Capítulo 13 — La casa de la Virgen
De todos los sueños, este fue el más largo. Y el único del que despertó sin miedo.
Pero antes de despertar sin miedo, tuvo que pasar por todo el miedo que cabe en una noche.
*
Se despertó en una casa antigua.
Lo primero fue el olor. Humedad vieja, madera podrida, polvo acumulado durante décadas. Y por debajo, algo más: un olor metálico, tibio, como de monedas en la boca.
Estaba acostada en un piso de tablas anchas, gastadas, con clavos oxidados que sobresalían en algunas juntas.
Abrió los ojos con el miedo ya puesto, como una ropa mojada.
Estaba escondida. Se estaba escondiendo de algo, o de alguien, y no sabía de qué.
Se incorporó despacio. Le dolía la espalda, en el mismo punto de siempre.
La casa era enorme. Techos altísimos, de los que colgaban lámparas de cristal sin bombillos, cubiertas de telarañas tan gruesas que parecían tela.
Paredes con papel tapiz de flores desteñidas, despegándose en tiras largas que se mecían sin que hubiera viento.
Muebles cubiertos con sábanas blancas, quietos como figuras de pie.
Una escalera ancha, de baranda tallada, que subía hacia una oscuridad completa.
Las ventanas estaban tapiadas. Por las rendijas entre las tablas entraba una luz grisácea que no venía de ningún sol.
Ella se puso de pie. El piso crujió.
Y entonces oyó la risa.
*
Venía de una puerta entreabierta al fondo del vestíbulo. Una risa aguda, entrecortada, casi infantil, que se cortaba y volvía a empezar. Y entre risa y risa, otro sonido: un golpe húmedo. Seco y húmedo a la vez. Repetido.
Tac. Risa. Tac. Risa.
Y un chillido. Un chillido de animal, desesperado, que se iba apagando.
Ella no quería ir. Fue.
Caminó despacio, pegada a la pared, con las tablas del piso quejándose bajo sus pies descalzos. La luz gris se volvía más débil a medida que avanzaba. La puerta del fondo estaba entornada, y por la rendija salía una luz anaranjada, temblorosa, como de velas.
Se asomó.
Era la habitación en diagonal a la suya. Un cuarto de techo altísimo, con ganchos oxidados colgando de las vigas, y en el centro una tabla de metal, una mesa larga y fría llena de manchas oscuras. Alrededor, velas. Decenas de velas negras, derretidas unas sobre otras, formando montañas de cera.
Y frente a la tabla de metal, de espaldas a ella, estaba el ente.
Era alto. Más alto que un hombre. Llevaba una capa larga, negra, que le llegaba hasta el piso y se arrastraba sobre las tablas. Cuando giró un poco la cabeza, ella vio la máscara.
Una máscara de plaga.
Negra, de cuero, alargada, con un pico larguísimo y curvo como el de un pájaro carroñero.
Dos agujeros redondos para los ojos, cubiertos con vidrios oscuros que reflejaban las llamas de las velas.
La había visto en libros de historia, en fotos de carnavales, en disfraces de Halloween.
Pero aquí no era un disfraz. Aquí no había nada detrás de los vidrios. Solo oscuridad.
Sobre la tabla había un cerdo negro.
Un cerdo grande, de pelaje erizado, con las patas amarradas. Se retorcía. Chillaba. Y el ente, con una mano enguantada, lo sostenía contra el metal, y con la otra levantaba un cuchillo largo, de hoja angosta, y lo bajaba.
Tac.
Lo apuñalaba. Una vez, y otra, y otra. Sin prisa. Con método. Y después de cada puñalada, se reía.
Se reía como un niño que hace una travesura. La risa salía de debajo del pico, aguda, sin aliento, y llenaba el cuarto, y rebotaba en la tabla de metal.
Ella se tapó la boca con las dos manos para no gritar.
El cerdo dejó de chillar. El ente siguió.
Tac. Risa.
Y entonces el pico giró.
Despacio. Sin que el cuerpo se moviera. La máscara se volteó sobre los hombros como la cabeza de un búho, hasta mirarla de frente, a ella, en la rendija de la puerta. Los vidrios oscuros reflejaban dos llamas. La risa se detuvo.
Silencio.
—Llegaste —dijo una voz desde adentro de la máscara.
