Capítulo 14 — El rosario
No era un rosario especial.
No lo había bendecido un obispo, ni venía de Roma, ni de Fátima, ni de ningún santuario famoso.
Era un rosario sencillo, de cuentas de madera oscura, ensartadas en un cordón café que ya se había deshilachado en algunas partes.
La cruz era de metal barato, y el Cristo que colgaba de ella había perdido los detalles de la cara de tanto que lo frotaban los dedos.
No recordaba bien de dónde había salido. De alguna de esas iglesias, de alguna de esas misas, de la mano de su mamá. Daba igual. Era suyo.
*
Todas las noches dormía con un rosario en la mano.
Se volvió un ritual tan fijo como las seis de la tarde.
Antes de acostarse, lo buscaba en la mesa de noche.
Lo enredaba entre los dedos de la mano derecha, dándole dos vueltas alrededor de la muñeca para que no se le cayera mientras dormía.
Apretaba la cruz en la palma. Y solo entonces apagaba la luz, o la dejaba encendida, según la noche.
A veces rezaba el rosario entero. Los cinco misterios, las cincuenta avemarías, los padrenuestros, los glorias.
Las cuentas pasaban una por una entre sus dedos, y la repetición la iba calmando, como calma el balanceo de una hamaca.
Dios te salve, María. Dios te salve, María.
Dios te salve, María. Las palabras se volvían respiración.
Otras veces no rezaba nada. Solo lo tenía. Lo apretaba.
Y algunas noches, las peores, ni siquiera podía rezar.
La boca no se le abría. La garganta se le cerraba igual que la noche del hombre que hablaba francés.
Ella sentía el peso llegar, el aire volverse espeso, el dedo helado en la espalda.
Y lo único que podía hacer era apretar las cuentas.
Tan fuerte que, en la mañana, encontraba en la palma las marcas: una fila de circulitos rojos, como una herida pequeña y ordenada.
*
Lo apretaba en todas partes. Porque las cosas la seguían a todas partes.
Una vez sus papás, desesperados de verla así, la llevaron a otro país, a Panamá, de vacaciones. Querían que descansara. Que cambiara de aire.
Cuando llegaron a Panamá, ellos también llegaron.
Eran tres: la mujer de blanco, la niña y el hombre que hablaba francés.
No pudo dormir en todas las vacaciones. Estaba muerta de miedo.
Ni siquiera podía bañarse tranquila: debajo de la ducha, con el agua cayéndole en la cara, sentía todo el tiempo que la estaban mirando.
Una noche, de vuelta en Bogotá, estaba sola en el apartamento, cosa rarísima. Canela salía sola a hacer sus necesidades al parque y, cuando quería entrar, siempre rasguñaba la puerta. Esa noche ella la dejó salir. Al rato oyó tres golpes en la puerta. Tres golpes durísimos.
Pensó que era un vecino, avisándole que la perrita estaba afuera.
Abrió.
No había nadie. Y Canela no estaba.
Cerró. Se quedó temblando detrás de la puerta. Después Canela volvió y entró, y ella no quiso volver a abrir esa puerta en toda la noche.
Otra vez se fueron de paseo a Girardot, a donde un hermano de su papá.
Ella no se quería acostar sola, y le armaron una colchoneta en el piso, al pie de la cama de sus papás.
Como siempre, estaba despierta. Y vio la sombra de alguien que pasó caminando por el cuarto. No era nadie de la casa: todos dormían.
Prendió la linterna del celular.
Canela, que dormía en la cama de sus papás, se le lanzó encima. La atacó. Le gruñía como a una extraña.
No la reconoció.
*
No resolvía todo.
Eso tenía que decirlo, cuando lo contaba, porque la gente quería que el rosario fuera la respuesta. Que bastara con tenerlo para que todo se fuera. Y no era así.
Había noches en que lo tenía en la mano y aun así el peso llegaba. Aun así sentía que la miraban. Aun así se despertaba a las tres de la mañana con el corazón desbocado y la sensación de que alguien acababa de salir del cuarto.
Una noche se despertó y el rosario no estaba en su mano.
Estaba al otro lado del cuarto. En el piso, junto a la puerta. Con el cordón estirado en línea recta. Arrastrado.
Ella se quedó mirándolo un rato largo desde la cama. No quería levantarse. No quería poner los pies en el piso. Pero tampoco podía pasar el resto de la noche sin él.
Se levantó. Caminó hasta la puerta. El piso estaba helado. Se agachó, recogió el rosario y lo apretó contra el pecho.
Volvió a la cama. Se lo enredó en la muñeca. Tres vueltas esta vez.
El rosario no volvió a soltarse.
*
Pero era lo único que tenía para agarrarse cuando el miedo llegaba.
Eso era. Algo para agarrarse. Como el pasamanos de un bus que frena de golpe, como la mano que la sacaba del agua cuando sentía que se ahogaba. No detenía el miedo. Pero le daba algo de qué sostenerse mientras el miedo pasaba.
Y en esos momentos, con las cuentas clavándose en la palma, se acordaba.
Se acordaba de su papá corriendo entre los carros en la avenida. De Eugenia orando a su lado, con la mano en su espalda. Del abuelo cantando el avemaría frente a la puerta. De la mano del primo con alas de luz. De la Virgen en la esquina, diciéndole hija. De la luz que le salía de las manos.
Eso era lo que había que acordarse.
Que no estaba sola.
Que nunca lo había estado.
Aunque a las tres de la mañana, con el peso encima, pareciera todo lo contrario.
*
Años después, cuando ya vivía en otro país, todavía lo tenía. Las cuentas de madera se habían puesto lisas y brillantes de tanto pasarlas. El cordón se había reventado dos veces y ella lo había vuelto a amarrar.
Cuando llegó a Estados Unidos, a la casa de su tía, lo primero que hizo fue explicarle que no podía dormir con la luz apagada. Que necesitaba la luz prendida. Allá no había televisor en los cuartos, solo uno en la sala. La recibieron con mucho amor.
Y entonces se dio cuenta de que a su primita le gustaba jugar con espíritus.
La niña también sentía cosas. Se lo contaba como si nada: que se ponía a hablarles, que les pedía que le llevaran un globito, una cosa. Una tarde, con ella sentada en la sala, el cuadro de la niña se cayó de la pared. Pum. Solo.
—Usted no se puede poner a jugar con eso —la regañó ella, con todo lo que había aprendido a punta de miedo—. Con eso no se juega.
Esa noche durmió con el rosario dado tres vueltas en la muñeca.
Lo deja en la mesa de noche, al lado de la cama. Por si acaso.