se reían. Su cuerpo no sabía qué hacer con algo que llegaba sin frío.
Pero cuando él salió del todo, el miedo se le fue.
Le dio paz. Mucha. Mucha, mucha paz. Una paz que le entró por el pecho y le llegó a la espalda, al punto del dolor, y lo apagó.
La cosa que había matado a su mamá ya no estaba. No la vio irse. Solo supo que ya no estaba.
El oro líquido bajó hasta el piso. Se extendió sobre el cuerpo de Gloria, sobre su espalda rota, sobre sus ojos abiertos.
Y empezó a ayudarla con su mamá.
Ella no soltó a su mamá. Siguió orando, ahora sin temblar, con las manos metidas en esa luz tibia.
Y despertó.
*
Pasó mucho tiempo antes de volver a verlo.
En algún momento —ni ella misma recuerda bien cuándo fue— sus papás decidieron que necesitaban descansar todos. Que se iban para Orlando, Florida, a donde la hermana de su papá.
Ella estaba feliz. Era la primera vez que iban a Estados Unidos. Era la primera vez en mucho tiempo que estaba feliz de algo.
No va a dar muchos detalles del paseo. Hubo parques, calor, primos, comida. Lo que importa es una noche.
Su papá tenía que dormir con ella, como siempre. Pero no le iban a contar a toda la familia que ella le tenía miedo a la oscuridad, que no podía dormir sola. Así que se acostaron en la sala, los dos. Él en el sofá grande, ella al lado. Con la luz de la cocina prendida.
Su papá se durmió enseguida. Roncaba.
Y esa noche vino el Arcángel San Miguel.
*
Se le presentó otra vez en esa forma de ángel, dorado, como de oro. Llenó la sala entera con su luz, de pared a pared. Y ella no tuvo miedo. Casi no le dolía el cuerpo. Flotaba en agua tibia. El dolor de la espalda, el de siempre, no estaba.
—Tienes que venir conmigo —le dijo.
No lo dijo con la boca. Lo dijo de otra manera, una manera que ella oyó dentro del pecho.
Le pidió que se fuera con él.
—No —dijo ella—. Yo no me quiero ir todavía.
—Tienes que venir conmigo.
Ella sintió lo fácil que sería. Lo liviano. No más seis de la tarde. No más peso. No más corrientazo. No más noches con el rosario enredado en la muñeca. Solo esa luz, y esa paz, para siempre.
Pensó en la pregunta de la doctora de la clínica, la de las seis de la mañana. ¿Todavía quiere matarse?
Pensó en su papá dormido a su lado, en el sofá. En su papá corriendo entre los carros en la avenida, como Superman. La vida es muy linda, mami. La vida es muy linda.
—Sí —insistía él—. Tienes que venir conmigo.
—No, por favor —dijo ella—. No me lleves. Yo no me quiero ir.
Lo dijo llorando. Lo dijo con toda la fuerza que tenía.
—No me lleves.
Y levantó el brazo. Sin saber por qué. Como un escudo. Como quien dice aquí estoy. Como quien se agarra de algo para no caer.
*
Despertó con el brazo levantado.
Estaba acostada en la sala de la casa de su tía, en Orlando. El aire acondicionado zumbaba. Su papá roncaba a su lado. Por las ventanas entraba la primera luz de la mañana.
Y su brazo estaba levantado. Recto. Apuntando al techo. Con la mano abierta.
—Ay, Dios mío bendito —susurró.
Lo bajó despacio. Le temblaba.
Se quedó mirando el techo mucho rato, con el corazón despacio, sin despertar a su papá.
Estaba viva. Y había decidido quedarse.