Ella escapó.
*
Corrió por el vestíbulo, entre los muebles cubiertos con sábanas, y le pareció que las sábanas se movían a su paso, que las figuras de debajo giraban para verla pasar. Detrás de ella, la capa arrastrándose sobre las tablas. Y la risa otra vez, más fuerte.
Encontró una puerta. Era la puerta principal, enorme, de madera tallada. La empujó con todo el cuerpo. Se abrió.
Salió.
Afuera había un jardín, o lo que quedaba de uno. Árboles secos, retorcidos. Un camino de piedra cubierto de hojas negras. Una reja de hierro al final, entreabierta. El cielo era de un gris sin nubes y sin sol.
Cruzó la reja. Corrió por una calle de casas tapiadas hasta la esquina.
Y en la esquina, una voz la detuvo.
No era la voz del ente. Era otra. Suave. Clara. Una voz de mujer que ella no había oído nunca y que, sin embargo, reconoció enseguida, como se reconoce la voz de una madre a través de una pared.
—Hija.
Ella se detuvo en seco.
Era la Virgen María. No la veía; la sentía, ahí, a su lado, en la esquina, con una presencia azul y tibia que le llenaba el pecho.
—Te tienes que devolver —le dijo—. Me dejaste allá. Me tienes que rescatar.
Ella miró hacia atrás. La casa se alzaba al final de la calle, negra, con las ventanas tapiadas. Y en una de las ventanas del segundo piso, entre dos tablas arrancadas, había una luz azul, suave, muy distinta a la luz anaranjada de las velas.
Ella la había dejado. Había salido corriendo para salvarse, y la había dejado adentro.
Del interior de la casa salía otra vez la risa del ente. Y el tac. Había empezado de nuevo.
—No puedo —susurró—. No puedo volver ahí.
La voz no insistió. Y en ese silencio no había reproche, ni súplica. Había confianza. Una confianza absoluta, tranquila: la de quien ya sabe lo que ella va a hacer.
La Virgen María le dijo que regresara a rescatarla.
Y ella regresó.
*
La casa por dentro era más grande que antes.
Los pasillos se habían multiplicado. La escalera subía más alto.
Las sábanas sobre los muebles ya no estaban quietas: respiraban.
Ella subió los escalones uno por uno, con las manos encendidas, porque ahora sí, sin que lo pensara, la luz le había vuelto a las palmas.
Blanca. Firme. Iluminaba el camino un metro adelante y nada más.
En el segundo piso, al fondo de un corredor, una puerta con una rendija de luz azul.
La abrió.
La Virgen estaba ahí, de pie en medio de un cuarto vacío, con las manos juntas. Ella había esperado cadenas, cuerdas, algo. Pero no había nada que la amarrara. Solo estaba rodeada por un círculo de oscuridad espesa, como tinta, que no la tocaba, pero que tampoco la dejaba salir.
Ella entró al círculo con las manos por delante. La oscuridad se apartó, chisporroteando, como agua en aceite caliente.
La Virgen le tendió la mano. Ella la tomó.
Era tibia. Como la del abuelo.
—Vamos —dijo la Virgen.
Bajaron juntas la escalera. Cruzaron el vestíbulo. El cuarto del cerdo estaba en silencio. La puerta principal estaba abierta. Afuera, la luz gris.
Salieron.
*
Cuando salió, había cientos de demonios.
Llenaban el jardín. Se apretaban entre los árboles secos, sobre el camino de piedra, encaramados en la reja de hierro, colgando de las ramas como frutos podridos.
Cientos. Tal vez más. Ella no podía contarlos.
Tenían formas de todo y de nada: cuerpos torcidos, alas rotas, cuernos, caras humanas puestas en cuerpos que no eran humanos, bocas en lugares donde no debía haber bocas.
Algunos se parecían a animales. Otros se parecían a gente.
Uno, en la primera fila, tenía una sonrisa pequeña en la comisura de los labios.
Y al frente de todos, en el camino, estaba el ente de la máscara de plaga. Con el cuchillo todavía en la mano.
Nadie se movía.
El silencio era total. Ni risas, ni susurros, ni respiraciones. Cientos de ojos fijos en ella. En la Virgen. En sus manos juntas.
Ella sintió que las piernas le temblaban.
Miró a la Virgen. La Virgen no la miraba a ella. Miraba al frente, serena. Esperando.
Y ella entendió que no iba a hacerlo por ella. Que esta vez le tocaba a ella.
Respiró.
Dio un paso adelante. Uno solo. La luz de sus manos creció.
*
—Escúchenme —dijo.
La voz le salió más firme de lo que esperaba. Rebotó contra los árboles secos.
Ella les hizo un trato.
—Son muchos —dijo—. Yo soy una. Pero no estoy sola, y ustedes lo saben. Así que les propongo un trato. O nos dejan salir de aquí, a la Virgen y a mí, o los mato a todos. Uno por uno.
Un murmullo recorrió el jardín.
El ente de la máscara inclinó el pico. La risa le salió bajita, incrédula.
—¿Tú? ¿A todos?
—Que pasen los más poderosos primero —dijo ella—. Si los venzo, nos abren el camino.
Levantó las manos.
Los primeros en pasar fueron los más poderosos. El primero, una cosa delgada, de piel gris, que se arrastraba sobre los nudillos. Ella le exigió que se mostrara, y se mostró, y la luz le cayó encima y se deshizo en ceniza.
El segundo tenía tres bocas. Se deshizo.
El tercero. El cuarto. El décimo.
Perdió la cuenta.
Pasaban uno tras otro, y ella los enfrentaba uno tras otro, y algunos se quemaban, y otros gritaban y huían, y otros se arrodillaban en el piso de piedra antes de que la luz los tocara. Le dolían los brazos. Le dolía la espalda, en el punto de siempre, apretada desde adentro. Pero no se detuvo.
Detrás de ella, la Virgen rezaba. Muy bajito. Ella no alcanzaba a oír las palabras, pero las sentía, como un calor en la nuca.
Al final quedó el ente.
Estaba solo en el camino, con el cuchillo en la mano. La máscara negra brillaba con la luz de ella.
—Muéstrate —le dijo ella.
El ente no se movió.
—En el nombre de Jesús. Muéstrate.
La máscara se agrietó. Una línea fina, desde la punta del pico hasta la frente. Luego otra. Luego se partió en dos y cayó al piso.
Detrás no había nada. Ni cara, ni oscuridad, ni hueso. Nada. La capa negra se desplomó vacía sobre las piedras, como ropa que se cae de un gancho. El cuchillo resonó al golpear el suelo.
Los venció.
*
Silencio.
Los demonios que quedaban, y quedaban muchos, retrocedieron. Se apretaron a los lados del camino. Y entonces, despacio, como obedeciendo una orden que nadie había dado en voz alta, empezaron a formar dos filas.
Una a cada lado del camino de piedra. Desde la puerta de la casa hasta la reja.
Aceptaron. Le tenían miedo. Cumplían el trato.
La Virgen le tomó otra vez la mano. Y las dos echaron a andar.
Caminaron despacio por el camino, entre las dos filas de demonios.
Ninguno las tocó. Ninguno habló. Bajaban la cabeza a su paso, o la volteaban, como si no pudieran mirarlas de frente.
Ella sentía el calor de la mano de la Virgen y el temblor de sus propias piernas, y no apuró el paso.
No corrió. Por primera vez en un sueño, no corrió.
La escoltaron mientras ella salía con la Virgen.
Al llegar a la reja, la Virgen se detuvo. La miró. Sonrió, y esa sonrisa no se parecía en nada a la de la tía, ni a la de la mesa del comedor, ni a ninguna otra que ella hubiera visto en los sueños. Era una sonrisa entera.
—Gracias, hija —le dijo.
Ella abrió la boca para responder.
Y despertó.
*
Era de madrugada. El cuarto estaba en silencio.
Le dolían los brazos. Tenía las palmas calientes. Y la espalda, en el punto de siempre, le dolía, sí, pero de otra manera. Un dolor cansado. Un dolor de después.
Se quedó acostada mirando el techo hasta que salió el sol.
No tuvo miedo.
Ese sueño no lo tuvo hace veinte años. Lo tuvo hace apenas tres meses. Casi veinte años después de haberse querido matar, de la avenida, del bus verde, de la clínica Los Almendros.
Las pesadillas nunca pararon. Pero ella ya no es la misma. Ahora es más fuerte. Ahora se sabe proteger.
Y la protege su fe.